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PRIMER AMOR PRIMER TEMOR.

23 Oct 13 - 07:07

Primer amor, primer temor
por George Zebrowski
Aunque no conozco personalmente a George Zebrowski he
hablado varias veces con él por teléfono. Por su voz parece medir metro noventa
y ser muy dominante. En las fotos su estatura física parece un poco menor, pero
en mi mente persiste, la imagen de persona dominante. George pertenece al nuevo
tipo de autores de ciencia ficción, decididos, agresivos y muy profesionales. Es
un tributo a su profesionalismo que, en su calidad de director del "Science
Fiction Writers of America Bulletin", consiga hacer llegar a tiempo al correo
cada número de esa endiablada publicación.
George se crió en Inglaterra, Manhattan, el Bronx y Miami. Después de graduarse
en la universidad estatal, de Nueva York, se dedicó a traducir ciencia ficción
del polaco y realizó una serie de tareas periodísticas en el terreno de la
edición y la redacción antes de convertirse en un escritor en toda regla. Sus
cuentos cortos se han publicado en una serie de revistas y antologías y hace
poco se editó su primera novela, The Omega Point (Punto Omega). Tiene en
preparación una importante novela, Macrolife (Macrovida) que, según sus
predicciones, le consagrará firmemente como uno de los grandes nombres en este
campo. Primer amor, primer temor explica, creo yo, el porqué de esta predicción.
Hacía frío en el agua. El sol se ocultó detrás de unas nubes en el oeste y bajó
la temperatura del aire; el cielo se tiñó de un azul más intenso, el mar se
tornó más oscuro. Tim caminaba por el agua, mientras contemplaba al disco
anaranjado del sol entre las nubes agrupadas en el horizonte, un sol que ya no
calentaba, un globo de cadmio rodando entre cenizas, otra señal de que por fin
acababa el largo segundo verano de Lea.
La estrella volvió a emerger de pronto, iluminando el cielo calentándole los
hombros mojados. Tim miró la roca dentada que asomaba fuera del agua frente a
él; estaba cubierta de relucientes algas verdes. Nadó hacia ella con renovadas
energías.
Su padre le había prohibido alejarse demasiado de la costa, pero nunca se
enteraría. Había ido al astropuerto a cien millas de distancia sobre la costa
para recoger a una pareja y su hija que iban a compartir su casa, y tardaría una
semana en regresar.
De pronto Tim tuvo miedo de las profundidades que se abrían debajo de él. El
agua fría subía con fuerza y se arremolinaba en torno a sus pies, haciendo
temblar todo su cuerpo. Recordó la madre pólipo que había desenterrado en la
playa el verano anterior. Era el caparazón muerto de una criatura cuyos pequeños
se habían abierto paso a mordiscos en primavera, dejando a la progenitora
abierta y corroída. Las entrañas llevaban un tiempo pudriéndose cuando él la
encontró, y tenían el aspecto de hongos rojos e hígado fresco cubierto de arena,
una mezcla con olor a arena y a descomposición. La cubrió a toda prisa y su
estómago tardó un día en recuperarse. ¿Tendría ahora alguna de esas cosas
nadando bajo sus pies?
El planeta era un enorme océano, de varias millas de profundidad en algunos
puntos, cálido y poco profundo a lo largo de miles de millas cuadradas en el
resto. Nueva Australia era el único continente, con un astropuerto situado hacia
el interior, junto a la costa oriental, al sur del lugar donde se encontraba la
casa rural de la familia, y dos docenas de poblados dispersos en semicírculo,
más alejados del astropuerto, el más distante de ellos a ciento cincuenta millas
de la costa. El interior permanecía inexplorado, a excepción de los mapas
fotográficos obtenidos por satélite. Era una enorme meseta boscosa cubierta de
altos árboles, algunos de ellos con miles de años de antigüedad. Esa tierra era
única entre los mundos explorados, pues no contaba con una población nativa como
ocurría con la mayoría de los planetas habitables para el hombre. La población
de aquel mundo vivía en el mar.
Tim nadó más rápidamente a medida que se aproximaba a la roca, todavía
preocupado por la idea de lo que le podía estar acechando bajo el agua. Sus
manos y sus pies tocaron las resbaladizas rocas sumergidas; se agarró a las
plantas acuáticas que crecían de trecho en trecho y se izó hacia delante, medio
nadando, medio arrastrándose sobre las rocas ocultas. Por fin se puso de pie en
el agua, en precario equilibrio.
Fue avanzando con cuidado, adelantando primero un pie, luego el otro, hasta
situarse frente a la aguja rocosa. Un cangrejo extraterrestre echó a correr
hacia el agua, a sus pies. Tim se volvió y miró la playa a sus espaldas, pero no
podía oír el rompiente, y las altas rocas cubiertas de arena se veían pequeñas a
un cuarto de milla de distancia. Los nudosos árboles de negra corteza aferrados
a las rocas de la playa se dibujaban nítidamente contra el cielo.
Apartó la mirada de la playa justo a tiempo para ver desaparecer el sol
anaranjado tras las nubes oscuras que se iban acumulando sobre el borde del
mundo; comprendió que no volvería a emerger antes de ponerse el sol.
Se agarró a las plantas trepadoras que crecían sobre la aguja y comenzó a
circundarla por la derecha, con la intención de dar la vuelta a su alrededor.
Avanzaba despacio, mirando a todos lados mientras se movía. El azul acerado del
agua le daba una tonalidad más oscura al mismo cielo. La brisa iba secando
rápidamente su piel y su bañador, y se detuvo para apartarse unos cabellos de
los ojos. Por un instante, su mano le pareció más oscura, casi como si en cierto
modo el mar la hubiera teñido.
La playa quedaba ahora a su izquierda y pudo ver la primera luna que asomaba
detrás de las rocas, un pequeño espejo plateado, el objeto más brillante del
cielo una vez desaparecida la luz directa del sol. Sabía que cuando nadara de
regreso, el agua estaría más fría. En invierno podría intentar llegar hasta allí
andando sobre el hielo.
Bordeó la roca hasta donde ya no se divisaba la playa. El aire tenía un
olorcillo penetrante, producido por una tormenta en alta mar y arrastrado por el
viento. Una pequeña ola rompió contra la roca, salpicándole de espuma, y Tim
paladeó su frescor con un estremecimiento.
Se frotó los ojos, apartando de ellos un poco de agua, y vio la muesca
superficial en la base de la roca. La miró más de cerca. Era casi como una
pequeña cueva. Se inclinó y se puso de rodillas para verla mejor.
Cuando descubrió la oscura sombra agazapada ahí dentro le empezó a latir con
fuerza el corazón. Ella se inclinó hacia delante y clavó la vista en él. Las
pupilas eran de un rojo encendido, rodeadas de un blanco perfecto. El vio cómo
se abrían y cerraban lentamente las agallas de sus espaldas, absorbiendo el
aire, jadeantes. Miró con más precisión y advirtió que el interior de las
agallas era de un delicado color rosa. Era una muchacha, una habitante del mar;
estaba seguro de que así era, a pesar de no haber visto nunca a una muchacha
viva, ni humana ni nativa, que él pudiera recordar. Había visto fotografías de
mujeres y también de su madre, quien había muerto de parto. Su padre le había
criado con ayuda de Jak, su empleado, que era amigo de Tim y le había enseñado a
utilizar la máquina de aprender traída de la vieja Tierra.
Se incorporó y retrocedió mientras ella extraía su cuerpo de la baja cueva,
dejando caer sus cabellos hasta la cintura. Casi tenía la misma estatura que
Tim, un metro y medio aproximadamente. Desprendía un cálido y agradable olor
húmedo que le hacía desear permanecer cerca de ella. Se detuvo a sólo medio
metro de él y Tim sintió y oyó su aliento que removía el aire junto a su cara.
Tenía los pies palmeados; sus piernas eran largas y delicadas para su estatura y
constitución. La cintura era fina, pero tenía las caderas llenas; el vello
púbico era una masa de rizos de ébano, entre los que colgaban, gotitas de agua y
espuma como lechosas perlas blancas. Sus largos cabellos negros le tapaban
parcialmente los senos.
Él sintió una vega expectación. Se estaba levantando el viento, secándole el
bañador y la piel y poniéndole carne de gallina. Su único pensamiento era que
debía permanecer quieto y mirarla sin apartar los ojos de su figura hasta que
ella dejara de prestarle atención. Sintió un nudo en el estómago y una gran
alegría de que ella también le mirara. Empezó a oír su pulso, que palpitaba en
sus oídos, por debajo del susurro del viento. El placer iba acompañado de una
sensación de fuerza. No le importaba la fría travesía de regreso a nado; no le
importaba el viento cada vez más fuerte y la creciente oscuridad. La roca, el
cielo, el viento y el hogar de donde había venido eran irreales; su padre era
una imagen distante, muy alejada de la vívida realidad que le rodeaba.
Ella se le acercó un paso, con los ojos fijos en él, su mirada atenta y curiosa.
Le sonreía. Él observó que no tenía cejas y su piel gris estaba cubierta de una
película viscosa que captaba curiosamente la luz. Desprendía un olor
embriagador.
Adelantó una pierna, doblada a la altura de la rodilla, y le rozó con ella en un
gesto que le hizo suspirar profundamente y estremeció todo su cuerpo. Después
abrió la boca y emitió una apaciguadora nota de soprano, casi como un fragmento
de una canción que no cantaría. Tim olió el frescor del agua de mar en sus
cabellos.
Permaneció totalmente inmóvil, comprendiendo que debía hacer algo. La presencia
de ella parecía milagrosa, y tal vez jamás volviera a repetirse un momento como
ése. Tendría que intentarlo.
Ella alargó una mano palmeada y palpó su vientre, desnudo, por encima del
bañador; esto quebró la voluntad de Tim. Luego palpó con curiosidad el verde
tejido sintético, como si pensara que tal vez formaba parte del cuerpo del
muchacho.
De prónto ella avanzó, pasó rozándole con todo su cuerpo y se zambulló en el
agua entre las rocas. El se volvió y la siguió en el acto, se adentró en el agua
y se lanzó veloz en su persecución. Nadó un par de metros y tocó fondo,
esperando que ella saliera a la superficie.
Sin nada que lo anunciara, ella se apretó contra Tim bajo el agua y su cabeza
apareció enfrente de él. Nuevamente sonreía; sus cabellos eran una maraña de
negras algas rebosantes de agua. Su cuerpo se apretó tenso contra él por un
instante y Tim acarició sus redondos senos con los dedos. Y entonces ella
desapareció otra vez.
Por el oeste, el horizonte estalló en distintos matices de rojo y azul oscuro
sobre el agitado océano. El puño cerrado de las nubes que retenían al sol
poniente se abrió sólo un instante para revelar la hinchada y deforme esfera que
ya se hundía en el mar, tiñendo las nubes y ensombreciendo el agua con su rojo
apagado.
Ella volvió a emerger a un par de metros de distancia. Expulsó el agua por las
agallas y él sintió un deseo desesperado de tenerla cerca, de alargar la mano y
tocar sus largos cabellos, su vientre y sus largas y gráciles piernas.
Nadó hacia ella, pero la chica se sumergió y salió a la superficie detrás de él,
cerca de la roca. Él la vio salir del agua, con el cuerpo reluciente, y la
visión de sus nalgas fue un nuevo deleite, algo de lo que se habría burlado si
simplemente se lo hubieran descrito. Recordó cómo se reía imaginando qué aspecto
tendrían las mujeres de las fotografías de la tierra si pudiera desvestirlas y
darles la vuelta. La contempló mientras se sentaba de espaldas a la roca. Sus
agallas vertieron un poco de agua. sobre su. pecho en el proceso de adaptación
al aíre.
Tim nadó hacia la roca, contemplando cómo ella extendía las piernas hacia
delante y las separaba un instante con los ojos fijos en él. Se sumergió un
momento y comenzó a bracear más rápido para mantener la cabeza fuera del agua.
Se dio un golpe cortante en la rodilla contra la roca.
Por fin consiguió izarse otra vez sobre la roca. Parecía más fría y más
resbaladiza bajo sus pies. Permaneció de pie, mirándola, confuso, con la
respiración entrecortada, satisfecho de sí mismo, con los ojos fijos en ella
como si pudiera desvanecerse en cualquier instante. No podía apartar la mirada;
los ojos de ella le mantenían clavado a la roca.
Un enorme rugido llegó de la playa. Tim se volvió al oír el primer eco y estuvo
a punto de perder pie. Recuperado el equilibrio, miró hacia la playa. Ahora la
luna mayor comenzaba a elevarse sobre las rocas, arrojando su mortecina luz
dorada sobre la arena gris. La luna pequeña, un brillante disco plateado casi
encima de sus cabezas, daría otra veloz vuelta al mundo antes de que apareciera
la luna grande. Las rocas proyectaban largas sombras dentadas de sólida negrura
sobre la playa, dientes estigios adentrándose entre los rompientes. Las sombras
retrocederían cuando la luna mayor se elevara en el cielo. El océano se había
tragado el sol putrefacto por el oeste y las oscuras nubes habían reconstruido
su rompecabezas de ébano que cubría una tercera parte del cielo. Ahora la marea
iba subiendo rápidamente y pronto cubriría toda la roca, a excepción de la punta
de la aguja. Arriba, brillaban unas cuantas estrellas cerca de la luna pequeña.
Se oyó otra vez el rugido, un grito imperioso algo enfadado que chocó contra las
rocas de la playa y rebotó hasta él sobre las aguas. La muchacha se levantó y se
le acercó, pero tenía la mirada fija en la playa. El la agarró e intentó
retenerla, pero ella se mantenía más firme que él sobre la roca. Tim resbaló y
cayó de costado, con los pies en el agua.
Ella se zambulló y echó a nadar hacia la playa, deslizándose veloz entre las
aguas, asomando sólo la cabeza. Un instante después había desaparecido en el
interior oscuro del agua. El permaneció sentado con la mirada fija en la costa;
se sentía desolado, como si aquello fuera el fin de su vida.
Al cabo de algunos minutos vio aparecer en la playa una silueta negra procedente
del agua, como si el mar en sombras hubiera tomado forma. Otra figura se
desprendio de la negrura de las rocas y salió a su encuentro sobre la arena
iluminada por la luna, precedida de una larga sombra. Las dos siluetas se
fundieron, formando una criatura de dos cabezas que proyectaba una única sombra
en dirección al mar. La vio alejarse del agua hasta que se confundió con las
rocas y se hizo invisible.
Se sentía vacío, incapaz de moverse, inundado por la pérdida. Se estremeció,
consciente del frío, y todo el mundo estaba vacío a su alrededor, a excepción
del viento que lo cruzaba como un apresurado intruso. Sobre la playa, las
sombras eran consistentes, nítidamente dibujadas, y sólo cedían su terreno ante
la luz de la luna que iba levantándose. En las zonas altas, los árboles enanos
se inclinaban hacia atrás en dirección a la tierra y sus hojas se desprendían
una a una...
Se incorporó y entró en el agua, sin prestar atención a las afiladas rocas, y se
zambulló. Estuvo nadando lo que le pareció un largo rato y durante unos minutos
se tendió de espaldas sobre las aguas oscuras como la tinta y se impulsó con las
piernas mientras contemplaba el cielo cada vez más opaco de nubes y de niebla.
Por fin hizo pie en el agua y vadeó hasta la orilla. Una ola le derribó, pero se
incorporó rápidamente y logró salir antes de que pudiera darle alcance la
siguiente.
Con los brazos apretados contra el cuerpo mojado, siguió la doble huella de pies
palmeados hasta las rocas. Comenzó a trepar y siguió adelante incluso después de
que desaparecieran las huellas que le servían de guía. Llegó a lo alto y comenzó
a descender por el otro lado; durante un rato sólo percibió su jadeo y el dolor
de los dedos de los pies heridos y la rodilla magullada. Lentamente fue tomando
conciencia de otro sonido apenas perceptible para el oído normal.
La única luz procedía ahora de la luna grande. La luna pequeña había
desaparecido entre las nubes que cubrían el cielo por el oeste. Tim fue bajando
entre las rocas a paso más acelerado.
En algún punto de allí abajo oyó un suave murmullo del mar, distinto del
amortiguado estallido de las olas sobre la playa. Se detuvo, perfectamente
inmóvil, y escuchó. Su cuerpo se puso tenso. Le dolía el pensamiento de que
había perdido a la muchacha. El mar se introducía por alguna parte entre las
rocas, tal vez a través de un canal abierto por las mareas, y desembocaba en una
charca que una vez al día se llenaba con la marea alta. No le permitían explorar
las rocas y comprendió que en realidad ésa era la primera vez que se encontraba
a una distancia considerable de la casa después de oscurecer, y solo.
Avanzó cuidadosamente paso a paso, cada uno de los cuales le hacía descender un
poco, le acercaba un poquito más al sonido del agua. Luego, por un instante, se
situó en la perspectiva adecuada y vislumbró el reflejo platinado de la luna
flotando sobre una charca de agua. Bajó de las rocas a 1a arena lisa y la luz
desapareció.
Intuyó que estaba sobre una gran depresión arenosa circundada por las altas
rocas. La charca y el canal que atravesaba las rocas se encontraban en algún
lugar de la penumbra que se extendía frente a él, tal vez a unos treinta metros
de distancia. Siguió avanzando. La arena estaba aún caliente y ello fue un
consuelo para sus pies.
Unas nubes avanzaron sobre la luna grande y la cubrieron. Se detuvo. Allí mismo,
delante de él se oía otro sonido. Forzó la vista intentando ver algo. En esa
zona resguardada no había viento, sólo el sonido del agua que se agitaba en la
charca y el otro son casi inexistente.
Avanzó cinco pasos más y volvió a detenerse.
Las nubes se abrieron de pronto. Enormes moles desintegradas flotando en torno a
la luna. Dentro de unos instantes llegaría todo el frente nuboso procedente del
mar. Tim avanzó otro paso y vio las formas oscuras sobre la arena. Siguió
avanzando hasta que pudo verlas bajo la luz de la luna.
El macho la tenía cogida por las agallas, abriéndoselas mientras se movía arriba
y abajo. La muchacha del mar respiraba pesadamente; con esos gemidos musicales
que Tim ya conocía y pudo verle la cara cuando se volvió en su dirección. Solo
se distinguían los blancos de los ojos mientras hacía rodar la cabeza de un lado
a otro. Sus cabellos formaban una negra maraña en torno a su cabeza sobre la
arena.
Los dos parecían incapaces de prestarle atención. Por lo que Tim alcanzaba a
ver, el gran macho era igual a ella, pero su piel parecía más áspera y tenía un
olor desagradable. Sus enormes pies palmeados se hundían en la arena.
La forma oscura se desprendió del cuerpo de la muchacha y rodó sobre la arena.
Luego se puso de cuatro patas, acercó la boca al vientre de ella y mordió su
carne trazando aproximadamente el contorno de un círculo. Ella extendió las
manos palmeadas y las hundió en la arena.
Cuando hubo terminado, el macho levantó la vista y Tim vio dos rojos carbones
encendidos fijos en él. La criatura rugió y Tim retrocedió un par de pasos. La
muchacha siseó. El macho se incorporó alcanzando una fantástica estatura. Tim
dio media vuelta y echó a correr. La criatura continuó rugiendo pero no le
siguió.
Tim subió a trompicones por donde había venido. Cuando había trepado hasta media
altura, las nubes ocultaron la luna y se hizo muy oscuro. A tientas se abrió
peso hasta la cima.
Agradeció la escasa luz que se filtraba de la luna y gracias a la cual pudo
encontrar el camino hasta la playa. Corrió en dirección al sendero que se abría
en el otro extremo de la media luna de la línea costera. Subió velozmente por el
familiar atajo hasta el camino polvoriento y mantuvo un paso rápido y uniforme
hasta que divisó las luces de su casa engarzadas entre los árboles en la ladera
de la colina y escuchó el débil zumbido del generador eléctrico en el galpón
contiguo. La fresca hierba fue un consuelo para sus pies magullados mientras
ascendía por la colina hasta la puerta de entrada.
Jak estaba sentado fumando su pipa junto a la mesa de madera, en el centro de la
habitación. Tim pasó por su lado y cruzó la puerta abierta en dirección a su
cuarto.
-¿Dónde has estado? -preguntó Jak en tono amistoso a sus espalda.
Tim no se sentía con ánimos para explicárselo y, puesto que su padre no estaba
en casa, consideró que no era necesario decir nada. Se dejó caer en la cama y
permaneció callado. Su respiración fue haciéndose regular y se durmió.
Cuando despertó, la aurora se anunciaba en forma de luz pardusca sobre la
ventana del este. Apartó la manta con que Jak le había cubierto durante la noche
y se levantó de la cama.
Todavía llevaba el bañador y observó los esparadrapos sobre sus pies lavados.
El recuerdo de ella estaba agradablemente presente en su mente mientras se ponía
a toda prisa un par de tejanos limpios y una camisa. Entró en el cuarto
principal donde Jak roncaba sonoramente frente a las ascuas mortecinas. Se
detuvo junto a la puerta, cogió una antorcha y unas cuantas cerillas del estante
y salió.
La mañana estaba húmeda. La hierba castigada por el sol aparecía muy mojada
sobre la colina. Bajó al camino y recorrió los dos kilómetros que le separaban
del sendero de la playa. Sólo una leve brisa agitaba el aire húmedo.
Bajó rápidamente por el sendero y atravesó la playa en dirección a las rocas
altas. Mientras caminaba miró hacia el mar, donde la aguja rocosa se elevaba
entre la bruma sobre el agua y se sintió orgulloso de haber llegado por fin
hasta allí. Ahora parecía estar más próxima, no tan alejada como le había
parecido un año atrás cuando tenía trece años.
Trepó rápidamente por las rocas bajo la luz del día. Cuando empezó a bajar por
el otro lado, la hondonada rocosa parecía vacía, vulgar incluso. Saltó a la
arena y avanzó hacia el lugar donde estaba la charca de agua. Era un lisa
cavidad en la roca, ahora vacía. Imaginó que si había una gran tormenta, la
cavidad se desbordaría convirtiendo toda la depresión en una profunda laguna.
Miró de soslayo el oscuro túnel a través de las rocas por donde entraba el mar
durante la marea alta. "Tal vez se fueron por allí", pensó. Miró hacia atrás y
vio una única huella de pisadas que avanzaban hasta el borde, próximas a las
suyas. Rápidamente dio media vuelta y volvió al lugar donde les había observado
la noche anterior. La arena estaba sucia y revuelta.
Sacó las cerillas y encendió la antorcha. La clavó en la arena y se calentó las
manos en cuclillas. Luego se puso a cuatro patas y empezó a cavar. La arena
estaba húmeda tras la primera capa de la superficie y se desprendía con
facilidad, como si acabaran de ponerla allí.
Siguió cavando más de prisa al encontrar el mechón de negros cabellos. Cuando la
descubrió tenía lágrimas en los ojos. Contempló la textura cubierta de arena de
su piel, sus grandes ojos cerrados y muertos, los cabellos llenos de pequeñas
piedrecitas y trozos de concha. Dio un puñetazo en la arena y se sentó sobre los
talones, sollozando en 1a húmeda mañana. La antorcha crepitaba en el aire húmedo
a su lado.
Cuando se hubo recuperado, observó las señales sobre el vientre de la muchacha,
un círculo de perforaciones muy próximas unas a otras. Parecía hinchado, como si
la hubieran apaleado, y en su vello púbico había unas gotitas color vino. La
miró más detenidamente y advirtió que... parecía que la hubieran llenado de
algas y arena. Tocó su vientre. Milagrosamente, todavía se conservaba caliente y
blando. Recordó qué lozana y mágica le había parecido allí fuera, sobre la roca,
y cuánto la había deseado. Entonces comprendió que no estaba muerta y la
desesperanza de toda la situación le pesó como una piedra fría en el estomago.
Tenía que taparla en seguida o moriría antes de concluir su sueño invernal. Era
todo lo que podía hacer, ahora que sabía que estaba llena de pequeños. Todos los
pequeños fragmentos de información recogidos adquirían ahora un sentido. En
primavera, los pequeños saldrían al exterior y se abrirían camino hasta la
charca de agua, pequeñas criaturas en forma de lagarto que con el tiempo se
transformarían en habitantes marinos. El líquido del vientre de la muchacha
estaba llenos de huevos que el macho le había insertado. Dormiría mientras
alimentaba a los pequeños seres en fase de desarrollo y por fin estos se
abrirían paso con los dientes a través de la sección perforada de su vientre.
Pero aunque no estaba muerta, la muchacha no volvería a despertar. Fue arrojando
arena sobre su cuerpo.
¡Los pájaros! Las aves marinas acudirían allí en primavera para devorar a los
pequeños que huían. Recordó el ruido que hacían sobre las rocas en años
anteriores. "Yo estaré aquí con una escopeta -pensó-, estaré aquí y al menos
podré hacer eso". Y tal vez volvería a encontrar otra como ella.
Su miedo se fue aplacando y terminó de enterrarla. Se incorporó y apagó la
antorcha en la arena. Se alejó a través del claro, en dirección a las rocas y
comenzó a subir lentamente, y durante todo el camino hasta su casa estuvo
pensando en la nueva vida enterrada allí en la arena.
Cuando estuvo a la vista de la casa, descubrió el remolque y el pesado tractor
aparcados frente al galpón. Su padre había regresado pronto. Corrió colina
arriba desde el camino, olvidada casi su melancolía. Se detuvo a mitad de la
colina al ver a su padre que charlaba con otro hombre frente a la puerta de la
casa. El otro hombre apartó la vista de su padre y Tim siguió su mirada hacia la
izquierda. Vio a la muchacha allí de pie observando cómo el sol intentaba
abrirse paso entre la bruma matutina. Sus largos cabellos flotaban movidos por
la brisa que ahora soplaba del mar. Tim vio que su padre le saludaba y le
devolvió el saludo. En ese mismo momento, la muchacha se volvió a mirarle y Tim
vio que sonreía. Al instante decidió cambiar de rumbo y continuó colina arriba,
en dirección a la muchacha.

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