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4 AÑOS A BORDO DE MI MISMO.23 Oct 13 - 07:10 Cuatro Años A Bordo De Mi Mismo Eduardo Zalamea Borda Prólogo EL VICIO INSACIABLE Y CORRUPTOR DE ULISES Con la mano en el corazón, contéstese usted mismo: ¿Quién fue Eduardo Zalamea Borda? No se preocupe: tampoco lo sabe la inmensa mayoría de los colombianos. Sin embargo, una novela insólita escrita a los veinte años, y más de treinta de periodismo ejercido con una maestría práctica y un rigor ético ejemplar, deberían ser suficientes para recordarlo como uno de los escritores colombianos más inteligentes y serviciales de este siglo. Fue un miembro distinguido de la aristocracia local de las artes y las letras, que a los dieciséis años tiró por la borda el lastre de sus pergaminos y se fue a vivir de sus manos en las minas de sal de La Guajira. Fruto de esa experiencia de vida fue Cuatro años a bordo de mí mismo, una novela que rompió la escafandra académica del género en Colombia. Pero el rastro de su talento fue mucho más visible en el periodismo. Primero, en plena juventud, como cronista y jefe de redacción de La Tarde, un vespertino efímero intentado por EL TIEMPO para respaldar la candidatura de Enrique Olaya Herrera; luego como jefe de redacción de El Liberal, y por último como editorialista, columnista y subdirector de El Espectador, hasta su último aliento. Desde el punto de vista cronológico nació en 1907 pertenecía al grupo de Los Nuevos. Pero no es fácil encasillarlo en ese ni en ninguno de los cenáculos literarios que se descuartizaban unos a otros por aquellos años, ni figura en el Pequeño Larousse donde está todo el mundo , y apenas si lo mencionan en los manuales escolares. Esto podría entenderse por la mala memoria que tenemos los colombianos para acordarnos de los maestros, pero también porque Zalamea fue un visionario de rueda libre que siempre se mantuvo un paso adelante de sus contemporáneos. Escribió su novela bajo el hechizo ardiente del Ulises de Joyce, que se había publicado en París apenas unos seis años antes. Del mismo autor tomó los seudónimos ocasionales de Bloom y Dedalus, como si uno solo fuera bastante para pregonar su fervor. No era un hombre fácil. Como no lo fue a nunca ni consigo mismo: una mala noche de su juventud turbulenta, bajo los almendros legendarios del Café Roma de Barranquilla que no tenía techo ni puertas se disparó un balazo en el pecho que le salió por la espalda y no logró atravesarle la vida. Su sombrero blando, sus bigotes agrestes, su voz ronca y pedregosa de fumador irredimible y el sobretodo de paño negro que debió ser el último de la ciudad, completaron su imagen de hombre difícil. Llegaba a su oficina del periódico con una puntualidad de relojero, siempre con los libros que debían de leerse sin falta en español, inglés o francés y que él reseñaba en su columna diaria con una autoridad de mano dura. Se sentaba durante horas ante la máquina de escribir con una fluidez de mecanógrafo notarial, perfecto, y seguía escribiendo sin pausas pero siempre pendiente de lo que ocurría en torno suyo, preguntando y respondiendo sin dejar de escribir, como si pudiera usar por separado y al mismo tiempo al igual que los sabios delfines los dos lóbulos de su cerebro. Es posible que muchos lectores de su libro no supieran que él era el mismo galeote escondido tras el seudónimo de Ulises que no había tomado de Homero, como sería fácil suponer, sino de la novela homónima de James Joyce y con el cual firmaba en El Espectador una columna diaria: La ciudad y el Mundo. Es difícil imaginar un tema que no hubiera tratado en las muchos años que la mantuvo viva, siempre bien informada y con una fidelidad liberal de hueso colorado. Fue uno de los primeros periodistas que calificó las películas de estreno con un criterio artístico y comentó los partidos de fútbol con un método de crítico literario. En los años cuarenta creó y fue director absoluto del suplemento literario Fin de Semana, que se publicaba los viernes en El Espectador como una ventana abierta al horizonte del mundo. Sin embargo, su obra de mayor mérito que sin embargo parece condenada a permanecer para siempre en la sombra fue la influencia personal que ejerció sobre un buen número de escritores y artistas jóvenes que hoy deberían conocerse como la Generación del 9 de abril. En realidad eran grupos de creadores novatos con los que se reunía sin programa en los cafés donde estudiaban todo el día por los cinco centavos de un solo tinto, o a la salida de los cines de a peso o en las cantinas mustias donde se retiraban a morir los poetas. Su tema fue siempre el mismo: la urgencia de modernizar las artes y las letras de Colombia en sintonía con el mundo. Es difícil concebir un hombre con tantas ideas propias sobre el oficio de escribir, ni más claridad y poder para contagiarlas. Ese modo de ser, más que una pasión, fue en él un vicio insaciable y corruptor que lo atormentó sin pausa ni repososo hasta su muerte inadmisible a los cincuenta y seis años. Los más afortunados fuimos los que compartíamos con él la tertulia del periódico a las cinco de la tarde, que es una instancia desaparecida en el periodismo de hoy. Tenía un olfato casi sobrenatural para desentrañar las vocaciones ocultas y sustentar las definidas, pero sin un ápice de complacencia. Era el lector más lúcido de manuscritos crudos, y por lo mismo el más temible. Sin términos medios, pues lo mejor de su corazón fue la voluntad radical con que nos convencía de romper los borradores que no le parecían dignos de publicarse. Lo que se opone a lo bueno solía citar no es lo malo sino lo mediocre. O de otro modo: un escritor es más valiente por lo que se atreve a romper que por lo que se atreve a publicar. Y por lo menos uno de nosotros sigue preguntándose todavía si seríamos lo que somos hoy de no haber sido por él. Gracias a la sabiduría brutal con que nos obligaba a respondernos a nosotros mismos qué clase de animales útiles debíamos de ser o merecíamos ser en aquella Colombia retórica y confesional del medio siglo. Octubre 1998 Gabriel García Márquez Partida. — Iniciación de la línea. — Viaje. La noche está sola. Sola como la luz. Abandonada sobre el mundo, extendida sobre muchas ciudades, muchos campos, bosques, islas, mares, aldeas. En la ciudad la acompaña la otra soledad. La de las lucecitas pequeñas de las bombillas eléctricas, la de los cigarrillos taciturnos dormidos en las manos fatigadas de la madrugada. Las lucecillas del cigarro malo del asesino, que se esconde entre su sombra cuando siente pasos cercanos. Pero aquí en Puerto Colombia, está más sola que en todos los lugares del mundo, 3, 1, 7, 13 estrellas vacilantes le hacen desganada compañía. Atrás, allá en el caserío dormido, hay unos pocos resplandores que no alcanzan a equivaler a la luz de una estrella. Nubes bajas, olas sonoras. Olas que juegan con el muelle. El muelle, largo y recto, acariciado por el viento. Viento alegre que no parece viento nocturno sino viento de amanecer. Nubes, olas, viento, estrellas, noche abandonada. A las 12 han de venir a embarcarme los marineros. Tengo miedo, un miedecillo vago, pequeño, como el miedo que sentía en mi casa cuando era niño en mi casa cuando era niño y me dejaban solo en la noche para que durmiera. Aquí, como allá entonces, estoy solo y es de noche. ¿Acaso no soy también un poco niño? ¡Qué miedo he tenido! Como ese miedo vago que tuve en el muelle, mientras esperaba a los marineros, creció y se hizo gigantesco, devorador, terrible, cuando llegó el botecillo tambaleante a esperarme debajo de la parte alta del muelle. Donde las olas son más mugidoras, más grandes, más marinas. El bote saltaba, nos echaba de un lado a otro, se movía sobre el momo del mar. Y yo tenía que saltar a bordo. Los marineros me gritaban blasfemias, ajos, se burlaban. Por fin salté... El bote se hundió de popa. Yo pensé que iba a ahogarme y sujeté por el cuello a un negro remero. Me rechazó y caí en el fondo. El bote estaba lleno de agua. Soplaba el viento. ¡Ya estoy a bordo! ¡Seguro! Y me marcho a la Guajira. Tambalea la goleta. El viento sopla entre las jarcias y en ellas se peina su cabellera rauda y musical. De la popa salen voces y de la proa risas, y risas de la boca del capitán. ¡Oh capitán bueno de la goleta sucia, de la goleta vieja de los comerciantes turcos! Capitán barbudo y risueño que fumabas en tu pipa y siempre estás con ella en mi recuerdo! Mi camarote, o mejor, mi litera, es sucia, maloliente. En la otra litera hay dos negros que fuman su tabaco. Compañeros de viaje. Tienen unas franelas húmedas de sudor y de agua, porque han estado pescando. La goleta se mueve. Se mueve mucho... Intento fumar y la boca se me llena de un agua lenta, fluida y salada... Desisto. ¡Oh! Pero ¿es en verdad una mujer? ¡Sí, una mujer! mulata de tez brumosa, que —cuando la miro— se arrebola con grandes nubes grises ¿grises? Sí, serán grises... ¿He dormido unas horas? ¿He dormido unos minutos? ¡No lo sé! Oigo la tos del capitán, el ruido del timón que chirría, apartando masas de olas; entra al camarote un fuerte viento perfumado, cálido. Viajamos, viajamos... Entre la noche, nace un cantar: Yo, como no soy valiente, pongo trinchera y me tapo; porque siempre el hombre guapo muere miserablemente...! Este cantar, de color y de ritmo negros, de sílabas distendidas, fatigadas, rotas; ¡el chas!, de las olas contra los costados del barco, el alegre canto del viento que juguetea con las olas pequeñas, la conversación de los negros —con las eses guillotinadas— que hablan a media voz; la constante y larga mirada de la mujer mulata, traen —quien sabe de dónde— el hilo del sueño. Largo tiempo he dormido. Con un sueño pesado, sueño lleno de mujeres mulatas, de indias, de olas y de casas de Bogotá. Nos despierta el chiquillo que hace de grumete y de ayudante del cocinero de a bordo. Es un chiquillo rubio; pero no de ese rubio limpio, brillante y cuidado que tienen los niños de las ciudades lejanas. Rubio ceniciento, lleno de mugre el de este chiquillo que ya tiene, con su cuerpecito débil de 12 años, una cara hosca y dura de marinero antiguo. —Toma café —dice y extiende una tacita. La concisión de esta frase firme no está de acuerdo con el tambaleo de la tacita esmaltada, llena hasta los bordes de un café claro y malo, hecho a base de panela. Se oye, en la claridad de la mañana, el chirrido de los palos y el estirarse de las velas anchas con el viento tempranero. El barco ya está despierto. Hay gaviotas y cantan los marineros que están ya en traje de viaje. Con sus rudos pantalones de cotón azul, las franelas y rayas blancas y rojas, descalzos y con fajas deshilachadas. Más, apenas ha llegado el sol, cuando ya las velas empiezan a arrugarse, tristes y a flamear, lentas. Es la calma. Nos esperan quizá muchos días de silencio absoluto, de calor integral, de sed, tal vez de hambre. Ya sentimos calor. Un calor pegajoso que nos unta todo el cuerpo como una grasa pesada y molesta. El sol se hace más rubio, más violento, sentimos sed. Hemos de beber el agua que viaja —tranquila, sin cielo— entre los grandes barrilles que hay sobre la cubierta. Un agua gruesa, tibia, difícil. Y después de haber bebido, nos sentamos sobre el piso caliente a esperar el viento. Sobre el mar cae —en grandes ondas— una tranquilidad desesperante. No hay siquiera un pequeño soplo de viento. Fumanos, y al arrojar al mar el cabo del cigarrillo americano —¿por qué fumaremos cigarrillos americanos?— que hace una pequeña serie de círculos concéntricos, nos ponemos a esperar que de esos movimientos ínfimos del agua callada, nazca el viento esperado. El viento fresco, salino, aromado de lejanía, que ha de llevarnos a nuestro destino. Pero no. El viento no vendrá. ¿Por qué estamos aquí, en el centro de este terrible círculo de agua y aire, eterno, cercano, infinito y distante? Olas leves ondulan la superficie verde. Olas niñas, juveniles. Comienza ya a mordernos el tedio con sus engranajes aplastantes. Nos sentimos tan solos individualmente, a pesar de que estamos rodeados de nuestras mutuas miradas! La desesperación nos hace lentos los movimientos y obliga a nuestras bocas a morder la carne elástica de los bostezos. Los ojos de la mulata, son cada vez que me mira, más lánguidos, más de verdadero terciopelo. El capitán mira al mar. Un mar tan claro, tan diáfano como una sucesión infinita de frágiles placas de vidrio, y ve los pargos rojos que muestran en el fondo sus ojos burlones y acuosos. —¡Vamos, muchachos, dice, a pescar pargos! —Pero, sudaremos más ...! —¡No importa! Y nos dedicamos todos a echar el anzuelo, tediosos, cansados, sin la esperanza de que llegue el viento. El capitán sonríe y los marineros hacen chistes malos sobre el tedio, el sudor y el cansancio. Los odio. Sobre todo, a este negro hipócrita que me rechazó cuando embarqué en el bote y que ahora sonríe, fumando su cachimba, mientras tiene entre las manos caratosas el hilo del anzuelo. Ellos, el capitán, los marineros, los negros, la mulata, están ya acostumbrados a las calmas y al mar. Pero yo no. Ellos han visto pasar la vida entre el mar, el viento y la calma. Yo nací en una ciudad fría y distante. En una ciudad que se consume entre el abrazo ciclópeo de cordilleras verdes y frescas; sobre todo frescas. ¿Por qué no nacería en el mar? ¿En este mar verde, lleno de buques, de olas y de gaviotas? Pero no. Mejor es haber nacido allá, porque ahora tengo siquiera el recuerdo de la frescura. También la piel tiene memoria —memoria táctil— y guarda el recuerdo de las temperaturas. Me distraigo pescando pargos. ¡Es delicioso! Se arrojan los anzuelos atados a los cabos largos, larguísimos y fuertes, con su buen cebo de carne roja, sangrienta. Se les ve bajar —diluyéndose el rojo entre el verde— hasta muy hondo, y entre las aguas casi blancas se contempla la boca voraz que atrapa el cebo y el pargo que difunde el dolor con la cola en contorsiones y movimientos bruscos. El pargo sube, haciendo toda clase de movimientos torpes, con la boca abierta y los ojos menos brillantes. Es posible que detrás del pargo llegue un tiburón que viniera siguiéndolo y nos robe a mitad, cortándolo con sus dientes agudos. Pero si el pargo viene solo, lo recibimos gozosos, aún vivo, congestionado, lleno de agua a la que comunica sus estremecimientos agónicos. El pargo de fondo es grande y robusto; tiene casi un metro de longitud y de belleza. Con escamas brillantes, regulares y de un alegre color rosa. Hoy hemos pescado muchos. Tantos, que casi no caben sobre la cubierta de la goleta que huele a sangre y a fósforo, porque comeremos muy pronto el sancocho de pescado fresco. Los otros, los salará el cocinero y se venderán en Riohacha. El cocinero es un viejo de Curazao, negro y mugriento, con una cara diabólica y un sombrero de color chocolate. Fuma constantemente en una pipa casi carbonizada. Aún no he podido explicarme por qué las pipas son el retrato de sus dueños. Al menos, las de los marineros. La de éste es de un cerezo profundamente oscuro por el sudor y la mugre. Curvada, lanza siempre al espacio un humo lento y sucio, lento y maloliente. Siempre la tiene escondida hasta la mitad entre los bigotes de color de cobre patinado, y, solamente cuando abre con su afilado cuchillo un pargo o degüella sobre la borda del barco una gallina, se le alcanza a distinguir entre toda esa oscuridad, dos dientes amarillos, sin que jamás puedan vérsele los labios. Pero, al fin, es un buen cocinero. A Meme —ya sé el nombre de la mulata— le gustan los plátanos y las tortas que fríe en la sartén, lentamente, como si friera personas. Es ya a hora de almorzar y aún no viene el viento. Tan fatigados estamos que no sentimos el tedio. Me tiendo sobre un foque viejo, amarillo, que quién sabe cuántas tempestades ha afrontado, cuántos vientos sentido! Y, más cerca que antes de la frescura ilusa de las aguas, me pongo a pensar, a recordar, a soñar. Y vuelvo a ver entonces las calles de mi ciudad. Calles grises del atardecer, sin color, con los colores de los vestidos femeninos borrados por la oscuridad de los aleros, que tienen a esa hora su sombra más profunda. Calles por las que discurría mi adolescencia con los libros inútiles bajo el brazo —no sabía que existieran la vida y la aventura— con los ojos de los 14 años abiertos sobre el movimiento y la línea y con el presentimiento terrible de la mujer que ya sentía llegar a mí, a mi carne y a mi dolor. Y ahora, aquí: tendido, solo, camino de la Guajira. De las aventuras y de la vida. Meme, la mestiza, tiene un traje de olán blanco. A través de la tela, veo sus muslos lentos, firmes, pesados y morenos, pero no tan morenos como la cara, a pesar de la sombra. El vientecillo ligerísimo que sopla, los ciñe a la tela, para mostrar su redondez, su dureza. (Alguna vez mordí un brazo a mi niñera). Todos esperamos el sancocho. El sancocho de pargo que nos hará sudar más. ¡Todavía más calor! No se puede ni comer. Por todo se suda. Cuaquier movimiento que hacemos nos produce una larga humedad en el pecho, la frente, las sienes y las axilas. Pero nos comeremos los pargos que hemos pescado —¡yo!— a pesar del calor y del cansancio. Está sabroso el caldo, con grandes ojos de grasa y los pedazos de pescado blanco que se deshacen entre la boca. En otro plato hay un pedazo de carne gorda y un trozo de plátano asado; comer carne con caldo y pescado con yuca es muy sabroso. En la boca perdura un sabor ambiguo de sal y de dulce. Después tomamos el café. El mismo café de esta mañana, hecho a base de panela. Fumaré en mi pipa nueva que compré en Barranquilla. Pipa larga, fina, para la ciudad. No he fumado 10 minutos cuando empiezo a sentir un grande ardor en la lengua y en la garganta. El humo me saca lágrimas. Lole, uno de los negros, se da cuenta y, sonriendo, me dijo: —Préstala, yo te la curo. Vacilo un momento —después, en la Guajira, ya curada, ¿con qué la desinfecto? Pero pienso en mi lengua dolorida y en lo sabroso que será fumarla cuando tenga en el interior una dura capa de nicotina y de cenizas, y se la entrego en silencio. He dormido largo rato sobre cubierta, bajo la sombra inconstante de las velas flácidas, con el sol dormido a su vez sobre mi cuerpo, y he soñado con Meme. No recuerdo lo que he soñado, y es lo mejor quizás. Su nombre, ese nombre de niña, de bebé, que es casi un vagido, una queja, con sus dos sílabas exactas, repetidoras y monótonas, me ha roído toda la tarde el cerebro. Me levanto con la cabeza pesada, turbia; con el cuerpo cansado, revuelto; la boca reventando de bostezos, el horizonte gris, y la encuentro sentada sobre el foque que me sirvió de asiento y de mesa durante el almuerzo. Su calor y el mío deben haberse mezclado y ella debe sentir algo de mi cuerpo fomando parte del suyo. No nos hemos hablado jamás. Hemos cambiado apenas un tímido saludo. Pero ahora sí voy a hablarle. ¿Qué otra cosa puedo hacer durante el tiempo que tengamos encima la calma? Además, ya empiezan a mirarla demasiado los marianeros. Si no me adelanto, será para algunos de ellos. Voy hacia ella, bajo las miradas torvas de todos y la del sol, irónica y redonda. Hacia mi ciudad por el recuerdo No he debido hablarle. Era, por lo menos, inútil. Me acerqué a ella con un paso firme, que había perdido desde que embarqué hasta ahora, cuando la goleta no tiene ese piso vacilante de terremoto que improvisan las mareas sujetas al capricho de la luna hipócrita. Frente de nosotros estaba sentado sobre la obra muerta del barco, el contramaestre Dick, holandés viejo y marrullero. Tenía la mano derecha dentro de la faja, como si se acariciara el hígado. ¿Para qué decir las palabras que se cruzaron entre nosotros, tropezando en los guijarros de la timidez y el desconocimiento? Haría frases tontas, como todas las que se dicen a una mujer cuando se la desea sinceramente, con verdad y con ansia. Y si dijera lo que me respondió, qué mala idea se formarían de la pobre Meme! El viejo Dick se había dedicado a mirar hacia el Nordeste, con los ojos tapizados por la inquietud de la espera. La espera —tan larga ya— del viento. Sin decirnos nada, también nos pusimos a mirar, esa línea variable y exacta de los horizontes marinos, de un azul tierno, donde nacen los vientos esperados y los huracanes imprevistos. Son las cinco de la tarde. Los crepúsculos de estos lugares —cercanos ya al cabo de San Juan de Guía— son violentos, demasiados crepúsculos. No se tiene cuidado al repartir los matices y hay un exceso de rojos y violetas, que marea. Las velas de “El Paso”, nuestra goleta, no han sido arriadas. Sirven en su desmayo arrugado de testimonio de que aún esperamos. Todo ha sido lo mismo en este día. Ya nos conocemos ampliamente en nuestra simplicidad de personas sin importancia. El capitán, el contramaestre, el grumete, el condenado cocinero, los marineros, los pasajeros negros, Meme y yo. Nos hemos estado investigado-ramente mirando todo el tiempo. Podría jurar que el capitán tiene en la mejilla dos pliegues discretos que le acercan demasiado a la boca la oreja derecha, y que encima de la ceja izquierda de Dick hay un pequeño lunar de color café. En las jarcias hemos colgado nuestras ropas: pantalones azules y franelas rayadas. Están húmedos de sudor y agua de mar. Dos líquidos amargos y salados. Todo esto le da al barco un aspecto insólito de cosa firme, de casa inmóvil y tranquila. Y sólo es el primer día de calma. He oído referir historia y he leído en libros terribles que hay calmas eternas, de muchas horas, de días interminables. Historias escalofriantes por las que corrían redes temblorosas de hambre, estremecimientos de sed, convulsiones poeanas. Y, en fin, todos los hombres de aquellas historias y de esos libros morían de desesperación. Otra vez a comer. Está tan cerca el recuerdo —por escasez de sucesos— del almuerzo, que es repugnante el pensamiento de la comida. Y comer lo mismo: el pesaco, la carne y el plátano. El café hecho con panela. Y fumar tabaco. Sin embargo, como no hay nada más que hacer, comemos desaforadamente. ¿Y qué más puedo decir de la goleta y de sus tripulantes? Nada. En mi recuerdo se construyen a sí mismos arbitrarios y confundidos, con rasgos ajenos y ademanes prestados. Pero dentro de esas líneas, de esos gestos, duran siempre exactas la sensación de la calma y la certeza del peligro. Y ahora, hablaré un poco del objeto de mi viaje. Soy —como se habrá podido observar— un muchacho —hablo en 1923— que tiene grandes facultades para aburrirse por falta de movilidad. Y, sin embargo, me fascina la inercia, me place la molicie, soy perezoso. En el colegio, cuando un hermano cristiano, de cara morada como una berenjena madura puesta en el plato del cuello, nos explicaba la lección de geometría, me quedaba dormido. Y soñaba con ángulos, con triángulos isósceles y escalenos, en sueñecitos cortos, en los cuales no cabían sino dos o tres figuras geométricas poco complicadas. Quizá lo que más me disgusta es esta tranquilidad frozada y perfecta que nada turba. Si hubiera viento, habría gaviotas blancas, angulosas gaviotas que parecen hechas con el pedazo de papel duro que rasga cada uno de sus gritos secos. He dicho que soy perezoso e inerte. Es uno de los muy pocos defectos que me he encontrado, aunque siempre he deseado tener muchos. Es la mejor manera de vivir. Y, si a los defectos se añade un vicio, ya está hecha la fortuna. Los hombres buenos pasaron de moda como las crinolinas. Y es preciso ser hombres del siglo, del año de la hora y del minuto. ¡Es tan horrible saber que el tiempo nos ha tomado la delantera! Además, ser malo es cómodo y grato. Pero aun habiendo hallado a la maldad estas dos cualidades, no he podido llegar a ser perfectamente malo, lo cual me hace dudar mucho de mi humanidad. He prometido hablar del objeto de mi viaje. Pero, en verdad, mi viaje no tiene objeto. No se piense que tengo otro defecto. Mentir es otra gran cualidad. Lo ha dicho ese exquisito viejo Mark Twain humorísticamente, pero es necesario tomar en serio a los humoristas. Hablararé —en cambio— conmigo mismo, de mi viaje. Yo vívía en una ciudad estrecha, fría, desastrosamente construida, con pretensiones de urbe gigante. Pero en realidad no era sino un puebluco de casas viejas, bajas, y personas generalmente antipáticas, todas vestidas con trajes oscuros. Solamente dos cosas la hacían amable: las mujeres y los automóviles. Las mujeres eran unas 100.000 y 1.500 tal vez los automóviles. Mejor hubiera sido —para mí— lo contrario. Porque, ¿qué hace uno con ocho o nueve mujeres y sólo un automóvil? En cambio, qué agradable tener sólo una mujercita y dos Buicks, un Packard , un Chevrolet, un Nash! Me aburría profundamente y concienzudamente en esa corta ciudad, leyendo libros estúpidos y acaramelados de Ricardo León, Jorge Ohnet y Bordeanx. No llegaban libros de otros autores y todos los ciudadanos se creían grandes poetas y literatos. La ciudad era pintoresca, a pesar de todo. Resultaba maravillosa como espectáculo. Pero no existe un espectáculo tan decididamente divertido que pueda curar el aburrimiento perenne. Y un día resolví irme. Sin saber para donde. Un abuelo mío había sido pirata. Un abuelo o un bisabuelo. No lo recuerdo exactamente. Yo no sabía para dónde irme. Pero eso no importaba. Lo único necesario era salir de allí. Y por fin llegó la mañana de aquel lejano día de enero que debía ser el de mi viaje. Comencé a despedirme de la ciudad, como si no hubiera de volver nunca. Crecía en mí la certidumbre de la ausencia y se me alargaban las perspectivas de la distancia que habría de separarme de la ciudad. Cada minuto que pasó de aquel día, me dejó recuerdos de años. Lo remoto, lo desconocido, lo distante, adquirían frente a mi pensamiento —anticipo de lo que había de dejar más tarde y para siempre la retina— aspectos sorprendentes. Y en todos los instantes de aquel día —que para mí no tuvo color— se agolparon paisajes que había de mirar más tarde. Nacieron entonces rostros que eran en ese tiempo más jóvenes que cuando los vi en carne, y esbozáronse sensaciones que experimenté después. El tren salía a las 9 de la noche. Yo sabía que estaban llenando mis maletas, mejor dicho, mi maleta, con mis ropas, escasas y pobres. Además de las camisas, las medias y los pañuelos, sabía que pondrían un escapulario de la Virgen del Carmen, un potecito de mentolatum, hilos, bojones, agujas y un poco de mimo materno, que se quedaría escondido entre el hule viejo y lustroso. Mi capital era muy pequeño: solamente $58. Y unas cuántas lágrimas. Partía de la ciudad donde mis ilusiones de niño tropezaron por primera vez con la realidad; de la ciudad donde vi la primera mujer, donde leí el primer libro —es cierto que fue de Eugenio Sue— y donde di el primer beso. La ciudad que no veía ya, pero que comenzaba a descubrir ahora. El tren corría sobre campos oscuros, horadados en veces por campesinas luces trasnochadas. Labranzas verdes de pastos, de papas y de trigos. Sembrados donde el maíz lanzaba su alegre carcajada vegetal en las mazorcas jóvenes. De pronto, un rancho. Una casa grande de ladrillo. La casa de una hacienda. Pueblecitos pequeños, dormidos, donde al paso del tren salían parejas enamoradas. En el vagón de primera en que viajaba —aún creía yo que era más interesante viajar en primera que en tercera— iban varias parejas de personas que se habían casado ese día. Por eso olía tanto a perfumes finos. Se mezclaban todos los aromas sutiles y todos los aromas fuertes del campo. A esa hora la piel de las recién casadas debía tener una deliciosa tersura, hecha de deseo y de timidez. Olía el vagón a perfumes —esos perfumes que sólo usan las mujeres el día de su matrimonio y que nadie sabe qué se hicieron después. Las mujeres iban arrebujadas en sus abrigos y en el temor de lo que deseaban imprecisamente con un temor vacilante, ruborizado como sus rostros, sus tímidos rostros cubiertos por un hipócrita tinte violeta, débil como las luces del campo. No recuerdo exactamente si aquellas mujeres —que deben recordarme por mi soledad— eran bellas. Pero sí puedo asegurar que había en la sombra muchas bocas temblorosas, gruesas y finas, grandes y pequeñas; bajo las mantas, muchas manos sudorosas, reptantes; muchos pies en contacto, ojos que deseaban verse y tenían miedo de mirarse; oídos alerta a la palabra dulce que se posaba en la orilla de los míos de muchacho soltero, como una mariposa cansada y tímida. El tren seguía corriendo sobre los campos. Y dentro del vagón la vida externa estaba inmóvil. Pero en el interior de esos cuerpos corría a mayor velocidad que el tren. Campos fríos, campos de siega, de cultivo, campos llenos de vacadas dormidas que manchaban el verde del campo con sus colores de piedras de río. ¿Y Bogotá? Bogotá se iba quedando atrás con sus luces y sus mujeres y sus automóviles. A esa hora, muchos seres se amaban. Muchas mujeres besaban muchas bocas de hombres. Yo lo sabía y volví la vista a mi derecha. Pero no puede sorprender a ninguno de mis compañeros de viaje. Olía a perfumes, a carbón, a campo! Todos, todos, perfumes femeninos. Chispas del tren entre la noche. Unicamente yo estaba solo. La noche tenía estrellas; pocas, pero las tenía. Tenían los campos sus frutos, y los potreros sus vacadas y las vacas sus hijos y mis compañeros de viaje sus mujeres. Yo estaba solo. ¿Qué iba a hacer en la vida? Y todos mis compañeros seguramente sabían imprecisamente que algo o alguien los molestaba, y tal vez, me miraban sin darse cuenta corriente de que yo, el único soltero del vagón, el único solo, les fastidiaba, les impedía. Porque no era lo más natural que, entre todos ellos, casados aquella mañana, se estableciera una mutua y tácita complicidad. ¿No iba a ser su vida muy semejante desde aquel día? ¿No iban a besarse, a amarse, a poseerse, a vivir siempre juntos, como vivirían siempre en mi recuerdo? Con el cambio de línea, hemos cambiado de clima. Ya comienza a sentirse el calor. No sé lo que será la tierra caliente. Duermo un rato y me despierto oprimido, con la frente llena de gotas de sudor. Mi sueño ha sido turbio, pesado, inquieto. Oprimido por el temor de que mientras duermo se estén besando. Tengo envidia. Envidia porque yo no puedo besar a ninguna de esas mujeres, acaso vírgenes, acaso bellas, buenas tal vez. No puedo besar a ninguna, ni a mí ha de besarme nadie! Calor y sueño de mujeres. Mujeres que me muestran sus bocas dulces como las manzanas maduras. Mujeres sedientas como yo, de besos y de agua. Mujeres que también desean, como yo, que alguien vaya a besarlas. Mujeres y montañas, campos ariscos. Campos curvados, elevados, recogidos, campos y valles. Campos y llanuras y montañas. Oteros, colinas, collados. La tierra va tomando —con el calor— la movilidad del cuerpo femenino y su gracia. Son colinas redondas y torneadas como hombros, las que hay en el fondo del paisaje. Onduladas, llanuras, de donde surgen cálidos perfumes, como de vientres femeninos. Valles penumbrosos, redondos, herbosos como las axilas. El aire está cruzado por el beso de las flores que se fecundan. Cálida noche de besos, de estrellas y de frutas. A lo lejos, se oye el discurrir de un río. Pienso en el agua que se mueve serpentina por bosques frescos, por montecillos agrestes, por oquedades sonoras. Y cuando tengo esta visión tan clara del agua, del cristal y de la frescura, tórnamela oscura, la devora y no me la devuelve, la obscuridad del túnel. Ahora sí tengo la seguridad de que se han besado, porque, al salir del túnel a la noche, está más claro el vagón y la atmósfera ha ganado un perfume, un olor acre, demasiado humano, en exceso, tangible y masculino —¡el único! Yo estoy ahora más triste. Si, más triste y más solo. ¿El río? El río se fue. Se quedó a mis espaldas, detrás, como se quedaron las mujeres y las luces de Bogotá. Todos se fueron de mi vera. Y las compañeras de viaje, las mujeres recién casadas, se hallan más unidas a sus hombres, con una desnudez anticipada que les permite el calor. Tierra caliente y tristeza. Campos perfumados con un perfume que ahora me marea. Mujeres, besos y Bogotá. Todo, todo perdido. Ahora, ¡solo! ¡solo yo! Después, el río, lento, amarillo y caliente. Con sus selvas y sus buques y sus caimanes. Mosquitos. Recuerdos, recuerdos. Y Barranquilla. Y después de esa larga distancia, después de haber vivido horas dulces y horas amargas, después de haber sufrido y amado, estoy aquí, en esta goleta que me lleva a la Guajira. Seguramente —como lo ha sido todo—, la Guajira será también una desilusión. He adquirido sobre ella algunos datos. Me han dicho que es una península que se extiende más de 18.000 kilómetros cuadrados al Norte del Río Calancala. Su figura es la de un brazo fuerte y musculoso, cuyo contorno marcan golfos y bahías. Es una tierra árida, de sol, de sal, de indias y de ginebra. Y yo voy ahora hacia ella, como fueron Colón en su tercer viaje, Alonso de Ojeda en 1499 y Las Casas. Yo voy también, a la manera de los conquistadores. Voy a conquistar la vida, el pan y el amor. No llevo sino mi juventud, mis músculos, $135, 6 cuellos, 8 pares de medias y 3 camisas, además de 2 vestidos viejos y uno bueno. Me han asegurado que se realizan en la Guajira maravillosos negocios. No lo creo. Es posible que se venda, y se doble el valor de los objetos, pero no creo ya en los negocios fabulosos, ni los deseo. No pierdo por eso la esperanza de trabajar y de vivir. Viviré y conseguiré algún dinero. Entonces, me iré o me quedaré allá. Pero, más que todo, lo que deseo es conocer a las indias, vivir al lado de los buzos que pescan las perlas y, si es posible, conseguir un empleo en las salinas. Permanecemos inmóviles. Cansados y soñolientos. Un marinero canta y sobre la cubierta otros 2 juegan a los dados. Los cubitos de hueso, al caer sobre la madera de cubierta, hacen un ruido alegre, corren y se detienen. Voces, cantos, risas, sueño. Yo estoy también jugando ahora mi vida al dado. El sol está lejos. Saltan las agujetas, como sólidas agujas de aire, que cosen la atmósfera. No hay nubes. El cielo brilla con un azul dulce y claro, como los ojos de los niños rubios. Lejos, hay jardines, jardines frescos y fuentes sonoras. Aquí el calor, la distancia, el vacío. Estamos en la mitad del mundo, en el centro del mar, como dentro de una cúpula. De una gran cúpula de cristal. El capitán en el timón y yo sobre la cubierta mirando al sol, mirando al mar, mirando hacia el recuerdo, hacia Bogotá, donde ahora todo es frío, fresco; calmado como aquí, pero no denso y pesado como mi sueño. Caen los dados sobre la cubierta y se levantan los marineros. Miro los dos cubitos de hueso. Qué exactitud la de los puntitos negros, dibujados diagonalmente, que suman 6! En mi memoria permanecen el sol, los 2 treses y la cercanía de Meme. La tempestad, y sin la llegada, iniciar de nuevo la partida_TC "La tempestad, y sin la llegada, iniciar de nuevo la partida"_ Casi no puedo creeer lo que ha sucedido. Pero no hay lugar a duda. La duda no cabe. Revienta la certeza, a pesar de la cárcel que quiere formarle la incredulidad. Estamos en Cartagena. ¿En Cartagena? Sí. En la ciudad de las murallas y de la tradición heroica. En la ciudad tranquila, de la colonia y del pasado. “El Paso” está roto, desmantelado, como una casa en día de mudanza. Ahora recuerdo, puedo recordar al mirarle. Con sus velas desgarradas, con el tronco del palo mayor desastillado, que lo hace más vasto, más solo, más triste. Eran casi las 7. Habíamos mirado mucho tiempo cómo el sol caía en el mar. Habíamos contemplado la púrpura violenta del ocaso. Sabíamos que iba a aumentar la colección de soles que —como circulares tejos dorados— hay en el fondo del mar. La noche era clara. Limpia había salido del fondo del día. Del seno de las horas llegaba con sus estrellas nuevas. La luna era tensa como un arco. Conversábamos, sin esperar nada espantoso. De pronto, inopinadamente, un rayo certero, corto, vibrante, sin auxilio de truenos, como un hachazo violento, cayó sobre el palo mayor. Lo cortó a un metro de la base y fue a caer sobre el camarote de la izquierda, de donde acababa de salir Dick, el holandés viejo y marrullero. Aquel viejo que nos miraba, a Meme y a mí, cuando conversábamos de cosas que a él no le importaban, sintió la muerte que llegaba, que estaba tan cerca, que hizo una mueca de resucitado. Y, sin que hubiera un minuto de tiempo para arriar las velas restantes, llegó el viento terrible y furioso, entre bloques de lluvia, gruesa y áspera. La embarcacación, empujada por el huracán y por las masas de olas altas, agresivas, que pasaban por encima de nosotros en mal disimulaba caricia, corría sobre penachos de espuma. El mar tranquilo, ese mar al que ya teníamos confianza, que ya no despertaba en nosotros el temor, era ahora espantoso, imponente, y violento. Había cambiado su verde de infancia, de ternura, ese verde casi blanco, que molestaba los ojos y los hería, como la luz de los sopletes eléctricos, por un verde profundo, denso, oscuro, de ojos de mujer mala. Yo tenía miedo, un miedo robusto y firme, sin huecos y sin hendiduras. Un miedo que estaba en mis huesos, en mis carnes, en mi cerebro y en mi espíritu. Un miedo religioso que me hacía olvidar las oraciones que me pedía la lengua. Ensayaba en vano rezar el padrenuestro que me enseñó mi madre, el avemaría que aprendí hace ya tanto tiempo y que olvidé antes de aprenderla —así es de remoto el recuerdo de sus palabras— y mi lengua no podía decir nada. No articulaba palabras, formulaba gemidos de terror. Con los vestidos húmedos, cerca de las lluvias, cerca del mar, cerca del agua total, tenía miedo y lloraba como cuando me encerraban en mi casa, en un cuarto donde decían que había terribles fantasmas. Pero, más miedo que el mar y que la lluvia. Más miedo que los rayos, me causaban las blasfemias espantosas de los marineros. Las blasfemias rojas y sangrientas que moteaban la noche con luces más diabólicas que las de los rayos. Rayos rojos, rayos iracundos que, al caer en el agua, chirriaban como hierros candentes y levantaban pequeños surtidores esbeltos, formando una lluvia inversa, como si el mar, cansado de sufrir sobre su lomo, dividido en tantas olas, los aguijones de la lluvia, quisiera responder inútilmente al ataque del cielo. El capitán pretendía, en vano, aferrado al timón con sus potentes manos vellosas, dominar a los marineros. Una rabia cruda, de hombre herido, le corría por la cara. Las venas de su frente estaban gruesas como dedos. El sudor, que brotaba de todos sus poros, no podía confundirse con la lluvia, porque era de un turbio color amarillo y la lluvia era clara como la seguridad del naufragio. Tenía su pistola en la mano y amenazaba a los marineros amotinados, entes de pesadilla, que, escondidos en la proa, entre las cadenas de las anclas, tenían un aspecto terrorífico de condenados. Yo estaba cerca de él, como si estuviera al pie de una montaña. Me sentía más seguro cerca de ese hombre que crecía ante mis ojos por su simpatía y ahora por su valor, por su coraje, por su decisión. Estaba aterido por el frío y por el miedo, pero cerca de su robusto cuerpo olvidaba todo, hasta lo más terrible: que no sabía nadar. Además, hubiera sido inútil saber nadar. Porque con ese terrible oleaje, con esa monstruosa furia de la tempestad ¿quién hubiera podido salvarse? El barco volaba en alas del viento. Saltábamos, por encima de los abismos que formaban las olas, con la agilidad de las agujetas. Los peces estaban alegres y en la sombra yo veía brillar los ojos trágicos de los tiburones. Y veía también a mi madre, allá en el horizonte gris, de humo y de ventisca. Vimos el faro de Santa Marta, que recorría con sus luces intermitentes el mar, en ayuda de los barcos. Las fajas de luz, que abanicaban el temporal, corrían como corrían las luces del puerto donde ahora todos dormían. Tal vez nosotros estaríamos ahora en la imaginación de las mujeres de los marineros, de las humildes mujeres de los pescadores que pensaban en el naufragio. Y pasaron las luces de Puerto Colombia. No podíamos entrar. La tempestad nos llevaba a su antojo, donde quería, a donde el viento había orientado su furia, su alegre furia que cantaba y rugía. La lluvia era fina y constante. Menos temeroso, porque la goleta ya estaba en manos de todos sus marineros, a quienes había hecho obedecer el capitán con su pistola, que era el temor de muchos balazos, fui a tenderme en mi camarote, temblando de terror y de frío. No sé si fue al amanecer o a qué horas cuando me quedé dormido. Y he despertado ahora en Cartagena, ciudad de mujeres y de murallas. Meme —ha sido la desilusión más grande de mi vida— había pasado por entre la tempestad en su camarote interior, sin que su piel conociera la frescura de una sola de las gotas de agua marina o de lluvia, que nos humedecieron en la noche terrible. Yo, que esperaba verla aparecer de improviso, como una espantosa diosa negra, como una walkiria del trópico, para calmar la lluvia, la tempestad y el olegaje! No pudo ver la batalla entre las aguas marinas y las celestes, que querían endulzar el mar. No supo de los truenos rotundos y altaneros, ni de los rayos rojos y cortos, que iluminaban brevemente nuestros gestos temerosos y nuestras caras pálidas. Tal vez todo eso lo viera a través del espanto que aún duraba en mis ojos. Esperamos que llegue la lancha de la Sanidad, que debe visitarnos antes de desembarcar. Entre tanto, yo miro la bahía. El muelle de la Machina, allí, a mi izquierda donde descarga grandes bultos un barco holandés. Un tren pequeñito corre gritando. A lo lejos, se ve el cerro de la Popa; allá, en frente, la Torre del Reloj. Se alcanza a oír el grito de los automóviles; veo pequeñas figuras que se mueven. El mercado, bullicioso; muchas canoas, botecitos, cayucos. En el fondo del mar, se ve una estrella animada. Una estrella que se mueve . ¡Es de plata! brilla con el sol de la mañana. El agua es pura, clara. Y a un lado nuestro está el Castillo de San Felipe. Llegó la lancha, con un guarda viejo, con la boca gruesa y trompona, con unos bigotillos desparramados, como cerdas. Es gordo y alto y negro. Sonríe con toda la cara de mulato satisfecho. La chaqueta le queda corta y se le ve un pedazo de piel del estómago, cetrina y llena de pelos ensortijados. Visitaron la bodega, miraron todo y se interesaron por nuestra aventura. El hombre gordo y negro, sonreía y se quedaba a cada palabra nuestra con la boca abierta, como si se comiera las frases. Habíamos llegado en arribada forzosa y esto nos daba cierto romántico prestigio, ante los ojos de la marinería absorta que viaja al Sinú. Uno de los marineros conversaba con un antiguo compañero, desde nuestro barco. El otro estaba en una canoita nueva, limpia, una canoa para pescar en mares tranquilos. Sus palabras, entre la calma y el silencio del día, recorrían el camino de la boca del uno a los oídos del otro, cansadas y llenas de pereza y de calor. —¿Qué hubo, compa de la Juanita? —La dejé en Riohacha en er último viaje. Etá preñá...! —¿De ti? —¡Ah no, que va a ser de ti...! Y estallaron en amplias risas, que no les cabían en la boca, redondas y cubiertas de sudor, como estaría el vientre de la mujer de quien hablaban. En Cartagena hay, a una vecindad alarmanete del mercado —en la orilla, en la orilla— una larga fila de canoas, que van a Quibdó, a Tolú, al Sinú. Canoas pesadas, grandes y pequeñas, con velas sucias, manchadas, con toldas improvisadas. Esta cercanía del mar a la vida terrestre, de ese mar que está allí desprestigiado y sucio, lleno de cáscaras y de inmundicias, es peligrosa en extremo. Todos lo saben, y se teme, con un pavor impreciso, que algún día de calor, cuando todos los hombres rumien sus pensamientos a la sombra y sólo el grito de un gamín rasque la calma de la tierra cálida, se marchen de pronto las goletas y las canoas que están cerca del mercado, llevándose a Cartagena a quien sabe cuál país extraño. Cartagena no causó en mi ánimo una impresión extraordinaria. Había pensado tanto en esa ciudad, rodeada por todas las leyendas galantes y heróicas, que se me había anticipado casi totalmente en la imaginación. Conocí las calles estrechas, empedradas, donde cada paso parece despertar un recuerdo, con sus casas altas con ventanas de hierro llenas de tiestos con flores. Esas casas enrejadas que evocan el clavel y la guitarra. El clavel que huele a canela y la guitarra que huele a serenata. Fueron de mi agrado el amplio cinturón de las murallas de piedra, casi destruido; los castillos de piedra, medio desmoronados, que dan a la ciudad un aspecto de fuerza antigua, medio borrado por las agujas de las iglesias. Iglesia de San Pedro Claver, donde está el cuerpo del santo. Patinada por los años y por la brisa la piedra antigua y venerable. Aislada en un rincón colonial donde todo parece más tierno, donde los aullidos de las sirenas de los automóviles se hacen espesos y suaves como las voces de un órgano. Pero, lo que más me gustó de Cartagena fueron los nombres de las calles: Calle de la Media Luna, Calle de las Ventanas de Hierro, Calle de los Santos de Piedra, Calle del Estanco del Tabaco, Calle del Candilejo, Calle de la Moneda, calles llenas de mujeres, de turcos comerciantes, de negritos impertinentes, de gritos de vendedoras de pescado. Y los barrios modernos: Popa, Manga, El Cabrero. Con sus elegantes residencias, de un exquisito mal gusto que arrojan sobre los transeúntes macetas femeninas de flores extrañas y de luces artificiales. Las calles del centro, con sus edificios modernos que vigorizan la perpendicular, vacilante hacia la oblicua, de las casonas blasonadas. Y qué alegre el Portal de los Dulces, con sus limpiabotas gritones, sus vendedores de billetes de lotería y sus almacenes de abarrotes. Después de 24 horas en Cartagena, ha disminuido considerablemente mi capital. La culpa es del capitán. Ayer, por la tarde, cuando fui a comer a bordo, después de haber paseado por la ciudad con mi vestido de dril blanco, mi sombrero de paja y unos botines enormes que eran de mi papá y me quedan grandes, me invitó a que fuéramos a tierra por la noche. Accedí. Fumamos una pipa, miramos las estrellas y pensamos en lo que haríamos, sin decirnos nada. Yo notaba que sus miradas eran más claras que de costumbre. Por los labios le escurría una sonrisa, que era demasiado irónica para no revelar un oscuro propósito. A las 9 cuando es más bella Cartagena, con su aspecto de ciudad africana, blanca, llena de cubos y de masas, de bloques blancos, entre el polvillo de oro de las estrellas, con sus automóviles discretos y sus autobuses vocingleros, cuando las voces de los cocheros se pierden entre los huecos de luz de las ventanas, el capitán mandó echar el bote al agua. Los marineros gruñeron y dijeron blasfemias cortas, pequeñas, que merecieron del capitán una sonrisa y a mí me parecieron ridículas, ahora que estaba seguro... Ya estaban todos borrachos de ron. No había esperado la noche su impaciencia de alcohol y de sexo, fortificada por el peligro que habían pasado. Tardamos mucho en llegar al muelle, porque los marineros estaban perezosos y soñolientos. ¿O sería que mi ansia de llegar me estiraba las horas? El capitán maldecía como si para él no hubiera otra noche en la vida. Como si todos fueran días marineros los que le esperaban. Días de sol, en el mar, sin sombras propicias ni mujeres amables. Nos dejaron y volvieron al barco, ahora si rápidos, remando al alcance del sueño. Nos fuimos, muchos, por el lado del Arsenal. Hay barcos en reparación, tendidos sobre un costado, que parecen cansados; la brea les pone sus vendajes negros. Y huele mucho a pescado frito. Es un olor que va directamente al estómago y se indigesta. Caminamos por algunas calles solitarias, y nos metimos por la de La Media Luna. Me impulsaba un deseo picante de algo que no podía saber qué era. Llegamos a una taberna que estallaba de gritos. Seguimos; todavía no era la hora de estar acompañados por los borrachos pendencieros y habladores. Eso, más tarde. Otra taberna se mostró ante nuestros ojos. Se quedó quieta, en toda la longitud de la calle que se movía. Pequeña, con el techo bajo, del cual colgaban racimos de bananos maduros y verdes. En el fondo de una de las botellas se veía brillar una tragedia. Otra, tenía un reflejo de puñaladas. Embriagueces inmóviles y confiadas, en espera de los predestinados. El mostrador amarillo y el estante, tenían el aspecto más inocente. Se corría un pedazo de tela floreada que hacía las veces de cortina, y el espectáculo cambiaba completamente. El humo se hechó sobre nosotros, con la asfixia en las manos, como un estrangulador de película . 3 o 4 mesas con pequeñas butacas en torno. En un rincón, una negra muy joven amamantaba a un pequeñuelo. Tenía el seno tan redondo y tan robusto, que daban ganas de ser niño chiquito. Un mosquito se hinchaba de su sangre, roja y fecunda, en una mano. Ella no se daba cuenta. El mosquito estaba tan alegre como el pequeñuelo. Aquella negra joven, sana y robusta, era una mancha de tranquilidad que llenaba de redondeces el aposento hostil y agudo. Lo demás era ruido, embriaguez y estrépito. Yo, que nunca me había embriagado sino en esa ciudad lejana, fría, como un perro prudente y cauteloso y que sostenía mis borracheras tímidas en las paredes encaladas, me sentía ahora fuerte, libre y hombre. Viví aquella noche con toda mi alegría de muchacho aventurero y sencillo. El capitán pidió ginebra. Nunca creí que en aquella tabernucha hubiera ginebra, licor que se me antojaba exótico y que había deseado siempre, con un amor intensificado por los elogios que de ella hacían muchos autores que leí cuando pequeño. Cuando leía a escondidas en mi cuarto, listo para guardar el libro prohibido bajo la almohada. La ginebra vino, oculta entre una canequita de barro moreno, con su color beato de agua bendita. El primer trago que se me salió de la boca, para regar el mentón árido, me causó una delicia inconcebible. Dejó mi garganta regada con un dulce aroma de azahares, y el calor, que subía repentino del estómago, era como una flecha de fuego hacia el cerebro. Bebimos mucha ginebra. El capitán comenzó a decir palabras duras, de una lengua desconocida, y a pronunciar frases inconexas. Por su rostro desfilaba el recuerdo de maravillosas aventuras que yo deseaba conocer, y en sus pupilas discurrían las 1.000 sirenas del azar. Sus labios rojos, de un rojo profundo, como el de las cerezas demasiado maduras, se plegaban en sonrisas misteriosas y satisfechas. Ahora lo conocía mejor. Estaba más cerca de mí. Con su olor de mar y de hombre. Con sus mandíbulas duras y angulosas como codos, cubiertas de una barba ligeramente bronceada, que temblaba toda cuando reía. Parecía salido de un baño de recuerdo, cubierto por el sudor del esfuerzo. Yo bebía la ginebra a sorbos pequeños, matando, estrangulando ese innoble deseo que nos viene de hacer, cuando estamos borrachos, confidencias ridículas que no interesan a nadie. La moza que nos servía, era pálida en toda la longitud de sus 20 años. Le brillaban los ojos como vasos llenos de un vino oscuro. Le temblaban las manos cuando miraba al capitán. Al verle las manos que habían apretado muchos talles y la boca que había aspirado muchos labios. Era tan alta como yo. No sé decir si bella o fea, pero me pareció bellísima. Su boca estaba siempre empapada de sonrisa. De una sonrisa melosa, que parecía ajena. Las piernas finas, desnudas. Largas y blancas, se escondían desde la rodilla redonda entre la falda roja. Intenté muchas veces pasar de la rodilla, pero la imaginación me flaqueaba. El capitán me refería episodios lejanos de su pasada vida de contrabandista. Hablaba de una goleta negra —goleta para viajar solamente en la noche— en la cual realizó estupendas proezas y que dejó en su recuerdo un gran vacío de cariño. Por la noche, decía, izábamos las velas en silencio y parecía que se levantara sobre la cubierta una procesión de fantasmas negros. Teníamos las poleas bien engrasadas para que nada chirriara, con esos chirridos que delatan a los pescadores y hacen huir a los peces. Y navegábamos por los mares de Margarita de aguas azules y por las aguas verdes de Curazao y las puras de Venezuela. Llevábamos a todas partes contrabandos de cigarrillos, telas de seda, whisky y ginebra. Nosotros, no fumanos opio ni bebemos whisky. Eso, sólo lo beben quienes no prueban nuestra ginebra dulce, nuestra ginebra caliente, que lleva directamente a las mujeres. Decía ésto con un orgullo íntimo, como si fuera él único bebedor de ginebra. Una vez en Maracaibo, continuaba, mirando mis ojos absortos —y bajaba la voz al decir esto, como si en lugar de salir de su boca a ella llegaran las palabras— de un puerto pequeño, de un caserío cercano a la ciudad, me robé una morena más linda...! Y el capitán saboreó el recuerdo de los muslos de la morena, con una carcajada corta, rota en 4 tonos de goce. Y la mujer pálida, esa moza que ha trasladado a nuestros cuerpos la embriaguez de las botellas inmóviles, mira cada vez más al capitán con ojos ardientes como la lumbre de un cigarro en la noche de un campo. Temo el asalto de sus brazos blancos, finos y redondos, al cuello nervudo del capitán. Pero éste no parece darse cuenta corriente de nada. Está perdido en el caos de su memoria, llena de silenciosos disparos, de cuerpos que caen entre una sangre rápida de muerte indudable, de goletas veloces, de balandras ágiles, de senos y de manos femeninas. Refiere a media voz historias de piraterías y de aventuras a bordo de la balandra negra. A cada momento que pasa, se acendra la embriaguez. Un rayo de luna juega sobre mi brazo, y cuando lo muevo, se coloca sobre mi costado. La ginebra se ha tornado espesa, como el humo de las máquinas, y circula en nuestro cerebro como una niebla maléfica. Deforma las figuras, oscurece el color de los objetos, y da a todo una pesadez de sueño, de cansancio y de olvido, semejante a la de un despertar brusco. Entorpece las ideas y las palabras, que no saben encontrar la música del sonido, ni los hilos roncos de las cuerdas vocales. El capitán repite ahora, una sola frase, fluida y exacta. —Era muy dócil al timón, era muy dócil al timón, era muy dócil al timón, era muy dócil...! —¡Carmen, más ginebra...! La orden del capitán es seca. Parece que mandara echar el ancla del sueño. Yo no puedo oír casi nada de sus maravillosas narraciones. No alcanzan todas las palabras a impresionar mis oídos. Se quedan las sílabas en el aire, haciéndole cosquillas lentas, sobre todo allá, hacia la puerta que tiene al abrirse y cerrarse contorsiones de niña mimada. ¡No sé ya qué hacer! Deseo irme, con una extraordinaria velocidad de sed, de deseo y de pensamiento, a la ciudad fría y brumosa que ayer odiaba tanto. ¡Es claro! Estoy aquí, ebrio, sudoroso, cansado. Cómo gesticulan aquellos hombres horribles que hay en el almanaque. Ya se fueron los borrachos que había cuando llegamos. Es muy tarde. Al salir, gritaron, insultaron, maldijeron. Quiero fugarme de este cruzamiento de emociones escuálidas que me aprisionan en sus mallas falaces. ¿Debo quedarme? No. Debo irme. Pero no otra vez a la goleta, embreada de gritos en el día y en la noche —ahora— suspendida de los mástiles del silencio. Todos deben dormir. Entraría, con mis pasos dislocados, con mis pasos confusos, perdidos, como si fuera a asesinar a alguien en una casa vacía. Debo alejarme de esta temperatura de taberna, de las miradas robustas de Carmen, que es una antorcha, una tea de lujuria, y de la voz aceitosa del capitán. ¿Dónde estará Meme? ¿Qué hará Dick? ¿El cocinero seguirá friendo sus tortas, una a una, como si friera personas? Necesito evadirme, fugarme hacia la ciudad oscura, agrietada en las esquinas por rumores de conversaciones; con sus calles tortuosas, que corren paralelas a la nubes, cuando soplan vientos montañeros del sur o del norte. La ciudad donde está todo el recuerdo de mi infancia, como un tesoro abandonado. Necesito volver a oír sus ruidos, que cosquilleaban en las axilas de las puertas cerradas. Que no sabían qué hacerse, sin oídos para entrar. La ciudad donde están las 150.000 mujeres, esas 150.000 mujeres que jam&aac |
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