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DELVISH EL MALDITO.

23 Oct 13 - 07:21

 
DILVISH EL MALDITO
Saga de Dilvish el maldito/1
Roger Zelazny
Roger Zelazny
Título original: Dilvish, the Damned.
Traducción: César Terrón
© 1982 by Roger Zelazny
© 1985, Ediciones Martínez Roca, S. A.
Grn vía 774 - Barcelona
ISBN 84-270-0993-3
Edición digital de Umbriel.
Junio de 2002.
R6 08/02
1 - Travesía a Dilfar
Cuando Dilvish el Maldito salió de Portaroy, trataron de detenerle en Qaran, luego en
Tugado y de nuevo en Maestar, Mycar y Bildesh. Cuatro jinetes le aguardaron en la ruta
de Dilfar; y. cuando el primero flaqueó, el siguiente le sustituyó con un caballo fresco.
Pero ninguno pudo sostener el paso de Black, el caballo hecho de acero. Se rumoreaba
que el Coronel del Oriente había trocado parte de su alma por el caballo.
Un día y una noche había cabalgado, para adelantar a los ejércitos en pleno avance de
Lylish, Coronel del Occidente, porque sus hombres yacían rígidos y vestidos en los
ondulados campos de Portaroy.
Al ver que era el último hombre en pie en el lugar de la matanza, Dilvish llamó junto a él
a Black, se acomodó en la silla que era una parte de él mismo y le ordenó huir. Los
relucientes cascos de Black le llevaron a través de una línea de lanceros; las lanzas se
apartaron igual que trigo y resonaron cuando las metálicas puntas tropezaron con su piel
de medianoche.
—¡A Dilfar! —gritó, y Black se desvió en ángulo recto y le condujo hasta la faz de un
peñasco donde sólo las cabras podían subir.
Al pasar cerca de Qaran, Black volvió la cabeza.
—Gran Coronel del Oriente —le dijo—, han minado el aire y el aire que hay bajo el aire
con las estrellas de la muerte.
—¿Podrás pasar? —preguntó Dilvish.
—Si vamos por la ruta de las postas —dijo Black—, es posible que lo consiga.
—Entonces apresurémonos a intentarlo.
Los menudos ojos plateados, que miraban desde el espacio debajo del espacio y
contenían las motas infernales de polvo estelar parpadearon y rielaron cuando Black se
lanzó adelante.
Entraron en la senda.
Ya en la senda de las postas, el primer jinete salió de detrás de una roca y ordenó a
Dilvish que se detuviera. Su montura era un enorme caballo bayo sin jaeces.
—Ten las riendas, Coronel del Oriente —dijo—. Tus hombres han muerto. La ruta que
te espera está sembrada de muerte y flanqueada por los hombres de Lylish...
Pero Dilvish pasó velozmente junto a él sin responder, y el caballero azuzó con sus
espuelas al bayo y le siguió.
Le siguió toda la mañana, por la ruta de Tugado, hasta que el bayo, que estaba
cubierto de sudor, se derrumbó y lanzó al jinete contra las rocas.
En Tugado, Dilvish encontró el camino obstruido por el jinete del garañón rojo como la
sangre, que le lanzó un dardo con una ballesta.
Black se empinó y el dardo rebotó en su pecho. Sus ollares se hincharon y brotó de
ellos un sonido como el grito de un gran pájaro. El garañón rojo como la sangre saltó
apartándose de la senda y se metió en el campo.
Black se lanzó hacia adelante, y el otro jinete dio media vuelta y le siguió.
El caballero les dio caza hasta que el sol llegó a lo alto del cielo, y entonces el caballo
rojo cayó convertido en un montón de jadeos. Dilvish continuó.
En Maestar, el camino estaba atajado en el paso de Resht.
Un muro de troncos llenaba la estrecha senda hasta dos veces la altura de un hombre.
—Por encima —dijo Dilv ish, y Black describió un arco en el aire, igual que un negro
arco iris, para saltar la fortificación.
Por delante, al final del paso, el jinete de la yegua blanca aguardaba.
Black relinchó de nuevo, pero la yegua permaneció firme.
La luz se reflejó en los espejos de los cascos de acero de Black, y su pelada piel era
casi azulada con la brillante luz del mediodía. No frenó su paso, y el jinete de la yegua, al
ver que el caballo era completamente metálico, se apartó del paso y sacó la espada.
Dilvish sacó su arma de debajo de la capa y paró un golpe a la cabeza al pasar junto al
otro jinete. Luego el caballero le siguió y le gritó:
—¡Aunque hayas pasado las estrellas de la muerte y saltado esta barrera, nunca
llegarás a Dilfar! ¡Ten las riendas! ¡Montas un espíritu menor que ha tomado la forma de
un caballo, pero te detendremos en Mycar, o en Bildesh... o antes!
Pero el Coronel del Oriente no replicó, y Black siguió conduciéndole con largas y fáciles
zancadas.
—¡Cabalgas en una montura que nunca se cansa! —gritó el jinete—. ¡Pero no te
servirá contra otras brujerías! ¡Entrégame tu espada!
Dilvish se echó a reír, y su capa fue un ala al viento.
Antes de que el día diera paso a la noche, también la yegua cayó, y Dilvish se
encontraba en las cercanías de Mycar.
Black se detuvo de pronto al acercarse al río llamado Kethe. Dilvish se aferró al cuello
del caballo para no salir despedido.
—No está el puente —dijo Black— y yo no puedo nadar.
—¿Puedes saltarlo?
—No lo sé, mi coronel. Es muy ancho. Si no consigo saltarlo, jamás volveremos a salir
a la superficie. El Kethe se introduce mucho en la tierra.
Y en ese momento los emboscados salieron de pronto de los árboles, algunos a
caballo y otros a pie. Los soldados de a pie llevaban pic as.
—Inténtalo —dijo Dilvish.
Black se puso al galope de inmediato, más rápido que cualquier caballo, y el mundo dio
vueltas y cayó alrededor de Dilvish, aferrado a su montura con las rodillas y sus grandes
manos llenas de cicatrices. El caballo relinchó al lanzarse al aire.
Al tocar la otra orilla, los cascos de Black se hundieron un palmo en la roca y Dilvish se
tambaleó en la silla. El jinete siguió montado, pese a todo, y Black liberó sus cascos.
Al mirar a la otra orilla, Dilvish vio a los atacantes inmóviles, mirándole fijamente. Luego
contemplaron el Kethe y alzaron de nuevo la mirada hacia Dilvish y Black.
En marcha una vez más, el jinete del garañón moteado apareció detrás de Black.
—¡Aunque hayas reventado tres caballos —gritó—, te detendremos entre este punto y
Bildesh! ¡Ríndete!
Luego Dilvish y Black estuvieron muy por delante de él, y lo dejaron atrás.
—Creen que eres un demonio, montura mía —dijo Dilvish.
El caballo contuvo la risa.
—Quizá sería mejor que lo fuera.
Y cabalgaron hasta que el sol desapareció del cielo y por fin el caballo moteado se
derrumbó y el jinete maldijo a Dilvish y a Black, y ellos siguieron adelante.
Los árboles empezaron a caer en Bildesh.
—¡Trampas! —gritó Dilvish.
Pero Black ya estaba interpretando su danza de prevención y avance. Se detuvo, se
encabritó; y brincó apoyándose en las patas traseras y saltó sobre un tronco caído. Se
detuvo de nuevo y repitió la maniobra. Luego cayeron dos árboles al mismo tiempo, a
ambos lados de la senda, y Black se echó hacia atrás y volvió a saltar por encima de los
dos.
Dos profundas zanjas tuvo que saltar más tarde, y salvar una andanada de flechas que
resonaron al rebotar en sus costados. Un dardo hirió en el muslo a Dilvish.
El quinto jinete arremetió contra ellos. Del color de oro de nueva acuñación era su
caballo, llamado Ocaso, y el jinete era tan sólo un joven de escaso peso, elegido al
parecer para prolongar la persecución tanto como fuera preciso. Blandía una mortífera
lanza que golpeó el cuerpo de Black sin desviarlo. Ocaso siguió galopando en pos de
Dilvish.
—¡Largo tiempo ha que admiro al Coronel del Oriente, y por ello no deseo verlo muerto!
—gritó el jinete—. ¡Te ruego que te rindas! ¡Serás tratado con la suma cortesía que
merece tu rango!
Dilvish se rió y replicó:
—¡No, amigo mío! ¡Mejor morir que rendirme a Lylish! ¡Adelante, Black!
Y Black redobló su paso y el joven quedó muy detrás y se inclinó sobre el cuello de
Ocaso y les persiguió. Llevaba una espada al cinto, pero en ningún momento tuvo
oportunidad de usarla. Aunque estuvo galopando la noche entera, más tiempo y más
distancia que los anteriores perseguidores, también Ocaso se derrumbó cuando el este
empezaba a palidecer.
Allí, tratando de levantarse, el joven prorrumpió en gritos.
—¡Aunque hayas escapado de mí, caerás ante Lance!
Y al rato Dilvish, llamado el Maldito, cabalgaba solitario por las montañas de Dilfar,
portando un mensaje para aquella ciudad. Y a pesar de que montaba al caballo de acero,
llamado Black, temía igualmente un encuentro con Lance el de la Armadura Invencible
antes de haber entregado el mensaje.
Al bajar la última senda, su camino estaba bloqueado una vez más, por un hombre
acorazado a lomos de un caballo acorazado. El caballero dominaba por completo la
senda, y aunque llevaba visera, Dilvish dedujo por los emblemas que se trataba de Lance,
la Mano Derecha del Coronel del Occidente.
—¡Detente y ten las riendas, Dilvish! —gritó—. ¡No puedes pasar estando yo aquí!
Lance permaneció inmóvil como una estatua.
Dilvish detuvo a Black y aguardó.
—Te ordeno rendirte ahora.
—No —dijo Dilvish.
—Entonces, tendré que matarte.
Dilvish sacó su espada.
El otro jinete se echó a reír.
—¿No sabes que mi armadura es indestructible?
—No —dijo Dilvish.
—Muy bien, pues —dijo Lance, y pareció reír entre dientes—. Estamos solos aquí,
tienes mi palabra. Desmonta. Yo lo haré al mismo tiempo. Cuando compruebes que es
inútil, podrás seguir vivo. Serás mi prisionero.
Desmontaron.
—Estás herido —dijo Lance.
Dilvish arremetió contra el cuello del otro sin replicar, esperando reventar la juntura.
Pero la armadura resistió y no quedó en el metal ni siquiera un rasguño tras el potente
golpe capaz de haber decapitado a otro hombre.
—Ahora debes reconocer que es imposible romper mi armadura. Fue forjada por las
mismas Salamandras y sumergida en la sangre de diez vírgenes...
Dilvish arremetió contra la cabeza de Lance y, tras la réplica de éste, describió un lento
círculo hacia la izquierda, de tal modo que su rival quedó de espaldas al caballo de acero,
llamado Black.
—¡Ahora, Black! —gritó Dilvish.
Y Black se alzó sobre sus patas traseras y cayó, atacando a Lance con los cascos
delanteros.
El hombre llamado Lance se volvió con rapidez y recibió un golpe en el pecho. Cayó.
Dos relucientes huellas de casco quedaron impresas en su peto.
—Tenía razón —dijo Dilvish—. Es indestructible.
Lance gimió de nuevo.
—...Y podría matarte ahora, metiendo la hoja por la ranura de tu visera. Pero no lo
haré, porque no te he vencido justamente. Cuando te recobres, informa a Lylish que Dilfar
estará preparada para recibirle. Sería mejor que retrocediera.
—Tendré un saco para tu cabeza cuando tomemos la ciudad —dijo Lance.
—Te mataré en la llanura delante de la ciudad —replicó Dilvish, y montó de nuevo a
Black y descendió por la senda, dejando a Lance en el suelo.
—Cuando os enfrentéis —le dijo Black mientras se alejaban—, golpea las marcas de
mis cascos. La armadura cederá en ese punto.
Al llegar a la ciudad, Dilvis h recorrió las calles en direcc ión al palacio sin hablar con la
gente que se apiñaba alrededor.
Entró en el palacio y se anunció.
—Soy Dilvish, Coronel del Oriente —dijo—, y estoy aquí para informar que Portaroy ha
caído y está en manos de Lylish. Los ejércitos del Coronel del Occidente avanzan en esta
dirección y estarán aquí dentro de dos días. Apresúrate a armarte. Dilfar no debe caer.
—Que suenen pues las trompetas —ordenó el rey, levantándose de su trono— y que
se congreguen los guerreros. Debemos prepararnos para la batalla.
Y mientras sonaban las trompetas, Dilvish bebió un vaso del magnífico vino tinto de
Dilfar. Y mientras le traían comida y hogazas de pan, se maravilló una vez más de la
fuerza de la armadura de Lance, y comprendió que debería poner a prueba de nuevo la
invulnerabilidad de aquella coraza.
2 - La canción de Thelinde
A través del atardecer, al otro lado de la montaña, bajo una luna enorme y dorada,
Thelinde estaba cantando.
En el elevado salón brujesco de Caer Devash, circundado por completo de pinos y
reflejado muy por debajo de las rocas en el plateado río denominado Denesh, Mildin oyó
la voz de su hija y las palabras del canto:
«Los hombres del Oeste son fuertes,
los hombres del Oeste son valientes,
pero Dilvish el Maldito regresó
e hizo de su sangre fríos torrentes.
Mientras lo perseguían de Portaroy
a Dilfar, en la zona oriental,
Dilvish montaba una criatura traída del Infierno:
un negro y metálico animal.
No lograron herir ni detener a su montura,
el caballo que los hombres llaman Black,
porque el coronel adquirió enorme sabiduría
con la maldición de Jelerak...»
Mildin se estremeció, cogió su reluciente capa de bruja (ella era Dama del Aquelarre) y
tras echársela a la espalda y atársela al cuello con la ahumada Piedra de la Luna, se
transformó en un pájaro gris plateado, atravesó la ventana y sobrevoló el Denesh.
Cruzó la montaña donde estaba Thelinde, con la mirada fija en el sur, y se posó en la
rama más baja de un árbol cercano. —Hija mía —dijo con su garganta de pájaro—, deja
de cantar.
—¡Madre! ¿Qué ocurre? —preguntó Thelinde—. ¿Por qué vienes en forma alígera? —
Y sus ojos eran de un color profundo, porque seguían el cambio de la luna, y su cabello
era el plateado fuego de las brujas del norte. Tenía diecisiete años y era cimbreña, y le
encantaba cantar.
—Has cantado un nombre que no debe pronunciarse, ni siquiera aquí, en la fortaleza
de nuestro hogar —dijo Mildin—. ¿Dónde aprendiste esa canción?
—La cantaba una criatura de la cueva —respondió Thelinde—, donde el río llamado
Medianoche forma un estanque al pasar bajo tierra.
—¿Qué era esa criatura de la cueva? —Ya se ha ido —replicó Thelinde—. Era un
viajero oscuro, de la especie de las ranas, creo, que descansaba allí camino del Consejo
de los Animales.
—¿Te explicó el significado de esa canción? —preguntó la madre.
—No, dijo que es muy reciente, sobre las guerras en el sur y en el este.
—Eso es cierto —dijo Mildin—, y la rana no teme cantarla, porque es de la especie
oscura y no tiene ninguna importancia para el poderoso. Pero tú, Thelinde, tú debes ser
más precavida. Todos los que tienen poder, a menos que sean muy temerarios, temen
mencionar ese nombre que empieza con «J». —¿Por qué?
La forma gris plateada revoloteó hasta el suelo. Luego la madre apareció junto a su
hija, alta y pálida a la luz de la luna; su cabello estaba recogido y retorcido en lo alto de su
cabeza formando corona del aquelarre, como así se denominaba.
—Ven conmigo ahora dentro de mi capa e iremos al Estanque de la Diosa, mientras los
dedos de la luna tocan su superficie —dijo Mildin—, y verás algo de lo que has cantado.
Fueron montaña abajo hasta el lugar donde el riachuelo, que nace en lo alto en
primavera, cruza el estanque con apenas un escarceo. Mildin se arrodilló junto al agua en
silencio e, inclinada hacia adelante, respir ó sobre la superficie. Luego llamó a Thelinde
junto a ella y ambas miraron hacia abajo.
—Observa ahora la imagen de la luna reflejada en el agua —dijo a su hija—. Observa
atentamente. Escucha...
»Hace mucho tiempo, casi antes de que empezáramos a medir el paso del tiempo,
hubo una Casa que fue anulada de la dignidad del Oriente, porque varias generaciones se
habían unido por matrimonio con la especie de los elfos. Los elfos son altos y es hermoso
observarlos, rápidos de pensamiento y acción, y aunque su raza es mucho más antigua,
el hombre no reconoce en general la dignidad elfa. Una pena... El último hombre de esta
Casa especial, privado de tierras y títulos, volvió su mano hacia numerosas ocupaciones,
del mar a las montañas, y finalmente entró en la soldadesca, durante las primeras guerras
con el Occidente, hace varios siglos. Luego se distinguió en la gran Batalla de Portaroy,
librando esa ciudad de las manos de sus enemigos, y por eso lo llamaron Dilvish el
Libertador. ¡Mira! ¡La imagen se aclara! Es la entrada de Dilvish en Portaroy...
Y Thelinde observó el estanque, donde se había formado una imagen.
Alto era él, y más moreno que la raza de los elfos, con unos ojos que reían y relucían
reflejando el orgullo del triunfo. Montaba un garañón pardo, y su armadura, aunque
mellada y arañada, brillaba a pesar  de todo con el sol matutino. Cabalgaba al frente de
sus tropas, y los habitantes de Portaroy permanecían a los lados de la senda y lanzaban
vítores, y las mujeres echaban flores ante el jinete. Cuando llegó por fin a la fuente de la
plaza, Dilvish desmontó y bebió el vino de la victoria. A continuación los Ancianos
pronunciaron discursos de agradecimiento y se celebró un gran banquete al aire libre en
honor a los libertadores.
—Parece ser un buen hombre —dijo Thelinde—. Pero... ¡qué espada tan grande
lleva!... ¡Le llega hasta las botas!
—Sí, un arma para dos manos llamada Libertadora aquel día. Y sus botas, como
observarás, son del cuero verde de los elfos, que los hombres no pueden comprar,
aunque a veces se ofrecen como presente, como muestra de favor por parte de los
Grandes... Y se dice que esas botas no dejan huellas. Es una pena que al cabo de una
semana del festín que ves desplegado, la Libertadora quedara destrozada y Dilvish dejara
de estar entre los vivos.
—¡Pero él todavía, vive!
—Sí... vive otra vez.
Hubo una turbulencia en el estanque, y brotó otra imagen.
Una oscura ladera... Un hombre, con capa y capucha, en el interior de un círculo
tenuemente brillante... Una joven atada a un altar de piedra... Un cuchillo en la mano
derecha del hombre, un bastón en la otra...
Mildin notó que los dedos de su hija aferraban su hombro.
—¡Madre! ¿Quién es él?
—Es el Ser que jamás debes nombrar.
—¿Qué va a hacer?
—Una cosa siniestra que requiere la sangre vital de una viren. El ha aguardado una
eternidad a que las estrellas ocuparan as posiciones precisas para este rito. Ha hecho un
largo viaje para llegar a ese antiguo altar de las montañas de Portaroy, el lugar donde
debe realizarse el acto.
«Fíjate en las criaturas que danzan alrededor del círculo... Murciélagos, fantasmas y
fuegos fatuos... ¡Sólo ansían una gota! Pero no tocarán el círculo.»
—Naturalmente que no...
—Ahora, mientras las llamas de ese brasero se elevan y las estrellas adoptan la
posición correcta, él se dispone a matar a la virgen...
—¡No puedo mirar!
—¡Mira!
—Es el Libertador, Dilvish, que se acerca.
—Sí. Siguiendo el hábito de los Grandes, él apenas duerme. Ha salido a tomar el aire
en las montañas de Portaroy, ataviado con su traje de batalla tal como la gente espera de
los libertadores.
—Ha visto a Je... ¡Ha visto el círculo! ¡Se aproxima!
—Sí, y cruza el círculo. Siendo de Sangre Grande, él sabe que es diez veces más
inmune a la magia que un hombre. Pero no sabe de quién es el círculo que ha cruzado. A
pesar de todo, eso no lo mata. Pero está debilitado... ¡Fíjate cómo se tambalea! Tal es el
poder de ese Ser.
«Golpea al mago con su mano, lo tira al suelo y vuelca el brasero. Se vuelve para soltar
a la muchacha...»
En el interior del estanque, la sombra que era el mago se alzó del suelo. Su rostro era
invisible debido a la capucha, pero había levantado el bastón. De pronto pareció crecer
enormemente, y su bastón se alargó y retorció igual que una serpiente. Estiró el brazo y
tocó a la joven, suavemente, con la punta de la vara.
Thelinde chilló.
Ante sus ojos, la virgen estaba envejeciendo. Aparecieron arrugas en su cara y su
cabello se volvió cano. Su piel se tino de amarillo y todos sus huesos sobresalieron bajo
ella.
Por fin la joven dejó de respirar, pero el encantamiento no cesó. La criatura del altar se
marchitó y un polvo fino, igual que humo, se alzó en la piedra.
Había un esqueleto en el altar.
Dilvish atacó al mago, con la espada Libertadora en alto.
Pero al descargar el golpe, el Siniestro tocó el arma con el bastón y la espada se hizo
añicos y cayó al suelo. Dilvish dio un paso hacia el mago.
De nuevo el bastón se movió suavemente, y una aureola de fuego danzó alrededor de
la silueta del Libertador. Al cabo de un rato el fuego se apagó. Pero a pesar de todo,
Dilvish estaba allí, inmóvil.
La imagen desapareció.
—¿Qué ha pasado?
—El Siniestro —dijo Mildin— le castigó con una terrible maldición, contra la cual ni
siquiera la Sangre Grande servía. Mira.
El día dominaba la ladera. El esqueleto yacía en el altar. El mago se había ido. Dilvish
se hallaba solo, todo el mármol al sol, cubierto de rocío matutino, y su mano derecha
seguía alzada, a punto de golpear a un enemigo.
Más tarde llegó un grupo de niños y miraron fijamente la estatua durante largo tiempo.
Después volvieron corriendo a la ciudad para dar la noticia. Los Ancianos de Portaroy
subieron a las montañas y, considerando la estatua como un presente de los numerosos
desconocidos que tenían por amigos de su Libertador, la bajaron en un carro hasta la
ciudad y la colocaron en la plaza, junto a la fuente.
—¡Él lo transformó en piedra!
—Sí, y permaneció en la plaza más de dos siglos, su propio monumento, con el puño
alzado contra los enemigos de la ciudad que había liberado. Nadie sabía qué se había
hecho de él, pero sus amigos humanos envejecieron y murieron, y la estatua perduró.
—...Y él durmió convertido en piedra.
—No, el Siniestro no maldice con tanta amabilidad. Mientras su cuerpo permanecía
rígido, con atavío de batalla, su espíritu fue desterrado al pozo más profundo del Infierno
que el Siniestro pudo disponer.
—Oh...
—...Y tal vez el efecto del encantamiento fuera ése, o quizá la Sangre Grande
prevaleció en un momento de necesidad, o bien algún poderoso aliado de Dilvish supo la
verdad y logró finalmente liberarlo. Nadie lo sabe. Pero un día, hace poco, mientras Lylish,
Coronel del Occidente, barría el territorio, todos los hombres de Portaroy se reunieron en
la plaza para preparar la defensa de la ciudad.
La luna se había desplazado lentamente hacia el borde del estanque. Bajo ella surgió
otra imagen.
Los hombres de Portaroy estaban armándose y haciendo ejercicios en la plaza. Eran
muy pocos, pero parecían dispuestos a vender sus vidas al precio más costoso. Muchos
miraron la estatua del Libertador aquella mañana, como si recordaran una leyenda.
Luego, mientras el sol la envolvía en color, la estatua se movió...
Durante un cuarto de hora, despacio y con obvio esfuerzo, los brazos cambiaron de
posición. Toda la muchedumbre de la plaza observó, paralizada en esos momentos. Por
fin Dilvish bajó del pedestal y bebió en la fuente.
La gente le rodeó entonces, y él se volvió hacia los de Portaroy.
—¡Sus ojos, madre! ¡Han cambiado!
—Después de lo que ha visto con los ojos de su espíritu, ¿es extraño que los ojos
externos lo reflejen?
La imagen desapareció. La luna se alejó flotando.
—...Y en alguna parte consiguió un caballo que no era tal, sino un animal de acero
parecido a un caballo.
Por un instante apareció una figura oscura y al galope en el interior del estanque.
—Ese es Black, su montura. Dilvish lo llevó a la batalla, y aunque también luchó largo
rato a pie, lo sacó de allí mucho después: fue el único superviviente. En las semanas
anteriores a la batalla había entrenado bien a sus hombres, pero éstos eran muy pocos.
Sus soldados le llamaron Coronel del Oriente, el título opuesto al que ostenta lord Lylish.
Todos cayeron, a pesar de todo, excepto él, pero señores y ancianos de otras ciudades
del este se han alzado en armas y también ellos reconocen el rango de Dilvish. Este
mismo día, me han dicho, Dilvish estaba ante los muros de Dilfar y venció a Lance, el de
la Armadura Invencible, en singular combate. Pero la luna está bajando ya y el agua se
oscurece...
—Pero ¿y el nombre? ¿Por qué no debo mencionar el nombre de Jelerak?
Nada más pronunciarlo, hubo una especie de murmullo, como de enormes y secas alas
batiendo el aire en lo alto, y la luna quedó oscurecida por una nube, y una oscura silueta
se reflejó en las profundidades del estanque.
Mildin metió a su hija en la capa de bruja.
El susurro se hizo más fuerte y una tenue niebla brotó alrededor de las dos mujeres.
Mildin hizo la Señal de la Luna y se puso a hablar en voz baja.
—Vuelve a ti... En Nombre del Aquelarre, del que yo soy Señora, te ordeno regresar.
Vuelve al lugar de donde viniste. No deseamos tus siniestras alas en Caer Devash.
Hubo una corriente descendente de aire, y un liso e inexpresivo rostro quedó
suspendido sobre las dos mujeres, recogido entre amplias alas de murciélago. Sus garras
relucían tenue, rojamente, como metal recién calentado en la forja.
El murciélago voló alrededor de Mildin y Thelinde, y la primera apretó más la capa y
alzó una mano.
—Por la Luna, nuestra Madre, en todos sus disfraces, te ordeno marchar. ¡Ahora! ¡En
este instante! ¡Aléjate de Caer Devash!
El murciélago se posó en el suelo junto a ellas, pero la capa de Mildin cobró brillo y la
Piedra de la Luna destelló cual lechosa llama. El monstruo se apartó de la luz, volvió a la
niebla.
Entonces apareció una brecha en la nube y un dardo de luz lunar pasó a través del
hueco. Un rayo de luna tocó a la criatura, que chilló una vez, como un hombre
atormentado, y se lanzó al aire en dirección suroeste.
Thelinde alzó la mirada hacia el semblante de su madre, que de pronto parecía muy
afligido, más viejo...
—¿Qué era eso? —preguntó Thelinde.
—Era un siervo del Siniestro. Traté de advertirte, de la forma más gráfica posible, de su
poder. Su nombre se ha usado durante tanto tiempo para conjurar y dominar a espíritus
malignos y criaturas siniestras que se ha convertido en un Nombre de Poder. Sus siervos
vuelan para localizar al que lo pronuncia,  en cuanto oyen pronunciarlo, por miedo de que
haya sido él mismo y se encolerice por su tardanza. Pero también se rumorea que si su
nombre es pronunciado con frecuencia por una persona, él se  entera y condena a esa
persona. En cualquier caso, no es prudente ir por ahí cantando esas canciones.
—Yo no lo haré, nunca. ¿Cómo puede ser tan fuerte un mago?^
—Él es tan viejo como las montañas. En tiempos fue un mago benigno y cayó en
hábitos siniestros, cosa que lo hace particularmente malicioso. Como sabes, raramente
cambian para bien. Y ahora se le tiene como uno de los tres magos más poderosos, tal
vez el más poderoso de todos los magos de todos los reinos de todas las tierras. El sigue
vivo y es muy fuerte, aunque la historia que has visto ocurrió hace siglos. Pero ni siquiera
él está libre de problemas...
—¿Cómo es eso? —preguntó la hija de la bruja.
—Porque Dilvish vive otra vez, y creo que está un poco enfadado.
La luna salió de detrás de la nube, era enorme, se había transformado en oro en bruto
durante su ausencia.
Mildin y su hija se dirigieron en ese momento montaña arriba, hacia Caer Devash y el
anillo de pinos, muy por encima del Denesh, el río de plata.
3 - Las campanas de Shoredan
Ningún ser viviente habitaba en el territorio de Rahoringhast.
Desde una era antes de esta era estaba el muerto dominio vacío de sonido, aparte del
restallar de los truenos y el espit-espit-espit de las gotas de lluvia al rebotar en la piedra
de los edific ios y en las rocas. Las torres de la Ciudadela de Rahoring seguían en pie; el
gran arco, al que le habían arrancado las puer tas, continuaba abierto, como una boca
paralizada en un aullido de dolor y sorpresa de muerte; el campo que rodeaba el lugar se
asemejaba al estéril paisaje de la luna.
El jinete siguió el Camino de los Ejércitos, que terminaba en el arco de entrada y se
adentraba en la Ciudadela. Tras él quedaba una sinuosa senda que descendía y
descendía y retrocedía hacia el sur y hacia el oeste. Atravesaba frígidas siluetas de niebla
matutina que se aferraban, entumecidas, al oscuro terreno lleno de agujeros, igual que
escuadrones de gigantescas sanguijuelas. La senda se curvaba en torno a las viejas
torres, que seguían en pie únicamente en virtud de los encantamientos que pesaban
sobre ellas desde tiempos pasados. Negras e impresionantes, muy elevadas y perfiladas
en la claridad de una pesadilla, las torres y la Ciudadela eran las últimas prolongaciones
visibles del carácter de su fallecido constructor: Ho-horga, Rey del Mundo.
El jinete, el jinete de las botas verdes que no dejaba huellas al andar, debió sentir parte
del siniestro poder que aún quedaba en el lugar, porque se detuvo y permaneció en
silencio, contemplando largo rato las rotas puertas y las altas almenas. Luego dijo una
palabra a la negra criatura parecida a un caballo que era su montura, y avanzó
lentamente.
Al acercarse, vio que algo se movía en las sombras del arco de entrada.
Él sabía que ningún ser viviente habitaba en el territorio de Rahoringhast...
La batalla había ido bien, teniendo en cuenta el número de defensores.
El primer día, los emisarios de Lylish se acercaron a los muros de Dilfar, solicitaron
parlamento, pidieron la rendición de la ciudad y obtuvieron una negativa. Siguió una breve
tregua para permitir el combate entre Lance, el Segundo de Lylish, y Dilvish, llamado el
Maldito, Coronel del Oriente, Libertador de Portaroy, vástago de la Casa Elfa de Selar y
de la Casa Humana eliminada.
La lid duró menos de un cuarto de hora, hasta que Dilvish, cuya herida en la pierna
provocó su caída, arremetió con la punta de su espada sin dejar de protegerse con el
escudo. La armadura de Lance, considerada invencible, cedió entonces, porque el arma
de Dilvish golpeó uno de los dos dibujos del peto, los que tenían forma de hendidas
marcas de casco. Los soldados murmuraron que esas marcas no estaban allí
anteriormente e intentaron hacer prisionero al coronel. Pero el caballo de Dilvish, que
permanecía apartado cual estatua de acero, fue en su auxilio de nuevo y lo condujo a la
seguridad de la ciudad.
El asalto se inició entonces, pero los defensores estaban preparados y defendieron
bien los muros. Dilfar estaba perfectamente fortificada y provista. Combatiendo en
posición de fuerza, los defensores lanzaron enorme destrucción sobre los hombres del
Occidente.
Al cabo de cuatro horas, el ejército de Lylish se retiró con los enormes arietes que no
había podido usar. Los soldados del Occidente iniciaron la construcción de plataformas de
asalto mientras aguardaban la llegada de catapultas de Bildesh.
En los muros de Dilfar, en lo alto del Torreón de las Águilas, dos hombres observaban.
—No irá bien, lord Dilvish —dijo el rey, que se llamaba Malacar el Poderoso, aunque su
estatura era escasa y sus años abundantes—. Si completan las torres que caminan y
traen catapultas, nos atacarán desde lejos. No podremos defendernos de eso. Luego las
torres se pondrán en marcha, cuando estemos debilitados tras el bombardeo.
—Es cierto —dijo Dilvish.
—Dilfar no debe caer.
—No.
—Hemos pedido refuerzos, pero se hallan a muchas leguas de distancia. Nadie estaba
preparado para el asalto de lord Lylish, y pasará mucho tiempo antes de que se reúnan
tropas suficientes y acudan a la batalla.
—Eso también es cierto, y por entonces podría ser demasiado tarde.
—Afirman algunos que sois el mismo lord Dilvish que liberó Portaroy hace largo tiempo.
—Soy ese Dilv ish.
—Si es así, aquel Dilvish era de la Casa de Selar de la Espada Invencible.
—Sí.
—¿También es cierto, pues, lo que se dice de la Casa de Selar y de las campanas de
Shoredan en Rahoringhast?
Malacar desvió la mirada mientras lo preguntaba.
—Eso no lo sé —dijo Dilvish—. Jamás he intentado despertar a las legiones malditas
de Shoredan. Mi abuela me explicó que sólo dos veces en todas las épocas del Tiempo
se ha hecho eso. También lo he leído en los Libros Verdes del Tiempo del alcázar de
Mirata. Pero no lo sé.
—Sólo a un miembro de la Casa de Selar responderán las campanas. De lo contrario
oscilan sin hacer ruido, se dice.
—Eso se dice.
—Rahoringhast se halla lejos, al norte y al este, y penoso es el camino. Pero con una
montura como la vuestra se puede hacer el recorrido, conseguir que suenen las
campanas, convocar a las legiones malditas. Se dice que esas legiones acompañarán a la
batalla a un miembro de Selar.
—Cierto, también yo he pensado en ello.
—¿Podéis intentarlo?
—Sí, señor. Esta noche. Ya estoy preparado.
—Arrodillaos pues y recibid mi bendición, Dilvish de Selar. Supe que erais él en cuanto
os vi en el campo ante estos muros.
Y Dilvish se arrodilló y recibió la bendición de Malacar, llamado el Poderoso, Señor del
Dominio Oriental, cuyo reino abarcaba Dilfar, Bildesh, Maestar, Mycar, Portaroy,
Princeaton y Poind.
El camino era difícil, pero el transcurso de leguas y horas se asemejaba al movimiento
de las nubes. La puerta occidental de Dilfar tenía en la parte interior una salida más
pequeña, una puerta que permitía el paso de un hombre, claveteada y con ranuras para
disparar flechas.
Cual postigo al viento, esa puerta se abrió y se cerró. Agazapado, a lomos de un
fragmento de la noche, el coronel cruzó la abertura y corrió por la llanura, entrando un
instante en los lindes del campamento enemigo.
Hubo un grito mientras Dilvish pasaba, y resonaron armas en la oscuridad.
Brotaron chispas de desherrados cascos de acero.
—¡Toda la velocidad a tu disposición, Black, mi montura!
Cruzó el lugar del campamento y se alejó antes de que la primera flecha estuviera
dispuesta en su arco.
En lo alto de la colina, hacia el este, una pequeña hoguera tremolaba al viento.
Estandartes, montados en altos palos, aleteaban en la noche; estaba demasiado oscuro
para que Dilvish leyera los emblemas, pero sabía que se hallaban ante las tiendas de
Lylish, Coronel del Occidente.
Dilvish pronunció las palabras en el lenguaje de los malditos, y al pronunciarlas los ojos
de su montura brillaron como ascuas en la noche. La pequeña hoguera de la cumbre de la
colina, una gran fronda de llamas, se alzó hasta la altura de cuatro hombres. Pero no
alcanzó la tienda. Y después no hubo ninguna hoguera, sólo las brasas de todos los leños
consumidos en un instante.
Dilvish siguió cabalgando, y los cascos de Black produjeron iluminación en la ladera.
Persiguieron a Dilvish solamente un rato. Después el coronel se alejó solitario.
Toda esa noche cabalgó cruzando parajes de roca. Siluetas se alzaron y cayeron ante
él, igual que tambaleantes gigantes sorprendidos en plena borrachera. Dilvish se notó
lanzado, en innumerables ocasiones, por vacuo aire, y al mirar hacia abajo en tales
momentos, sólo vio vacuo aire.
Con la mañana llegó la nivelación del camino, y el distante borde de la Llanura Oriental
quedó primero ante Dilvish, luego bajo él. Comenzó a dolerle la pierna debajo de la ropa,
pero él había vivido en las Casas de Dolor diez veces más que las vidas de los hombres,
y apartó la sensación de sus pensamientos.
Cuando el sol se alzó sobre el irregular horizonte a su espalda, Dilvish hizo un alto para
comer y beber, para estirar las piernas.
Luego vio en el cielo las siluetas de nueve palomas negras que debían circundar el
mundo eternamente, sin posarse jamás, para ver todas las cosas del mar y la tierra
pasando sobre ellas.
—Un augurio —dijo Dilvish—. ¿Es un buen augurio?
—No lo sé —replicó la criatura de acero.
—Entonces apresurémonos a saberlo.
Dilvish montó de nuevo.
Durante cuatro días atravesó la llanura, hasta que las onduladas hierbas amarillas y
verdes quedaron atrás y el terreno se extendió arenoso ante el jinete.
Los vientos del desierto le hirieron los ojos. Dispuso su pañuelo a modo de embozo,
pero no pudo frenar la totalidad del asalto. Para toser y escupir tenía que bajar el pañuelo,
y la arena penetraba nuevamente. Parpadeó y sintió arder su cara, y maldijo, pero ningún
hechizo conocido podía dejar el desierto entero como un tapiz amarillo, liso y sin arrugas
bajo él. Black era un viento contrapuesto, y los vientos del territorio se apresuraron a
combatir su paso.
El tercer día en el desierto, un loco ser voló invisible y disparatado detrás de Dilvis h. Ni
siquiera Black logró dejarlo atrás, y la criatura hizo caso omiso de las más inmundas
imprecaciones en mabrahoring, el lenguaje de demonios y malditos.
Al día siguiente, más criaturas se unieron a la primera. No cruzaron el círculo protector
donde Dilvish reposaba, pero llenaron de chillidos sus sueños —fragmentos sin sentido en
una decena de idiomas— y perturbaron su descanso.
El jinete los dejó atrás al dejar el desierto. Los dejó atrás al entrar en el territorio de
piedra, rebordes, guijos, oscuros estanques y siniestras aberturas en la tierra donde
brotaban los vahos de los infiernos.
Dilvish había llegado a la frontera de Rahoringhast.
Un territorio húmedo y gris, por todas partes.
Había niebla en algunos puntos, y el agua rezumaba de las rocas, surgía del suelo.
No había árboles, arbustos, flores, hierba... Ningún pájaro cantaba, ningún insecto
zumbaba... Ningún ser viviente habitaba en el territorio de Rahoringhast.
Dilvish siguió cabalgando y atravesó las quebradas fauces de la ciudad.
El interior era sombras y ruina.
El jinete prosiguió por la Senda de los Ejércitos.
En silencio estaba Rahoringhast, una ciudad de los muertos.
El lo percibió, no como el silencio de la nada, sino como el silencio de una paralizada
presencia.
Sólo las hendidas patas de acero sonaban en la ciudad.
No había ecos.
Sonido... Nada. Sonido... Nada. Sonido...
Fue como si algo invisible se desplazara para absorber cualquier evidencia de vida en
cuanto se manifestaba mediante el ruido.
Rojo era el palacio, igual que ladrillos recién sacados del horno y enrojecidos por el
temple de su fabricación. Pero los muros eran uniformes. Ninguna juntura, ninguna
división en la capa de rojo. Una construcción sólida, imponderable, de amplia base, y con
sus trece torres alcanzaba más altura que cualquier edificio visto por Dilvish, aunque él
había morado en el mismo torreón de Mirata, donde los Señores de la Ilusión dominaban,
retorciendo el espacio a su voluntad.
Dilvish desmontó y contempló la enorme escalera que se alzaba ante él.
—Nos orientaremos dentro de eso.
Black inclinó la cabeza y tocó el primer escalón con su casco. Brotó fuego de la piedra.
El caballo de acero retiró la pata y el humo formó rizos en ella. No quedó señal en la
escalera indicativa del punto de contacto.
—Temo no poder entrar en este lugar y conservar mi forma —afirmó Black—. Como
mínimo, mi forma.
—¿Qué te lo impide?
—Un antiguo encantamiento para defender este lugar del asalto de cualquiera como
yo.
—¿Puede deshacerse?
—No por ninguna criatura que ande en este mundo o vuele sobre él o se retuerza bajo
él, o yo soy un caballo. Aunque un día los mares suban y cubran la tierra, este lugar
existirá en el fondo. Fue arrancado del Caos por el Orden en los tiempos en que estas
normas dominaban el territorio pelado, al otro lado e las montañas. Quienquiera que fuera
el causante, fue uno de los Primeros, y poderoso incluso desde el punto de vista del
Poderoso.
—En ese caso debo continuar solo.
—Tal vez no. Se acerca alguien ahora mismo al que será mejor que aguardes y
escuches.
Dilvish aguardó, y un solitario jinete salió de una distante calle y avanzó hacia los
recién llegados.
—Saludos —dijo el jinete con la mano derecha levantada, abierta.
—Saludos. —Dilvish hizo el mismo gesto.
El jinete desmontó. Su vestimenta era de color violeta oscuro, la capucha echada hacia
atrás, la capa tapándole por completo. No llevaba armas visibles.
—¿Qué hacéis aquí ante la Ciudadela de Rahoring? —preguntó.
—¿Qué hacéis vos preguntándome, sacerdote de Babrigore? —dijo Dilvish, y no
apremiantemente.
—Paso el tiempo de una luna en este lugar de muerte, para extenderme en los hábitos
del mal. Es para prepararme como superior de mi templo.
—Sois joven para ser rector de un templo.
El sacerdote se encogió de hombros y sonrió.
—Pocos vienen a Rahoringhast —observó.
—No es muy extraño —replicó Dilvish—. Confío en no quedarme mucho tiempo.
—¿Pensabais entrar en este... lugar? —El sacerdote señaló el palacio.
—Pensaba, y pienso.
El hombre era media cabeza más bajo que Dilvish, y era imposible conjeturar su silueta
bajo la ropa que lucía. Sus ojos eran azules y su tez morena. Un lunar en su párpado
izquierdo danzaba cuando pestañeaba.
—Permitidme rogaros que reconsideréis esta acción —dijo—. Sería imprudente entrar
en este edificio.
—¿Por qué?
—Se dice que el interior continúa vigilado por los antiguos guardianes de su señor.
—¿Habéis estado dentro alguna vez?
—Sí.
—¿Os causó molestias algún antiguo guardián?
—No, pero al ser sacerdote de Babrigore me hallo bajo la protección de... de... Jelerak.
Dilvish escupió.
—Ojalá le arranquen la carne de los huesos y conserve la vida.
El sacerdote bajó los ojos.
—Aunque él luchó contra la criatura que habitaba en este lugar —dijo Dilvish—,
después se volvió tan inmundo como ella.
—Muchos de sus actos son igual que manchas en la tierra —repuso el sacerdote—,
pero él no fue siempre así. Era un auténtico mago que opuso sus poderes a los del
Siniestro, en una época en que el mundo era joven. No estaba bastante capacitado. Cayó.
El Maléfico lo usó como siervo. Durante siglos soportó ese cautiverio, hasta que la
esclavitud lo transformó, tal como debía ser. También él alcanzó la gloria con métodos
siniestros. Pero después, cuando Selar el de la Espada Invencible compró la vida de
Hohorga con la suya, Jel... él cayó como si estuviera muerto y así permaneció durante
una semana. Próximo al delirio, al despertar, recurrió a un contraencantamiento en un
último acto de revocación: liberar a las legiones malditas de Shoredan. Lo probó. Lo hizo.
Permaneció en esta misma escalera durante dos días y dos noches, hasta que la sangre
se mezcló con el sudor de su frente, pero no consiguió romper  el influjo de Hohorga. Aun
estando muerto, la siniestra fuerza era tremenda para él. Luego vagó enloquecido por el
territorio, hasta que fue recogido y atendido por los sacerdotes de Babrigore. Después
volvió a los hábitos que había aprendido, pero siempre ha mostrado una amable
disposición hacia la Orden que lo atendió. Jamás nos ha pedido nada. Nos ha enviado
alimentos en tiempos de hambre. No habléis mal de él en mi presencia.
Dilvish escupió de nuevo.
—Ojalá se pudra en la oscuridad de las oscuridades por los siglos de los siglos y ojalá
su nombre sea maldito por siempre. El sacerdote apartó la mirada del repentino fulgor en
los ojos de Dilvish.
—¿Qué pretendéis hacer en Rahoring? —preguntó por fin. —Entrar... y hacer algo.
—Si debéis hacerlo, os acompañaré. Tal vez mi protección se extienda también a vos.
—No he solicitado vuestra protección, sacerdote.
—No es preciso solic itarla.
—Perfectamente. Venid conmigo en ese caso.
Empezó a subir la escalera.
—¿Qué es eso que montáis? —inquirió el sacerdote mientras señalaba hacia atrás—.
Igual que un caballo por su forma, pero ahora es una estatua.
Dilvish se echó a reír.
—También yo sé algo de los métodos siniestros, pero mis relaciones son particulares.
—Ningún hombre puede tener relaciones especiales con lo siniestro.
—Podéis decir eso a un morador de las Casas de la Llanura, sacerdote. A una estatua.
¡A alguien que pertenezca totalmente a la raza de los hombres! Pero no a mí.
—¿Cómo os llamáis?
—Dilvish. ¿Y vos?
—Korel. No os hablaré más de lo siniestro, Dilvish, pero a pesar de todo entraré con
vos en Rahoring.
—En ese caso no sigáis hablando. —Dilvish se volvió y continuó subiendo.
Korel le siguió.
A medio camino, la luz que les rodeaba empezó a apagarse. Dilvish miró hacia atrás.
Sólo pudo ver la escalera que bajaba y bajaba. No había nada en el mundo aparte de
escalones. Un paso más hacia arriba, y la oscuridad aumentó.
—¿Ocurrió esto cuando entrasteis aquí la última vez? —preguntó Dilvish.
—No —dijo Korel.
Llegaron a lo alto de la escalera y vieron el nebuloso portal. Por entonces parecía como
si la noche cubriera la tierra.
Entraron.
Un sonido, como de música, llegaba de muy lejos, y en el interior había una luz
fluctuante. Dilvish puso la mano en el pomo de su espada.
—No os servirá de nada —musitó el sacerdote.
Recorrieron el pasadizo y llegaron por fin a una vacía sala. Varios braseros vertían
llamas en los elevados huecos de las paredes. El techo se perdía en la penumbra y el
humo.
Cruzaron esa sala hasta el punto donde una amplia escalera conducía a una llamarada
de luz y sonido.
Korel miró atrás.
—Empieza con la luz —dijo el sacerdote—, toda esta novedad. —Señaló—. El pasillo
exterior sólo contenía escombros y... polvo...
—¿Y cuál es el problema aparte de eso? —Dilvish volvió también la cabeza.
Sólo una hilera de pisadas recorría el polvo hacia la sala. Dilvish se echó a reír.
—Camino con suav idad —dijo.
Korel le contempló. Luego parpadeó y su lunar se agitó sobre el ojo.
—Cuando entré aquí anteriormente —dijo el sacerdote—, no había sonidos, ninguna
antorcha. Todo estaba vacío y silencioso, destrozado. ¿Sabéis qué ocurre?
—Sí —repuso Dilvish—, porque lo leí en los Libros Verdes del Tiempo y en el torreón
de Mirata. Debéis saber, oh sacerdote de Babrigore, que en la sala superior los fantasmas
juegan a ser fantasmas. Debéis saber, igualmente, que Hohorga muere una y otra vez
mientras yo estoy aquí dentro.
Al pronunciar el nombre Hohorga, se oyó un fuerte grito en la elevada sala. Dilvish
corrió escaleras arriba, con el sacerdote detrás.
De entre los muros de Rahoring brotaba un potente gemido.
Se detuvieron al final de la escalera, Dilvish como una estatua, con la espada medio
desenvainada, Korel con las manos metidas en las mangas, rezando según la norma de
su orden.
Los restos de un gran festín se hallaban dispersos por toda la sala. La luz procedía de
arriba, de unos globos de colores que daban vueltas como planetas bajo la gran pintura
celeste del abovedado techo. El trono que ocupaba el estrado junto a la pared más
alejada estaba vacío. Ese trono era demasiado grande para que alguien de la época lo
ocupara. Las paredes estaban totalmente cubiertas de antiguos emblemas, muy extraños,
sobre losas de mármol donde alternaban el blanco y el anaranjado. En las columnas de la
pared había gemas del tamaño de puños cerrados, de ardiente amarillo y esmeralda,
infrarrubí y ultra-azul que despedían un ígneo brillo, transparente e iluminador hasta los
escalones del trono. El pabellón del trono era amplio y de oro blanco, trabajado a la
manera de sirenas y arpías, delfines y serpientes con cabeza de cabra; estaba sostenido
por dragones alados, grifos y pegasos sentados y erguidos. Pertenecía al ser que
agonizaba en el suelo.
Con forma de hombre, aunque media vez más alto, Hohorga yacía en las baldosas de
su palacio y sus intestinos llenaban su regazo. Lo atendían tres miembros de su guardia,
mientras el resto se ocupaba del asesino. Se decía en los Libros del Tiempo que Hohorga
el Maléfico era indescifrable. Dilvish comprobó que ello era cierto y falso al mismo tiempo.
Hohorga era hermoso y noble de facciones; pero tan cegadoramente hermoso era que
todos los ojos se apartaban de aquel semblante arrugado entonces por el dolor. Un tenue
halo azulado decrecía alrededor de sus hombros. Incluso con el dolor de la muerte
Hohorga era tan frío y perfecto como una piedra preciosa tallada, dispuesta sobre el cojín
verdirrojo de su sangre; la suya era la hipnótica perfección de una serpiente multicolor. Se
dice que los ojos no tienen expresión propia, y que nadie puede meter la mano en un
barril de ojos y separar los de un hombre encolerizado o los de un ser querido. Los ojos
de Hohorga eran los de un dios arruinado: infinitamente tristes, tan altivos como un
océano de leones.
Una sola mirada y Dilvish comprobó ese detalle, aunque no logró adivinar el color de
los ojos.
Hohorga era de la sangre del Primero.
Los guardias habían arrinconado al asesino. El combatía, al parecer con las manos
vacías, pero parando y asestando golpes como si aferrara una espada. Cuando su mano
se movía, había heridas.
El asesino esgrimía la única arma capaz de herir al Rey del Mundo, que no toleraba
armas en su presencia, salvo a su guardia.
Llevaba la Espada Invisible.
Era Selar, primero de la casa elfa de ese nombre, finado gran señor de Dilvish, que en
ese momento gritó su nombre.
Dilvish sacó la espada y cruzó corriendo la sala. Arremetió contra los atacantes, pero
su hoja los atravesó como si fueran de humo.
Superaron la posición de guardia de Selar. Un potente golpe lanzó despedido algo
invisible que resonó en la sala. Luego despedazaron al vencido, poco a poco, a Selar de
Shoredan, mientras Dilvish lloraba y observaba.
Y entonces habló Hohorga, con una voz firme aunque suave, sin inflexión, igual que el
constante batido de la marea o cascos de caballos.
—He sobrevivido al que presumía de haberme vencido, como debe ser. Sabed que
está escrito que jamás ojo alguno vería la espada capaz de herirme. Los poderes tienen
sus bromas. Mucho de lo que he hecho permanecerá siempre así, oh hijos de los
Hombres, Elfos y Salamandras. Me llevo de este mundo, al silencio, mucho más de lo que
sabéis. Habéis vencido a lo que era más grande que vosotros mismos, pero no os
enorgullezcáis. Eso ha dejado de importarme. Nada me importa. Mis maldiciones para
vosotros.
Aquellos ojos se cerraron y hubo el estampido del trueno.
Dilvish y Korel estaban solos en las ensombrecidas ruinas de una gran sala.
—¿Por qué apareció hoy esto? — preguntó el sacerdote.
—Cuando uno de la sangre de Selar entra aquí — dijo Dilvish — , la escena vuelve a
realizarse.
—¿Para qué habéis venido aquí, Dilvish, hijo de Selar?
—Para tocar las campanas de Shoredan.
—Imposible.
—Si debo salvar Dilfar y liberar de nuevo Portaroy, ha de hacerse.
«Voy a buscar las campanas ahora mismo. »
Atravesó la casi negrura de noche sin estrellas, porque sus ojos no eran los ojos de los
Hombres, y estaba acostumbrado a mucha oscuridad.
Oyó que el sacerdote le seguía.
Pasaron por detrás de la destrozada mole del trono del Señor de la Tierra. De haber
habido suficiente luz, habrían visto que los puntos oscuros del suelo se convertían en
manchas, luego adoptaban el tono tostado de la arena y un color verdirrojo de sangre al
acercarse Dilvish, para esfumarse de nuevo al alejarse.
Detrás del estrado estaba la puerta de la torre central. Fevera Mirata, Reina de la
Ilusión, había mostrado una vez esta sala a Dilvish en un espejo del tamaño de seis
jinetes en línea, un espejo bordeado por un marco de atrompetados narcisos de oro que
ocultaron sus cabezas hasta que no hubo más reflejo que el de ellos mismos.
Dilvish abrió la puerta y se detuvo. Ondulante humo le envolvió. Sufrió un ataque de
tos, pero se mantuvo en guardia.
—¡Es el Guardián de las Campanas! — exclamó Korel — . ¡Que Jelerak nos libre!
—¡Maldito Jelerak! — dijo Dilvish — . Me basto para librarme.
Pero al hablar, la nube formó un remolino y dando vueltas se transformó en una
reluciente torre que guardaba la entrada, iluminando el trono y los puntos próximos. Dos
ojos rojos centelleaban en el humo.
Dilvish pasó su espada una y otra vez a través de la nube, sin encontrar resistencia.
—Si continúas incorpóreo, pasaré a través de ti —anunció Dilv ish—. Si adoptas una
forma, te haré pedazos. Elige—y dijo todo ello en mabrahoring, el lenguaje que se habla
en el Infierno.
—Libertador, Libertador, Libertador —silbó la nube—, mi predilecto, Dilvish, criaturilla

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