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van Lustbader.23 Oct 13 - 11:21 van Lustbader. ZERO. Dedico este libro a todos mis amigos de Maui, que me ayudaron a descubrir otro lado. Aloha y mahalo. Muy especialmente se lo dedico a V., que —como siempre— tanto me ayudó. Zero no hubiera podido nacer sin ella. --------------------------------------- 5 AGRADECIMIENTOS Muchas personas me han sido particularmente útiles en las diversas y difíciles fases de investigación para escribir Zero. Gracias. A Marsha y Bruce y a Germán John por facilitarme el acceso a Kahakuloa. A Bud Davison y su «tripulación de vuelo» en «Butler International» por todos sus conocimientos de aviación. A Frank Toomey, vicepresidente de «Bears, Stearns & Co»., Los Angeles, por sus explicaciones de las teorías macroeconómicas que tan vitales son para la novela. A Henry, por su ayuda de tipo práctico en el aspecto editorial. He extraído elementos prácticos y citas incluidos en un artículo de Richard Reeves, del «Universal Press Syndicate», titulado «La temida superpotencia de Asia» y publicado en el Honolulú Adver-tiser, para el artículo periodístico que Lillian Dosslee en la cuarta parte. Mi agradecimiento muy especial a Ronn Ronck por su valiosísima colaboración al abrirme los archivos del Honolulú Adver-tiser sobre los Yakuza. Y a Kate por sus discusiones y consejos. --------------------------------------- 6 Es el cambio lo que da el sentido a las cosas. HERÁCLITO Goke no kimi tasogaregao no uchiwa kana Abrazada su belleza por el crepúsculo, la viuda mueve suavemente su abanico BASHÓ --------------------------------------- 7 Primera Parte INKA EL INCENDIO PRIMAVERA, PRESENTE West Maui. Hawai/Tokio. Japón Otra noche, no. El hombre conocido como Civet abrió los ojos. Un gekko gris verdoso le estaba mirando. Inmóvil, el diminuto lagarto se aferraba a un capullo de anturio en el empapelado de la pared. Tenía la cabeza vuelta para poder seguir mirando a Civet. Otra noche, no. Al otro lado de las puertas-ventanas de rejilla, los cocoteros susurraban mientras los refrescantes vientos de las montañas de West Maui rozaban sus largas y sensitivas hojas en una caricia de amante. Era aquí, a este lugar especial de Hawai, adonde siempre iba Civet después de una misión. Después de una extracción. Pero esto iba más allá de una extracción, más allá, incluso, de la muerte. Civet se enjugó el sudor que le cubría la despejada frente. Sentía que sus dedos temblaban mientras le acechaba el espíritu de su pesadilla. Pero la presencia de una pesadilla significaba que por lo menos había dormido. Sí, otra noche. Vio cómo las copas de las palmeras se teñían de una pálida luz dorada al asomar el sol por encima de los picos que se elevaban al Este, y pensó: He pasado otra noche. Siempre era así cuando terminaba un trabajo. Pero esta vez era diferente. Tan diferente que hasta los mismos huesos le dolían cuando pensaba que había llevado a cabo un trabajo por su propia cuenta. Le hervía la mente con la certidumbre de que aquello era el principio de su vida... o el final. Civet se incorporó en la amplia cama. Las sábanas resbalaron hasta su cintura cuando, sacando los brazos, rodeó con ellos las rodillas y las apretó contra su pecho. Volvió la vista hacia la mesilla de noche. Había sobre ella una botella de whisky irlandés medio vacía y un vaso de agua. Civet se encontró alargando la mano hacia la botella y se contuvo. Lenta y deliberadamente apartó la cabeza. Y se vio frente a la fija mirada del gekko. El bastardo parece tan acusador, pensó Civet. Pero sabía que era su propia conciencia, que transformaba la mirada del gekko en algo más que vaga curiosidad. Probablemente, ni siquiera sabe qué soy yo, pensó Civet. Pero Civet sí sabía lo que era. Lo sabía demasiado bien. Tenía frío. Tenía frío y estaba sudando. Con un gemido, sacó las piernas por el costado de la ancha cama. La extensión cubierta por las sábanas a su espalda le parecía interminable. El espacio vacío le deprimió tanto que le invadió el recuerdo del aroma de Michiko, una excitante combinación de perfume con el almizclado olor de su propia piel. Estaba aturdido. Apoyó la cabeza en las manos y pensó: Oh, Dios, pero la echo de menos. Aun después de todos estos años, la herida todavía está fresca. Parece que fue ayer cuando vivía con ella. Pensar en Michiko era como hundirse un estilete en el corazón. Pero, pensó tristemente, era mucho mejor que contemplar lo que había hecho. Hace tres días. Tan diferente. ¿Cómo hubiera podido saber lo diferente que sería! Una eternidad de agonía, porque ahora era imposible volverse atrás. De nada valía que esta vez fuera todo diferente. Sólo servía para recordarle lo que él había sido en otro tiempo, hacer que se sintiera más parecido a Sísifo, apoyando el hombro contra la roca y subiéndola de nuevo hasta la cumbre de la montaña. Daba lo mismo que hubiera participado en ello al servicio de su país. No había habido ninguna gloria en lo que él había sido..., sólo medallas grabadas con su nombre guardadas bajo llave en una habitación cerrada, y sangre en sus manos. --------------------------------------- 8 (¿Era por esto por lo que había cogido la costumbre de quemar sus ropas al término de cada misión..., por la sangre?) Eso, más que ninguna otra cosa, decidió Civet, era la consecuencia de matar a otro ser humano: un descenso al purgatorio. El oscuro final en cada noche como el dedo acusador de Dios. El río de la vida convertido en polvo entre las manos, cenizas que en otro tiempo Dios había animado con su aliento. Cuánto más aterrador entonces contemplar la muerte de millones de seres. Civet pensaba mucho en Dios últimamente. Sentía ahora que con cada misión, con cada vida que borraba del mundo, estaba dando un paso más hacia su creador. De noche, temblaba con el viento solar de Su presencia; respiraba en una energía que escapaba a su comprensión. Sin embargo, era un poder que le infundía más terror que fortaleza. Indagando su origen -la lógica y las relaciones figuraban entre sus puntos fuertes-, comprendió finalmente que su terror derivaba no del hecho de que se arrepintiera de sus pecados, sino, más bien, de que no experimentaba ningún remordimiento por la vida que había elegido. Pero nunca habría imaginado siquiera que su vida le conduciría a este camino concreto. Por primera vez en varias décadas, estaba verdaderamente solo. Y por eso, naturalmente, era por lo que la idea de Dios cruzaba persistentemente por su mente. Todo ahora había recaído sobre él. Y era un fugitivo que huía para salvar la vida. Ya una vez habían estado a punto de capturarle. Todo se había convertido en humo. Casi. Pero él los había burlado; había venido aquí. ¿Cuánto tiempo?, pensó. ¿Cuánto tiempo tardarían en encontrarle? Dos días; tres como mucho. Eran listos. Y tenían la organización. ¡Cristo, no hacía falta que nadie se lo dijese! Casi se echó a reír ante la amarga ironía de esto; en lugar de ello, se mordió el labio. Y ahora, pensó, todo se reduce a un juego infernal. Siempre existe la esperanza, pero es algo muy frágil. Me lo estoy jugando todo -más incluso que mi propia vida, ¡oh, mucho más!- guiado por el instinto. Ciertamente, creo no estar equivocado. Pero ¿y si lo estoy? Sentía a su alrededor el bullir de gentes corrientes para los que dos hijos, dos coches y una hora de viaje para ir y volver del trabajo eran los parámetros de la vida, Civet se estremeció ante la idea de llevar una vida rutinaria. Sin embargo, a veces le desconcertaba esta falta de arrepentimiento por su parte. Se sentía como un monje que, habiendo avanzado mucho en sus estudios eclesiásticos, se encontrara, no obstante, incapaz de tomar sus votos finales. A lo largo de su vida había estado en muchos lugares de culto. Una vez, hacía veinte años, estuvo a punto de perder la vida en uno y, a su vez, se había visto obligado a extraer a su atacante. Había acabado aprendiendo que la devoción rara vez coincidía con la pureza de espíritu. Civet conocía en su profesión a muchos hombres que iban todas las semanas a la iglesia. Parecían ser los que más disfrutaban matando. Civet no disfrutaba de su trabajo en la misma forma visceral y a menudo sexual en que lo hacían éstos. Pero, seguramente, se decía a sí mismo una y otra vez, no se puede ser tan bueno como yo en lo que hago, sin disfrutar con ello. Era el oscuro mundo de secretos en que habitaba lo que realmente amaba Civet. Era como la taza de té de un inglés, siempre presente y reanimadora. Le hacía sentirse aparte, totalmente independiente, libre. Él era una cometa de vivos colores cabalgando en los salvajes vientos que la mayoría de las personas no podían siquiera imaginar. Era especial; eminente, equilibrado. Sin embargo, las consecuencias de cada acción le atenazaban implacablemente, y de nuevo volvía al purgatorio. Pero esto era diferente, y sólo él podía saber por qué. El gekko le estaba mirando fijamente. Civet cogió la botella y se sirvió cuatro dedos. La miró y la dejó a un lado. Deslizándose de la cama, se dejó caer de rodillas y rezó a un Dios que no podía imaginar y mucho menos comprender. ¿Era a Buda a quien rezaba? --------------------------------------- 9 ¿A Jehová? ¿A Jesús? Civet no sabía decirlo. Pero ahora, en este momento de crisis final en su vida -en, creía, el futuro del mundo-, necesitaba hablar con algo más grande que él mismo. Michiko habría dicho que era la Naturaleza. Civet sólo podía inclinar la cabeza y dejar que su mente fluyese como un río hacia su fuente. Tiró el licor por el lavabo. El hielo que no había utilizado durante la noche se había fundido, y cogió en el hueco de la mano parte de agua todavía fresca. Luego, para escapar de la turbadora mirada del lagarto, fue hasta las puertas de rejilla y salió al lanai. Para su sobreexcitada sensibilidad la observación del lagarto parecía haberse vuelto casi humana. Estaba en uno de los pisos altos, lo cual era en él una norma estricta. Se sentía personalmente a gusto con las vistas que ello le proporcionaba y profesionalmente cómodo con el dominio de su entorno inmediato que le deparaba un piso alto. Se le había enseñado a ser un hombre muy cuidadoso. Más allá de las susurrantes palmeras y de los exuberantes jardines de orquídeas que se extendían abajo, las cerúleas aguas del canal Molokai parecían hacerle invitadoras señas. El temprano viento había cesado, y, con expertos ojos, Civet comprendió que sería un día apacible, excelente para pescar. Podía ver ya el reluciente cable hundiéndose en el agua, podía sentir la tensión en el hilo, el estremecimiento y, luego, el violento tirón al morder el anzuelo el onaga, el pez de aguas profundas que a él le gustaba comer. Oh, sí, pensó, más feliz ahora. El escozor del salitre en la cara, el desafío del tirón y el salto del voluminoso pez. Ésa era la clase de actividad que limpiaría sus emociones del detrito de la extracción. Extracción era parte de la jerga -tan extraña como el argot de un bosquimano africano- que los hombres de la profesión de Civet utilizaban para indicar un homicidio autorizado. Bajo su lanai, vio una pareja de jóvenes que cruzaban por la hierba vestidos con chándales deportivos. Asustadas, las minas rosas remontaron el vuelo, graznando. Y, mientras sus ojos seguían el arco descrito por las aves, Civet vio la figura que permanecía junto a la palmera. La figura se hallaba parcialmente oculta en la sombra, y, sin embargo, la energía que emanaba de ella llegó hasta Civet, siete pisos más arriba. Civet se olvidó de las fugitivas minas y de la pareja que corría sobre el césped; olvidó el aire plácido, el espectacular paisaje que se extendía hasta la isla de Molokai. Estaba plenamente concentrado en la figura. Él, que era tan diestro en seguirle la pista a cualquiera como lo era en matar, estaba acostumbrado a identificar a las personas a distancia. Civet se encontraba ahora en el extremo más alejado del lanai. Las hojas de la palmera se agitaban, oscureciendo parcialmente la figura. Pero el ángulo era mejor, y por fin pudo verle la cara. El vaso que había sostenido en la mano se estrelló contra el suelo de cemento, y Civet se encontró, de pronto, agarrándose a la barandilla para evitar caer de rodillas. Le dominó el vértigo. Tenía la boca abierta y pugnaba por respirar. No puede ser, pensó. Todavía no. Necesito descansar; estoy exhausto de tanto huir. Simplemente, no puede ser. Pero sabía lo que aquello significaba. Ya le habían encontrado. Se volvió y se precipitó al interior de la habitación, raspándose la rodilla contra el borde de la cama. Entró tambaleándose en el cuarto de baño, donde vomitó entre violentas convulsiones. No estaba emocionalmente preparado. Santo Dios, pensó, protégeme en lo que tengo que hacer. Protege a los que amo si no lo hago. --------------------------------------- 10 Su imaginación, desbocada por el pánico, se representaba ya lo que le aguardaba. ¡Basta!, se amonestó a sí mismo. Consiguió dominarse por fin y se echó agua fría en la cara, en el interior de la boca y sobre la nuca. Luego, se vistió apresuradamente y guardó la cartera, las llaves del coche, el pasaporte y una cajita de piel de anguila en varios bolsillos de su fina chaqueta tropical. Volvió a leer la tarjeta postal que había escrito en el silencio de la noche y salió por la puerta. Rehuyó el ascensor, bajando las escaleras de a dos escalones. En el vestíbulo, pasó rápidamente ante turistas de tez pálida vestidos con llamativas camisas hawaianas. Entregó la tarjeta postal al conserje, que le aseguró que saldría con el correo de la mañana. En el aparcamiento subterráneo, escudriñó rápidamente en derredor, dejando que sus ojos se acostumbrasen a la oscuridad. Cuando tuvo la seguridad de que no había peligro, se dirigió a su "Mustang" alquilado. Se arrodilló en el suelo y, con su habitual detenimiento, inspeccionó la parte inferior del vehículo. Revisó toda la longitud del tubo de escape, así como su interior. Lugares en donde podían ocultarse con facilidad los letales objetos que él había visto después de la guerra. Terminada su comprobación, empezó a practicar el prana, la profunda respiración semimística que le permitía pensar con claridad en situaciones difíciles. Todavía de rodillas, se dirigió al maletero del coche, buscando en su cerradura los diminutos rasguños que indicarían los intentos de un intruso por abrirla. No había nada. Se incorporó y abrió el maletero. Entraron en el aparcamiento un matrimonio y un niño, y se vio obligado a esperar hasta que subieron a su coche y se alejaron. Trabajando con rapidez, trasladó el contenido del maletero al asiento situado junto al conductor. Luego, se sentó al volante y levantó la capota del coche. Instantes después, el motor del "Mustang" cobró vida con un ronco carraspeo, y, accionando el embrague, Civet se puso en marcha. Tomó la carretera de Napili porque le desagradaba la nueva autopista que recientemente había sido construida más arriba, a lo largo de la ladera de la montaña. Esto, lo mismo que su forma de conducir, era algo puramente instintivo. La cara..., ¡la cara oculta en la sombra! Aquellas facciones ardían en su mente, resplandeciendo como carbones hundidos en sus ojos. Experimentaba un calor tan violento que hacía que se estremeciera como si tuviera fiebre. Por un momento, su resolución se tambaleó; la muerte hizo crujir sus desnudos nudillos ante su rostro. Los dedos, blancos sobre el volante, le dolían con la inconsciente fuerza de la presión que ejercía. Pasó por Napili como si le persiguiera un fantasma. En la iglesia metodista, torció a la derecha por la autopista de Honoa-piilani, una carretera de tres carriles en la que podía correr a gran velocidad. No había hecho más que empezar a acelerar cuando vio aparecer por detrás la negra mancha del "Ferrari Marcello". Había tomado la carretera de Kapalua y se había incorporado a la corriente general del tráfico a no más de cien metros por detrás del "Mustang" de Civet. Divisó inmediatamente el rostro del conductor. El corazón empezó a palpitarle de -nuevo con fuerza. Entornando los párpados para evitar que el sudor se le introdujera en los ojos. Civet torció bruscamente el volante a la derecha. Al mismo tiempo, pisó con fuerza el acelerador. El "Mustang" lanzó un estridente chillido y, levantando una espesa nube de polvo rojo, se precipitó a lo largo del amplio arcén. --------------------------------------- 11 Los sobresaltados conductores protestaron contra esta peligrosa maniobra con un estruendo de cláxones. Mirando por el espejo retrovisor, Civet vio cómo el negro "Marcello" serpenteaba por entre el tráfico sin rezagarse. Civet maldijo a su coche americano, que no podía competir con el "Ferrari" en potencia y maniobrabilidad. De nuevo sobre el asfalto de la carretera, tomó una amplia curva a ciento veinte por hora. A su derecha destellaban las aguas de la bahía de Napili; a su izquierda, las montañas, todavía envueltas en la niebla, se elevaban en terrazas. Una era abierta, invitadora; te otra, arcana, misteriosa. Pero ambas eran poderosas..., mucho más poderosas, pensó ahora Civet, que él, un débil ser humano transportado en una tonelada de metal soldado. Una vez pasados los nuevos y horribles rascacielos de Kahana, aceleró. Cuando podía, utilizaba el ancho arcén para adelantar a los otros coches. En algunos lugares, el arcén estaba asfaltado; en otros, se hallaba formado por tierra aplastada, cuyas rodadas transmitían violentas vibraciones a su espina dorsal a través de la blanda suspensión del "Mustang". Otro vistazo al espejo retrovisor confirmó que el "Ferrari" iba acortando distancias rápidamente. Estaba ya a apenas unos cincuenta metros. Se aproximaba velozmente a Kaanapali, la zona turística más extensa de Maui. Esta franja de cinco hoteles y numerosos bloques de viviendas era la principal causa de congestión pedestre y rodada a este lado de Maui. Fue a Kaanapali adonde Civet decidió dirigirse ahora. En su hervidero de paseos, restaurantes, tiendas y rascacielos, tendría muchas probabilidades de burlar a su perseguidor. Pulsó el claxon y oprimió violentamente los frenos cuando un coche empezó a arrancar a su derecha. Con una maldición, Civet pisó a fondo el acelerador mientras oía chirriar los frenos del automóvil intruso. Tuvo un fugaz atisbo de una cara de mujer, blanca de miedo, mientras pasaba a toda velocidad, haciendo ^o-nar todavía el claxon. Pero el incidente había tenido sus consecuencias. El "Marcello" rugía ahora a sólo veinte metros de distancia. Civet se concentró en el tráfico que se acumulaba delante de él, esperando divisar la primera de las tres carreteras de acceso a Kaanapali. Había allí una brigada de reparaciones trabajando; el tráfico se estrechaba en ese punto. Él iba demasiado de prisa. Se vio obligado a dar un brusco volantazo a la derecha y salirse al arcén para evitar chocar con la trasera de un lento "Nissan" que le precedía. Civet tuvo que disminuir drásticamente la velocidad, y una ojeada al espejo retrovisor le mostró que tenía al "Marcello" casi encima. Comprendió que, a menos que pudiese encontrar un hueco en el tráfico, estaba perdido. Ya la carretera que se extendía ante él parecía embadurnada de grasa. Ondeaban gallardetes de colores, azules, verdes, rojos y naranjas. La luz se dilataba como si el sol entrara y saliera de una densa nube con terrible rapidez. Frenó bruscamente. ¡Había estado a punto de embestir al coche que tenía delante! Y un instante después vio una pequeña abertura, cuando la fila de coches que avanzaba lentamente por la zona en obras era detenida para dar paso al tráfico procedente del distrito turístico. Qué diablos, pensó, pisando a fondo el acelerador. Hizo varias rápidas y profundas inspiraciones, tratando de reducir el martilleante ritmo de sus pulsaciones y, al mismo tiempo, ignorando el estruendo de los cláxones, los gritos, el rechinar de frenos apresuradamente aplicados, mientras se precipitaba por el hueco. Estaba rodando de nuevo a ciento veinte por hora, pero el "Marcello" estaba ya casi pegado a él, y mientras realizaba maniobra tras maniobra, una convicción creciente comenzó a dictar a Civet sus siguientes movimientos. Cuando hubo agotado todo su --------------------------------------- 12 repertorio de medidas evasivas, abandonó la idea de refugiarse en Kaanapali. No le llevaba ya ninguna ventaja al "Ferrari" y, en consecuencia, no tenía la más mínima posibilidad de desaparecer en el interior del distrito turístico. Se estaban dirigiendo hacia el acceso principal a Kaanapali. La carretera llegaba allí a una isleta divisoria, en la que crecían palmeras y heléchos gigantes, y en torno a la cual el tráfico se dividía en dos direcciones. Efectuando rápidos cálculos mentales, Civet aceleró a través del tráfico, serpenteando por entre él. Aullaban los cláxones; la gente le gritaba. La isleta se aproximaba por su izquierda. Civet redujo la velocidad y pasó al carril derecho como si se dispusiera a girar hacia Kaanapali. El "Marcelo" le imitó. En el último instante, Civet aceleró bruscamente y giró con rapidez el volante. Golpeó el guardabarros trasero de un "Chevy"; la rueda delantera derecha de su "Mustang" subió sobre el bordillo, por lo que durante unos terribles momentos permaneció ladeado. Luego, volvió a equilibrarse con una violenta sacudida, balanceándose sobre sus muelles mientras Civet se enfrentaba al tráfico que venía en dirección contraria. Viró a la izquierda hacia el otro arcén y aceleró. El "Marcelo", manteniéndose todavía a su altura, se hallaba ahora a tranquilizadora distancia, separado de Civet por una fila de vehículos que se interponía entre ambos y por la isleta central. Mirando en su dirección, Civet sonrió. La adrenalina fluía a través de su cuerpo como el océano que resplandecía a la luz del sol más allá del ahora impotente "Marcello". Civet se sintió inundado por la energía que emanaba del océano, volvió la vista hacia el pavimentado arcén que extendía ante él y lanzó un grito. Donde hacía sólo un instante había tenido despejado el camino, se estaba ahora abalanzando sobre un par de muchachas vestidas con chándales azules, sonrosadas, con los rubios cabellos recogidos en cola de caballo flotando a su espalda. Jóvenes y rebosantes de vida. Sus morenos rostros se mantenían serenos mientras corrían. Estaban hablando, riéndose de algo. ¡Cristo -pensó desesperadamente Civet- no me ven! A ciento veinte por hora se estaba abalanzando sobre ellas a infernal velocidad. Aun cuando estaba aplicando los frenos, Civet sabía que iba demasiado de prisa^eomo para poder detenerse a tiempo. A la izquierda había un muro de cinco metros de altura adornado como buganvillas silvestres. Brillantes regueros rosados, anaranjados, y púrpuras, recorrían el muro. Estaba demasiado cerca e iba a demasiada velocidad. Aplastaría a las muchachas a menos que... Civet viró en la única dirección en que podía hacerlo: a la derecha, sobre el tráfico que le venía de frente. Si consiguiera encontrar un hueco en el tráfico, y llegar a la isleta cubierta de hierba, entonces... Aullido de metal, ardiente y torturado más allá de su punto de fractura. El "Mustang" segó la parte delantera de un camión que avanzaba sobre él, arrancándole un faro y parte de un guardabarros. Era demasiado para el "Mustang", que se alzó en el aire como un garañón encabritado. Cuando volvió a caer, el cin-turón de seguridad que sujetaba a Civet se rompió. Instintivamente, Civet miró hacia donde estaban las muchachas, con la espalda apoyada contra el muro en el lado más alejado del arcén, tapándose la boca con las manos, horrorizadas. Estaban a salvo. A salvo. Y luego se encontró dando vueltas y vueltas, rodando sobre sí mismo. Mentalmente, volvió a ver aquel rostro. ¡Aquel rostro obsesionante! Y, por primera vez, le puso un nombre: Zero. --------------------------------------- 13 Un instante después, el "Mustang" aulló como si fuera un ser vivo. Una llamarada envolvió la cabina, prendiendo fuego al mundo. Hiroshi Taki yacía tendido, desnudo de cintura para arriba. Las mamparas corredizas que daban al jardín estaban abiertas para que el fresco aire de la noche pudiera acariciar su piel. Había un anciano de poder incalculable, pensó Hiroshi. Y ahora está muerto. Tres días antes, Hiroshi había presenciado los últimos momentos de la vida de su padre. Había visto en sus ojos el conocimiento que más deseaba en todo el mundo. Era el conocimiento de las décadas. Había en Japón muchos hombres -hombres poderosos, ricos, influyentes- que ciertamente se despojarían de los aderezos de su destacada posición en la vida por poseer ese conocimiento. Pero era Hiroshi Taki, hijo mayor de Wataro Taki, quien debía recibir este inestimable tesoro de información que había ayudado a construir uno de los más poderosos imperios en la sombra del mundo. Así, al menos, lo creía Hiroshi. Luego, un ataque había paralizado el lado izquierdo del cuerpo de su padre... y su mente. El conocimiento continuaba allí, desde luego. Hiroshi podía percibirlo; un pez oscuro y letal en el mar de dolor que llenaba los ojos de Wataro Taki. No era justo, había pensado Hiroshi, que un ser humano como su padre sufriera semejante dolor y frustración. Del mismo modo que era injusto que a un hombre como él se le privara de su derecho de primogenitura. No era justo. Pero era su karma, padre e hijo mayor. De sus hermanos, Joji y Masashi, Hiroshi Taki no pensaba nada en absoluto. Eran irrelevantes. La primogenitura, la herencia de información, debía ser suya. Y ahora, a cada momento que pasaba, esa herencia se iba alejando más y más de él. Hasta que se consumiera con el deseo de ahondar en la mente de su padre y extraer el precioso conocimiento. La muerte de Wataro Taki hacía tres días le había privado de todo a Tiroshi. Había eliminado el terrible dolor. Y había borrado todo cuanto de valor había en la cabeza del anciano. He sido estafado, pensó ahora Hiroshi, en la oscuridad y el silencio de la noche. Inconscientemente, apretó los puños a los costados, rozando la piel, oscura como el humo, de la esbelta muchacha que yacía desnuda a su lado. Ella rebulló, momentáneamente turbado su sueño, e Hiroshi emitió un sonido tranquilizador hasta que la muchacha se calmó. Yo soy el nuevo oyabun del Taki-gumi. Debo tomar a mi cargo el manto de padrino de los clanes Yakuza que mi padre luchó durante treinta años por obtener y conservar. Y me ha dejado indefenso. Los enemigos abundan a mi alrededor. Ahora que él se ha ido, serán como buitres, describiendo círculos hasta lanzarse sobre su presa. Yo debo proteger a la familia, al clan, al poder. Pero ¿cómo? Ni siquiera sé en quién puedo confiar. Hiroshi Taki yacía tendido sobre su futon y contemplaba la procesión de sombras que desfilaban por el envigado techo. Afuera, una figura estaba utilizando los árboles, sin poner los pies en el suelo ni un solo momento. Sobre el tejado, la figura atravesó la casa y, balanceándose en arco, se introdujo en una de las estancias solemnes, sumidas en la oscuridad. La figura, vestida de negro, iba encapuchada. La franja de piel que aparecía descubierta a la altura de sus ojos había sido tiznada con carbón. Los dorsos de las manos estaban similarmente oscurecidos. Los pies calzaban zapatos de finas suelas de goma. --------------------------------------- 14 Pero la casa distaba mucho de estar desierta, y la figura debía extremar las precauciones. Unos bien adiestrados Yakuza, como lo eran los kobun -o soldados- del Taki-gumi, tenían que ser considerados un bien de inestimable valor. Como una sombra, la figura atravesó las estancias solemnes, las semisolemnes, las ordinarias, hasta llegar a las habitaciones íntimas. La figura se movía con desenvoltura en todas ellas, percibiendo su espacio, los diferentes aspectos de quietud y silencio que, tanto como la arquitectura, las definían. La sombra había visto varios kobun, pero no había sido vista por ellos. Al sentirlos acercarse, la sombra se pegaba a los lugares oscuros en que moraban las otras sombras. Anulando su espíritu, simplemente dejaba de existir, y ellos pasaban de largo. Hiroshi Taki se volvió hacia la muchacha que yacía a su lado. Contempló la acompasada respiración, el suave elevarse y descender de sus firmes pechos. No pensaba en su nombre, sino en el placer que ella le daba. Parecía ahora lo único permanente en su incierto mundo. Con un profundo suspiro, oprimió sus labios contra los de ella. La muchacha le transmitió su calor, y él se relajó. Había un camino que atravesaba el laberinto al que debía enfrentarse. Siempre había un camino. ¿No era eso algo que su padre le había enseñado a todos sus hijos hacía años? Sí. En condiciones adecuadas, hasta los enemigos podían ser reclutados. ¿No les había hablado su padre del hombre mismo que había ido a matarle hacía muchos años y se había quedado para salvarle la vida? Hi- roshi había llegado a conocer a ese hombre. El milagro podría repetirse, decidió Hiroshi. Quizá pudiera reclutar a ese mismo hombre. Había salvado la vida de Wataro Taki; ¿podía hacer menos por su hijo mayor? Sí, decidió Hiroshi. Eso era lo que él iba a... El estampido, como un trueno en el interior de la habitación, le hizo incorporarse bruscamente. -¿Qué...? Las vigas del techo saltaron en pedazos, haciendo caer sobre él una lluvia de fragmentos de madera, yeso y tejas. La luz de la luna penetró, como el haz de un reflector. Y algo reluciente y duro atravesó el chorro de luz y se clavó en el pecho de la muchacha dormida. La pobrecilla tosió, arqueó el cuerpo. Sus ojos se abrieron de par en par y un rictus contorsionó su rostro mientras tendía débilmente la mano hacia Hiroshi. Una forma parecía haber descendido por la etérea columna de luz lunar. Escrutando las ominosas sombras, Hiroshi exclamó: -¿Quién...? Una risita, oscura y leve como la obsidiana. -Zero. Hiroshi experimentó una opresión en el estómago. Le invadió una sensación de vértigo. ¡Zero! El asesino que durante años había sembrado el terror en las filas de los Yakuza. ¿Por qué estaba aquí? ¿Quién le había enviado? ¿Y quién era? Se rumoreaba que alguien que sostenía estrecha intimidad con los Yakuza. Pero nadie podía identificarle. Oyó los últimos estertores de la muchacha, que le recordaron su propia mortalidad, llenando de muerte la habitación. Hiroshi Taki, sepultó su mano derecha bajo el futan en que se encontraba sentado, la sacó con rápido movimiento blandiendo un jitte. Era la daga tradicional utilizada por los policías al final de la era feudal del Japón. Entre el puño y la hoja tenía un recazo a ambos lados del cual emergían un par de cuernos de acero. Hiroshi Taki era un maestro de esta arma. --------------------------------------- 15 Ahora, mientras la hoja de la espada de Zero descendía sobre él, Hiroshi alzó el jitte de modo que la espada quedase cogida entre la propia hoja de la daga y uno de sus cuerpos laterales. Giró sobre sí mismo, y la hoja de la espada se hundió en el futon a su lado. Se zafó inmediatamente, tratando de golpear con el canto del jitte en la garganta de su atacante. Zero le asestó un violento golpe en la muñeca, liberó con rápida sacudida la katana y, en el mismo movimiento, dirigió la vibrante hoja hacia el rostro de Hiroshi. Hiroshi, preparado para la estrategia, utilizó el jitte como si se tratara de un yunque, en un intento por romper en dos la katana de su oponente. Pero Zero accionó la espada de modo que la daga se estrelló inofensivamente contra la hoja. Hiroshi lanzó desesperadamente un tajo hacia arriba, seguro de rebanar el cuello del hombre y poner fin para siempre a aquella amenaza. Pero, con un movimiento demasiado rápido para que ni aun Hiroshi pudiera seguirlo, Zero desvió el jitte e hizo girar la espada de tal modo que le arrancó a Hiroshi el arma de la mano y la lanzó con estrépito a través de la habitación. Hiroshi contempló ahora con enfebrecidos ojos cómo la reluciente espada de Zero atravesaba el plano de la luz de la luna. Una fría llamarada cruzó la habitación. Cuando llegó a la punta de la espada, el arma se tornó borrosa e Hiroshi gritó. La primera de cien pequeñas pero profundas heridas se abrió bajo la experta hoja de cirujano. Brotó un chorro de sangre. Hiroshi lanzó un grito, clavando la vista en la cara cubierta frente a él. Forcejeó para liberarse, pero Zero había inmovilizado su brazo con fuerza sobrehumana. Hiroshi se levantó con el vigor de la desesperación y se mordió el labio mientras el dolor le recorrían el cuerpo como un latigazo. A través de sus lágrimas, vio que el hueso sobresalía antinaturalmente y comprendió que se había dislocado el hombro. - ¿Quién eres? ¿Quién eres? -jadeó. Levantó hacia arriba su mano libre, ensangrentándosela al contacto con la espada. Cogió una pechera de camisa. Escrutando, tratando de taladrar la oscuridad. -¿Quién eres? A punto de morir, necesitando conocer el secreto. Porque creía reconocer... Aquella risa de nuevo. Y un escalofrío le recorrió el cuerpo. -Zero. En otras partes de la finca, los hombres de Hiroshi estaban despiertos, cogiendo sus armas, corriendo hacia sus aposentos. Pero cuando llegaron, sólo estaban los dos cadáveres mirando sin ver la plateada luz que penetraba por el agujero del techo. Y les pareció a los estupefactos espectadores que el lugar había sido visitado por el juicio de Buda. --------------------------------------- 16 PRIMAVERA, PRESENTE París. Tokio. Washington. Maul Michael Doss empezó a exhalar el Shuji Shuriken al amanecer. El Shuji Shuriken, literalmente "ejecutar los nueve ideogramas", se refería al recitado de las nueve palabras mágicas. Siglos de tradición taoísta habían sido compendiados por ciertas sectas budistas esotéricas implicadas en el arte de la esgrima, el nin-jutsu y otras cosas semejantes. Como siempre, Michael imaginó el sonido de la flauta de bambú japonesa, el instrumento que había oído durante gran parte de su período de formación. Sus notas ying-yang, esperas-suaves, que reverberaban sólo en su mente, pasaban a través de las costumbres, dialectos y modismos de cualquier país en que se encontrara, para alcanzar una prístina y esencial verdad necesaria para dar vida al Shuji Shuriken. No bastaba con pronunciar las nueve palabras autoprotectoras; había que invocarlas y, después, manejarlas con extremo cuidado y atención. Se trataba, al fin y al cabo, de la actuación de una especie de magia, antigua y poderosa. Sentado con las piernas cruzadas, bajo las ramas de un inclinado plátano silvestre, Michael levantó la mano derecha, con la palma vuelta hacia la tierra. -U -dijo. Ser. Volvió la palma de la mano hacia arriba. -Mu. -No ser. Su mano descendió hasta posarse sobre su rodilla. París comenzaba a despertar a través de los tejados. Las sonrosadas tonalidades del firmamento, intensificaban su luminosidad sobre las onduladas crestas de las nubes. -Suigetsu. -Luz de luna sobre el agua. A su espalda, en un primer plano, se alzaba la estructura casi matemática de la Torre Eiffel. Todavía negra por los restos de la noche, recortaba su taladrada silueta sobre la difusa claridad del resto de la ciudad, lo que le daba un aspecto positivamente ominoso. -Jo. -Sinceridad interior. -Shin. -Dominio de la mente. Los primeros rayos de sol centellearon contra la erguida punta de la torre, dando por un instante la impresión de que hubiera sido alcanzada por un rayo. -Sen. -El pensamiento precede a la acción. -Shinmyoken. -Donde se posa la punta de la espada. El sonido de rígidas cerdas de paja abajo barriendo, el polvo de la acera; un breve y exclamatorio diálogo entre Madame Char-vet y su hija; el gañido del perro que tenía cortada la pata delantera. Los ruidos cotidianos de la vecindad. -Kana. -El vacío. Virtud. -Zero. -Donde el camino no tiene ningún poder. Michael se levantó. Llevaba ya dos horas despierto, practicando la esgrima que le habían enseñado en la escuela Shinkage. Kage, la base para todo lo que Michael había aprendido, significaba respuesta. Es decir, reaccionar más que actuar; obrar a la defensiva, en lugar de tomar la ofensiva. Cruzó las altas puertas vidrieras de la terraza y pasó al fresco y oscuro interior de su apartamento. Estaba en el último piso de un gris edificio de piedra situado en la Avenida Alysée Reclus, emplazamiento que Michael había elegido cuidadosamente por causa de su proximidad a la torre y de la especial luz que proporcionaba el Pare du Champ, que se extendía a sus pies. La luz era importante para Michael Doss. Podría incluso decirse que era esencial. Se despojó de su g¿, el atuendo tradicional del esgrimista japonés, consistente en pantalones de algodón bajo una especie de falda pantalón y una chaqueta negra de algodón ceñida en la cintura por un cinturón del mismo color. Este último denotaba el rango. --------------------------------------- 17 Se duchó, se puso unos desteñidos téjanos rígidos a causa de las mil manchas de pintura de distintos colores que los cubrían, y una camisa blanca sin cuello y con las mangas remangadas. Se calzó unos guaraches mexicanos y se dirigió con pasos lentos a la cocina, donde se sirvió una taza de té verde. Abrió el frigorífico y, utilizando dos dedos a manera de cuchara, cogió una porción de arroz frío y pegajoso y, masticándolo, atravesó el largo y abarrotado cuarto de estar. Aunque poseía una de las mejores casas impresoras del mundo, Michael se pasaba por ella sólo un par de veces a la semana. Y entonces era únicamente para supervisar la fabricación de los tintes especiales que él había inventado y patentado y que habían ganado para su firma una reputación excelente. Museos, galerías y los artistas modernos más prestigiosos hacían cola para conseguir que su empresa les imprimiese ediciones limitadas de sus obras, tan realistas y brillantes eran las tintas de Michael y el complejo proceso de coloración que había refinado. Al otro extremo del enorme apartamento, abrió de par en par unas puertas dobles taraceadas, y la luz del sol le iluminó bruscamente. Los hundidos ojos de color aceitunado; el cabello negro y ondulado que tenía tendencia a alborotarse cuando, como ahora, estaba demasiado largo; sus facciones -pómulos prominentes, mentón firme, frente estrecha- parecían casi bíblicas. La gente le consideraba severo, implacable, a menudo difícil de mover a risa. Pero nunca condenatorio. La luz entraba a raudales por la claraboya del tejado. Debajo se abría un amplio espacio compuesto de paredes desnudas y suelo. En el centro del espacio -pues, sin muebles de ninguna clase, no podía en verdad llamársele habitación-, había un gran caballete de madera moteado de manchas de pintura. A su lado, una caja de pinturas abiertas sobre un taburete, con una paleta y varios pinceles. Michael atravesó el espacio y se detuvo ante el lienzo' colocado en el caballete. Sorbió su té verde mientras sus expertos ojos vagaban por el cuadro. Éste representaba a dos figuras masculinas separadas tal vez por una generación. Las figuras se hallaban una frente a otra, en un yerto pero poderoso paisaje que conseguía dar la impresión de un campo situado en la linde de un bosque. La deslumbrante luz de Provenza subrayaba la tensión entre los dos hombres. Michael estaba analizando la composición..., lo que uno no pintaba era tan importante como lo que pintaba. Y el color, la armonía de los verdes. Como decían los japoneses en verano: Yap-pari aoi kuni da! ¡Es un mundo verde! Al cabo de un rato, Michael decidió que había demasiado verde-bosque, y demasiado poco verde-manzana. Eso, decidió, daba pesadez al conjunto. No era de extrañar que el trabajo del día anterior le hubiera dejado desasosegado. Justamente había empezado a apretar sus tubos de pinturas cuando sonó el teléfono. No acostumbraba contestarlo mientras trabajaba. Si había oído el timbre era sólo porque no había cerrado las pesadas puertas de su estudio. Su contestador automático se hizo cargo al instante de la llamada. Pero antes de que hubieran transcurrido cinco minutos volvió a sonar el teléfono. La cuarta vez que sucedió esto, Michael dejó la paleta y contestó personalmente. -¿Alio? -dijo, hablando automáticamente en francés. -¿Michael? Soy tío Sammy. -Oh diablos, lo siento -dijo Michael por la línea transoceánica, cambiando al inglés-. ¿Eras tú quien ha estado llamando? -Era absolutamente preciso que te localizara, Michael -respondió Joñas Sanmartín-. Personalmente. -Me alegra oír tu voz, tío Sammy. -Ha pasado mucho tiempo, hijo. Te he llamado para pedirte que vengas a casa. --------------------------------------- 18 -¿A casa? -"¿Dónde estaba su casa?", se preguntó Michael. Por el momento, su casa estaba allí, en la avenida Elysée Reclus. -Sí, a casa -dijo Sanmartín-. A Washington. Su tío carraspeó. -Michael, me temo que tu padre ha muerto. Masashi Taki aguardó pacientemente mientras Ude le abría paso a través del abarrotado salón. Éste estaba revestido de madera de cedro y reforzado con vigas de madera de ciprés. Carecía de ventanas, ya que se encontraba situado en el centro del recinto del Taki-gumi en el distrito Deienchofu, en Tokio, donde aún existían grandes casas y extensas fincas. Grandes estandartes cubiertos de caligrafía antigua colgaban en filas del techo, dando al salón el aspecto de un lugar de reunión medieval. Estaba en la tradicional galería de reuniones del clan Taki, la más grande y poderosa de todas las familias Yakuza. Yakuza era un término colectivo que designaba a la poderosa organización de gángsters que, merced al genio de Wataro Taki, había adquirido en ios últimos años una presencia internacional, pasando a explotar negocios legales en Nueva York, San Francisco y Los Angeles y a ocuparse de actividades inmobiliarias y turísticas en las islas Hawai. Un siseado silencio se extendió sobre la multitud de lugartenientes -jefes de sus propias subfamilias dentro de los Taki-gumi- y kobun, los soldados callejeros que, después de todo, constituían la sangre vital del clan. Masashi era el más joven de los hermanos Taki. Era delgado y moreno, su mandíbula era prominente como la de un lobo. En esto se parecía a su difunto padre, Wataro Taki, padrino de la sociedad japonesa. Sus abultados pómulos, insólitos en un japonés, otorgaban a su rostro un aspecto de cincelada escultura que él había cultivado para producir una sensación de dureza intimidante. Ude le estaba conduciendo hacia la parte delantera de la sala. Era un hombre robusto que poseía dos características sumamente admiradas entre los japoneses: corpulencia y fuerza. Él era el temido brazo derecho de Masashi: el martillo de la justicia de su señor. Mientras se dirigía hacia el estrado levantado al fondo del salón, Masashi vio a su hermano mayor, Joji, situado ya en el lugar de honor ante una estilizada rueda de seis radios, el gran emblema familiar del Taki-gumi. Era ésta otra página más que su padre, Wataro Taki, había tomado del libro del pasado feudal del Japón. En aquellos tiempos, cada samurai tenía un emblema que significaba su presencia en la tierra. Los Yakuza no eran samurais, no eran de sangre noble o señores de la guerra. No obstante, Wataro Taki tuvo la temeridad de diseñar su propio emblema familiar, y así, de una importante manera psicológica, había elevado a su clan por encima de todos los demás clanes Yakuza. Joji era un hombre terriblemente delgado. También él había heredado el enjuto aspecto lupino de su padre. Pero, mientras que en Masashi se manifestaba en el poder del lobo, Joji parecía simplemente de mala salud. Cierto que había sido un niño enfermizo mimado por su madre. Cierto también que había sido un adolescente débil, carente de vigor. Pero el hecho era que ahora nunca estaba enfermo, rara vez se fatigaba y era conocido como un trabajador infatigable. Su difunto padre le había empleado como contable del clan. Se decía que Joji conocía todos los secretos de la familia; se decía también que nada podría hacerle revelar nunca esos secretos. Los negros ojos de Joji, hundidos en su cráneo, se posaron sobre Masashi mientras éste avanzaba como un emperador regresando triunfalmente a su patria. Era un hecho que, aunque había manifestado abiertamente su desacuerdo con muchas de las actividades y tácticas de su padre, especialmente en los últimos años, Masashi era, no obstante, el --------------------------------------- 19 hermano poseedor de carisma. Era lógico presumir que los lugartenientes -nerviosos por el presente, preocupados por el futuro- gravitarían hacia él. Joji esperó a que su hermano llegase ante el estrado antes de levantar los brazos para imponer silencio. -Nuestro oyabun ha muerto -dijo simplemente Joji-. Y ahora Hiroshi, mi amado hermano, el hombre designado para ser el nuevo oyabun del Taki-gumi, ha sido precozmente arrancado del seno de su familia. Como siguiente en la línea, yo haré todo lo que pueda por mantener vivo el sueño de Wataro Taki. -Inclinó unos momentos la cabeza antes de retirarse. Le sorprendió ver que Masashi se adelantaba para dirigir la palabra a la multitud. -Cuando murió mi padre, el venerado Wataro Taki -empezó Masashi-, la nación entera se entristeció. Millares de personas asistieron a su funeral. Jefes de Estado, presidentes de corporaciones, dirigentes burocráticos, le rindieron homenaje. Estuvo presente un emisario del propio emperador. Masashi paseó la vista por el salón, captando la mirada de un lugarteniente aquí, de un kobun allá. -¿Por qué ocurrió eso? Porque mi padre era un hombre extraordinario. Era un paladín a quien todos los pertenecientes al Taki-gumi podían volverse en busca de apoyo y protección. Era un león feroz. Todos los enemigos del Taki-gumi le temían más allá incluso de la muerte. "Ahora que se ha ido, os pido que penséis. ¿Qué será de nosotros? ¿A quién os volveréis en estos tiempos cada vez más turbados? ¿Quién garantizará que nuestros enemigos se mantengan a respetuosa distancia? "Estoy hablando no sólo de los otros clanes. Históricamente, el Taki-gumi ha estado en primera línea de la defensa japonesa contra la infiltración rusa. Estamos a menos de cien millas de la Unión Soviética. Los soviéticos nos miran con desconfianza y recelo. Ellos, como han hecho los americanos, querrían subyugarnos. Mi padre luchó contra eso toda su vida. Nosotros debemos continuar esa tradición. La mirada de Masashi continuaba paseándose por la sala. Y, como ocurre con los mejores y más carismáticos líderes, su voz se tornaba íntima y persuasiva mientras crecía en vigor oratorio. -¿Puede el Taki-gumi conservar su preeminencia entre los clanes Yakuza? ¿O estrecharán más y más el cerco sus numerosos enemigos, arrancando un pedazo aquí, otro pedazo allá, hasta que no quede nada de esta en otro tiempo orgullosa familia? "La respuesta, para mí, es clara. Hiroshi, mi amado hermano, habría ejercido una jefatura firme y poderosa, dentro de la tradición de Wataro Taki. Pero Hiroshi está muerto. Asesinado por un sicario que conocemos por el nombre de Zero. ¿Cuál de nuestros enemigos contrató a Zero? ¿Cuál se beneficia más de la súbita falta de una presencia central del Taki-gumi? "Yo digo que nuestro problema más apremiante, nuestro único problema, radica en definir el futuro del Taki-gumi. Podemos debilitarnos, ser destrozados por nuestros enemigos y, finalmente, morir. O podemos fortalecer nuestra influencia, volvernos más agresivos, podemos tratar de dominar a aquellos que querrían dominarnos a nosotros. "La crisis existe ahora. Son éstos unos tiempos desesperados. Tanto para la Yakuza como para el Japón. En nuestra calidad de orgullosos Yakuza, debemos buscar el lugar que nos corresponde en el mundo de los negocios internacionales. Como ciudadanos del Japón, debemos luchar activamente por la clase de igualdad que siempre se nos ha negado como habitantes de estas pequeñas islas. ¡Yo os pido que os unáis a mí en la búsqueda de un futuro glorioso y lleno de prosperidad! "¡Puede haber un solo oyábun del Taki-gumi! ¡Y este oyabun soy yo, Masashi Taki! --------------------------------------- 20 Estupefacto y pálido, Joji vio cómo los congregados miembros del clan prorrumpían en un estruendoso aplauso. Había escuchado las palabras de su hermano con una sensación de creciente incredulidad mezclada con amor. Y ahora contemplaba, paralizado, cómo los hombres del Taki-gumi se ponían de pie como un ejército dispuesto a entrar en combate. Luego, humillado y avergonzado, Joji salió precipitadamente de la sala. Estrictamente hablando, Joñas Sammartin no era tío de Mi-chael Doss. No de sangre, por lo menos. Pero la amistad que durante toda su vida había sostenido con el padre de Michael le hacía parecer más miembro de la familia que los parientes consanguíneos, de los que su padre se había alejado. Philip Doss había querido a Joñas Sammartin como a un hermano. Le había confiado a él la seguridad de su familia y hasta su propia vida. Por ese motivo fue el tío Sammy el que había hecho la llamada, y no la madre o la hermana de Michael. O quizá porque Joñas era jefe de Philip Doss. En cualquier caso, los Doss adoraban a tío Sammy. Philip Doss había parado muy poco en casa, por lo que le había correspondido a Joñas Sammartin hacer las veces de padre sustituto. Aunque en sus esporádicas y no anunciadas visitas al hogar Philip Doss nunca dejó de llevarles a sus hijos regalos del lugar en que hubiera estado, era Joñas quien había asistido a las ceremonias de graduación de Michael. Y, como Michael siempre iba a casa al menos una vez al año cuando estudiaba en Japón, era Joñas, también, quien se ha |
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