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La catástrofe del postmodernismo

23 Oct 13 - 12:13

La catástrofe del postmodernismo
John Zerzan
 
Título original: "The Catastrophe of Postmodernism"
Traducción: Round Desk Madonna, "¿Nos estamos divirtiendo aún?", periódicos de supermercado, Milli
Vanilli/1, realidad virtual, "shop 'till you drop [compra hasta caer rendido],
la Gran Aventura de PeeWee/2, el "empowerment" [lo que permite hacer algo lo
mejor posible] del New Age/Computer/3, mega-tiendas, Talking Heads/4, películas
basadas en tiras cómicas, consumo "verde". Una construcción de lo resueltamente
superficial y cínico. Anuncio de Toyota: "Nuevos valores: ahorro, cuidado
personal... todas esas cosas". Almacén al por menor: "Contenidos de Estilo";
"Why ask Why? Try Bud Dry" [¿Por qué preguntar por qué? Prueba Bud Dry]; mirar
la televisión interminablemente mientras nos burlamos de ella. Incoherencia,
fragmentación, relativismo –hasta e incluyendo el desmantelamiento de la propia
noción de significado (¿porque el récord de la racionalidad ha sido tan pobre?);
adopción de lo marginal, mientras se ignora cuán fácilmente los márgenes se han
puesto de moda. "La muerte del sujeto" y "la crisis de la representación".  Posmodernismo. Originariamente un tema de la estética, ha colonizado "áreas cada
vez más amplias", según Ernesto Laclau, "hasta convertirse en el nuevo horizonte
de nuestra experiencia cultural, filosófica y política". "La creciente
convicción", como la tiene Richard Kearney, "de que la cultura humana tal como
la hemos conocido... ha llegado ahora a su fin". Especialmente en los EE.UU., es
la intersección de la filosofía postestructuralista con la cada vez más amplia
condición de la sociedad: un ethos especializado y, mucho más importante, la
llegada de lo que la sociedad industrial moderna había anticipado. El
posmodernismo es la contemporaneidad, un embrollo de soluciones a plazos en
todos los niveles, donde destacan la ambigüedad, la negativa a examinar los
orígenes o los fines, tanto como el rechazo de los planteamientos de oposición,
"el nuevo realismo". Al no significar nada y no ir a parte alguna, el pm
[posmodernismo] es un milenarismo invertido, una realización de conjunto del
sistema de "vida" tecnológico del capital universal. No resulta accidental que
la Universidad de Carnegie-Mellon, que en los años 80 fue la primera en exigir
que todos los estudiantes estuvieran equipados con ordenadores, estableciera "el
primer programa de estudios postestructuralista del país". El narcisismo del consumidor y un "¿qué más da?" universal señalan el fin de la
filosofía como tal y el esbozo de un paisaje, de acuerdo con Kroker y Cook, de
"desintegración y decadencia sobre la irradiación de fondo de la parodia, el
kitsch y el agotamiento". Henry Kariel concluye que "para el posmodernismo, es
sencillamente demasiado tarde para oponerse al impulso de la sociedad
industrial". Superficie, novedad, contingencia: no hay ningún fundamento a mano
para criticar nuestra crisis. Si el posmodernismo típico se resiste a
conclusiones generalizables, en favor de un supuesto pluralismo y de una
perspectiva abierta, también es razonable (si se nos permite utilizar tal
palabra) predecir que si y mientras vivimos en una cultura completamente pm, ya
no sabremos cómo formular eso.
  La primacía del lenguaje y el fin del sujeto Desde el punto de vista del pensamiento sistemático, la creciente preocupación
por el lenguaje es un factor clave explicable por el clima pm de enfoques
estrechos y de retroceso. El llamado "descenso al lenguaje", o "giro
lingüístico", ha impuesto la presunción posmodernista-postestructuralista de que
el lenguaje constituye el mundo humano y el mundo humano la totalidad del mundo.  Principalmente en este siglo [el siglo XX], el lenguaje fue ocupando la parte
central de la filosofía, entre figuras tan diversas como Wittgenstein, Quine,
Heidegger o Gadamer, en tanto crecía la atención hacia la teoría de la
comunicación, la lingüística y la cibernética, y los lenguajes informáticos
demostraban un énfasis similar durante décadas en la ciencia y la tecnología.
Este bien pronunciado giro hacia el lenguaje fue adoptado por Foucault como un
"salto decisivo hacia una forma de pensamiento completamente nueva". De una
manera menos positiva, se lo puede explicar al menos parcialmente desde la
perspectiva del pesimismo que siguió al declive del impulso de oposición de los
años 60. La década del 70 fue testigo de un alarmante repliegue dentro de lo que
Edward Said llamó el "laberinto de la textualidad", como opuesto a la ocasional
actividad intelectual rebelde del período anterior.  Quizá no sea paradójico que el "fetiche de lo textual", como señaló Ben Agger,
"desplegara su atracción en una época en que los intelectuales eran despojados
de sus palabras". El lenguaje se degrada cada vez más, vaciado de sentido, sobre
todo en su uso público. Ya no se puede confiar en las palabras, y esto forma
parte de una amplia corriente antiteórica, detrás de la cual se oculta una
derrota mucho mayor que la de los ´60: la de la herencia completa de la
racionalidad de la Ilustración. Hemos dependido del lenguaje como de la doncella
supuestamente fiel y transparente de la razón, ¿y adónde nos ha llevado?
Auschwitz, Hiroshima, miseria psíquica de las masas, destrucción inminente del
planeta, por mencionar sólo unas pocas cosas. Abrazamos el posmodernismo, con
sus vueltas evidentemente extravagantes y fragmentadas. Saints and Postmodernism
(1990), de Edith Wyschograd, no sólo da testimonio de la ubicuidad del "enfoque"
pm –no hay, en apariencia, ningún campo fuera de su alcance-, sino que además
reflexiona convincentemente sobre la nueva orientación: "El posmodernismo, como
estilo discursivo ‘filosófico’ y ‘literario’, no puede apelar francamente a las
técnicas de la razón, instrumentos ellas mismas de la teoría, sino que debe
forjar nuevos y necesariamente misteriosos medios para socavar los fervores de
la razón".  El antecedente inmediato del posmodernismo/postestructuralismo, imperante en los
años 50 y buena parte de los 60, se organizó en torno a la centralidad que
otorgaba al modelo lingüístico. El estructuralismo aportó la premisa de que el
lenguaje constituye nuestro único medio para acceder al mundo de los objetos y
de la experiencia y su ensanche; de que el significado surge completamente del
juego de las diferencias dentro de sistemas de signos culturales. Levi-Strauss,
por ejemplo, explicó que la clave de la antropología yace en el descubrimiento
de leyes sociales inconscientes (por ejemplo, aquellas que regulan los vínculos
matrimoniales y de parentesco), que están estructuradas como el lenguaje. Fue el
lingüista suizo Saussure quien subrayó, en un paso muy influyente para el
posmodernismo, que el significado no reside en una relación entre una
proposición y aquello a lo que se refiere, sino en la relación de unos signos
con otros. La creencia saussuriana en la naturaleza cerrada, autorreferencial
del lenguaje, implica que todo está determinado dentro de éste, llevando al
abandono de nociones extrañas como alienación, ideología, represión, etc., y
concluyendo que lenguaje y conciencia son prácticamente lo mismo.  Dentro de esta trayectoria, que rechaza la concepción del lenguaje como un medio
externo desplegado por la conciencia, aparece el también muy influyente
neofreudiano Jacques Lacan. Para él, no sólo la conciencia está impregnada
completamente por el lenguaje y no existe por sí misma aparte del lenguaje;
incluso "el inconsciente está estructurado como un lenguaje".  Pensadores anteriores, Nietzsche y Heidegger especialmente, ya habían sugerido
que un lenguaje diferente o una relación modificada con el lenguaje podía traer
de algún modo nuevas e importantes intuiciones. Con el giro lingüístico de los
tiempos más recientes, hasta el concepto de un individuo que piensa como base
del conocimiento llegó a ser dudoso. Saussure descubrió que "el lenguaje no es
una función del sujeto hablante", sino que por el contrario es el que le da voz
a éste, ocupando así la primacía. Roland Barthes, cuya carrera se desarrolla en
los períodos estructuralista y postestructuralista, decidió que "es el lenguaje
el que habla, no el autor", observación a la que se equipara la de Althusser de
que la historia es "un proceso sin sujeto". Si el sujeto es visto esencialmente como una función del lenguaje, la sofocante
mediación de éste y la del orden simbólico en general ascienden al primer lugar
de la agenda. Así, el posmodernismo se flagela tratando de comunicar lo que se
encuentra más allá del lenguaje, "para mostrar lo inmostrable". Mientras tanto,
dada la duda radical introducida en cuanto a la disponibilidad para nosotros de
un referente en el mundo exterior al lenguaje, lo real desaparece de la
reflexión. Jacques Derrida, la figura central del ethos posmodernista, procede
como si la conexión entre las palabras y el mundo fuera arbitraria. El objeto
mundo no desempeña ningún papel para él. El agotamiento del modernismo y la
aparición del posmodernismo requieren, antes de volver a Derrida, unos pocos
comentarios más sobre los precursores y el cambio más amplio en la cultura. El
posmodernismo plantea cuestiones sobre la comunicación y el significado, de
manera que la categoría de la estética, al menos, se convierte en problemática.
 
Para el modernismo, con su feliz creencia en la representación, el arte y la
literatura mantienen como mínimo cierta promesa de aportar una visión de
realización y armonía. Hasta el fin del modernismo, la "alta cultura" fue
considerada como un depósito de sabiduría moral y espiritual. Ahora no parece
existir tal creencia, al revelar quizá la ubicuidad de la cuestión del lenguaje
el vacío dejado por el fracaso de los otros candidatos a unos comienzos
promisorios para la imaginación humana. En los años 60 el modernismo pareció
haber alcanzado el fin de su desarrollo, abriendo paso el canon austero de su
pintura (por ejemplo, Rothko o Reinhardt) a los esponsales del acrítico pop art
con la cultura de consumo comercial vernácula. El posmodernismo, y no sólo en
las artes, es el modernismo sin las esperanzas y sueños que hicieron soportable
la modernidad.  En las artes visuales, se verifica una extendida tendencia "fast food", en la
dirección de un entretenimiento fácilmente consumible. Howard Fox observa que
"tal vez la artificiosidad sea la principal cualidad del arte posmoderno". Una
decadencia o agotamiento del desarrollo se observa también en las sombrías
pinturas de Eric Fischl, donde a menudo cierto horror parece acechar bajo la
superficie. Esta cualidad vincula a Fischl, pintor pm esencial de Norteamérica,
a la igualmente siniestra Twin Peaks y a la figura pm esencial de la televisión,
David Lynch. La imagen, desde Warhol, es autoconscientemente una mercancía
reproducible mecánicamente y ésta es la razón de fondo tanto de la
superficialidad como de la nota común espectral y ominosa. El eclecticismo tan frecuentemente notado del posmodernismo es un reciclaje
arbitrario de fragmentos de aquí y de allá, especialmente del pasado, que a
menudo asume la forma de la parodia y del kitsch. Desmoralizado, desrealizado,
deshistorizado, el arte ya no puede tomarse a sí mismo en serio. La imagen no se
refiere ya en primer lugar a algún "original", situado en alguna parte del mundo
"real"; se refiere, y de manera creciente, sólo a otras imágenes. Así, refleja
lo perdidos que estamos, cuán separados de la naturaleza, en el mundo cada vez
más mediado del capitalismo tecnológico. El término posmodernismo se aplicó por primera vez, en los años 70, a la
arquitectura. Christopher Jencks escribió sobre una propuesta antiprograma y
propluralista, el abandono del sueño modernista de la forma pura en favor de la
escucha de "los múltiples lenguajes de la gente". Más honestas son la
celebración de Las Vegas de Robert Venturi y la admisión por parte de Piers
Gough de que la arquitectura pm no se interesa más por la gente de lo que lo
hizo la arquitectura modernista. Los arcos y columnas puestos en los
compartimientos modernistas son una frágil fachada de la travesura y la
individualidad, que ciertamente no transforma las concentraciones anónimas de
riqueza y poder por debajo. Los escritores posmodernistas cuestionan los fundamentos mismos de la
literatura, en vez de seguir creando la ilusión de un mundo externo. La novela
reorienta su atención sobre sí misma. Donald Barthelme, por ejemplo, escribe
historias que parecen recordarle siempre al lector que son artificios. Al
protestar contra la exposición, el punto de vista y otros patrones de la
representación, la literatura pm exhibe su incomodidad con las formas suavizadas
y domesticadas por los productos culturales. Mientras el distante mundo se
vuelve más artificial y su sentido menos sujeto a nuestro control, el nuevo
planteamiento revelaría más bien la ilusión aun a costa de no decir ya nada.
Aquí y en todas partes el arte lucha contrra sí mismo, y sus
anterioresexigencias de ayudarnos a comprender el mundo se desvanecen, en tanto
el concepto de imaginación incluso pierde su fuerza.  Para algunos, la pérdida de la voz narrativa o el punto de vista es equivalente
a la pérdida de nuestra capacidad para situarnos a nosotros mismos
históricamente. Para los posmodernistas esta pérdida representa cierta
liberación. Raymond Federman, por ejemplo, ensalza en la ficción venidera el
hecho de que "estará en apariencia libre de cualquier significado...
deliberadamente ilógica, irracional, irrealista, no deductiva e incoherente". La fantasía, en ascenso durante décadas, es una forma común del posmodernismo,
que lleva consigo el recordatorio de que lo fantástico enfrenta a la
civilización con las propias fuerzas que ésta debe reprimir para sobrevivir.
Pero es una fantasía que, igualando a la desconstrucción y a los elevados
niveles de cinismo y resignación en la sociedad, no cree en sí misma hasta el
punto de una gran comprensión o comunicación. Los escritores pm parecen ahogarse
en los pliegues del lenguaje, transmitiendo poca cosa más que su actitud irónica
respecto a las más tradicionales exigencias de verdad y sentido de la
literatura. Quizá sea característica la novela de Laurie Moore, Like Life [Como
la vida] (1990), cuyo título y contenido ponen de manifiesto una retirada de la
vida y una inversión del Sueño Americano, en el que las cosas sólo pueden ir a
peor.
La celebración de la impotencia El posmodernismo subvierte dos de los principios centrales del humanismo de la
Ilustración: el poder del lenguaje para configurar el mundo y el poder de la
conciencia para dar forma a un yo. De este modo nos encontramos con el vacío
posmodernista, la noción general de que el anhelo de emancipación y libertad
prometidos por los principios humanistas de la subjetividad no puede ser
satisfecho. El pm considera al yo como una convención lingüística. Como señaló
William Burroughs: "Nuestro ‘yo’ es un concepto completamente ilusorio". Resulta obvio que el alabado ideal de la individualidad ha estado bajo presión
durante mucho tiempo. El capitalismo, en realidad, ha hecho una profesión de fe
de la exaltación del individuo mientras lo destruía (a él y a ella). Y las obras
de Marx y Freud han hecho mucho por mostrar como descaminada e ingenua la
creencia en el yo kantiano racional y soberano a cargo de la realidad, junto a
sus intérpretes estructuralistas más recientes, Althusser y Lacan, que han
contribuido a la empresa y la han actualizado. Pero en esta época la presión es
tan extrema que el término "individuo" se ha vuelto obsoleto, siendo reemplazado
por el de "sujeto", que incluye siempre el aspecto de estar sujetado (como, por
ejemplo, en el término más antiguo "súbdito del rey/5). Incluso ciertos
radicales libertarios, como el grupo Interrogaciones en Francia, se suman al
coro posmodernista para rechazar al individuo como un juicio de valor, debido a
la degradación de la categoría por la ideología y la historia.  Así, el pm revela que la autonomía ha sido mayormente un mito y que los
acariciados ideales de dominio y voluntad son similarmente engañosos. Pero si
junto con esto se nos prometió un nuevo y serio intento de desmistificar la
autoridad, oculta detrás de las máscaras de una "libertad" humanista burguesa,
lo que en realidad se consiguió fue una dispersión del sujeto tan radical como
para volverlo impotente, incluso no existente, como cualquier clase de agente.
¿Quién o qué queda para lograr la liberación, o es ésta una idea fantástica más?
La actitud posmoderna necesita esto: borrar a la persona, en tanto que la
existencia misma de su propia crítica depende de ideas desacreditadas como la de
subjetividad. Fred Dallmayr, al reconocer el extendido atractivo del
antihumanismo contemporáneo, advierte que las primeras víctimas son la reflexión
y el sentido de los valores. Afirmar que somos en primer lugar instancias del
lenguaje significa obviamente despojarnos de nuestra capacidad para comprender
el todo, en una época que nos convoca urgentemente a hacerlo. No es de extrañar
que para algunos el pm sea igual, en la práctica, a un mero liberalismo sin
sujeto, mientras que las feministas que intentan definir o reclamar una
identidad femenina autónoma serán también, probablemente, disuadidas.  El sujeto posmoderno, lo que presumiblemente ha quedado de la máscara del
sujeto, parece ser sobre todo la personalidad construida por y para el capital
tecnológico, descrita por el teórico de la literatura marxista Terry Eagleton
como "la red dispersa, descentrada, de vínculos libidinales, vaciada de
sustancia ética e interioridad psíquica, la función efímera de este o aquel acto
de consumo, experiencia mediática, relación sexual o tendencia de la moda". Si
la definición de Eagleton del no-sujeto actual tal como fue anunciado por el pm
es infiel al punto de vista de éste, resulta difícil encontrar fundamentos para
distanciarse de su acerbo resumen. Con el posmodernismo, incluso la alienación
se disuelve, ¡puesto que ya no hay sujeto para ser alienado! La fragmentación y
la impotencia contemporáneas difícilmente podrían ser anunciadas más
completamente, o la ira existente y el desamor más plenamente ignorados. 
Derrida: desconstrucción y "différance"/6 Por ahora, es suficiente lo dicho sobre el trasfondo y los rasgos generales. El
planteamiento posmoderno específico más influyente ha sido el de Jacques
Derrida, planteamiento que se conoce desde los años 60 como desconstrucción. En
filosofía, el posmodernismo significa sobre todo los escritos de Derrida, y esta
perspectiva, la más temprana y la más extrema, ha encontrado una resonancia
mucho más allá de la filosofía, en la cultura popular y su entorno.  Ciertamente, el "giro lingüístico" se relaciona con la aparición de Derrida, lo
que hace que David Wood llame desconstrucción al "cambio absolutamente
inevitable de la filosofía actual", no obstante plantear una ineludible
dificultad como lenguaje escrito. Este lenguaje no es inocente o neutral, sino
que lleva consigo un considerable número de supuestos que han sido el impulso de
su desarrollo, y muestra lo que Derrida ve como la naturaleza fundamentalmente
autocontradictoria del discurso humano. El Teorema de Incompletitud del
matemático Kurt Gödel afirma que cualquier sistema formal puede ser, o bien
consistente o bien completo, pero no ambas cosas. De una manera bastante
parecida, Derrida declara que el lenguaje se vuelve constantemente contra sí
mismo, de modo tal que, analizado de cerca, nunca decimos lo que queremos decir,
o nunca queremos decir lo que decimos. Pero como los semiólogos antes de él,
también sugiere al mismo tiempo que un método desconstructivo podría
desmitificar los contenidos ideológicos de todos los textos, interpretando todas
las actividades humanas esencialmente como textos. La contradicción básica y la
estrategia de encubrimiento inherente a la metafísica del lenguaje en su más
amplio sentido se podrían poner al descubierto, de lo que resultaría un tipo de
conocimiento más profundo. Lo que opera contra esta última exigencia, con su promesa política insinuada
permanentemente por Derrida, es precisamente el contenido de la desconstrucción;
ésta considera el lenguaje como una fuerza independiente en movimiento
constante, que no permite una estabilización del significado o una comunicación
precisa, como se ha dicho más arriba. A este flujo generado internamente, lo
llamó "différance", y esto es lo que lleva a la idea misma de significado a la
destrucción, junto a la naturaleza autorreferencial del lenguaje, que, como se
observó anteriormente, sostiene que no hay ningún espacio más allá del lenguaje,
ningún "ahí fuera" para el significado que exista de algún modo. La intención y
el sujeto son aplastados, y lo que se revela no son cualesquiera "verdades
internas", sino una proliferación infinita de significados posibles generados
por la différance, el principio que caracteriza a la lengua. El significado
dentro del lenguaje también se hace elusivo por la insistencia de Derrida en que
éste es metafórico y, por tanto, no puede transmitir directamente la verdad, una
noción tomada de Nietzsche y que borra la distinción entre filosofía y
literatura. Todas estas intuiciones contribuyen supuestamente a la naturaleza
audaz y subversiva de la desconstrucción, pero también plantean con seguridad
algunas preguntas básicas. Si el significado es impreciso, ¿cómo el razonamiento
y los términos de Derrida no son también imprecisos, imposibles de fijar? Éste
ha replicado a sus críticos, por ejemplo, que no tienen claro su significado,
mientras que su "significado" es que no puede haber ningún significado
definible, claro. Y aunque su entero proyecto se dirige, en un sentido
importante, a subvertir todas las pretensiones del sistema a cualquier clase de
verdad trascendente, eleva la différance al estatus trascendente de cualquier
primer principio filosófico.  Para Derrida, ha sido la valorización del habla por encima de la escritura lo
que ha llevado al pensamiento occidental a pasar por alto la ruina que el
lenguaje en sí mismo provoca en la filosofía. Al privilegiar la palabra hablada,
se produce un falso sentido de inmediatez, la noción inválida de que en el habla
se presenta la cosa misma y la representación triunfa. Pero el habla no es más
"auténtica" que la palabra escrita, no es en absoluto inmune al fracaso del
lenguaje para entregarnos exacta o definitivamente los bienes (de la
representación). Es el deseo extraviado de presencia lo que caracteriza a la
metafísica de Occidente, un deseo irreflexivo de éxito de la representación. Es
importante notar que a causa de que Derrida rechaza la posibilidad de una
existencia inmediata, ataca la eficacia de la representación, pero no la
categoría en sí misma. Se burla del juego, pero igual lo juega. La différance
(más tarde, simplemente "différence") pasa a ser indiferencia, debido a la
inaccesibilidad de la verdad o el significado, y desemboca absolutamente en el
cinismo.  Muy temprano discutió Derrida los pasos falsos de la filosofía en el área de la
presencia, en relación a la búsqueda atormentada de ésta por Husserl. Luego
desarrolló su teoría de la "gramatología", donde devolvió a la escritura su
propia primacía, en contraste con el sesgo fonocéntrico de Occidente, o su
valorización del habla. Lo hizo, sobre todo, criticando a aquellas figuras
mayores que cometieron el pecado de fonocentrismo, incluidos Rousseau,
Heidegger, Saussure y Levy-Strauss, lo cual no significa que no reconociera su
deuda con los tres últimos.  Como si recordara las implicaciones obvias de su planteamiento desconstructivo,
los escritos de Derrida se alejaron en los años 70 de las discusiones
filosóficas directas precedentes. Glas (1974) [extractos en castellano, revista
Anthropos, Barcelona, suplemento 32, mayo 1992, trad.de C. de Peretti y L.
Ferrero] es una mezcolanza de Hegel y Genet, en la que la argumentación es
reemplazada por la libre asociación y los malos juegos de palabras. Aunque
desconcertante incluso para sus más fervientes admiradores, Glas está
ciertamente en consonancia con el principio de la ambigüedad inevitable del
lenguaje y busca subvertir las pretensiones del discurso metódico. Spurs (1978)
[Espolones. Los estilos de Nietzsche, trad. de M. Arranz, Valencia, Pre-textos,
l98l] es un extenso estudio sobre Nietzche que finalmente se centra no en lo
publicado por éste, sino en la nota manuscrita en el margen de uno de sus
cuadernos: "He olvidado mi paraguas". Existen posibilidades infinitas, y sobre
las cuales no se puede tomar decisión alguna, en cuanto al significado o
importancia –si alguna tiene- de este comentario garabateado. Ésta, por
supuesto, es la manera de Derrida de sugerir que lo mismo se puede decir de todo
lo que escribió Nietzsche. El lugar que ocupa el pensamiento, según la
desconstrucción, está claramente (digamos mejor, oscuramente) al lado de lo
relativo, de lo fragmentado, de lo marginal.  Indudablemente, el significado no es algo que se pueda atribuir, si es que
siquiera existe. Al comentar el Fedro, de Platón, el maestro de la
descomposición llega tan lejos como para afirmar que "como cualquier otro texto,
[éste] no puede ser abarcado, al menos de una manera virtual, dinámica, lateral,
por la totalidad de las palabras que componen el sistema del lenguaje griego".  Ligado a esto, tenemos la oposición de Derrida a las oposiciones binarias, como
literal/metafórico, serio/divertido, profundo/superficial, naturaleza/cultura,
ad infinitum. Las considera como jerarquías conceptuales básicas, pasadas de
contrabando principalmente por el propio lenguaje, el cual crea la ilusión de
nitidez u orientación. Declara además que la obra desconstructiva de
derrocamiento de estos pares, que valorizan a uno de los dos términos por encima
del otro, lleva a un derrocamiento político y social de las jerarquías reales,
no conceptuales. Pero rechazar automáticamente todas las oposiciones binarias es
una propuesta metafísica en sí misma; de hecho, pasa por alto la política y la
historia, más allá del fallo de ver en los opuestos, con todo lo impreciso que
éstos puedan ser, nada más que una realidad lingüística. En el desmantelamiento
de todos los binarismos, la desconstrucción apunta a "concebir la diferencia sin
oposición". Lo que en pequeñas dosis podría parecer un intento saludable, el
escepticismo sobre lo nítido, sobre las caracterizaciones de lo uno/o lo otro,
procede a la muy cuestionable prescripción de rechazar todo lo que sea
inequívoco. Decir que no puede haber ninguna postura de sí o no, es equivalente
a la parálisis del relativismo, en el que la "impotencia" se convierte en la
estimada compañera de la "oposición".  Quizás el caso de Paul De Man, quien extendió y profundizó las posiciones
desconstructivas seminales de Derrida (y en opinión de muchos, superándolo), sea
instructivo. Poco después de la muerte de De Man, en 1985, se descubrió que de
joven había escrito varios artículos periodísticos antisemitas y pro-nazis en la
Bélgica ocupada. La categoría de este brillante desconstructor de Yale, y en
realidad, para algunos, el valor filosófico y moral de la desconstrucción misma,
fue puesta en cuestión por la sensacional revelación. De Man, como Derrida,
había subrayado "la duplicidad, la confusión, la falsedad que damos por
supuestas en el uso del lenguaje". A mi entender, coherente con esto, a pesar de
su descrédito, fue el tortuoso comentario de Derrida sobre el período
colaboracionista de De Man: en resumen, "¿cómo podemos juzgar, quién tiene
derecho a decir?" Un testimonio ruin de la desconstrucción, considerada hasta
cierto punto como una etapa entre los antiautoritarios. 
Derrida anunció que la desconstrucción "instigaba a la subversión de todo
reino". En realidad, él mismo se ha mantenido dentro del académicamente seguro
reino de la invención de cada vez más ingeniosas complicaciones textuales, para
seguir en actividad y evitar reflexionar sobre su propia situación política. Uno
de los conceptos centrales de Derrida, la diseminación, describe el lenguaje,
bajo el principio de la diferencia, no tanto como una rica cosecha de
significados sino como una especie de pérdida y derramamiento infinitos, con el
significado que aparece en todas partes y se evapora prácticamente a la vez.  Este flujo del lenguaje, incesante e insatisfactorio, es el paralelo más
perfecto de aquello en que consiste el meollo del crédito al consumo y su
circulación infinita de no-significación. Así, Derrida, inconscientemente,
eterniza y universaliza la vida sometida, convirtiendo a la comunicación humana
en su imagen. El "todo reino" que deseaba ver subvertido por la desconstrucción
ha sido, en su lugar, extendido y considerado como absoluto. Derrida representa tanto la muy trillada tradición francesa de la explicación de
textos, como la reacción contra la veneración igualmente francesa por el
lenguaje clasicista cartesiano, con sus ideales de claridad y equilibrio. La
desconstrucción emergió también, en cierta medida, como parte del elemento
original de la cercana revolución de 1968, especialmente la revuelta estudiantil
contra la esclerosada educación superior en Francia. Algunos de sus términos
clave (por ejemplo, diseminación) fueron tomados de las lecturas heideggerianas
de Blanchot, con lo cual no se le pretende negar al pensamiento de Derrida una
significativa originalidad. Presencia y representación se ponen permanentemente
una a otra en tela de juicio, mostrando al sistema subyacente como infinitamente
agrietado, y esto en sí mismo es una contribución importante.  Desgraciadamente, la transformación de la metafísica en una cuestión de
escritura, en la que los significados se escogen prácticamente a sí mismos y no
pudiéndose demostrar así que un discurso (y por consiguiente un modo de acción)
sea mejor que otro, parece menos que radical. La desconstrucción es abrazada
ahora por los titulares de los departamentos de inglés, las asociaciones
profesionales y otros cuerpos de importancia porque plantea el tema de la
representación tan débilmente. La desconstrucción de la filosofía de Derrida
admite que debe dejar intacto el propio concepto cuya falta de fundamentos
revela. En la medida en que encuentra insostenible la noción de una realidad
independiente del lenguaje, la desconstrucción no puede prometer la liberación
de la famosa "casa-prisión del lenguaje". La esencia del lenguaje y la primacía
de lo simbólico no son abordados realmente, pero se los muestra tan ineludibles
como inadecuados son para la satisfacción. Ninguna salida; como declaró Derrida:
"No se trata de lanzarse a un nuevo orden no represivo (no hay ninguno)".
La crisis de la representación Si la contribución de la desconstrucción es una erosión de nuestra certidumbre
en la realidad, ella olvida que la realidad –la publicidad y la cultura de
masas, para mencionar sólo dos ejemplos superficiales- ya ha consumado esto.
Así, el punto de vista esencialmente posmoderno expresa el movimiento del
pensamiento desde la decadencia hasta su elegía, o fase pos-pensamiento, o como
lo sintetizó John Fekete, "la crisis más profunda del espíritu occidental, la
pérdida de vigor más honda". La sobrecarga de representación de hoy sirve para subrayar el empobrecimiento
radical de la vida en la sociedad de clases tecnológica –la tecnología es
privación. La teoría clásica de la representación sostenía que el significado o
verdad antecedía y ordenaba las representaciones que transmitía. Pero ahora
podemos vivir en una cultura posmoderna donde la imagen ha llegado a ser menos
la expresión de algo individual que el producto de una tecnología consumista
anónima. Cada vez más mediada, la vida en la Era de la Información está
controlada crecientemente por la manipulación de los signos, los símbolos, el
marketing y las encuestas. Nuestra época, dice Derrida, es "una época sin
naturaleza".  Todas las formulaciones de lo posmoderno concuerdan en percibir una crisis de la
representación. Derrida, como se observó, empezó a cuestionar la naturaleza
misma del proyecto filosófico en cuanto fundado en la representación, planteando
ciertas cuestiones insolubles sobre la relación entre representación y
pensamiento. La desconstrucción socava las exigencias epistemológicas de la
representación, al mostrar que el lenguaje, por ejemplo, resulta inadecuado para
la tarea de la representación. Pero este socavamiento elude abordar la
naturaleza represiva de su objeto, insistiendo, otra vez, en que la presencia
pura, el espacio más allá de la representación, sólo puede ser un sueño utópico.
No puede haber un contacto no mediado o comunicación, sólo signos y
representaciones; la desconstrucción es una búsqueda de la presencia y la
plenitud interminable y necesariamente pospuesta.  Jacques Lacan, compartiendo la misma resignación que Derrida, por lo menos
muestra algo más en lo que se refiere a la esencia maligna de la representación.
Ampliando a Freud, determinó que el sujeto está constituido y alienado a la vez
por su entrada en el orden simbólico, especialmente el lenguaje. Mientras
rechaza la posibilidad del retorno a un estado de pre-lenguaje en el que la
promesa rota de la presencia se podría cumplir, al menos puede captar la
apoplejía fundamental en que consiste la sumisión de los libres deseos al mundo
simbólico, la capitulación de la singularidad ante el lenguaje. Lacan llamó
indecible al gozo porque éste sólo puede darse propiamente fuera del lenguaje:
esa felicidad que es el deseo de un mundo sin la fractura del dinero o la
escritura, una sociedad sin representación. La incapacidad para generar significados simbólicos es, irónicamente en cierto
modo, el problema básico del posmodernismo. Éste culmina su actitud en la
frontera entre lo que puede ser representado y lo que no puede serlo, una
solución a medio camino (en el mejor de los casos) que se niega a negar la
representación. (En lugar de ofrecer aquí argumentos en favor del punto de vista
que considera lo simbólico como represivo y alienante, remito al lector a los
primeros cinco ensayos de mi Elements of Refusal [Left Bank Books, 1988], que
tratan sobre el tiempo, el lenguaje, el número, el arte y la agricultura como
extrañamientos culturales debidos a la simbolización.) Mientras tanto, un
público alejado y exhausto pierde interés en el presunto solaz de la cultura, y
con la profundización y espesamiento de la mediación surge el descubrimiento de
que quizás éste haya sido siempre el significado de la cultura. Sin embargo, no
es ciertamente insólito hallar que el posmodernismo no admita que la reflexión
está en los orígenes de la representación, insistiendo en la imposibilidad de
una existencia no mediada.  En respuesta a la añoranza de la totalidad perdida de la precivilización, el
posmodernismo dice que la cultura ha llegado a ser tan fundamental para la
existencia humana que no hay posibilidad de ahondar debajo de ella. Esto, por
supuesto, recuerda a Freud, quien reconoció la esencia de la civilización como
supresión de la libertad y la totalidad, aunque decidiese que el trabajo y la
cultura eran más importantes. Freud fue lo suficientemente honesto como para
admitir la contradicción o no-reconciliación implícita en la opción a favor de
la naturaleza mutilante de la civilización, mientras que el posmodernismo no lo
es.  Floyd Merrell señala que "una clave, tal vez la principal del pensamiento de
Derrida", fue su decisión de colocar la cuestión de los orígenes fuera de
discusión. Y así, mientras aludía en toda su obra a una complicidad entre los
supuestos fundamentales del pensamiento de Occidente y la violencia y la
represión que han caracterizado a la civilización occidental, rechazó,
principalmente y de manera muy influyente, cualquier noción de origen. Después
de todo, el pensamiento causal es uno de los objetos de burla del posmodernismo.  La "Naturaleza" es una ilusión, de manera que ¿qué podría significar
"antinatural"? En lugar del espléndido "Bajo el pavimento está la playa" de los
situacionistas, tenemos el rechazo famoso de Foucault, en Las palabras y las
cosas, a la noción completa de la "hipótesis represiva". Freud nos dio la
comprensión de la cultura como inhibidora y generadora de neurosis; el pm nos
dice que la cultura es todo lo que podemos tener, y que sus fundamentos, si es
que existen, no son asequibles a nuestro entendimiento. El posmodernismo es
aparentemente lo que nos queda cuando se completa el proceso de modernización y
la naturaleza ha desaparecido para siempre.
 
No sólo el pm repite la frase de Beckett en Final de partida, "no hay más
naturaleza", sino que también rechaza que alguna vez haya habido algún espacio
reconocible fuera del lenguaje y la cultura. La "naturaleza", declaró Derrida
discutiendo a Rousseau, "nunca ha existido". Una vez más, se descarta la
alienación; este concepto implica necesariamente una idea de autenticidad que el
posmodernismo considera ininteligible. En esa línea, Derrida se refirió a "la
pérdida de lo que nunca ha tenido lugar, de una autopresencia que nunca ha sido
dada, sino sólo soñada..." A pesar de las limitaciones del estructuralismo, por
otra parte, el sentimiento de comunión con Rousseau de Levi-Strauss dio
testimonio de su búsqueda de los orígenes. Negándose a dejar de lado la
liberación, ni desde la perspectiva de los comienzos ni desde la de las metas,
Levi-Strauss no dejó de anhelar nunca una sociedad "intacta", un mundo no
fracturado donde la inmediatez no ha sido rota aún. En este punto, Derrida,
peyorativamente con seguridad, presenta a Rousseau como un utópico y a Levi-
Strauss como un anarquista, advirtiendo contra un "paso más allá hacia una
especie de anarquía original ", que sólo sería una peligrosa ilusión. El peligro real consiste en no cuestionar, en el nivel más básico, la alienación
y la dominación que amenazan con derrotar completamente a la naturaleza, lo que
queda de natural en el mundo y en nosotros mismos. Marcuse comprendió que "el
recuerdo de la gratificación está en el origen de todo pensamiento, y el impulso
por recuperar la gratificación pasada es el motor oculto detrás del proceso del
pensar". La cuestión de los orígenes abarca también la cuestión total del
nacimiento de la abstracción y, de hecho, de la conceptualidad filosófica como
tal, y Marcuse se acercó, en su búsqueda de lo que tendría que constituir unas
condiciones de la existencia sin represión, a una confrontación con la propia
cultura. Ciertamente nunca escapó completamente de la impresión "de que algo
esencial ha sido olvidado" por la humanidad. Similar es el breve pronunciamiento
de Novalis: "La filosofía es nostalgia". Por comparación, Kroker y Cook aciertan
indudablemente cuando concluyen que "la cultura posmoderna es un olvido, el
olvido de los orígenes y de los fines".
Barthes, Foucault y Lyotard Volviéndonos hacia otras figuras del postestructuralismo/posmodernismo, merece
ser mencionado ahora Roland Barthes, quien muy pronto a lo largo de su carrera
se convirtió en un pensador estructuralista de primer orden. Su Grado cero de la
escritura expresaba la esperanza de que el lenguaje pudiera ser empleado de una
manera utópica, y que hay códigos de control en la cultura que se pueden
destruir. Sin embargo, a principios de los años 70, se alineó con Derrida, al
considerar el lenguaje como una ciénaga metafórica, cuya metaforicidad no se
admite. La filosofía se encuentra confundida por su propio lenguaje, y el
lenguaje en general no puede reclamar el dominio de lo que discute. Con El
imperio de los signos (1970), Barthes ya había renunciado a cualquier intención
crítica y analítica. Aparentemente dedicado a Japón, este libro es presentado
"sin la pretensión de describir o analizar ninguna realidad, sea cual fuere".  Varios fragmentos tratan de formas culturales tan diversas como el haiku [poema
breve japonés] o las tragaperras, como partes de una especie de paisaje
antiutópico en el que dichas formas no poseen ningún significado y todo es
superficie. El Imperio puede ser calificado como el primer intento completamente
posmoderno de ofrecer, y en la primera mitad de los años 70, la noción de su
autor del placer del texto, encarado de la misma manera que el desdén de Derrida
por la creencia en la validez del discurso público. La escritura se ha
convertido en un fin en sí mismo; la estética meramente personal, en la
consideración dominante. Antes de su muerte en 1980, Barthes había denunciado
explícitamente "cualquier modo intelectual de escritura", en especial cualquier
cosa que oliese a política. Hacia la época de su última obra, Barthes por
Barthes, el hedonismo de las palabras, equiparándose a un dandysmo de la vida
real, consideraba los conceptos no desde el punto de vista de su validez o
invalidez, sino únicamente en cuanto a su eficacia como tácticas de la
escritura.  En 1985, el sida se llevó a la influencia más ampliamente conocida del
posmodernismo, Michel Foucault. Llamado a veces "el filósofo de la muerte del
hombre" y considerado por muchos como el mayor de los discípulos modernos de
Nietzsche, sus amplios estudios históricos (por ejemplo, sobre la locura, las
practicas penales o la sexualidad), lo hicieron bien conocido, aparte de que
éstos por sí mismos sugieren diferencias entre Foucault y el relativamente más
abstracto y ahistórico Derrida. Como hemos dicho, el estructuralismo había
devaluado con energía al individuo a partir de fundamentos mayormente
lingüísticos, en tanto que Foucault caracterizaba al "hombre (como) sólo una
invención reciente, una forma que no ha cumplido aún los doscientos años, un
simple pliegue de nuestro conocimiento que pronto desaparecerá". Su énfasis está
puesto en la explicación del "hombre" como aquello que se representa y se
produce como un objeto, específicamente como una invención implícita de las
modernas ciencias humanas. A pesar de su estilo personal, las obras de Foucault
se hicieron mucho más populares que las de Horkheimer y Adorno (por ejemplo, la
Dialéctica de la Ilustración) o las de Erving Goffman/7, en la misma línea de
descubrir el programa secreto de la racionalidad burguesa. Foucault señaló que
fueron las tácticas "individualizadoras" puestas en juego por las instituciones
clave a comienzos del siglo XIX (la familia, el trabajo, la medicina, la
psiquiatría, la educación), con sus roles disciplinarios y normalizadores dentro
de la modernidad capitalista emergente, las que crearon al "individuo" por y
para el orden dominante.  Típicamente pm, Foucault rechaza el pensamiento originario y la noción de que
hay una "realidad" detrás o por debajo del discurso prevaleciente de una época.
Además, el sujeto es una ilusión creada esencialmente por el discurso, un "yo"
contituido más allá de los usos lingüísticos imperantes. Y así, ofrece sus
detalladas narraciones históricas, llamadas "arqueologías" del saber, en lugar
de concepciones teóricas, como si ellas no llevaran consigo ninguna ideología o
supuestos filosóficos. Para Foucault no hay fundamentos de lo social que puedan
ser aprehendidos más allá del contexto de los variados períodos, o epistemes,
como los denomina; los fundamentos cambian de una episteme a otra. El discurso
dominante, que constituye a sus sujetos, aparentemente se da forma a sí mismo;
es éste un planteamiento bastante inútil para la historia, que resulta sobre
todo del hecho de que Foucault no hace referencia alguna a los grupos sociales,
sino que se centra por completo en sistemas de pensamiento. Otro problema surge
de su concepción de que la episteme de una época no puede ser conocida por
aquellos que actúan dentro de ella. Si la conciencia es precisamente la que,
según el propio Foucault, no logra ser consciente de su relativismo, o saber lo
que podría tener en común con epistemes precedentes, entonces la propia
conciencia elevada y abarcadora de Foucault resulta imposible. Esta dificultad
es reconocida al final de La arqueología del saber (1972), pero permanece sin
respuesta, como un problema inocultable y obvio. El dilema del posmodernismo es este: ¿cómo es posible afirmar la categoría y
validez de sus enfoques teóricos, si no se admiten ni la verdad ni los
fundamentos del conocimiento? Si eliminamos la posibilidad de fundamentos o
modelos racionales, ¿sobre qué base podemos operar? ¿Cómo podemos entender qué
clase de sociedad es aquella a la que nos oponemos y, menos aún, llegar a
compartir semejante entendimiento? La insistencia de Foucault en el
perpectivismo nietzscheano nos traslada al pluralismo irreductible de la
interpretación. Sin embargo, Foucault relativizó el conocimiento y la verdad
sólo en cuanto estas nociones se vinculan a sistemas de pensamiento distintos a
los suyos. Cuando se lo presionaba sobre este punto, admitía que era incapaz de
justificar racionalmente sus propias opciones. De tal modo, el liberal Habermas
declara que los pensadores modernos como Foucault, Deleuze o Lyotard son
"neoconservadores", al no ofrecer ninguna argumentación coherente para
orientarnos en una dirección social antes que en otra. La adopción pm del
relativismo (o "pluralismo") significa también que no hay nada que pueda impedir
la perspectiva de que una tendencia social reclame el derecho a imponerse sobre
otra, ante la imposibilidad de determinar los modelos.  El tema del poder, de hecho, fue central para Foucault y los modos en que lo
trató son reveladores. Escribió sobre las instituciones significativas de la
sociedad moderna como unidas por una intencionalidad de control, un "continuum
carcelario" que expresa la lógica final del capitalismo, de la cual no hay
escape. Pero el poder en sí mismo, determinó, es una red o campo de relaciones
donde los sujetos son constituidos como los productos y los agentes de aquél.
Todo participa así del poder, y de tal forma nada se obtiene intentando
descubrir un poder opresivo, "fundamental", para luchar en contra de él. El
poder moderno es insidioso y "viene de todas partes". Como Dios, está en todos
los sitios y en ninguno a la vez.
 
Foucault no encuentra ninguna playa debajo de los adoquines, ningún orden
"natural" en absoluto. Sólo existe la certeza de regímenes de poder sucesivos, a
cada uno de los cuales se debe resistir de algún modo. Pero la aversión
típicamente pm de Foucault a la entera noción de sujeto humano hace muy difícil
ver de dónde podría provenir esa resistencia, no obstante su concepción de que
no hay resistencia al poder que no sea una variante del poder mismo. Respecto al
último punto, Foucault alcanzó un callejón sin salida adicional, al considerar
la relación del poder con el conocimiento. Llegó a verlos como inextricable y
ubicuamente ligados, implicándose directamente el uno al otro. Las dificultades
para seguir diciendo algo sustancial a la luz de esta interrelación hizo que
renunciara a la larga a una teoría del poder. El determinismo implícito
significó, en primer lugar, que su compromiso político se hiciera cada vez más
superficial. No resulta difícil entender por qué el foucaltismo fue enormemente
promovido por los medios, mientras que el situacionismo, por ejemplo, era
ignorado.  Castoriadis se refirió una vez a las ideas de Foucault sobre el poder y la
oposición a éste, como "Resistid si eso os divierte, pero sin una estrategia,
porque entonces ya no seréis más proletarios, sino poder". El propio activismo
de Foucault ha intentado encarnar el sueño empirista de una teoría -y una
ideología- libre de teoría, la del "intelectual específico" que participa en
luchas limitadas, particulares. Esta táctica considera a la teoría sólo en su
uso concreto, como un maletín de herramientas ad hoc para campañas específicas.  Sin embargo, a despecho de sus buenas intenciones, la circunscripción de la
teoría a una serie de "herramientas" inconexas y perecederas no sólo rechaza una
concepción general explícita de la sociedad, sino que también acepta la división
general del trabajo que está en el corazón de la alienación y la dominación. El
deseo de respetar las diferencias, el saber particular y demás rechaza la
sobrevaluada tendencia totalitaria y reductiva de la teoría, pero sólo para
aceptar la atomización del capitalismo avanzado con su fragmentación de la vida
en las estrechas especialidades que son el ámbito de tantos expertos. Si
"estamos atrapados entre la arrogancia de analizar el todo y la timidez de
inspeccionar sus partes", como señalara adecuadamente Rebecca Comay, ¿de qué
modo la segunda alternativa (la de Foucault) representa un avance sobre el
reformismo liberal en general? Esta parece ser una cuestión especialmente
pertinente cuando se recuerda hasta qué punto la empresa total de Foucault
estuvo orientada a desengañarnos de las ilusiones de los reformadores humanistas
a lo largo de la historia. De hecho, el "intelectual específico" viene a ser un
intelectual más experto, un intelectual más liberal que ataca problemas
específicos antes que la raíz de éstos. Y al contemplar el contenido de su
activismo, que se desarrolló principalmente en el campo de la reforma penal, la
orientación es casi demasiado tibia como para calificarla incluso de liberal. En
los años 80, Foucault "intentó reunir, bajo la égida de su cátedra del Colegio
de Francia, a historiadores, abogados, jueces, psiquíatras y médicos
relacionados con la ley y el castigo", de acuerdo con Keith Gandal. A todos los
policías. "El trabajo que hice sobre la relatividad histórica de la forma
prisión", dijo Foucault, "fue una incitación para tratar de pensar en otras
formas de castigo". Obviamente, aceptaba la legitimidad de esta sociedad y la
del castigo; no más sorprendente fue su descalificación final de los anarquistas
como seres infantiles por sus esperanzas en el futuro y su fe en las
posibilidades humanas.  Las obras de Jean-François Lyotard [1924-1998] son significativamente
contradictorias unas con otras –algo que en sí mismo es un rasgo pm–, pero
también expresan un tema posmoderno central: que la sociedad no puede y no debe
ser entendida como un todo. Lyotard es el primer ejemplo del pensamiento
antitotalizador hasta el punto de que él mismo ha resumido el posmodernismo como
"incredulidad hacia las metanarraciones" o concepciones generales. La idea de
que es nocivo tanto como imposible captar el todo, forma parte de una enorme
reacción en Francia contra las influencias del marxismo y del comunismo.  Mientras que el principal objetivo de Lyotard es la tradición marxista, alguna
vez muy fuerte en la política francesa y la vida intelectual, da un paso más y
rechaza la teoría social in toto. Por ejemplo, ha llegado a creer que cualquier
concepto de alienación –la idea de que una unidad originaria, totalidad o
inocencia, está fracturada por la fragmentación y la indiferencia del
capitalismo– desemboca en un totalitarismo que intenta unificar la sociedad
coercitivamente. De un modo característico, su Economía libidinal, de mitad de
los años 80, denuncia la teoría como terror. Se podría decir que esta reacción extrema sería improbable fuera de una cultura
tan dominada por la izquierda marxista, pero una mirada más atenta nos señala
que ella concuerda perfectamente con la más amplia y desilusionada condición
posmoderna. El rechazo en masa por Lyotard de los valores de la Ilustración
poskantiana incluye, después de todo, la comprensión de que la crítica racional,
al menos en la forma de los confiados valores de las teorías metanarrativas
kantiana, hegeliana y marxista, ha sido bajada del pedestal por la depresiva
realidad histórica. De acuerdo con Lyotard, la era pm significa que todos los
mitos consoladores de supremacía intelectual y verdad han llegado a su fin,
reemplazados por una pluralidad de "juegos del lenguaje", la noción
wittgensteiniana de "verdad" en cuanto algo que se comparte y circula con
carácter provisional, sin ninguna clase de garantía epistemológica o fundamento
filosófico. Los juegos del lenguaje son una base tentativa, limitada y
pragmática, para el conocimiento; a diferencia de los conceptos comprehensivos
de la teoría o la interpretación histórica, dependen del acuerdo de los
participantes para su valor-uso. El ideal de Lyotard es así una multitud de
"pequeñas narraciones" en lugar del "dogmatismo inherente" a las metanarraciones
o grandes ideas. Desgraciadamente, semejante planteamiento pragmático tiene que
adaptarse a las cosas como son, y depende de que se impida el consenso
prácticamente por definición. De tal modo, el enfoque de Lyotard es de limitado
valor para crear una ruptura a partir de las normas cotidianas. Aunque su
saludable escepticismo antiautoritario considera la totaliza

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