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Thérèse Raquin

23 Oct 13 - 18:59

Emile Zola
 
Thérèse Raquin
 
 
 
 
 
 
PRÓLOGO A LA SEGUNDA EDICIÓN
 
 
Pequé de ingenuo al pensar que esta novela podía prescin¬dir de un prólogo. Acostumbrado a decir cuanto pienso en voz alta, e incluso a respaldar cuanto digo con los más insignificantes detalles, albergaba la esperanza de que se me entendiera y se me enjuiciase sin precisar explicaciones previas. Al parecer, estaba en un error.
La crítica ha recibido el presente libro con voz brutal y airada. Hay personas virtuosas que, en periódicos no menos virtuosos, han hecho una mueca de asco mientras lo cogían con unas tenazas para arrojarlo al fuego. Hasta las publicaciones literarias modestas, esas en que aparece todas las tardes la gaceta de alcobas y gabinetes privados, se han tapado la nariz, hablando de apestosa basura. No me quejo ni poco ni mucho de tal acogida, antes bien, me satisface mucho comprobar que mis colegas tienen los ner¬vios sensibles de una jovencita. Es de todo punto evidente que mi obra pertenece a mis jueces, y que puede parecer¬les nauseabunda sin que me corresponda derecho alguno a protestar. De lo que me quejo es de que, a lo que me parece, ni uno de los púdicos periodistas a quienes se les han subido los colores al leer Thérèse Raquin haya com¬prendido la novela. Es posible que se les hubieran subido aún más caso de haberla entendido; pero, al menos, podría yo estar ahora disfrutando de la íntima satisfacción de su justificada repugnancia. Nada me resulta más irritan¬te que ver cómo unos honrados escritores denuncian la depravación con grandes voces siendo así que tengo el hondo convencimiento de que no saben por qué dan esas voces.
Me veo, pues, en la obligación de tener que presentar personalmente mi obra a mis jueces. Voy a hacerlo en unas cuantas líneas, sin más propósito que el de evitar en el futuro cualesquiera malas interpretaciones.
En Thérèse Raquin pretendí estudiar temperamentos y no caracteres. En eso consiste el libro en su totalidad. Escogí personajes sometidos por completo a la soberanía de los nervios y la sangre, privados de libre arbitrio, a quie¬nes las fatalidades de la carne conducen a rastras a cada uno de los trances de su existencia. Thérèse y Laurent son animales irracionales humanos, ni más ni menos. Intenté seguir, paso a paso, en esa animalidad, el rastro de la sorda labor de las pasiones, los impulsos del instinto, los trastor¬nos mentales consecutivos a una crisis nerviosa. Los amo¬res de mis dos protagonistas satisfacen una necesidad; el asesinato que cometen es una consecuencia de su adulte¬rio, consecuencia en la que consienten de la misma forma en que los lobos consienten en asesinar corderos; y, por fin, lo que di en llamar su remordimiento no es sino un simple desarreglo orgánico o una rebeldía del sistema ner¬vioso sometido a una tensión extremada. No hay en todo ello ni rastros del alma, lo admito de buen grado, puesto que era mi intención que no los hubiera.
Espero que esté empezando a quedar claro que mi meta era, sobre todo, una meta científica. Al crear a mis dos pro¬tagonistas, Thérèse y Laurent, me complací en plantear¬me determinados problemas y en resolverlos; así fue como sentí la tentación de explicar la extraña unión que puede darse entre dos temperamentos diferentes; he mostrado las hondas alteraciones de una forma de ser sanguínea al entrar en contacto con otra, nerviosa. Quien lea atenta¬mente esta novela se dará cuenta de que cada uno de los capítulos es el estudio de un caso fisiológico peculiar. En pocas palabras, mi único deseo era buscar el animal que reside en un hombre vigoroso y una mujer insatisfecha; en no ver, incluso, sino a ese animal; en meter a esos dos seres en un drama tempestuoso y tomar escrupulosa nota de sus sensaciones y comportamientos. Me he limitado a realizar, en dos cuerpos vivos, la tarea analítica que realizan los cirujanos en los cadáveres.
No se me negará que resulta muy duro, recién conclui¬da tal labor, entregado aún por completo a los juiciosos gozos de la indagación de la verdad, tener que oír acusa¬ciones que me imputan el no haber aspirado sino a descri¬bir escenas colmadas de obscenidad. Me he visto en el mismo caso que esos pintores que copian desnudos sin que el deseo los roce ni por asomo y se sorprenden a más no poder cuando algún crítico se escandaliza ante la carne viva que muestra su obra. Mientras estaba escribiendo Thérèse Raquin, me olvidé del mundo, me sumí en la tarea de copiar la vida con precisa minuciosidad, me entregué por entero al análisis de la maquinaria humana. Y puedo asegurar que en los crueles amores de Thérèse y Laurent no había para mí nada inmoral, nada que pudiera animar a caer en desviadas pasiones. Se esfumaba la categoría humana de los modelos, de la misma forma que se esfuma una mujer desnuda para la mirada del artista ante el que se halla tendida, y éste sólo piensa en plasmar a esa mujer en el lienzo con formas y colores verdaderos. Grande fue mi sorpresa, por lo tanto, al oír cómo se tildaba a mi obra de charco de cieno y sangre, de alcantarilla, de inmundicia y a saber de cuántas cosas más. Conozco a fondo el lindo juego de la crítica, yo también he jugado a él; pero admito que la unanimidad del ataque me ha sorprendido un tanto. ¡Cómo! ¡Ni uno de mis colegas ha sido capaz no ya de defender mi libro sino de explicarlo! Entre el concier¬to de voces que se alzaban para gritar: «El autor de Thérèse Raquin es un miserable histérico que se complace en describir escenas pornográficas con todo lujo de detalles», he esperado en vano otra voz que respondiese: «No; ese escri¬tor no es sino un analista que quizá se ha demorado en el examen de la podredumbre humana, pero lo ha hecho de la misma forma en que un médico se demora en una sala de disección».
Que quede claro que no solicito ni poco ni mucho la simpatía de la prensa para una obra que, a lo que dice, asquea sus delicados sentidos. No aspiro a tanto. Lo único que me sorprende es que mis colegas me hayan converti¬do en algo así como un pocero literario, siendo así que a sus expertos ojos deberían bastarles diez páginas para reconocer las intenciones de un novelista; me conformo con rogarles humildemente que tengan a bien, en el futu¬ro, verme tal y como soy y ponerme en tela de juicio por lo que soy.
Era fácil, empero, entender Thérèse Raquin, situarse en el terreno de la observación y el análisis, hacerme ver mis verdaderos errores, sin necesidad de recoger un puñado de barro y arrojármelo a la cara en nombre de la moral. Para oficiar de crítico digno de tal nombre, se precisaba cierta dosis de inteligencia y cierta perspectiva. Cuando de ciencia se trata, el reproche de inmoralidad no tiene razón de ser. No sé si mi novela es inmoral, admito que nunca me preocupó el hecho de que fuese más o menos casta. Lo que sí sé es que ni por un momento tuve la intención de poner en ella esa suciedad que han visto las personas de escrupulosa moralidad. Se debe ello a que escribí todos sus episodios, incluso los más febriles, sin más curiosidad que la del científico. Y desafío a mis jueces a que hallen ni una sola página realmente licenciosa, escrita para los lec¬tores de esos libritos rosa, de esas indiscreciones de alcoba y bastidores, de los que se editan diez mil ejemplares y que recomiendan fervorosamente los mismos periódicos que han sentido náuseas ante las verdades de Thérèse Raquin.
Unos cuantos insultos, muchas simplezas, eso es, pues, lo que he leído hasta el día de hoy acerca de mi obra. Lo digo aquí con total tranquilidad, como se lo diría a un amigo que me preguntase, en la intimidad, lo que pienso de la postura de la crítica en lo que a mí se refiere. Un escritor de gran talento, al que me quejé de la escasa simpatía con que me he topado, me respondió con estas pro¬fundas palabras: «Tiene usted un defecto que le va a ir cerrando todas las puertas: no puede charlar ni dos minu¬tos con un imbécil sin hacerle notar que es imbécil». Debe de ser cierto. Soy consciente de cuánto me perjudico a mí mismo, en lo tocante a la crítica, al acusarla de falta de capacidad de comprensión. Y, no obstante, no puedo por menos de dejar constancia del desdén que me inspira su limitado horizonte y los juicios que lanza a ciegas, sin capa¬cidad de método alguno. Me estoy refiriendo, por descon¬tado, a la crítica corriente, a esa que juzga recurriendo a todos los prejuicios literarios de los necios y no consigue alcanzar el punto de vista dilatadamente humano que requiere la comprensión de una obra humana. Nunca he visto tamaña torpeza. Los raquíticos puñetazos que la críti¬ca de poca monta me ha lanzado al publicarse Thérèse Raquin se han perdido, como suele suceder, en el vacío. En gran medida golpea en falso, al aplaudir los trenzados de piernas de una actriz de rostro enharinado para acusar, luego, de inmoralidad, con grandes clamores, un estudio psicológico; al no entender nada; al no querer entender nada; al repartir mandobles cuando su atemorizada estupidez le ordena que los reparta. Es exasperante recibir un vapuleo por un pecado que no se ha cometido. Hay veces en que lamento no haber escrito obscenidades; creo que toleraría de buen grado que me diesen una paliza mereci¬da, mas no esta granizada que me cae encima tontamen¬te, como una lluvia de tejas, sin saber ni por qué sí ni por qué no.
Apenas si hay, en nuestros días, dos o tres hombres capa¬ces de leer, entender y juzgar un libro. De ellos consiento en recibir lecciones, pues estoy convencido de que cuanto digan lo harán tras haber calado en mis intenciones y valo¬rado los resultados de mi esfuerzo. Se guardarían muy mucho de decir estas palabras huecas: moralidad y pudor literario. Me reconocerían el derecho, en estos tiempos de libertad artística, de tomar mis argumentos en donde me plazca y no me pedirían sino obras formales, pues saben que sólo la necedad resulta perjudicial para la dignidad de las letras. Por descontado que el análisis que he intentado realizar en Thérèse Raquin no los sorprendería; verían en él ese sistema moderno, esa herramienta de investigación universal a la que recurre con entusiasmo nuestro siglo para taladrar el camino del futuro. Fueran cuales fuesen sus conclusiones, darían por bueno mi punto de partida, él estudio del temperamento y las hondas modificaciones del organismo sometido al apremio de los ambientes y las circunstancias. Me hallaría frente a jueces verdaderos, frente a hombres que buscan la verdad de buena fe, sin puerilidad ni falsas vergüenzas, y no se sienten en la obli¬gación de manifestar asco ante el espectáculo de unos ejemplares anatómicos desnudos y vivos. La investigación sincera lo purifica todo, igual que el fuego. Cierto es que, ante un tribunal como este que me complazco en imagi¬nar ahora, sería mi obra muy humilde; solicitaría yo toda la severidad de los jueces; querría que saliese de sus manos negra de tachaduras. Pero habría tenido, al menos, la gran alegría de ver que me criticaban por lo que he intentado hacer, y no por lo que no he hecho.
Me parece estar oyendo ya la sentencia de la crítica de altura, de esa crítica metódica y naturalista que ha renova¬do las ciencias, la historia y la literatura: « Thérèse Raquin es el estudio de un caso excepcional en demasía; el drama de la vida moderna es más dúctil, se halla menos preso del horror y la locura. Casos así hay que dejarlos, en las crea¬ciones literarias, en segundo plano. El deseo de no desa¬provechar ninguno de los elementos de sus observaciones ha impulsado al autor a destacar todos y cada uno de los detalles, lo que ha dado al conjunto de la obra tensión y acritud aún mayores. Por lo demás, carece el estilo de la sencillez que exige una novela analítica. Sería menester, en resumidas cuentas, para que el escritor consiguiese ahora buenos resultados, que contemplase la sociedad desde un punto de vista más amplio, que describiese sus numerosos y variados aspectos y, sobre todo, que utilizase una lengua clara y espontánea».
Pretendía responder en veinte líneas a unos ataques exasperantes por su ingenua mala fe, y me doy cuenta de que he comenzado a conversar conmigo mismo, como me sucede siempre que me quedo demasiado rato con la pluma en la mano. Lo dejo aquí, pues sé que es cosa que no agrada a los lectores. Si hubiese tenido voluntad de escribir un manifiesto y tiempo para hacerlo, quizá habría intentado defender eso que denominó un periodista, al hablar de Thérèse Raquin, «literatura pútrida». Mas ¿para qué? El grupo de escritores naturalistas al que tengo el honor de pertenecer cuenta con coraje suficiente para crear obras fuertes que se defienden solas. Es precisa toda la voluntaria ceguera de cierta crítica para que un novelis¬ta se sienta obligado a escribir un prólogo. Ya que, por amor a la transparencia, me he decidido a hacerlo, solicito la indulgencia de las personas inteligentes que no necesi¬tan, para ver las cosas con claridad, que nadie les encienda un farol en pleno día.
 
 
ÉMILE ZOLA
15 de abril de 1868
 
CAPÍTULO I
Al final de la calle de Guénégaud, según se viene de los muelles, está el pasadizo de Le Pont-Neuf, un a modo de estrecho pasillo sombrío que va de la calle Mazarine a la calle de Seine. Tiene este pasadizo, a lo más, treinta pasos de largo por dos de ancho; es su pavimento de baldosas amarillentas, desgastadas, flojas, que rezuman siempre una agria humedad; lo cubre una cristalera cortada en ángulo recto y negra de mugre.
En los días hermosos del verano, cuando un sol de justi¬cia abrasa las calles, una blanquecina claridad entra por los cristales sucios y resbala míseramente por el pasadizo. En los desapacibles días de invierno, en las mañanas de niebla, esos cristales sólo arrojan tinieblas sobre el pavimento vis¬coso, unas tinieblas sucias e infames.
A la izquierda, se ahondan unos comercios oscuros, bajos de techo, agobiantes, de los que escapan hálitos de cripta. Hay en ellos libreros de viejo, jugueteros, carto¬neros, cuya mercancía expuesta, gris de polvo, duerme, imprecisa, en la sombra; los escaparates son de cuadrados de cristal pequeños y prestan extraños reflejos verdosos de muaré a los artículos; tras ellos, las tiendas, colmadas de oscuridad, son otros tantos agujeros lúgubres en los que bullen curiosas formas.
A la derecha, corre por toda la longitud del pasadizo un muro contra el que los tenderos de enfrente han adosado armarios estrechos; allí se ven objetos sin nombre, efectos olvidados desde hace veinte años, alineados en unas bal¬das delgadas, de un espantoso color pardo. Una vendedo¬ra de bisutería buscó acomodo en uno de esos armarios, en el que despacha sortijas de setenta y cinco céntimos, pri¬morosamente colocadas en una caja de caoba forrada de terciopelo azul.
Más arriba de la cristalera, el muro sigue subiendo, negro, toscamente enfoscado, como cubierto de lepra y lleno de costurones.
El pasadizo de Le Pont-Neuf no es lugar de paseo. Quie¬nes toman por él lo hacen para evitar un rodeo y ganar unos pocos minutos. Pasa por allí un público de personas atareadas, cuya única preocupación es ir deprisa y sin des¬viarse. Hay aprendices con delantales de trabajo, operarias que van a entregar la labor, hombres y mujeres con paque¬tes bajo el brazo; hay también ancianos que caminan penosamente por el taciturno crepúsculo que baja de la cristalera, y bandadas de chiquillos que acuden, al salir de la escuela, para meter bulla corriendo y golpeando las bal¬dosas con los zuecos. Se oye durante todo el día un ruido seco y presuroso de pasos que retumban en la piedra con irritante irregularidad; nadie habla; nadie se detiene; cada cual va a lo suyo, deprisa, con la cabeza gacha y paso raudo, sin echar ni una mala ojeada a los comercios. Los tenderos miran con inquietud a los transeúntes que, por milagro, se detienen ante sus escaparates.
Por la noche, tres mecheros de gas, metidos en faroles amazacotados de forma cuadrada, dan luz al pasadizo. Están esos mecheros colgados de la cristalera, sobre la que proyectan manchas de rojiza claridad, y derraman cercos de pálido resplandor que se estremecen y parecen esfu¬marse de vez en cuando. Toma entonces el pasadizo la siniestra apariencia de un auténtico puerto de arrebataca¬pas, se alargan por las baldosas sombras gigantescas, llegan desde la calle ráfagas húmedas; diríase una galería subte¬rránea que alumbra la desvaída luz de tres lámparas fune¬rarias. Los comerciantes se contentan, por toda ilumina¬ción, con el magro resplandor que envían hasta sus escaparates los mecheros de gas; sólo encienden en su local una lámpara de pantalla, que colocan en una esqui¬na del mostrador; y los transeúntes pueden vislumbrar entonces lo que hay en lo hondo de esos agujeros donde, en el transcurso del día, mora la noche. En la negruzca hile¬ra de fachadas, resplandecen los cristales de un cartonero: las llamas amarillas de dos lámparas de petróleo horadan la oscuridad. Y, en la pared opuesta, una vela colocada en un tubo de quinqué pone estrellas de luz en la caja de bisutería. La vendedora dormita en lo hondo del armario, con las manos metidas bajo la toquilla.
Hace no muchos años, enfrente de esa vendedora había una tienda cuyas maderas verde botella rezumaban humedad por todas las rendijas. En la muestra, que era una tabla larga y estrecha, ponía en letras negras la palabra: «Merce¬ría», y en uno de los cristales de la puerta había un nom¬bre de mujer: «Thérèse Raquin» , escrito en letras rojas. A izquierda y derecha se embutían dos hondos escaparates forrados de papel azul.
Durante el día, la vista sólo podía columbrar el conteni¬do del escaparate, entre un mitigado claroscuro.
A uno de los lados, había unas cuantas prendas de lence¬ría: unos gorros de tul encañonados, que valían dos o tres francos; unos manguitos y unos cuellos de muselina; y tam¬bién prendas de punto, medias, calcetines, tirantes. Dichas prendas, amarillentas y arrugadas, colgaban todas ellas, lastimosamente, de sendos ganchos de alambre. Estaba, pues, el escaparate repleto, de arriba abajo, de harapos blancuzcos que, en la transparente oscuridad, adquirían un lúgubre aspecto. Los gorros nuevos, de un blanco más luminoso, eran como manchas de cruda claridad en el papel azul que cubría la tablazón; y los calcetines de color, colgados de una varilla, toques oscuros entre la desvaída e inconcreta palidez de la muselina.
En el escaparate del otro lado, más estrecho, se escalo¬naban gruesos ovillos de lana verde, botones negros cosi¬dos en cartulinas blancas, cajas de todos los colores y todos los tamaños, redecillas de cuentas de acero colocadas enci¬ma de redondeles de papel azulado, manojos de agujas de hacer media, modelos de punto de cruz, cintas enrolladas, una acumulación de objetos ajados y sin brillo que debían de llevar cinco o seis años durmiendo en aquel lugar.
Todos los colores se habían vuelto de un gris sucio en aquella vitrina, que pudrían el polvo y la humedad.
A eso de las doce del mediodía, en verano, cuando el sol abrasaba las plazas y las calles con rayos leonados, podía vislumbrarse tras los gorros del primer escaparate un per¬fil pálido y serio de mujer joven. Surgía confusamente aquel perfil de las tinieblas que reinaban en la tienda. De la frente estrecha y escueta arrancaba una nariz larga, estrecha y afilada; los labios eran dos finos trazos de color rosa pálido; y un pliegue flexible y carnoso unía la barbilla, breve y enérgica, al cuello. No podía verse el cuerpo, que se perdía en la sombra; sólo asomaba el perfil, de blancura mate, que horadaba un ojo de pupila negra, muy abierto, aparentemente agobiado bajo la frondosa cabellera oscu¬ra. Se quedaba ese perfil quieto y sosegado durante horas y más horas, entre dos gorros en los que las varillas húmedas habían dejado alargadas manchas de orín.
Por la noche, cuando estaba encendida la lámpara, podía verse el interior de la tienda. Era más larga que ancha; en uno de los lados había un mostrador pequeño; en el otro, una escalera de caracol llevaba a las habitacio¬nes del primer piso. Adosados a las paredes había arma¬rios, vitrinas, hileras de cajas de cartón verde; cuatro sillas y una mesa completaban el mobiliario. El recinto parecía desnudo, gélido; el género, empaquetado y recogido en varios rincones, no andaba repartido por doquier con su alegre algazara de colores.
Solía haber dos mujeres sentadas detrás del mostrador: la joven del perfil serio y una anciana que sonreía entre sueños. Tenía ésta alrededor de sesenta años; el rostro, lleno y pálido, blanqueaba a la luz de la lámpara. Un oron¬do gato atigrado, acurrucado en una esquina del mostra¬dor, la miraba dormir.
Sentado en una silla más baja, un hombre de unos trein¬ta años leía o conversaba con la joven. Era bajo, encanija¬do, de aspecto lánguido; tenía el pelo de un rubio deslava¬zado, la barba rala, el rostro cubierto de pecas; parecía un niño enfermo y mimado.
Poco antes de las diez, la anciana se despertaba. Cerra¬ban la tienda, y toda la familia subía a acostarse. El gato ati¬grado iba detrás de sus amos, ronroneando y frotando la cabeza contra todos los barrotes de la barandilla.
La vivienda del piso de arriba se componía de tres habi¬taciones. La escalera desembocaba en un comedor que hacía también las veces de salón. A la izquierda, una estufa de loza, empotrada en un nicho; enfrente, un aparador; había también unas cuantas sillas pegadas a las paredes; una mesa redonda, con las alas abiertas, ocupaba el centro de la estancia. Al fondo, detrás de un tabique acristalado, estaba una cocina oscura. A cada lado del comedor, había un dormitorio.
La anciana se metía en su cuarto tras haber dado un beso a su hijo y a su nuera. El gato se quedaba dormido en una silla de la cocina. El matrimonio entraba en su habita¬ción, que tenía otra puerta que daba a una escalera que iba a desembocar en el pasadizo por una galería oscura y estrecha.
El marido, que tiritaba de fiebre constantemente, se metía en la cama; mientras tanto, la joven abría la ventana para cerrar los postigos. Permanecía unos minutos frente a ese elevado muro negro, de basto enfoscado, que sube y rebasa de la galería. Paseaba por el muro una mirada per¬dida y, sin decir nada, se acostaba a su vez, con desdeñosa indiferencia.
 
CAPÍTULO II
La señora Raquin había tenido una mercería en Vernon. Vivió durante casi veinticinco años en una tienda pequeña de dicha ciudad. Unos años después de fallecer su marido, le entró el cansancio y vendió el negocio. Los ahorros que tenía, junto con el importe de esa venta, le proporcionaron un capital de cuarenta mil francos que, tras invertirlo, le rentaba dos mil francos, cantidad esta que no podía por menos de bastar de sobra a sus necesidades. Vivía como una reclusa, ajena a las alegrías y las zozobras de este mundo; se había hecho con una existencia de paz y sosegada dicha.
Tomó en arriendo por cuatrocientos francos una casita cuyo jardín llegaba hasta la orilla del Sena. Era una vivien¬da apartada y discreta con un remoto aroma a claustro. Se llegaba a ese retiro por una senda estrecha que corría entre dilatadas praderas; las ventanas de la vivienda daban al río y a las lomas desiertas de la otra orilla. La buena seño¬ra, que pasaba ya de los cincuenta, se encerró en aquellas soledades, que le proporcionaron sereno gozo, junto a su hijo Camille y su sobrina Thérèse.
Contaba Camille a la sazón veinte años. Su madre lo mimaba como si aún fuera un chiquillo. Lo adoraba por habérselo disputado a la muerte durante una larga juven¬tud colmada de sufrimientos. El niño padeció, sucesiva¬mente, todas las fiebres y todas las enfermedades que darse puedan. La señora Raquin peleó durante quince años contra esos males terribles que venían, uno tras otro, a arrebatarle a su hijo. Los venció a todos con su paciencia, sus cuidados y su adoración.
A Camille, aunque creció y se salvó de la muerte, le que¬daron para siempre los escalofríos de tan reiterados tras¬tornos, que le dejaron la carne dolorida. Siguió siendo bajo y enfermizo, por habérsele estorbado el crecimiento. Movía los miembros entecos despacio y cansinamente. Y aquella debilidad que lo doblegaba hacía que su madre lo quisiera todavía más. Miraba la pobre carita macilenta con triunfal ternura y pensaba que le había dado la vida más de diez veces.
Durante las escasas treguas que le dejó la enfermedad, el niño asistió a una escuela de comercio de Vernon. Aprendió en ella ortografía y aritmética. Quedó su ciencia limitada a las cuatro reglas y un conocimiento muy somero de la aritmética. Tomó, más adelante, clases de escritura y contabilidad. La señora Raquin se echaba a temblar en cuanto le aconsejaban que enviase a su hijo a un interna¬do; estaba segura de que se moriría si se separaba de ella, decía que los libros lo matarían. Camille se quedó hecho un ignorante y su ignorancia le aportó algo así como una debilidad añadida.
A los dieciocho años, sin oficio ni beneficio, como se aburría mortalmente en aquellas suavidades con que lo rodeaba su madre, entró de dependiente en un comercio de tejidos. Ganaba sesenta francos al mes. Por ser de índo¬le inquieta, la ociosidad se le hacía insoportable. Estaba más sosegado y con mejor salud cuando se entregaba a aquella faena embrutecedora, a aquel trabajo subalterno que lo tenía todo el día encorvado sobre facturas y larguí¬simas sumas, todas y cada una de cuyas cifras desgranaba pacientemente. Por la noche, rendido, con la cabeza vacía, experimentaba infinitos goces voluptuosos al caer en un hondo embotamiento. Tuvo que pelear con su madre para entrar a trabajar en el comercio de tejidos, pues ella quería tenerlo siempre consigo, entre dos mantas, lejos de los accidentes de la vida. El joven habló como quien confía en la propia autoridad; exigió el trabajo de la misma forma que otros niños exigen juguetes, no por sentido del deber, sino por instinto, por una necesidad natural. La ter¬nura, la abnegación de su madre lo habían dotado de un egoísmo feroz; estaba convencido de que sentía cariño por quienes lo compadecían o lo mimaban; pero, en realidad, vivía aparte, ensimismado; sólo lo preocupaba su bienestar e intentaba por todos los medios posibles acrecentar sus satisfacciones. Cuando, a la postre, llegó a asquearle el enternecido afecto de la señora Raquin, se volcó con delei¬te en una tarea estúpida que lo libraba de las tisanas y las pociones. Luego, al caer la tarde, cuando regresaba de la oficina, vagabundeaba por las orillas del Sena con su prima Thérèse.
Thérèse andaba por los dieciocho años. Un día, dieci¬séis años antes, cuando la señora Raquin era aún mercera, su hermano, el capitán Degans, llegó con una chiquilla en brazos. Venía de Argelia.
—Aquí te traigo a esta niña; eres su tía —le dijo, sonrien¬te—. Su madre ha muerto... Yo no sé qué hacer con ella. Te la doy.
La mercera cogió a la criatura, le sonrió, la besó en las sonrosadas mejillas. Degans se quedó ocho días en Ver¬non. Su hermana apenas si le hizo preguntas acerca de aquella niña que le entregaba. Se enteró por encima de que la chiquitina había nacido en Orán y de que su madre había sido una mujer indígena de gran belleza. El capitán le entregó, una hora antes de marcharse, una partida de nacimiento en la que Thérèse, a la que había reconocido, llevaba su apellido. Se fue y no volvieron a verlo; pocos años después, lo mataron en África.
Thérèse creció tendida en la misma cama que Camille, sometida a los mismos mimos cálidos de su tía. Tenía una salud de hierro y la criaron como a una niña enfermiza: compartía las medicinas que tomaba su primo, no salía de la tibieza de la habitación del enfermito. Permanecía durante horas acurrucada junto al fuego, pensativa, mirando las llamas de frente, sin entornar los párpados. Aquella vida forzosa de convaleciente la encerró en sí misma; adquirió la costumbre de hablar en voz baja, de caminar sin hacer ruido, de quedarse callada y quieta en una silla, con los ojos abiertos y sin mirada. Y cuando alza¬ba un brazo, cuando adelantaba un pie, se notaba en ese cuerpo elasticidad felina, músculos cortos y enérgicos, todo un caudal de energía, todo un caudal de pasión, amodorrados en su adormecida carne. Un día, a su primo le dio un desmayo; se cayó y Thérèse lo alzó y lo llevó a cuestas, con ademán brusco; y aquel alarde de fuerza le puso unas anchas chapetas abrasadoras en el rostro. Ni aquella existencia enclaustrada ni el debilitante régimen de vida que le imponían consiguieron privar de vigor su cuerpo flaco y robusto; pero el rostro se le volvió de un color pálido, levemente amarillento, con lo que, a la som¬bra, parecía casi fea. A veces, se acercaba a la ventana y miraba las casas de enfrente sobre las que caían las oleadas de oro del sol.
Cuando la señora Raquin vendió el negocio y se retiró a la casita a orillas del río, Thérèse se estremeció de dicha para sus adentros. Tantas veces le había repetido su tía: «No hagas ruido, estáte quieta», que guardaba, celosamen¬te escondidas, todas las espontáneas fogosidades de su carácter. Contaba con una soberana sangre fría y una apa¬rente calma, tras la que se ocultaban terribles arrebatos. Parecía estar siempre en el cuarto de su primo, junto a un niño moribundo, y tenía los ademanes mansos, los silen¬cios, la placidez, las palabras dichas a medias de una ancia¬na. Cuando vio el jardín, el río blanco, las dilatadas lomas verdes que se alzaban en el horizonte, sintió deseos salva¬jes de correr y gritar; notó que el corazón le golpeaba con fuerza dentro del pecho; pero no se le alteró ni un múscu¬lo de la cara, se limitó a sonreír cuando su tía le preguntó si le gustaba la casa nueva.
La vida le fue ahora más grata. Siguió con el mismo porte flexible, con el mismo rostro sosegado e indiferente, siguió siendo la niña criada en la cama de un enfermo; pero vivió en su fuero interno una existencia ardiente y arrebatada. Cuando estaba sola, en la hierba, a la orilla del agua, se tendía bocabajo, como un animal, con los ojos sombríos y dilatados y el cuerpo arqueado, a punto de sal¬tar. Y allí se quedaba durante horas, sin pensar en nada, dejando que la consumiese el sol, dichosa al poder hundir los dedos en la tierra. Tenía sueños locos; contemplaba con desafío el río rugiente, imaginaba que el agua se iba a abalanzar sobre ella y a atacarla; se tensaba entonces, se aprestaba a defenderse, se preguntaba airada cómo podría vencer su oleaje.
Por la noche, calmada y silenciosa, cosía Thérèse junto a su tía; su rostro parecía dormitar a la luz que caía blanda¬mente de la pantalla. Camille, desplomado en un sillón, pensaba en sus sumas. Sólo alguna palabra dicha en voz baja turbaba de vez en cuando la paz de aquella morada dormida.
La señora Raquin miraba con serena bondad a su pare¬jita. Había resuelto casarlos. Seguía tratando a su hijo como a un moribundo; se estremecía de temor cuando pensaba que ella habría de morirse un día y dejarlo solo y enfermo. Y contaba entonces con Thérèse, se decía que la joven sería una atenta enfermera para Camille. Su sobri¬na, con aquel aspecto sosegado, aquella muda abnega¬ción, le inspiraba una confianza ilimitada. Sabía cómo se comportaba; quería que su hijo la tuviera de ángel de la guarda. Ese matrimonio era un desenlace previsto y deci¬dido.
Los jóvenes estaban al tanto, desde hacía mucho, de que tendrían que casarse un día. Crecieron sabiéndolo, y esa idea se convirtió así para ellos en algo anunciado y natural. La familia hablaba de esa unión como de un aconteci¬miento necesario y fatal. La señora Raquin había dicho: «Esperaremos a que Thérèse cumpla los veinte». Y espera¬ron pacientemente, sin fiebre ni rubor.
Camille, cuya sangre se había empobrecido con la enfer¬medad, nada sabía de los acerbos deseos de la adolescen¬cia. Seguía siendo un niño con su prima, la besaba igual que besaba a su madre, por costumbre, sin perder nada de su tranquilidad egoísta. Veía en ella a una compañera complaciente que impedía que se aburriera demasiado y, de vez en cuando, le preparaba una tisana. Cuando jugaba con ella, cuando la tomaba en sus brazos, le parecía que estaba abrazando a un muchacho; no sentía en su carne estremecimiento alguno. Y nunca se le pasó por las mien¬tes, en momentos de ésos, besar los cálidos labios de Thérèse, que se defendía riendo con risa nerviosa.
También la joven seguía, en apariencia, fría e indiferen¬te. Clavaba, no obstante, de vez en cuando los grandes ojos en Camille y se lo quedaba mirando durante varios minu¬tos con fijeza soberanamente reposada. En momentos así, sólo los labios se le estremecían con leves movimientos imperceptibles. Nada podía leerse en aquel rostro impasi¬ble que, por efectos de una voluntad implacable, siempre era dulce y atento. Cuando se mencionaba la boda, Thérèse se ponía seria y se limitaba a asentir con la cabeza a cuan¬to decía la señora Raquin. Camille se quedaba dormido. Al atardecer, durante el verano, los dos jóvenes se esca¬paban para ir a la orilla del agua. Se irritaba Camille con los continuos cuidados de su madre; se rebelaba, quería correr, ponerse enfermo, librarse de aquellos mimos que le daban náuseas. Animaba entonces a Thérèse a seguirlo, la provocaba para que luchasen y se revolcasen en la hier¬ba. Un día empujó a su prima y la derribó; la joven se levantó de un brinco con fiereza animal y, con el rostro encendido y los ojos encarnados, se abalanzó sobre él con ambos brazos en alto. Camille se dejó caer al suelo. Tenía miedo.
Pasaron los meses y los años. Llegó el día fijado para la boda. La señora Raquin se llevó a Thérèse aparte, le habló de su padre y de su madre, le contó la historia de su naci¬miento. La joven escuchó a su tía y luego le dio un beso, sin responder palabra.
Esa noche Thérèse, en vez de entrar en su cuarto, que estaba a la izquierda de la escalera, entró en el de su primo, que estaba a la derecha. Aquel día, no hubo más cambios en su vida. Y, al día siguiente, cuando el joven matrimonio bajó, Camille mostraba aún su enfermiza lan¬guidez, su bendita tranquilidad egoísta. Thérèse seguía con la misma indiferencia suave, con el mismo rostro de expresión contenida, de pavorosa tranquilidad.
 
CAPÍTULO III
Ocho días después de la boda, Camille le comunicó muy claramente a su madre que quería irse de Vernon y vivir en París. La señora Raquin puso el grito en el cielo: tenía la vida organizada y no quería cambiar ni una sola de sus cir¬cunstancias. A su hijo le dio un ataque de nervios; y la ame¬nazó con caer enfermo si no le daba ese capricho.
—Nunca me he opuesto a tus proyectos —le dijo—; me he casado con mi prima, he tomado cuantos remedios me has querido dar. Qué menos que ahora quiera algo y tú estés de acuerdo conmigo... Nos iremos a finales de mes.
La señora Raquin no durmió en toda la noche. La deci¬sión de Camille daba un vuelco a su vida; y ella intentaba con desesperación cambiar el rumbo de su existencia. Poco a poco, fue recuperando la calma. Pensó en que el joven matrimonio podría tener hijos y entonces ya no bas¬taría con su modesta fortuna. Había que ponerse otra vez a ganar dinero, volver al comercio, dar con una ocupación lucrativa para Thérèse. Al día siguiente, ya estaba hecha a la idea de irse y había edificado el plan de una vida nueva.
A la hora de comer, estaba muy alegre.
—Esto es lo que vamos a hacer —les dijo a sus hijos—. Me voy a ir a París mañana, para buscar una mercería peque¬ña, y Thérèse y yo volveremos a vender hilos y agujas. Así no nos aburriremos. Tú, Camille, puedes hacer lo que quieras, o salir de paseo a tomar el sol o buscarte un empleo.
—Me buscaré un empleo —respondió el joven.
Lo cierto era que lo único que había impulsado a Cami¬lle a esa partida era una necia ambición. Quería estar empleado en unas oficinas importantes; se ruborizaba de gusto cuando se veía a sí mismo, en sueños, en un amplio despacho, con unos manguitos de lustrina y una pluma en la oreja.
A Thérèse no le consultaron; siempre había hecho gala de tanta obediencia pasiva que su tía y su marido no se molestaban ya en pedirle una opinión. Iba a donde ellos iban, hacía lo que ellos hacían, sin una protesta, sin un reproche, como si ni siquiera se diese cuenta de que cam¬biaba de lugar.
La señora Raquin fue a París y se encaminó directamen¬te al pasadizo de Le Pont-Neuf. Una solterona anciana de Vernon le había dado las señas de una pariente suya que llevaba un comercio de mercería en dicho pasadizo y que¬ría dejarlo. A la ex mercera le pareció la tienda un poco pequeña y un poco oscura; pero, al cruzar París, la habían amedrentado el barullo de las calles y el lujo de los artícu¬los expuestos en los comercios; y aquel estrecho pasadizo, aquellos escaparates modestos le recordaron su antigua tienda, tan tranquila. Pudo creerse aún en provincias, res¬piró, pensó que sus hijos tan queridos serían felices en aquel ignoto rincón. El precio moderado que pedían por las existencias la decidió: se las vendían por dos mil fran¬cos. El alquiler del local y del piso primero era sólo de mil doscientos francos. La señora Raquin, que tenía ahorra¬dos cerca de cuatro mil francos, calculó que podía pagar las existencias y el alquiler del primer año sin merma de su caudal. El sueldo de Camille y los beneficios del comercio bastarían, se decía, para atender las necesidades cotidia¬nas; de esta forma, no tendría que tocar sus rentas y deja¬ría que el capital fuese creciendo para sus nietos.
Volvió radiante a Vernon; dijo que había encontrado una joya, un rincón delicioso en pleno París. Poco a poco, al cabo de unos cuantos días, la tienda húmeda y oscura se convirtió, en las charlas de por la noche, en un palacio: volvía a verla, en sus recuerdos, cómoda, amplia, tranquila, dotada de mil considerables ventajas.
—¡Ay, mi buena Thérèse! —decía—. ¡Lo felices que vamos a ser en ese rinconcito! Hay tres habitaciones muy hermo¬sas en el piso de arriba... El pasadizo está muy animado... Pondremos unos escaparates preciosos... Ya verás que no nos va a dar tiempo a aburrirnos.
Hablaba y hablaba. Se le despertaban todos los instintos de sus tiempos de mercera. Daba consejos de antemano a Thérèse en lo tocante a la venta, las compras, las artimañas del pequeño comercio. La familia dejó, por fin, la casa a orillas del Sena; ese mismo día, al caer la tarde, se estaba instalando en el pasadizo de Le Pont-Neuf.
Cuando Thérèse entró en la tienda en la que iba a vivir en adelante, le pareció que la estaban metiendo en la tie¬rra de miga de una fosa. Se le puso en la garganta algo semejante a una náusea, le entraron escalofríos de miedo. Miró el pasadizo sucio y húmedo, inspeccionó el local, subió al primer piso, recorrió todas las habitaciones; aque¬llos cuartos desnudos, sin muebles, asustaban por su soledad y su deterioro. La joven no hizo gesto alguno; no dijo ni palabra. Se sentía como de hielo. Su tía y su marido habían bajado; se sentó encima de un baúl con las manos agarro¬tadas y la garganta colmada de sollozos, pero sin poder llorar.
La señora Raquin sintió un gran apuro al enfrentarse con la realidad y se avergonzó de sus sueños. Probó a de¬fender su adquisición. Para cada nuevo inconveniente que se iba presentando, se le ocurría una solución, justificaba la oscuridad diciendo que estaba nublado y, a guisa de recapitulación, aseguraba que bastaría con pasar una es¬coba.
—¡Bah! —contestaba Camille—. Es todo muy aceptable... Además, aquí sólo subiremos por la noche. Yo no volveré antes de las cinco o las seis... Y vosotras dos estaréis juntas y no os aburriréis.
Nunca habría aceptado el joven vivir en semejante tugu¬rio si no hubiera contado con la acogedora comodidad de su oficina. Se decía que: estaría todo el día en ella, bien calentito, y por la noche se acostaría temprano.
La tienda y la vivienda estuvieron desordenadas una semana larga. Ya desde el primer día, Thérèse se sentó detrás del mostrador y no se movió de ahí. La señora Raquin se extrañó ante aquel estado de ánimo tan apaga¬do; había creído que la joven intentaría hacer más acoge¬dora su casa; que pondría flores en las ventanas; que pedi¬ría empapelados nuevos, visillos, alfombras. Cuando le proponía algún arreglo, alguna mejora, su sobrina le res¬pondía apaciblemente:
—¿Y para qué? Así estamos muy bien. No necesitamos lujos.
La señora Raquin tuvo que arreglar ella las habitaciones y poner un poco de orden en la tienda. Thérèse acabó por ponerse nerviosa al ver cómo daba vueltas sin parar; cogió una asistenta y obligó a su tía a que se sentase a su lado.
Camille tardó un mes en encontrar empleo. Procuraba ausentarse de la tienda cuanto le era posible y andaba ocioso y de paseo todo el día. Acabó por aburrirse tanto que habló de regresar a Vernon. Por fin entró en las ofici¬nas de los ferrocarriles de Orleáns. Ganaba cien francos al mes. Su sueño se había cumplido.
Por las mañanas, salía a las ocho. Bajaba por la calle de Guénégaud hasta llegar a los muelles. Entonces, a pasitos cortos y con las manos metidas en los bolsillos, iba borde¬ando el Sena desde el Instituto  hasta el Jardín Botánico. Aquel largo recorrido, que hacía dos veces al día, nunca le resultaba cansado. Miraba cómo fluía el agua, se detenía para ver pasar los trenes de madera que iban río abajo. No pensaba en nada. Con frecuencia, se quedaba a pie firme delante de Notre-Dame, mirando los andamios que cu¬brían la iglesia, que estaba en obras por entonces. Aque¬llos maderos gruesos le hacían gracia, aunque no sabía por qué. Luego, al pasar, echaba una ojeada al Puerto de los Vinos, contaba los coches de punto que venían de la estación. Por la tarde, atontado, dándole vueltas en la cabeza a cualquier necedad que habían contado en la ofici¬na, cruzaba por el Jardín Botánico e iba a ver a los osos si no tenía mucha prisa. Se quedaba allí media hora, inclina¬do sobre el foso, siguiendo con la mirada a los osos, que se bamboleaban torpemente; le agradaba la apariencia de aquellos animalotes; los miraba fijamente con los labios entreabiertos y los ojos redondos, sintiendo una satisfac¬ción estúpida al verlos ir de un lado para otro. Al fin se decidía a volver a su casa, arrastrando los pies, pendiente de los transeúntes, los coches, las tiendas.
Cenaba nada más llegar y se ponía a leer a continuación. Había comprado las obras de Buffon y, cada noche, se fija¬ba la obligación de leer veinte o treinta páginas, pese al aburrimiento que sentía con semejante lectura. Leía tam¬bién, en entregas de diez céntimos, la Historia del Consula¬do y del Imperio de Thiers, y la Historia de los girondinos de Lamartine. Y, además, obras de vulgarización científica. Creía que así velaba por su formación. A veces, obligaba a su mujer a que atendiese y le leía algunas páginas, algunas anécdotas. Lo asombraba sobremanera que Thérèse pudie¬ra quedarse pensativa y en silencio toda una velada, sin sen¬tir la tentación de coger un libro. En el fondo de sí mismo, admitía que su mujer era de inteligencia muy pobre.
Thérèse rechazaba los libros con impaciencia. Prefería estar sin hacer nada, con los ojos fijos y el pensamiento indeciso y perdido. Por lo demás, mostraba siempre un humor uniforme y acomodaticio; ponía toda su voluntad en hacer de sí un instrumento pasivo, de complacencia y abnegación sumas.
El negocio iba sin sobresaltos. Las ganancias eran regu¬larmente iguales todos los meses. La clientela la compo¬nían las operarias del barrio. Cada cinco minutos, entraba una joven y se gastaba unos pocos céntimos. Thérèse aten¬día a las compradoras con palabras siempre idénticas y una sonrisa que le subía mecánicamente a los labios. La señora Raquin hacía gala de más ductilidad, era más char¬latana y, a decir verdad, era ella quien atraía y conservaba la parroquia.
Los días fueron transcurriendo iguales durante tres años. Camille no faltó ni una vez a la oficina; su madre y su mujer apenas si salieron de la tienda. Thérèse vivía en una oscuridad húmeda, en un silencio taciturno y agobiante y veía cómo la vida se extendía ante ella, desnuda, trayendo consigo cada noche el mismo lecho frío y cada mañana el mismo día huero.
 
 
CAPÍTULO IV
Cada siete días, los jueves por la noche, la familia Raquin recibía. Encendían en el comedor una lámpara de gran tamaño y ponían a la lumbre un hervidor para hacer té. Era todo un acontecimiento. Aquella velada destacaba sobre las demás; se había afincado en los hábitos de la familia como una orgía burguesa desaforadamente alegre. No se acostaban hasta las once.
La señora Raquin volvió a coincidir en París con uno de sus antiguos amigos, el comisario de policía Michaud, des¬tinado durante veinte años en Vernon, en donde vivía en la misma casa que la mercera. Nació así entre ellos una estre¬cha confianza; más adelante, cuando la viuda vendió el negocio para irse a vivir a la casa a orillas del río, se fueron perdiendo poco a poco de vista. Michaud se marchó a la capital pocos meses después, para gastarse apaciblemente en París, en la calle de Seine, los mil quinientos francos que le correspondían de retiro. Un día de lluvia, se encon¬tró con su antigua conocida en el pasadizo de Le Pont-¬Neuf; esa misma noche, vino a cenar a casa de los Raquin.
Quedaron así establecidas las recepciones de los jueves. El ex comisario de policía tomó la costumbre de acudir puntualmente todas las semanas. Acabó por traer consigo a su hijo Olivier, un joven alto, de treinta años, flaco y seco, que estaba casado con una mujer muy menuda, pausada y enfermiza. Olivier tenía en la prefectura de policía un empleo en el que ganaba tres mil francos; Camille se lo envidiaba mucho. Era oficial de primera en las oficinas de la Brigada de Orden y Seguridad. Ya desde el primer día, Thérèse aborreció a aquel joven tieso y frío, que creía hon¬rar la tienda del pasadizo sólo con pasear por ella la flacu¬ra de su corpachón y los desfallecimientos de su infeliz mujer.
Camille trajo consigo otro invitado, un empleado que llevaba ya mucho tiempo en los ferrocarriles de Orleáns. Grivet trabajaba en esas oficinas desde hacía veinte años, era primer oficial y ganaba dos mil cien francos. Era de su incumbencia el reparto del trabajo a los empleados de la sección de Camille, y éste le tenía cierto respeto; en sus sueños, se decía que Grivet había de morirse algún día y que quizá podría él ocupar su puesto al cabo de unos diez años. Grivet quedó satisfechísimo de la forma en que lo recibió la señora Raquin y volvió todas las semanas con irreprochable regularidad. Seis meses después, la visita del jueves era para él un deber: acudía al pasadizo de Le Pont-¬Neuf de la misma forma que acudía todas las mañanas a la oficina, mecánicamente, movido por un instinto imbécil.
A partir de aquel momento, las reuniones fueron gratísi¬mas. A las siete, la señora Raquin encendía el fuego, colo¬caba la lámpara en el centro de la mesa, ponía junto a ella un juego de dominó, pasaba un paño al juego de té que estaba en el aparador. A las ocho en punto, Michaud padre y Grivet coincidían delante de la tienda, procedente uno de la calle de Seine y el otro, de la calle Mazarine. Entraban y toda la familia subía al primer piso. Se senta¬ban en torno a la mesa y esperaban a Olivier Michaud y su mujer, que siempre llegaban con retraso. Cuando ya esta¬ban todos, la señora Raquin servía el té, Camille volcaba la caja de fichas de dominó encima del hule y se ensimisma¬ban en el juego. Sólo se oía ya el choque de las fichas. Des¬pués de cada partida, los jugadores charlaban durante uno o dos minutos; luego volvía el silencio, taciturno, repleto de golpes secos.
Thérèse jugaba con una indiferencia que irritaba a Camille. Se ponía en el regazo a François, el gato gordo y atigrado que la señora Raquin había traído de Vernon y lo acariciaba con una mano mientras colocaba las fichas con la otra. Las veladas del jueves eran para ella un suplicio; con frecuencia decía que se encontraba indispuesta, se quejaba de una fuerte jaqueca para no tener que jugar, para quedarse sin hacer nada, medio dormida. Con un codo encima de la mesa y la mejilla apoyada en la palma de la mano, miraba a los invitados de su tía y de su marido y los veía a través de la humareda, parecida a una neblina amarilla, que soltaba la lámpara. Aquellas caras la exaspe¬raban. Las miraba sucesivamente con hondo asco y sordos arrebatos de irritación. Michaud padre mostraba un ros¬tro macilento con manchas rojas, uno de esos rostros muertos de anciano chocho; Grivet era de cara estrecha, ojos redondos, labios delgados de cretino; Olivier, a quien se le marcaban los huesos en las mejillas, tenía un cuerpo ridículo que remataba, con mucha formalidad, una cabeza tiesa e insignificante; en cuanto a Suzanne, la mujer de Olivier, era palidísima, con mirada perdida y rostro blan¬do. Y Thérèse no hallaba ni un hombre, ni una persona viva, entre aquellos seres grotescos y tétricos con los que estaba encerrada; a veces, la asaltaban alucinaciones; le parecía que estaba enterrada en lo más hondo de un sepulcro junto con cadáveres mecánicos que meneaban la cabeza y movían las piernas y los brazos cuando se tiraba del hilo. El ambiente cargado del comedor la asfixiaba; el estremecido silencio y los resplandores amarillentos de la lámpara hacían que la invadiera un espanto inconcreto, una angustia indecible.
Abajo, en la puerta de la tienda, habían puesto una cam¬panilla cuyo agudo tintineo avisaba si entraba una parro¬quiana. Thérèse aguzaba el oído; cuando sonaba la campa¬nilla, bajaba deprisa, aliviada, dichosa de poder irse del comedor. Despachaba despacio. Cuando se quedaba sola, se sentaba detrás del mostrador, se demoraba allí cuanto podía, temiendo tener que subir de nuevo, saboreando una auténtica dicha por no tener ya a Grivet y Olivier ante los ojos. El aire húmedo de la tienda le calmaba la fiebre que le abrasaba las manos. Y volvía a caer en esa ensoñación adusta que le era habitual.
Pero no podía estar allí mucho tiempo. A Camille lo enojaba su ausencia. No podía entender que, los jueves por la noche, alguien prefiriese la tienda al comedor. Así que se asomaba a la barandilla y buscaba a su mujer con la vista.
—¿Qué pasa? —voceaba—. ¿Qué haces ahí? ¿Por qué no subes?... Grivet tiene una suerte endiablada. Ha ganado otra vez.
La joven se levantaba trabajosamente y volvía a sentarse frente a Michaud padre, que sonreía de forma repulsiva con labios colgantes. Y hasta las once seguía desplomada en la silla, con François en brazos, mirándolo para no ver los muñecos de cartón que la rodeaban haciendo muecas.
 
CAPÍTULO V
Un jueves, al volver de la oficina, Camille trajo consigo a un mocetón de espaldas cuadradas, al que hizo entrar en la tienda con mucha confianza.
—Madre —preguntó a la señora Raquin, poniéndoselo delante—, ¿reconoces a este caballerete?
La anciana mercera miró al mocetón, rebuscó en sus recuerdos y no halló nada. Thérèse contemplaba la escena con cara plácida.
—¡Cómo! —exclamó Camille—. ¿No te acuerdas de Lau¬rent, de Laurent hijo, del chico del tío Laurent, ese que tiene unos campos de trigo tan hermosos por la parte de Jeufosse?... ¿No te acuerdas de él?... Íbamos juntos al cole¬gio; venía a buscarme por las mañanas, según salía de casa de su tío, que era vecino nuestro, y tú le dabas rebanadas de pan con mermelada.
La señora Raquin se acordó de pronto de aquel chiqui¬llo, y lo encontró muy crecido. Hacía por lo menos veinte años que no lo veía. Quiso hacerle olvidar la atolondrada acogida con un caudal de recuerdos y con halagos completamente maternales. Laurent había tomado asiento; son¬reía apaciblemente, contestaba con voz clara, recorría cuanto lo rodeaba con mirada tranquila y campechana.
—¡Fijaos! —dijo Camille—. Este pillastre lleva dieciocho meses trabajando en la estación de los ferrocarriles de Orleáns y hasta esta noche no nos hemos encontrado y reconocido. ¡Es una compañía tan grande y tan impor¬tante!
El joven hizo el comentario abriendo mucho los ojos y apretando los labios, muy ufano por ser el humilde engra¬naje de una gran maquinaria. Y siguió diciendo, mientras asentía con la cabeza:
—Huy, pero a él le van muy bien las cosas. Tiene estudios y gana ya mil quinientos francos... Su padre lo mandó al colegio, interno; ha estudiado derecho y pintura. ¿Verdad, Laurent?... Te quedas a cenar con nosotros.
—De mil amores —contestó llanamente Laurent.
Se quitó el sombrero y tomó acomodo en la tienda. La señora Raquin fue corriendo a meterse entre sus cazuelas. Thérèse, que aún no había dicho ni palabra, miraba al re¬cién llegado. Nunca había visto a un hombre. Laurent, alto, fuerte, de lozano rostro, la tenía asombrada. Contemplaba con una suerte de admiración esa frente estrecha, que coronaba una áspera cabellera negra, esas mejillas llenas, esos labios rojos, ese rostro de rasgos regulares, de belleza sanguínea. La mirada se le detuvo por un momento en el cuello de aquel hombre, un cuello ancho y corto, carnoso y fuerte. Luego se quedó absorta en la contemplación de aquellas manazas, que Laurent tenía abiertas y apoya¬das en las rodillas. Eran de dedos cuadrados; el puño cerrado debía de ser gigantesco y habría podido derribar un buey. Laurent era un auténtico hijo de campesino, de porte un tanto torpe, espalda abombada, gestos lentos y rotundos, aspecto reposado y tozudo. Se intuían, bajo la ropa, los músculos rotundos y desarrollados y todo el cuer¬po, de carne densa y firme. Y Thérèse lo inspeccionaba con curiosidad, yendo de los puños al rostro, sintiendo leves escalofríos cuando los ojos se le detenían en aquel cuello de toro.
Camille sacó los tomos de Buffon y las entregas de diez céntimos, para que su amigo viera que él también estudia¬ba. Luego, como respondiendo a una pregunta que lleva¬ba unos instantes haciéndose, le dijo a Laurent:
—Pero si tienes que conocer a mi mujer. ¿No te acuerdas de aquella primita mía que jugaba con nosotros en Vernon?
—Enseguida me he dado cuenta de quién es la señora —contestó Laurent, mirando a Thérèse cara a cara.
La joven sintió algo parecido a una incomodidad ante aquella mirada directa, que parecía ahondar en ella. Son¬rió forzadamente, cruzó unas cuantas palabras con Lau¬rent y con su marido, y se apresuró luego a irse con su tía. Estaba sufriendo.
Se sentaron a la mesa. Nada más empezar con la sopa, Camille se sintió en la obligación de dar conversación a su amigo.
—¿Cómo está tu padre? —le preguntó.
—Pues no lo sé —repuso Laurent—. Estamos reñidos; hace cinco años que ya no nos escribimos.
—¡No puede ser! —exclamó el empleado, asombrado ante tamaña monstruosidad.
—Pues sí, es que el bueno de mi padre es muy suyo... Como siempre está en pleitos con los vecinos, me dio estudios pensando que, así, más adelante iba a tener un abogado que le ganase todos los juicios... Huy, es que el tío Laurent no tiene más que ambiciones prácticas; quiere sacarles partido incluso a sus extravagancias.
—¿Y no quisiste ser abogado? —preguntó Camille, cada vez más pasmado.
—Pues no —repuso su amigo, riéndose—. Estuve dos años haciendo que iba a clase, para cobrar la renta de mil dos¬cientos francos que mi padre me pasaba. Vivía con uno de mis compañeros

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