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TABARÉ.29 Oct 13 - 18:43 Tabaré Juan Zorrilla de San Martín Tabaré, poema nacional del Uruguay, el poema de la conquista, es una leyenda indígena escrita en verso, que está formada por más de 4.500 versos y dividida en tres libros. Esta obra es un canto épico-lírico exaltando al indio charrúa representando a toda su raza, perseguidos en su tierra, hoy Uruguay, a la llegada de los españoles. DEDICATORIA A mi esposa Elvira Blanco de Zorrilla. Te dedico TABARE... Y qué he de hacer? Si fuera a esperar la época en que podré o no producir algo digno de ti, tendría que renunciar a la satisfacción de escribir tu nombre, que me es tan querido, al frente de una de mis obras. Te lo dedico, pues; a ti, la inspiradora de aquellos mis primeros cantos de amor que aun me parece escuchar a la distancia, coma una serenata que acaba de pasar por mi lado, y cuyos acordes lejanos se desvanecen en una queja llena de melancolía. Viejo ya, aunque sin canas, quizá sin muchos años, siento llegar hasta mí, fundidas en un solo acorde, las últimas notas de aquellos cantos de adolescente y las primeras risas de nuestros hijos. Hay algo de todo eso en la inspiración, que ha dado vida, más o menos efímera, a este poema: hay, por consiguiente mucho que es tuyo; tu espíritu y el mío palpitan identificados en él. Sin duda por eso he mirado a Tabaré con predilección; tú lo sabes pues ha sido tu rival durante muchas de esas pocas horas que el trabajo incesante o las preocupaciones de mi agitada vida me han dejado libre, y que hubieran sido tuyas y de nuestros hijos si no me las hubiera reclamado con derecho el pobre indio, soñada personificación de una estirpe muerta que, cuando menos, tiene derecho a nuestra compasión. Cuántas veces, aunque no muy de grado, ahuyentaste de mi mesa de labor, a nuestra querida y bulliciosa caterva para hacer silencio en torno de la cura de mi charrúa! Quiero devolverte esas horas dedicándote la obra a que ellas fueron consagradas. Lee una que otra vez a nuestros hijos algunas de las estrofas de este pedazo de historia de nuestra patria, de esta su hermosa patria uruguaya, que con tanto tesón les enseñamos a amar después de Dios. Si ellos llegaron a advertir que esta página íntima está echada en el destierro, recuérdales, pues tú lo sabes, que no debe culparse de ello a la patria, y enseñarles a preferir siempre el sufrimiento, que tú has sobrellevado conmigo, al abandono de su misión moral en la tierra. No sin algún pesar me separo de Tabaré para darlo al público. El ha sido mi compañero inseparable y bueno durante estos últimos años de tantas amarguras para mi espíritu y, lo que es peor, de tantas desgracias para nuestro país. Pero va a tus manos, y esto hace menos sensible la despedida. Que tú quieres también un poco a mi indio, cine tú lo mirarás con menos indiferencia de lo que él acaso merece, me lo demuestra el hecho de haber tú sentido una antipatía y una repulsión invencibles, hacia D. Gonzalo de Orgaz porque lo hirió de muerte en el bosque. Si a ti se te hubiera dado a elegir el desenlace de mi poema, yo bien se cuál hubiera elegido. No podía ser! No: tu idea era imposible. Blanca (tu raza, nuestra raza) ha quedado viva sobre el cadáver del charrúa. Pero, en cambio, las últimas notas que escucharás en mi poema son los lamentos de la española y la oración del monje; la voz de nuestra raza y el acento de nuestra fe: la caridad cristiana y la misericordia eterna. El poeta no puede decir mentiras por más dulces que ellas sean. Te ríes? Pues no te lo digo en broma. El arte es la verdad, la alta verdad inoculada en la ficción como un sople vivificante y eterno: de ahí que la verdad, lo real en el arte, no esté en la forma, como lo eterno en el hombre no está en el cuerpo. Y la prueba de ello la tienes en que la alta verdad, la excelsa realidad del pensamiento alma de la creación artística, ha inmortalizado y conducido triunfantes a través de los siglos, obras de formas diversas y hasta radicalmente opuestas, formas que recorren un diapasón tan extenso como el que media (te citaré dos obras que tú conoces) entre La Tempestad, de Shakespeare y el Quijote de Cervantes. El arte contribuye poderosamente a la felicidad y al mejoramiento sociales; sabes porqué? Será porque copia o reproduce lo que existe materialmente, lo que todo el mundo ve y toca, y porque consigue despertar en el hombre las mismas impresiones que las escenas reales despiertan en él? Todo lo contrario. El arte contribuye al mejoramiento social, porque por medio de el, el común de las gentes participa de la visión de los hombres excepcionales, y se eleva y ennoblece en la contemplación de aquello cuya existencia no conocería si el poeta no lo dijera: levanta la frente: sube conmigo a las regiones de la belleza: la atmósfera es pura porque acaba de atravesar la tempestad del genio que como las tempestades de la tierra purifica el ambiente. En una palabra: el arte no es otra cosa que la reproducción sensible de la vida, ideal. Y la vida única de la inteligencia es la verdad, como la única vida de la voluntad es el bien. De ahí que la única fuente de belleza artística, sea el pensamiento en que el bien se difunde y la verdad esplende: de ahí que, como antes te decía, el poeta no pudo decir mentiras. Yo debía, pues, decir la verdad en Tabaré: inocularla en el organismo literario que amasaba con el limo de nuestra tierra virgen y hermosa. No extrañes que haya elegido una verdad llena de inmensa tristeza: las que más aprietan el corazón son las que más eficazmente lo exprimen, las que lo hacen verter su jugó más íntimo. El de mi alma va en Tabaré: Por eso te ofrezco en una fecha que nos es querida.1 Buenos Aires, 19 de Agosto de 1886 1 Después de escrita esta página que respeto hasta en sus incorrecciones, antes de darla a la prensa, mi esposa ha muerto... He bendecido la voluntad de Dios que me la dio y me la quitó; he ofrecido a Dios, como holocausto propiciatorio, los pedazos de mi corazón que el destrozó. Con la absoluta evidencia de la fe, sólo veo en el dolor el mundo de las divinas misericordias. Sea. I Levantaré la losa de una tumba; E internándome en ella, Encenderé en el fondo el pensamiento Que alumbrará la soledad inmensa. Dadme la lira, y vamos: la de hierro, La más pesada y negra; Esa, la de apoyarse en las rodillas, Y sostenerse con la mano trémula, Mientras azota el viento temeroso Que silba en las tormentas, Y, al golpe del granizo restallando, Sus acordes difunde en las tinieblas; La de cantar sentado entre las ruinas Como el ave agorera; La que arrojada al fondo del abismo, Del fondo del abismo nos contesta. Al desgranarse las potentes notas De sus heridas cuerdas, Despertarán los ecos que han dormido Sueño de siglos en la oscura huesa; Y formarán la estrofa que revele Lo que la muerte piensa; Resurrección de voces extinguidas, Extraño acorde que en mi mente suena. II Vosotros, los que amáis los imposibles, Los que vivís la vida de la idea; Los que sabéis de ignotas muchedumbres. Que los espacios infinitos pueblan, Y de esos seres que entran en las almas Y mensajes oscuros les revelan, Desabrochan las flores en el campo, Y encienden en el cielo las estrellas; Los que escucháis quejidos y palabras En el triste rumor de la hoja seca, Y algo más que la idea del invierno Próximo y frío a vuestra mente llega, Al mirar que los vientos otoñales Los árboles desnudan, y los dejan Ateridos, inmóviles, deformes, Como esqueletos de hermosuras muertas; Seguidme hasta saber de esas historias Que el mar y el cielo y el dolor nos cuentan; Que narran el ombú de nuestras lomas, El verde canelón de las riberas, La palma centenaria, el camalote, E.' ñandubay, los talas y las ceibas: La historia de la sangre de un desierto, La triste historia de una raza muerta. Y vosotros aun más, bardos amigos, Trovadores galanos de mi tierra, Vírgenes de mi patria y de mi raza Que templáis el, laúd de los poetas; Seguidme juntos a escuchar las notas De una elegía que en la patria nuestra El bosque entona cuando queda solo, Y todo duerme entre sus ramas quietas; Crecen laureles, hijos de la noche, Que esperan liras para asirse a ellas, Allá en la oscuridad en que aun palpita El grito del desierto y de la selva. III ¿Extraña y negra noche? ¿Dónde vamos? ¿Es cielo esto o tierra? ¿Es lo de arriba? ¿Lo de abajo? Es lo hondo, Sin relación, ni espacio, ni barreras. Sumersión del espíritu en lo obscuro, Reino de las quimeras, En que no sabe el pensamiento humano Si desciende, o asciende, o se despeña, El caos de la mente que pujante La inspiración ordena; Los elementos vagos y dispersos Que amasa el genio y en la forma encierra. Notas, palabras, llantos, alaridos. Plegarias, anatemas. Formas que pasan, puntos luminosos, Gérmenes de imposibles existencias: Vidas absurdas en eterna busca De cuerpos que no se encuentran, Días y noches en estrecho abrazo, Que espacio y tiempo en que vivir esperan; Líneas fosforescentes y fugaces, Y que en los ojos quedan Como estrofas de un himno bosquejado, O gérmenes de auroras o de estrellas; Colores que se enfunden y repelen En inquietud eterna, Ansias de luz, primeras vibraciones Que no hayan ritmo, no dan lumbre, y cesan; Tipos que hubieran sido y no fueron Y que aún el ser esperan, Informes creaciones, que se mueven Con una vida extraña e incompleta. Proyectos, modelados por el tiempo, De razas intermedias; Principios sutilísimos que oscilan Entre la forma errante y la materia; Voces que llaman, que interrogan siempre Sin encontrar respuesta; Palabras de un idioma indefinible Que no han hablado las humanas lenguas; Acordes que, al brotar, rompen el arpa, Y en los aires revientan Estridentes, sin ritmo, como notas De mil puntos dispersos que se encuentran, Y se abrazan en vano sin fundirse, Y hasta esa misma repulsión ingénita Forma armonía, pero rara, absurda, Música indescriptible, pero inmensa; Rumor de silenciosas muchedumbres, Tumultos que se alejan... Todo se agita en ronda atropellada, En esta obscuridad que nos rodea; Todo asalta en tropel al pensamiento, Que en su seno penetra A hacer inteligente lo confuso, A enfrentar lo que huye y se rebela; A consagrar el ritmo y el sonido La dulce unión eterna, La del color y el alma con la línea De la palabra virgen con la idea. Todo brota en tropel, al levantarse La poderosa piedra, Como bandada de aves que chirriando Brota del fondo de profunda cueva; Nube con vida que, cobrando forma Variables y quiméricas, Se contrae, se alarga y se revuelve Por sí misma empujada en las tinieblas. Allí cuajó en mí mente, obedeciendo A una atracción secreta Y entre risas y llantos, y alaridos, Se alzó la sombra de la raza muerta; De aquella raza que pasó desnuda Y errante por mi tierra, Como el eco de un ruego no escuchado Que, camino del cielo, el viento lleva. Tipo soñado, sobre el haz surgido De la infinita niebla; En sueño de una noche sin aurora, Flor que una tumba alimentó en sus grietas; Cuando veo tu imagen impalpable Encarnar nuestra América, Y fundirse en la estrofa transparente, Darle su vida, y palpitar en ella; Cuando creo formar el desposorio De tu ignorada esencia Con esa forma virgen, que los genios Para su amor o su dolor encuentran; Cuando creo infundirte, con mi vida, El ser de la epopeya Y legarte a mi patria y a mi gloria Grande como mi amor y mi impotencia; El más hábil contacto de las formas Desvanece tu huella, Como el contacto de la luz, se apaga El brillo sin color de las luciérnagas. Pero te vi. Flotabas en lo obscuro, Como un jirón de niebla; Afluían a ti, buscando vida, Como a su centro acuden las moléculas. Líneas, colores, notas de un acorde Disperso, que frenéticas Se buscaban en ti; palpitaciones Que en ti buscaban corazón y arterias; Miradas que luchaban en tus ojos Por imprimir su huella, Y lágrimas y anhelos esperanzas Que en tu alma reclamaban existencia: Todo lo de la raza: lo inaudito, Lo que el tiempo dispersa, Y no cabe en la forma limitada, Y hace estallar la estrofa que lo encierra. Ha quedado en mi espíritu tu sombra, Como en los ojos quedan Los puntos negros de contornos ígneos Que deja en ellos una lumbre intensa... Ah! no, no pasarán, como la nube Que el agua inmóvil en su faz refleja; Como esos sueños de la media noche Que en la mañana ya no se recuerdan: Yo te ofrezco, oh ensueño de mis días! La vida de mis cantos, que en la tierra Vivirán más que yo... ¡Palpita y anda, Forma imposible de la estirpe muerta! LIBRO PRIMERO CANTO PRIMERO I El Uruguay y el Plata Vivían su salvaje primavera; La sonrisa de Dios de que nacieron Aun palpita en las aguas y en las selvas; Aun viste el espinillo Su amarillo típoy; aun en la hierba Engendra los vapores temblorosos Y a la calandria en el ombú despierta; Aun dibuja misterios En el mburucuyá de las riberas, Anuncia el día, y por la tarde enciende Su último beso en la primera estrella; Aun alienta en el viento Que cimbra blandamente las palmeras. Que remece los juncos de la orilla Y las hebras del sauce balancea; Y hasta el río dormido Baja en el rayo de las lunas llenas, Para enhebrar diamantes en las olas, Y resbalar o retorcerse en ellas. II Serpiente azul de escamas luminosas Que, sin dejar sus ignoradas cuevas, Se enrosca entre las islas, y se arrastra Sobre el regazo virgen de la América, El Uruguay arranca a las montañas Los troncos de sus ceibas Que, entre espumas e inmensos camalotes Al río como mar y al mar entrega. El himno de sus olas Resbala melodioso en sus arenas, Mezclando sus solemnes pensamientos Con el del blanco acorde de la selva; Y al grito temeroso Que lanzan en los aires sus tormentas, Contesta el grito de una raza humana Que aparece desnuda en las riberas. Es la raza charrúa De la que el nombre apenas Han guardado las hondas y los bosques Para entregar sus notas al poema; Nombre que aun reproduce La tempestad lejana, que se acerca Formando los fanales del relámpago Con las pesadas nubes cenicientas. Es la raza indomable Que alentó en una tierra Patria de los amores y las glorias, Que al Uruguay y al Plata se recuesta; La patria, cuyo nombre Es canción en el arpa del poeta, Grito en el corazón, luz en la aurora, Fuego en la mente, y en el cielo estrella. III La encuentra el pensamiento antes que el hombre Antiguo la sorprenda, En lucha con la tierra y con el cielo, Y en su salvaje libertad envuelta. Para ella, el horizonte cierra el mundo Con un muro de piedra; Tras él duermen las tardes y las lunas; Tras él la aurora duerme y se despierta, Cruza el salvaje errante La soledad de la llanura inmensa Y el amarillo tigre, como él hosco, Como él fiero y desnudo, la atraviesa. El tigre brama; el indio Contesta en el silbido de su flecha. ¿Dónde va? ¿Qué persigue? Tras su paso, Sobre ese hermoso suelo, ¿qué nos deja? ¿Para él está formada Esa encantada tierra Que a los diáfanos cielos de Diciembre Les devuelve una flor por cada estrella? ¿Para él sus grandes ríos Cantando se despeñan Los himnos inmortales de sus ondas? ¿Qué fue esa raza que Pasó sin huella? ¿Fue el último vestigio De un mundo en decadencia? ¿Crepúsculo sin día? ¿Noche acaso Que surgió obscura de la luz eterna? La eterna lumbre sólo engendra auroras. La noche, las tinieblas Son ausencia de luz; la eterna noche Es sólo del Creador la eterna ausencia. En esa raza, en su excelso origen Aun el vestigio queda, Como el toque de luz amarillento Que un sol que muere en los espacios deja. Hay lumbre en esos ojos siemprehuraños, Fuego que encienden sólo las ideas; Mas la lumbre se extingue, y una raza Falta de luz, se extinguirá con ella. Nacida para el bien, el mal la rinde; Destinada a la paz, vive en la guerra... ¡Hojas perdidas en su tronco enfermo El remolino las arrastra enfermas¡ IV A las tribus lejanas Convocan las hogueras Que encendió Caracé sobre las lomas Como gritos de fuego y de pelea. Caracé, en cuyo cuerpo Las heridas se cuentan Como las manchas en la piel del tigre, Y por eso le prestan obediencia. Caracé, en cuyo toldo Las pieles y sangrientas cabelleras De los caciques yaros y bohanes Que tu brazo arrancó, prueban su fuerza; Que tiene diez mujeres Que aguzan las espinas de sus flechas, Y los fuegos encienden de su toldo, Y el jugo de las plantas le fermentan, Nadie sabe los fríos Que ha vivido el cacique; pero cuentan Que allá en el tiempo de los soles largos, Al Uruguay llegó, desde la sierra. Lejana, muy lejana, Que ve salir el sol, cuando las ceibas En que hoy anida el águila, sentían Correr la savia en su primer corteza. Ya entonces había visto Cruzar las lunas en las horas lentas; Pero aun es joven cual si con sus manos Contar sus fríos Caracé pudiera; Aun en sus fuertes dedos Es la maza de piedra El brazo de la muerte que en las tribus Derrama el frío que en Ion huesos queda. V ¿Por qué el vicio cacique A las turbas congrega, Toma la maza y apercibe el arco Que nadie sino él cimbrar intenta? Por qué bajo sus párpados Brilla con luz siniestra La pupila pequeña y prolongada En que se encienden sus miradas fieras? ¿Acaso los bohanes La vencida cabeza Alzan de nuevo, y su guerrera lanza Del charrúa clavaron en la selva? ¿Acaso al otro lado Del río como mar, las humaredas Se ven del indio querandí, y provocan Del Uruguay la tribu turbulenta? No: Caracé no teme Que los indios se atrevan A encender junto al Hum un solo fuego Mientras seis lunas a brillar no vuelvan. Lo que hace que el cacique Ciña a su frente estrecha Las plumas de avestruz, y ajuste el ardo, Y al par del fuego, su mirada encienda, Es que tendido estaba En la playa desierta, Cuando vio que cruzaba por las islas Del Paraná-Guazú, piragua inmensa. Que como garza enorme, Flotaba entre la niebla Dando a los aires las extrañas alas, Y volando con rumbo a la ribera. El Uruguay en vano Sale a su encuentro y ladra bajo de ella; En vano, con sus olas encrespadas, Sus costados airados abofetea; La nave altiva: Lanza un grito del cielo que retiembla, Llega a la costa y, agarrando al río Por la erizada crin, en él se sienta. VI A Caracé el cacique Han rodeado las tribus más guerreras, Y entre el espeso matorral del río, Como banda escondida de luciérnagas, Los ojos de los indios fosforecen, Al ver sobre la arena Cómo descienden de la extraña nave Los hombres blancos de la raza nueva Y cómo, dando al viento Y clavando en el suelo su bandera, Se agrupan en su torno, y con sus voces La sorprendida soledad atruenan. ¡Extraños seres! Brillan A los rayos del sol. Nada recelan. Y las lomas los miran y el barranco; Y el Uruguay se empina y los observa, Y los indios ocultos Mutuamente se muestran, Con los brazos desnudos extendidos, El grupo extraño que al jaral se acerca. VII Entre inmenso alarido, Una lluvia rabiosa de saetas Parte del matorral, y de salvajes Un enjambre fantástico tras ellas. La bola arrojadiza Silba y choca del blanco en la cabeza, Cae al sepulcro el español herido Amortajado en su armadura negra, ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... Y los guerreros blancos Huyen despavoridos por las breñas, Dejando sangre en la salvaje playa Y una mujer en la sangrienta arena. Parece flor de sangre, Sonrisa de un dolor; es la primera Gota de llanto que, entre sangre tanta, Derramó España en nuestra tierra. Pálida como un lirio, Sola con vida entre los muertos queda. Caracé, que a su lado se detiene, Con avidez salvaje la contempla, Mientras los rudos golpes De las hachas de piedra Del postrado español en la armadura Y en los cráneos inmóviles resuenan. VIII "De los guerreros muertos Vuestra será la hermosa cabellera: Su blanca piel ajuste vuestros arcos, Y sus dientes adornen vuestras tiendas; Y sus extrañas armas, Ove brillan como el astro, serán vuestras; Y los tipoys que sus espaldas cubren Como las rojas flores a la ceiba. Caracé sólo quiere En tu toldo a la blanca prisionera, Que de su techo encenderá los fuegos, Los fuegos de] amor y de la guerra". Tal hablaba el cacique En sus brazos llevando a Magdalena Al bosque solitario de los talas En que el indio formó su madriguera. IX Hermanos del dolor, bardos amigos, Trovadores galanos de mi tierra, Que me seguís en la jornada obscura A través del misterio de la selva: Ensayad en el alma El acorde otoñal: la noche llega. El acorde que suena cuando el ave Vuelve en silencio al nido que la espera; Y hasta el lirio más pálido del campo Para dormir en paz su bronce cierra, Y su perfume virgen Con el amor de otros perfumes sueña. Vosotros, los que al paso de la tarde Inclináis tristemente la cabeza, Y amáis el cielo cuando en él agita Su ala tremante la primera estrella; Calzaos las sandalias Con que hasta el alma del dolor se llega. Sí el alma vuestra, oh, bardos!, Bañada en el Jordán de la tristeza, Es pura como la última palabra Que acaso os dijo vuestra madre muerta, Llegaos en silencio Al tálamo sangriento de la selva... Es ya de noche; los rumores lloran... ¡No despertéis a la española enferma CANTO SEGUNDO I Cayó la flor al río! Los temblorosos círculos concéntricos Balancearon los verdes camalotes, Y en el silencio del juncal murieron. Las aguas se han cerrado; Las algas despertaron de su sueño, Y a la flor abrazaron, que moría, Falta de luz, en el profundo légamo... Las grietas del sepulcro Han engendrado un lirio amarillento; Tiene el perfume de la flor caída. Su misma palidez... La flor ha muerto! Así el himno sonaba De los lejanos ecos; Así cantaba el urutí en las ceibas. Y se quejaba en el sauzal el viento. Siempre llorar la vieron los charrúas; Siempre mirar al cielo, Y más allá... Miraba lo invisible Con sus ojos azules y serenos. El cacique a su lado está tendido. Lo domina el misterio; Hay luz en la mirada de la esclava. Luz que alumbra sus lágrimas de fuego, Y ahuyenta al indio, al derramar en ellas Ese dulce reflejo De que se forma el nimbo de los mártires, La diáfana sonrisa de los cielos. Siempre llorar la vieron los charrúas, Y así pasaba el tiempo. Vedla sola en la playa. En esa lágrima Rueda por sus mejillas un recuerdo. Sus labios las sonrisas olvidaron. Sólo brotan de entre ellos Las plegarias, vestidas de elegías, Como coros de vírgenes de un templo. III Un niño, llora. Sus vagidos se oyen Del bosque en el secreto, Unidos a las voces de los pájaros Que cantan en las ramas de los ceibos. Le llaman Tabaré. Nació una noche Bajo el obscuro techo En que el indio guardaba a la cautiva A quien el niño exprime el dulce seno. Le llaman Tabaré. Nació en el bosque De Caracé el guerrero; Ha brotado en las grietas del sepulcro Un lirio amarillento. Sonrisa del dolor, hijo del alma, ¡Alma de mis recuerdos! Lo llamaba gimiendo la cautiva Al estrecharlo en el materno pecho. Y al entonar los cánticos cristianos Para arrullar su sueño: Los cantos de Belén que al fin escucha La soledad callada del desierto. Los escuchan las dulces alboradas, Los balbucen los ecos Y, en las tardes que salen de los bosques, Anda con ellos sollozando el viento. Son los cantos cristianos, impregnados De inocencia y misterio, Que acaso aquella tierra escuchó un día, Como se siente el beso de un ensueño. IV El indio niño en las pupilas tiene El azulado cerco Que entre, sus hojas pálidas ostenta La flor del cardo en pos de un aguacero, Los charrúas, que acuden a mirarlo, Clavan sus ojos negros En los ojos azules de aquel niño Que se reclina en el materno seno. Y lo oyen y lo miran asombrados Como a un pájaro nuevo Que, unido a las calandrias y zorzales, Ensaya entre las ramas sus gorjeos. Mira el niño a la madre. Está llorando, Lo mira y mira el cielo, Y envía en su mirada al infinito Un amor que en el mundo es extranjero. Mas ya ama al bosque, porque da su sombra Al indiecito tierno; Ya es para ella más azul el aire, Más diáfano el ambiente y más sereno. La tarde, al descender sobre su alma, Desciende como el beso De la hermana mayor sobre la frente, Del hermanito huérfano; Y tiene ya más alas su plegaria, Su llanto más consuelo, Y más risa la luz de las estrellas, Y el rumor de los sauces más misterio. ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... V ¿Adónde va la madre silenciosa? Camina a paso lento Con el niño en los brazos. Llega al río. ¡Es la hermosa mujer del Evangelio ¡E invoca a Dios en su misterio augusto! Se conmueve el desierto. Y el indio niño siente en su cabeza De su bautismo el fecundante riego. La madre le ha entregado sollozando El gran legado eterno. El Uruguay, al ofrecer sus aguas Entona en el juncal un himno nuevo. Se eleva, en transparentes espirales El primitivo incienso; Una invisible aparición derrama De su nimbo la luz entre los ceibos. Se adivinan cantares A medio pronunciar que flotan trémulos. Y de que seres absortos los escuchan Se cree sentir el contenido aliento; Hay sonrisas posadas Entre los puros labios entreabiertos De un invisible coro que, en el aire, Bate a compás sus alas en silencio. Hay contacto del cielo con la tierra... ¡Es que hay allí misterio! Vacila el hombre ante su influjo y mudo Cierra los ojos, para ver más lejos. VI Madre: ¡no llores más! Siempre en tus ojos Gotas de llanto veo Que humedecen tu voz y tus miradas, Tus cantos y tus besos; Con ese llanto siempre Al despertar te encuentro Quién lleva, pobre madre, tantas lágrimas Hasta el mismo silencio de tus sueños? ¡No llores más! Porque no llores nunca Yo rezo, siempre rezo La oración qué despierta en mis auroras Y se duerme conmigo cuando duermo. ¿Por qué lloras? Las tribus no te ofenden. ¿Oyes? Están muy lejos. Beben sangre de Palmas y algarrobos, Y después dormirán no tengas miedo. En la cruz que reciben las plegarias, En esa que has clavado entre los ceibos, A hacer su nido bajarán los ángeles Y a recoger mis ruegos. No llores, que la virgen invisible Que me enseñas a amar, vendrá por ellos. Y a ti también te besará en la frente, Y a nuestro lado velará tu sueño. La madre sollozaba; Estrechaba a su hijo sobre el seno, Y sus miradas húmedas Escalaban los mundos ascendiendo. Huían de la tierra, hasta posarse En el regazo eterno Pero el cielo ansiosas descendían El indio niño a acariciar de nuevo. VII Cayó la flor al río, Y en el obscura légamo Derramó su perfume entre las algas. Se ha marchitado, ha muerto. Las algas la estrecharon En sus brazos de hielo... Ha brotado en las grietas del sepulcro Un lirio amarillento. VIII Duerme, Hijo mío. mira: entre las ramas Está dormido el viento; Así tu llanto No será acerbo. Yo empaparé de dulces melodías Los sauces y los ceibos, Y enseñaré a los pájaros dormidos A repetir mis cánticos maternos. El niño duerme, Duerme sonriendo. La madre lo estrechó dejó en su frente Una lágrima inmensa, en ella un beso, Y se acostó a morir. Lloró la selva Y, al entreabrirse, sonreía el cielo. XI ¿Sentís la risa? Caracé el cacique Ha vuelto ebrio, muy ebrio. Su esclava estaba pálida, muy pálida... Hijo y madre ya duermen los dos sueños. LIBRO SEGUNDO CANTO PRIMERO I ¿Quién ata las pasadas sensaciones En haces de quimeras Que, al roce de un recuerdo no buscado Juntas en el cerebro se despiertan, Y nadando en un medio indefinible Con nuestras almas piensan? Las notas ignoradas que en la noche Hasta nosotros llegan ¿Por quién son recogidas, ajustadas A un ritmo misterioso, a una cadencia, Para formar ese himno prolongado Con que las sombras ruega: Esa flotante ebullición sonora Que en el aire semeja De mil voces distintas y lejanas Los ayes, las palabras o las quejas Que a extinguirse temblando a nuestro lado Como heridas se acercan? ¿Quién llora con la luna en los sepulcros, Y ríe en las estrellas. Y respira en las auras otoñales, Y anima la hoja seca, Y es Perfume en la flor. iota en la lluvia Y en la Pupila idea? Acaso en los espacios infinitos Que el hombre no penetra, La vida y la armonía se difunden En cuyas formas entran, Corno elemento indispensable y justo, Los ignorados llantos de la tierra. Los ayes de las razas extinguidas, Su soledad eterna, Los destinos obscuros, lo, suspiros, Las lágrimas secretas. Los latidos que el mundo no comprende Y en la eterna armonía se condensan. vosotros, los que améis losimposibles, Los que vivís la vida de la idea, Los que sabéis de ignotas muchedumbres Que los espacios infinitos pueblan; Los que escucháis quejidos y palabras Donde el silencio reina Y algo más que la idea del invierno Os sugiere el rodar de la hoja seca. Escuchad el acorde arrebatado Al rumor misterioso de la selva, La voz de aquella noche sin aurora Que difunde, su sombra en mi leyenda. II La corriente del tiempo, En brazos del pasado, Como el cadáver de otros tantos hijos, Ha dejado los años tras los años. Al tramontar las lomas Del Uruguay, el astro Deja envuelto en la sombra de las islas A un villorrio español, que fue fundado En la desierta margen donde el río San Salvador, hermoso tributario Del Uruguay, derrama en éste Su caudal, entre sauces y guayabos. El pueblo aquel, sentado en el desierto Como un aventurero temerario, ¿Es algo más que una visión de gloria? ¿Brotó del suelo o descendió de lo alto? Sus cimientos han sido varias veces Con sangre de dos razas amasados; Sus techos convertidos en hogueras, Varias veces al campo iluminaron; Y ya, más de una vez en la colina Quedaron sus escombros solitarios, Como los negros miembros de un gigante Por la zarpa del tigre hecho pedazos. Desde el fondo del bosque, los charrúas Observan los bastiones castellanos, Las rudas estancadas De troncos de algarrobos y quebrachos Antemura sin fosos ni poternas, Remedo de baluarte que, hacia el campo Defiende el caserío Cuyos techos se asoman al barranco. Techos pajizos de bambú, con hebras de la raíz del ñapindá amarrados; Muros de tierra negros Entre despojos de bateles náufragos, Que rodean la casa construida Por Juan de Ortiz, el viejo adelantado, Con sillares de piedra Que el tiempo y los incendios respetaron; Tal es la población conquistadora En que aun tremola el pabellón hispano, Sereno corno siempre El desierto sin nombre desafiando, En una tierra, madriguera hermosa Del indio más bizarro De los que aullaron y aguzaron flechas En el salvaje mundo americano: Como el cachorro oculto bajo el cuerpo Del tigre provocado, Así se esconde la uruguaya tierra De su indómito rey bajo los arcos. El indio ruge, al escuchar la planta Del extranjero blanco, Con rugidos de rabia y de deseo, Siempre en acecho, cauteloso, huraño. Brilla el ojo del indio en la espesura; Suena por todos lados Su alarido feroz; brotan rabiosos De entre las flores sus agudos dardos. ¿Dónde se esconden? Donde esconde el viento Sus gritos ignorados. Donde esconde la muerte las lumbreras Que enciende sobre el haz de los pantanos. Allí donde tan sólo se ve un grupo De chircas o de cardos, Hay rostros, escondidos en la sombra, Siempre despiertos, sangre olfateando. Allá en el matorral algo se mueve... ¿Quién trepa en el barranco? ¿Sentís un grito en la lejana orilla? Es la muerte... si vais, veréis su rastro. ¿Qué hay más allá? Lo ignoto, lo imprevisto, Quizá lo sobrehumano; Algo más que la muerte, más oscuro... ¿Quién se llega hasta él? ¿Quién va a retarlo? España va, la cruz de su bandera, Su incomparable hidalgo; La noble raza madre en cuyo pecho Si un mundo se estrelló, se hizo pedazos, El pueblo altivo que, en la edad sin nombre, Era el cerebro acaso Del continente muerto, Ya sumergido en el abismo Atlántico. Que, no teniendo en sí, para el cadáver De aquel coloso espacio. Dejó asomar, sobre la vasta tumba Miembro insepulto, el mundo americano, Sólo España ¿quién más? sólo ella pudo, Con pasmo temerario. Luchar con lo fatal desconocido; Despertar el abismo y provocarlo; Llegarse a herir el lomo del desierto Dormido en el regazo De la infinita soledad su madre, Y en él cavar el pabellón cristiano, Y resistir la convulsión suprema Del monstruo aquél al revolverse airado, Sin que el pavor le acongojara el alma, Ni el resistir le desarmara el brazo. III En las torcidas calles del villorio La guarnición se ve diseminada: Quién aguza en la piedra El hierro de su lanza, Quién enluce un mohoso Capacete, o remalla Alguna vieja cota, o busca en vano Sobre la gola encaje a la celada; Quién las piezas ajusta De sus gastadas armas, Espaldares o antiguas escarcelas De coseletes varios arrancadas; Mientras allá, a la sombra Tendido en una acacia, Algún soldado arrulla sus recuerdos Con un cantar querido de la patria. El brazo desfallece, Sin que por ello desfallezca el alma De los rudos guerreros españoles Que para dar la postrimer lanzada, Persiguen y no encuentran El corazón de la invencible raza Que prolonga el honor de su agonía Más allá de su vista legendaria En el cobrizo Pecho de algún indio Postrado en la batalla, Las escamas grabadas y arabescos Se hallaron de las cotas Y corazas. De los blancos guerreros que el charrúa, Con fuerza extraordinaria, Estrujaba en el nudo de sus brazos Que la Muerte tan sólo desataba; Y en los dientes de muchos, O en sus manos crispadas Trozos sangrientos de enemiga carne Con vestigios de vida palpitaban Pero jamás un ruego, Nunca una Sola lágrima Plegó los labios ni anublo los ojos Del sueño de las selvas uruguayas. IV Sapicán, el cacique mas anciano, Ya cayó en la batalla Después que Por Garay en la llanura Vio deshechas sus tribus más bizarras. Sopló la Muerte y apagó en sus ojos, Sedientos de venganza El último fulgor. Pero aun la muerta Bel indio en las pupilas amenaza, Cuando las tribus, con clamor inmenso, Del combate separan Su cadáver, envuelto en los vapores De la caliente sangre que derrama. Murió; pero en la noche, cuando el astro No alumbra las barrancas Y se duermen las víboras, y agita Sólo el ñacurutú sus lentas alas; Cuando las sombras salen de los árboles Y con los vientos andan. Y la nutria nadando cruza el río, Y canta el grillo oculto entre las matas, El cacique aparece. Ya lo han visto las tribus espantadas Buscar en vano su arco entre los juncos 0 su maza de pórfido en las aguas. Cuando como jauría De lebreles con alas, Vientos de tempestad cruzan rabiosos Aullando de la selva entre las ramas; Cuando las nubes negras Se ven amontonadas Un momento no más sobre el relámpago Que por el fondo de los cielos pasa, Y las gotas de lluvia En las hojas restallan, Y golpean el lomo de los tigres Que encandilados y encogidos braman. La sombra silenciosa Cruza en los aires pálida, En medio la tormenta que acaudilla Con su antigua actitud siempre gallarda. Esa es su frente estrecha, Su cabellera lacia, Y su saliente pómulo, y sus ojos Pequeños, de pupila prolongada. Al acecho dispuesta Y a devorar distancias; A encenderse, a apagarse entre la sombra, Y a comprimir relámpagos de rabia. El viento que en su torno Los centenarios ñandubáis descuaja, No mueve ni un cabello del cacique Que a través de los árboles resbala, y si acaso dispersa Los miembros de la sombra alguna ráfaga De los vientos del Sur vuelven al punto A reunirse y cobrar la forma humana, El rayo no lo ofende Aunque a liarse a su cabeza vaya, O silbando en su cuerpo se retuerza Y lo ilumine con su lumbre cárdena. El indio sigue mudo, Buscando siempre su guerrera maza, Y a su paso los tigres se espeluznan Y las tribus se esconden espantadas. Las plumas erizando, Dando graznidos, el fulgor apagan De sus redondos ojos las lechuzas Que huyen a guarecerse en las barrancas. Hasta que, al oír el indio La primera canción que anuncia el alba, En el aire sutil pierde sus formas, Se diluye en la luz, se va o se apaga. V También Abayubá cayó en la lucha! Abayubá a quien llaman En vano con sus grandes alaridos Las tribus que el cacique acaudillaba. Era el joven amado Del viejo Sapicán; con sus palabras Encendía el valor de los charrúas Y con su paso y su actitud gallarda. Aun contaba sus fríos Por sus manos que, hiriendo con la maza, Eran rudas y fuertes como el viento Que sopla al Uruguay desde las pampas. ¡Cómo cayó! Al sentirse Pasado por el hierro de una lanza, Trepó por ésta hasta morir, cortando Con el diente afilado por la rabia. La rienda del caballo en cuya grupa El español acaba Con el puñal, la destructora brega Que la ocupada lanza comenzara. VI ¿Y Añagualpo, el gigante? ¿Y Yandicona? También sus sombras vagan En la noche sin lunas, y se envuelven En el triste vapor de las montañas. ¿Qué fue de Tabobá? También ha muerto Buscaba en el combate la venganza De Abayubá, cuando del sueño frío Sintió en los huesos la corriente helada. El fiero Magaluna. Ligero como el tigre, se abalanza Al cuello del corcel del enemigo Al que sus dientes y sus uñas clava: Se agita, grita, ruge. Mientras el jinete el pecho le traspasa: Sólo la muerte lo desprende, y yerto El cuerpo sólo se desploma y calla. No volverá a tenderse El arco de algarrobo que ajustaba La mano de Yaci, del joven indio Que daba muerte al yacaré en las aguas: No encenderá sus fuegos En el bosque del Hum ni en sus barrancas El valiente Terú; las sombras negras Gimen cuando se posan en sus armas. Maracopá y Abaroré no existen¡ ¡Gualconda ya es esclava! Ya no reirá la dulce Liropeya, La virgen más hermosa de la playa. Hija del tiempo de los soles largos, Que brillan en las ramas Cuando el botón del ceibo se revienta Como urna de sangre. Por llevaría A sus toldos de pieles, muchos indios Se hendieron con sus hachas;, Venció Yandubayú, Pero la virgen En vano llora y al cacique aguarda. Murió Yandubayú, ¡también ha muerto? Jamás en su piragua Vendrá a buscar a Liropeya, nunca Se oirá su voz en medio la batalla. Los hijos valerosos De muchas indias, cuando no contaban Haber visto diez veces hojas nuevas. Abrir en el penacho de las palmas, Han caído en la lucha Dando débiles gritos de venganza; Sus brazos no eran fuertes y sus flechas Eran temidas sólo de las gamas. Los viejos que habían visto Nacer la primer luna, y en los talas En que hoy las uñas el leopardo afila Habían visto correr la primer savia, También hicieron arcos, Y aguzaron las puntas de las lanzas, Y fueron al combate lentamente Apoyados en ellas o arrastrándolas. Y todos han caído Unos tras otros en la diestra pampa; Y nadie abrió sus párpados; la noche Bajo de ellos quedó, la noche larga, Triste, sin lunas, la del viento negro, En la que nunca aclara. Ya no se mueven los caciques indios, No encienden fuegos; para siempre callan. VII Héroes sin redención y sin historia, Sin tumbas y sin lágrimas! ¡Estirpe lentamente sumergida En la infinita soledad arcana! ¡Lumbre espirante que apagó la aurora, Sombra desnuda muerta entre las zarzas Ni las manchas siquiera De vuestra sangre nuestra tierra guarda, Y aun viven los jaguares amarillos! ¡Y aun sus cachorros maman! ¡Y aun brotan las espinas que mordieron La piel cobriza de la extinta raza! Héroes sin redención y sin historia, Sin tumbas y sin lágrimas; Indómitos luchasteis... ¿Qué habéis sido? ¿Héroes o tigres? ¿Pensamiento o rabia? Como el pájaro canta en una ruina, El trovador levanta La trémula elegía indescifrable Que a través de los árboles resbala, Cuando os siente pasar en las tinieblas Y tocar con las alas Su cabeza, que entrega a los embates Del viento secular de las montañas. Sombras desnudas que pasáis de noche En pálidas bandadas Goteando sangre que, al tocar el suelo, Como salvaje imprecación estalla: Yo os saludo al pasar. ¿Fuisteis acaso Mártires de una patria, Monstruoso engendro a quien feroz la gloria Para besarlo, el corazón arranca? Sois del abismo en que la mente se hunde Confusa resonancia; Un grito articulado en el vacío Que muere sin nacer, que a nadie llama; Pero algo sois. El trovador cristiano Arroja, húmedo en lágrimas Un ramo de laurel a vuestro abismo... Por si mártires fuisteis de una patria! CANTO SEGUNDO I ¿Que queda entonces de la tribu errante Del Uruguay? ¿Qué de su altiva raza? Aun resta su agonía asida al suelo, La fiera agita su convulsa zarpa. Quedan indios aún para la muerte Que cautelosos por los bosques andan, Cual rebaños de tigres que en el pueblo Siempre encendidas sus pupilas clavan. De noche, por las lomas o entre el bosque, Como gritos de luz, se ven las llamas De señales charrúas que se cruzan, Se avivan, se repiten o se apagan; Y alguna vez, el temeroso aullido Que algún consejo al terminar levanta, Al pueblo llega, en ráfaga del aire, Como rumor de tempestad lejana. Un temor imprevisto y repentino Entonces suele atravesar las mallas; Los soldados se miran, y suspenden La ardiente relación de sus hazañas; Parece que en sus labios animados Tropezase un momento la palabra mas pronto, cuando advierten con despecho, Que, sin quererlo, ha vacilado el alma, Sus risas y burlescas maldiciones En el silencio momentáneo estallan Y, al amor de la lumbre, se reanuda Con nuevo ardor la interrumpida plática, II Don Gonzalo de Orgaz, joven bizarro, Manda en jefe la plaza; La cimera encarnada de su yelmo Marcó siempre el peligro en la batalla. Olvidó muchas veces en la lucha. El toque a retirada; Era noble y valiente, noble y bueno, Bueno y celoso de su estirpe hidalga. III ¿Por qué el valiente aventurero trajo Consigo a Doña Luz la castellana, y a su mujer expone a los peligros Que ambicionó para lustrar sus armas? Que hace a su lado. qué hace de sus días En esta vasta soledad: qué aguarda Esa otra niña, la de tez morena, Blanca, la hermosa, la inocente Blanca? ¿Para qué brillan esos ojos negros, Profundos hasta el alma. Y en que la luz del sol de Andalucía Brillo, de estrellas presta a las miradas? Exprimió el mismo seno que Gonzalo; Lloró la misma madre. y solitaria. Riendo con el cielo En que su madre se perdió llamándola. Quedó en el mundo sin más sombra amiga Que la armadura de su hermano hidalga; Allí recuerda su niñez reciente. Y espera el porvenir allí sentada. ¿Qué impulso los condujo A la salvaje tierra americana? ¡Quién sabe! Acaso el mismo misterioso Que une las notas que en el aire vagan. En prolongado acorde De transparentes arpas. Que suenan en el viento, en los recuerdos, En los vagos crepúsculos del alma. Que en las noches serenas, Y en los rayos de luna columpiadas, Se acercan, y se alejan y en los aires Las lentas trovas del dolor ensayan: Ese impulso secreto Que, aun de entre las lágrimas, Hace brotar a: veces las sonrisas Como luces que rielan en las aguas. Que el polen encendido Lleva de palma a palma. Y hace nacer los lirios en las tumbas. Y en el dolor abriga la esperanza. Quizá la niña, en cuyos dulces ojos Se mueven las miradas Como insectos de luz aprisionados En urnas de cristal negras y diáfanas, Allí, en la tierra en que una raza expira, Es la nota con alas Que mezclada a un acorde moribundo, De gritos de dolor hará plegarias. El Uruguay, al verla en sus orillas, Palpitaba en sus aguas, Y templaba en los juncos, y en la arena Dejaba notas, quejas y palabras. El astro que pasea las colinas, Con su dulce mirada Seguía a la española que en la tarde Paseaba tristemente por la playa; Y buscaba sus ojos cuando, sola, Sentada en la barranca, Quedaba confundida en las tinieblas Que sus esbeltas líneas esfumaban. Parece que este mundo americano A aquella niña aguarda Porque en sus ojos brillen sus estrellas, Porque su viento pueda acariciarla, Porque sus flores tengan quien recoja La esencia de sus almas Y las corrientes de sus grandes ríos Que oiga y ame sus canciones vagas. IV Era una hermosa tarde. Huía la sonrisa de los cielos En los labios del sol que la llevaba A imprimirla en la faz de otro hemisferio. De su excursión al bosque Tornan Gonzalo y diez arcabuceros, Fue eficaz la batida: un grupo de indios Viene sombrío caminando entre ellos. Otros muchos quedaron Tendidos en el campo; el viento fresco La sangre orea en las hispanas armas, Y en la piel de los indios prisioneros. ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... .... ... ... ... ... ... ... No son tigres, aunque algo Del ademán siniestro Del dueño de las selvas se refleja En su fiera actitud. Caminan; vedlos. Son el hombre charrúa, La sangre del desierto, La desgracia estirpe que agoniza Sin hogar en la tierra ni en el cielo, Se estrechan se revuelven, Las frentes sobre el pecho, En los ojos obscuros el abismo, Y en el abismo luz, luz y misterio. Parece que en el fondo De esos ojos a intervalos, Un monstruo luminoso se moviera Sus anillos flexibles revolviendo; Con rápidos espasmos Se sacuden sus miembros; Sus músculos elásticos y duros Al salto y la carrera están dispuestos; La sangre apresurada Circula bajo de ellos Como corre callado entre las breñas Un rebaño de fieras que va huyendo; No hay en su rostro inmóvil Ni siquiera un reflejo Del espíritu extraño y concentrado Que, al parecer, lo anima desde lejos; Se advierte en su mirada Un constante recelo, Y una impasible languidez que tiene Algo de triste, mucho de siniestro. Son esbeltas sus formas, Duros sus movimientos; La tez cobriza, el pómulo saliente, Negros los ojos, como el odio negros. Sobre los fuertes hombros Se derrama el cabello En crenchas lacias. rígidas y obscuras, Que enlutan más aquel huraño aspecto. Pupila prolongada Que prolongó el acecho: Dilatada nariz y estrecha frente A que se ajusta enhiesto. Un erizado matorral de plumas De colores diversos Que parecen brotar de la cabeza Como brotan de un tronco los renuevos. Jamás mira de frente, Jamás alza la voz: muere en silencio, Jamás un signo de dolor se posa Entre sus labios pálidos y gruesos. No borra ni el suplicio Su ademán de desprecio Sólo el combate en su fragor arranca Estridente alarido de su pecho. Entonces, semejantes A los colmillos del jaguar sediento, Brillan entre los labios del salvaje Los dientes blancos con horrible gesto. Son el hombre-charrúa La sangre del desierto, La desgraciada estirpe que agoniza Sin hogar en la tierra ni en el cielo. V El grupo de Indios, como viva masa De apeñuscados cuerpos, Adelanta, rodeado de arcabuces, Entre las casas del pajizo pueblo. Salen de sus viviendas las mujeres Y los hombres a verlos; Ni una impresión se nota en sus semblantes, Todos caminan impasibles, fieros. Ah!... todos no: miradlo. ¿Quién es ese Que se detiene trémulo? ¿No es su pupila azul? Azul, no hay duda. ¿Que hay en ella? ¿Terror? ¿Asombro? ¿Miedo? ¡Extraño ser! ¿Qué raza da sus líneas A ese organismo esbelto? Hay en su cráneo hogar para la idea, Hay en su frente espacio para el genio. Esa línea es charrúa; esa otra. .. humana. Ese mirar es tierno. .. ¿No hay en el fondo de esos ojos claros Un ser oculto con los ojos negros? La blanda piel de un tigre Ha ceñido su cuerpo; No se ha pintado el rostro, ni su labio Ha atravesado el signo del guerrero. Es pálido, muy triste; en su semblante Y en su azorado aspecto, Hay algo misterioso Que inspira amor, o desazón, o duelo. ¿Por qué se ha desprendido de su grupo? ¿Se ha apoderado un vértigo De ese salvaje enfermo que venía Entre los otros indios prisionero? La onda de un suspiro Se ha notado quizá sobre su pecho, Y se hubiera creído al observarlo, Que ha roto entre los dientes un lamento No es ira, no es encono; ¿qué es entonces Ese temblor extraño de sus miembros? ¡Así sacude su prisión el alma Cuando estallan en ella los recuerdos! VI Es que Blanca, al pasar lo está mirando Con inocente empeño, Y él clava en ella los azules ojos Cual poseído de un pavor intenso. La mira absorto, fijo, con el labio Inmóvil y entreabierto: Parece interrogar alzo invisible, A al mismo, a su sombra, a su recuerdo. Diríase que alumbra sus pupilas El cercano reflejo De algo como una aparición radiosa Sensible sólo para el indio enfermo. Y por la lumbre intensa de una idea Que viene desde adentro; Que arde en el alma y llega hasta los ojos Y con la otra visión se funde en ellos. Esperando a Gonzalo estaba Blanca En el umbral de su morada: al verlo Corrió hacia él, y distinguió al salvaje Que allí venía entre los otros presos. Ved como tiembla el indio De ojos extraños de color de cielo. Blanca esa noche se encontró llorando Al acordarse del salvaje enfermo, VII Cavó una flor al río. Los temblorosos círculos concéntricos Balancearon los verdes camalotes Y entre los brazos del juncal murieron. Las grietas del sepulcro Han engendrado un lirio amarillento. Guarda el perfume de la flor caída, La flor no existe: ha muerto. Así el himno cantaban Los desmayados ecos: Así lloraba el urutí en 1as ceibas. Y se quejaba en el sauzal el viento, VIII ¿Quién es ese charrúa que suspira? ¿Quién es el prisionero Que es capaz de alumbrar con luz del alma Esos sus ojos de color de cielo? Tabaré lo apellidan los charrúas, O el hijo de los ceibos. . . ¡Hijo de mi dolor! una española Le decía llorando ha mucho tiempo. ... .... .... .... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... .. Las grietas del sepulcro Han engendrado un lirio amarillento; Tiene el hábito de la muerte, Su extrema palidez y su misterio. IX El pánico del indio indescriptible Duró sólo un momento; Marchando confundido entre los otros Se aleja Tabaré; pero a lo lejos Entre el grupo cobrizo se destacan Las líneas de su cuerpo De una amarilla palidez. La niña Lo sigue con los ojos largo tiempo, ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... X -¿Quién es Gonzalo, ese Indio que trajiste, El de la frente Pálida. Qué me miró de un modo tan extraño Cuándo venía entre tus hombres de armas? ¿Está enfermo? Qué tiene? Me despierta Una profunda lástima. ¿Qué tiene en esos ojos? ¿Lo recuerdas? ¿Qué harás con él? ¿Quién es? ¿Cómo se llama? -¿Lo sé yo acaso? Ese hombre es un misterio, Es un misterio, Blanca. Al cruzar aquel bosque lo encontramos En actitud de duelo o de plegaria. Y es el mismo, lo es, estoy seguro, Que he visto en las batallas Reír con el peligro y con la muerte, Bravo como el aliento de su raza. ¡Y qué! ¿Tiene algún crimen? ¿No lucha por su hogar y por su patria? ¿No defiende la, tierra en que ha nacido, La libertad que el español le arranca? Cuando a él nos llegamos, No sintió nuestros pasos a su espalda, Ni demostró sorpresa, al verse solo, Rodeado de arcabuces y de adargas. Por cárcel este pueblo s¿ le ha dado. El ha de respetarla. Yo probaré en ese hombre si se encuentra Capaz de re |
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