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TABARÉ.

29 Oct 13 - 18:43

Tabaré
 
Juan Zorrilla de San Martín
 
Tabaré, poema nacional del Uruguay, el poema de la conquista, es una leyenda indígena escrita en verso, que está formada por más de 4.500 versos y dividida en tres libros.
Esta obra es un canto épico-lírico exaltando al indio charrúa representando a toda su raza, perseguidos en su tierra, hoy Uruguay, a la llegada de los españoles.
DEDICATORIA
A mi esposa Elvira Blanco de Zorrilla.
Te dedico TABARE... Y qué he de hacer?
Si fuera a esperar la época en que podré o no producir algo digno de ti, tendría que renunciar a la satisfacción de escribir tu nombre, que me es tan querido, al frente de una de mis obras.
Te lo dedico, pues; a ti, la inspiradora de aquellos mis primeros cantos de amor que aun me parece escuchar a la distancia, coma una serenata que acaba de pasar por mi lado, y cuyos acordes lejanos se desvanecen en una queja llena de melancolía.
Viejo ya, aunque sin canas, quizá sin muchos años, siento llegar hasta mí, fundidas en un solo acorde, las últimas notas de aquellos cantos de adolescente y las primeras risas de nuestros hijos. Hay algo de todo eso en la inspiración, que ha dado vida, más o menos efímera, a este poema: hay, por consiguiente mucho que es tuyo; tu espíritu y el mío palpitan identificados en él.
Sin duda por eso he mirado a Tabaré con predilección; tú lo sabes pues ha sido tu rival durante muchas de esas pocas horas que el trabajo incesante o las preocupaciones de mi agitada vida me han dejado libre, y que hubieran sido tuyas y de nuestros hijos si no me las hubiera reclamado con derecho el pobre indio, soñada personificación de una estirpe muerta que, cuando menos, tiene derecho a nuestra compasión.
Cuántas veces, aunque no muy de grado, ahuyentaste de mi mesa de labor, a nuestra querida y bulliciosa caterva para hacer silencio en torno de la cura de mi charrúa!
Quiero devolverte esas horas dedicándote la obra a que ellas fueron consagradas. Lee una que otra vez a nuestros hijos algunas de las estrofas de este pedazo de historia de nuestra patria, de esta su hermosa patria uruguaya, que con tanto tesón les enseñamos a amar después de Dios.
Si ellos llegaron a advertir que esta página íntima está echada en el destierro, recuérdales, pues tú lo sabes, que no debe culparse de ello a la patria, y enseñarles a preferir siempre el sufrimiento, que tú has sobrellevado conmigo, al abandono de su misión moral en la tierra.
No sin algún pesar me separo de Tabaré para darlo al público. El ha sido mi compañero inseparable y bueno durante estos últimos años de tantas amarguras para mi espíritu y, lo que es peor, de tantas desgracias para nuestro país. Pero va a tus manos, y esto hace menos sensible la despedida.
Que tú quieres también un poco a mi indio, cine tú lo mirarás con menos indiferencia de lo que él acaso merece, me lo demuestra el hecho de haber tú sentido una antipatía y una repulsión invencibles, hacia D. Gonzalo de Orgaz porque lo hirió de muerte en el bosque. Si a ti se te hubiera dado a elegir el desenlace de mi poema, yo bien se cuál hubiera elegido.
No podía ser!
No: tu idea era imposible. Blanca (tu raza, nuestra raza) ha quedado viva sobre el cadáver del charrúa.
Pero, en cambio, las últimas notas que escucharás en mi poema son los lamentos de la española y la oración del monje; la voz de nuestra raza y el acento de nuestra fe: la caridad cristiana y la misericordia eterna.
El poeta no puede decir mentiras por más dulces que ellas sean.
Te ríes?
Pues no te lo digo en broma. El arte es la verdad, la alta verdad inoculada en la ficción como un sople vivificante y eterno: de ahí que la verdad, lo real en el arte, no esté en la forma, como lo eterno en el hombre no está en el cuerpo.
Y la prueba de ello la tienes en que la alta verdad, la excelsa realidad del pensamiento alma de la creación artística, ha inmortalizado y conducido triunfantes a través de los siglos, obras de formas diversas y hasta radicalmente opuestas, formas que recorren un diapasón tan extenso como el que media (te citaré dos obras que tú conoces) entre La Tempestad, de  Shakespeare y el Quijote de Cervantes.
El arte contribuye poderosamente a la felicidad y al mejoramiento sociales; sabes porqué?
Será porque copia o reproduce lo que existe materialmente, lo que todo el mundo ve y toca, y porque consigue despertar en el hombre las mismas impresiones que las escenas reales despiertan en él?
Todo lo contrario.
El arte contribuye al mejoramiento social, porque por medio de el, el común de las gentes participa de la visión de los hombres excepcionales, y se eleva y ennoblece en la contemplación de aquello cuya existencia no conocería si el poeta no lo dijera: levanta la frente: sube conmigo a las regiones de la belleza: la atmósfera es pura porque acaba de atravesar la tempestad del genio que como las tempestades de la tierra purifica el ambiente.
En una palabra: el arte no es otra cosa que la reproducción sensible de la vida, ideal.
Y la vida única de la inteligencia es la verdad, como la única vida de la voluntad es el bien.
De ahí que la única fuente de belleza artística, sea el pensamiento en que el bien se difunde y la verdad esplende: de ahí que, como antes te decía, el poeta no pudo decir mentiras.
Yo debía, pues, decir la verdad en Tabaré: inocularla en el organismo literario que amasaba con el limo de nuestra tierra virgen y hermosa.
No extrañes que haya elegido una verdad llena de inmensa tristeza: las que más aprietan el corazón son las que más eficazmente lo exprimen, las que lo hacen verter su jugó más íntimo.
El de mi alma va en Tabaré: Por eso te ofrezco en una fecha que nos es querida.1
Buenos Aires, 19 de Agosto de 1886
1 Después de escrita esta página que respeto hasta en sus incorrecciones, antes de darla a la prensa, mi esposa ha muerto... He bendecido la voluntad de Dios que me la dio y me la quitó; he ofrecido a Dios, como holocausto propiciatorio, los pedazos de mi corazón que el destrozó.
Con la absoluta evidencia de la fe, sólo veo en el dolor el mundo de las divinas misericordias.
Sea.
  I
Levantaré la losa de una tumba;
E internándome en ella,
Encenderé en el fondo el pensamiento
Que alumbrará la soledad inmensa.
Dadme la lira, y vamos: la de hierro,
La más pesada y negra;
Esa, la de apoyarse en las rodillas,
Y sostenerse con la mano trémula,
Mientras azota el viento temeroso
Que silba en las tormentas,
Y, al golpe del granizo restallando,
Sus acordes difunde en las tinieblas;
La de cantar sentado entre las ruinas
Como el ave agorera;
La que arrojada al fondo del abismo,
Del fondo del abismo nos contesta.
Al desgranarse las potentes notas
De sus heridas cuerdas,
Despertarán los ecos que han dormido
Sueño de siglos en la oscura huesa;
Y formarán la estrofa que revele
Lo que la muerte piensa;
Resurrección de voces extinguidas,
Extraño acorde que en mi mente suena.
II
Vosotros, los que amáis los imposibles,
Los que vivís la vida de la idea;
Los que sabéis de ignotas muchedumbres.
Que los espacios infinitos pueblan,
Y de esos seres que entran en las almas
Y mensajes oscuros les revelan,
Desabrochan las flores en el campo,
Y encienden en el cielo las estrellas;
Los que escucháis quejidos y palabras
En el triste rumor de la hoja seca,
Y algo más que la idea del invierno
Próximo y frío a vuestra mente llega,
Al mirar que los vientos otoñales
Los árboles desnudan, y los dejan
Ateridos, inmóviles, deformes,
Como esqueletos de hermosuras muertas;
Seguidme hasta saber de esas historias
Que el mar y el cielo y el dolor nos cuentan;
Que narran el ombú de nuestras lomas,
El verde canelón de las riberas,
La palma centenaria, el camalote,
E.' ñandubay, los talas y las ceibas:
La historia de la sangre de un desierto,
La triste historia de una raza muerta.
Y vosotros aun más, bardos amigos,
Trovadores galanos de mi tierra,
Vírgenes de mi patria y de mi raza
Que templáis el, laúd de los poetas;
Seguidme juntos a escuchar las notas
De una elegía que en la patria nuestra
El bosque entona cuando queda solo,
Y todo duerme entre sus ramas quietas;
Crecen laureles, hijos de la noche,
Que esperan liras para asirse a ellas,
Allá en la oscuridad en que aun palpita
El grito del desierto y de la selva.
III
¿Extraña y negra noche? ¿Dónde vamos?
¿Es cielo esto o tierra?
¿Es lo de arriba? ¿Lo de abajo? Es lo hondo,
Sin relación, ni espacio, ni barreras.
Sumersión del espíritu en lo obscuro,
Reino de las quimeras,
En que no sabe el pensamiento humano
Si desciende, o asciende, o se despeña,
El caos de la mente que pujante
La inspiración ordena;
Los elementos vagos y dispersos
Que amasa el genio y en la forma encierra.
Notas, palabras, llantos, alaridos.
Plegarias, anatemas.
Formas que pasan, puntos luminosos,
Gérmenes de imposibles existencias:
Vidas absurdas en eterna busca
De cuerpos que no se encuentran,
Días y noches en estrecho abrazo,
Que espacio y tiempo en que vivir esperan;
Líneas fosforescentes y fugaces,
Y que en los ojos quedan
Como estrofas de un himno bosquejado,
O gérmenes de auroras o de estrellas;
Colores que se enfunden y repelen
En inquietud eterna,
Ansias de luz, primeras vibraciones
Que no hayan ritmo, no dan lumbre, y cesan;
Tipos que hubieran sido y no fueron
Y que aún el ser esperan,
Informes creaciones, que se mueven
Con una vida extraña e incompleta.
Proyectos, modelados por el tiempo,
De razas intermedias;
Principios sutilísimos que oscilan
Entre la forma errante y la materia;
Voces que llaman, que interrogan siempre
Sin encontrar respuesta;
Palabras de un idioma indefinible
Que no han hablado las humanas lenguas;
Acordes que, al brotar, rompen el arpa,
Y en los aires revientan
Estridentes, sin ritmo, como notas
De mil puntos dispersos que se encuentran,
Y se abrazan en vano sin fundirse,
Y hasta esa misma repulsión ingénita
Forma armonía, pero rara, absurda,
Música indescriptible, pero inmensa;
Rumor de silenciosas muchedumbres,
Tumultos que se alejan...
Todo se agita en ronda atropellada,
En esta obscuridad que nos rodea;
Todo asalta en tropel al pensamiento,
Que en su seno penetra
A hacer inteligente lo confuso,
A enfrentar lo que huye y se rebela;
A consagrar el ritmo y el sonido
La dulce unión eterna,
La del color y el alma con la línea
De la palabra virgen con la idea.
Todo brota en tropel, al levantarse
La poderosa piedra,
Como bandada de aves que chirriando
Brota del fondo de profunda cueva;
Nube con vida que, cobrando forma
Variables y quiméricas,
Se contrae, se alarga y se revuelve
Por sí misma empujada en las tinieblas.
Allí cuajó en mí mente, obedeciendo
A una atracción secreta
Y entre risas y llantos, y alaridos,
Se alzó la sombra de la raza muerta;
De aquella raza que pasó desnuda
Y errante por mi tierra,
Como el eco de un ruego no escuchado
Que, camino del cielo, el viento lleva.
Tipo soñado, sobre el haz surgido
De la infinita niebla;
En sueño de una noche sin aurora,
Flor que una tumba alimentó en sus grietas;
Cuando veo tu imagen impalpable
Encarnar nuestra América,
Y fundirse en la estrofa transparente,
Darle su vida, y palpitar en ella;
Cuando creo formar el desposorio
De tu ignorada esencia
Con esa forma virgen, que los genios
Para su amor o su dolor encuentran;
Cuando creo infundirte, con mi vida,
El ser de la epopeya
Y legarte a mi patria y a mi gloria
Grande como mi amor y mi impotencia;
El más hábil contacto de las formas
Desvanece tu huella,
Como el contacto de la luz, se apaga
El brillo sin color de las luciérnagas.
Pero te vi. Flotabas en lo obscuro,
Como un jirón de niebla;
Afluían a ti, buscando vida,
Como a su centro acuden las moléculas.
Líneas, colores, notas de un acorde
Disperso, que frenéticas
Se buscaban en ti; palpitaciones
Que en ti buscaban corazón y arterias;
Miradas que luchaban en tus ojos
Por imprimir su huella,
Y lágrimas y anhelos esperanzas
Que en tu alma reclamaban existencia:
Todo lo de la raza: lo inaudito,
Lo que el tiempo dispersa,
Y no cabe en la forma limitada,
Y hace estallar la estrofa que lo encierra.
Ha quedado en mi espíritu tu sombra,
Como en los ojos quedan
Los puntos negros de contornos ígneos
Que deja en ellos una lumbre intensa...
Ah! no, no pasarán, como la nube
Que el agua inmóvil en su faz refleja;
Como esos sueños de la media noche
Que en la mañana ya no se recuerdan:
Yo te ofrezco, oh ensueño de mis días!
La vida de mis cantos, que en la tierra
Vivirán más que yo... ¡Palpita y anda,
Forma imposible de la estirpe muerta!
  LIBRO PRIMERO
CANTO PRIMERO
I
El Uruguay y el Plata
Vivían su salvaje primavera;
La sonrisa de Dios de que nacieron
Aun palpita en las aguas y en las selvas;
Aun viste el espinillo
Su amarillo típoy; aun en la hierba
Engendra los vapores temblorosos
Y a la calandria en el ombú despierta;
Aun dibuja misterios
En el mburucuyá de las riberas,
Anuncia el día, y por la tarde enciende
Su último beso en la primera estrella;
Aun alienta en el viento
Que cimbra blandamente las palmeras.
Que remece los juncos de la orilla
Y las hebras del sauce balancea;
Y hasta el río dormido
Baja en el rayo de las lunas llenas,
Para enhebrar diamantes en las olas,
Y resbalar o retorcerse en ellas.
II
Serpiente azul de escamas luminosas
Que, sin dejar sus ignoradas cuevas,
Se enrosca entre las islas, y se arrastra
Sobre el regazo virgen de la América,
El Uruguay arranca a las montañas
Los troncos de sus ceibas
Que, entre espumas e inmensos camalotes
Al río como mar y al mar entrega.
El himno de sus olas
Resbala melodioso en sus arenas,
Mezclando sus solemnes pensamientos
Con el del blanco acorde de la selva;
Y al grito temeroso
Que lanzan en los aires sus tormentas,
Contesta el grito de una raza humana
Que aparece desnuda en las riberas.
Es la raza charrúa
De la que el nombre apenas
Han guardado las hondas y los bosques
Para entregar sus notas al poema;
Nombre que aun reproduce
La tempestad lejana, que se acerca
Formando los fanales del relámpago
Con las pesadas nubes cenicientas.
Es la raza indomable
Que alentó en una tierra
Patria de los amores y las glorias,
Que al Uruguay y al Plata se recuesta;
La patria, cuyo nombre
Es canción en el arpa del poeta,
Grito en el corazón, luz en la aurora,
Fuego en la mente, y en el cielo estrella.
III
La encuentra el pensamiento antes que el hombre
Antiguo la sorprenda,
En lucha con la tierra y con el cielo,
Y en su salvaje libertad envuelta.
Para ella, el horizonte cierra el mundo
Con un muro de piedra;
Tras él duermen las tardes y las lunas;
Tras él la aurora duerme y se despierta,
Cruza el salvaje errante
La soledad de la llanura inmensa
Y el amarillo tigre, como él hosco,
Como él fiero y desnudo, la atraviesa.
El tigre brama; el indio
Contesta en el silbido de su flecha.
¿Dónde va? ¿Qué persigue? Tras su paso,
Sobre ese hermoso suelo, ¿qué nos deja?
¿Para él está formada
Esa encantada tierra
Que a los diáfanos cielos de Diciembre
Les devuelve una flor por cada estrella?
¿Para él sus grandes ríos
Cantando se despeñan
Los himnos inmortales de sus ondas?
¿Qué fue esa raza que Pasó sin huella?
¿Fue el último vestigio
De un mundo en decadencia?
¿Crepúsculo sin día? ¿Noche acaso
Que surgió obscura de la luz eterna?
La eterna lumbre sólo engendra auroras.
La noche, las tinieblas
Son ausencia de luz; la eterna noche
Es sólo del Creador la eterna ausencia.
En esa raza, en su excelso origen
Aun el vestigio queda,
Como el toque de luz amarillento
Que un sol que muere en los espacios deja.
Hay lumbre en esos ojos siemprehuraños,
Fuego que encienden sólo las ideas;
Mas la lumbre se extingue, y una raza
Falta de luz, se extinguirá con ella.
Nacida para el bien, el mal la rinde;
Destinada a la paz, vive en la guerra...
¡Hojas perdidas en su tronco enfermo
El remolino las arrastra enfermas¡
IV
A las tribus lejanas
Convocan las hogueras
Que encendió Caracé sobre las lomas
Como gritos de fuego y de pelea.
Caracé, en cuyo cuerpo
Las heridas se cuentan
Como las manchas en la piel del tigre,
Y por eso le prestan obediencia.
Caracé, en cuyo toldo
Las pieles y sangrientas cabelleras
De los caciques yaros y bohanes
Que tu brazo arrancó, prueban su fuerza;
Que tiene diez mujeres
Que aguzan las espinas de sus flechas,
Y los fuegos encienden de su toldo,
Y el jugo de las plantas le fermentan,
Nadie sabe los fríos
Que ha vivido el cacique; pero cuentan
Que allá en el tiempo de los soles largos,
Al Uruguay llegó, desde la sierra.
Lejana, muy lejana,
Que ve salir el sol, cuando las ceibas
En que hoy anida el águila, sentían
Correr la savia en su primer corteza.
Ya entonces había visto
Cruzar las lunas en las horas lentas;
Pero aun es joven cual si con sus manos
Contar sus fríos Caracé pudiera;
Aun en sus fuertes dedos
Es la maza de piedra
El brazo de la muerte que en las tribus
Derrama el frío que en Ion huesos queda.
V
¿Por qué el vicio cacique
A las turbas congrega,
Toma la maza y apercibe el arco
Que nadie sino él cimbrar intenta?
Por qué bajo sus párpados
Brilla con luz siniestra
La pupila pequeña y prolongada
En que se encienden sus miradas fieras?
¿Acaso los bohanes
La vencida cabeza
Alzan de nuevo, y su guerrera lanza
Del charrúa clavaron en la selva?
¿Acaso al otro lado
Del río como mar, las humaredas
Se ven del indio querandí, y provocan
Del Uruguay la tribu turbulenta?
No: Caracé no teme
Que los indios se atrevan
A encender junto al Hum un solo fuego
Mientras seis lunas a brillar no vuelvan.
Lo que hace que el cacique
Ciña a su frente estrecha
Las plumas de avestruz, y ajuste el ardo,
Y al par del fuego, su mirada encienda,
Es que tendido estaba
En la playa desierta,
Cuando vio que cruzaba por las islas
Del Paraná-Guazú, piragua inmensa.
Que como garza enorme,
Flotaba entre la niebla
Dando a los aires las extrañas alas,
Y volando con rumbo a la ribera.
El Uruguay en vano
Sale a su encuentro y ladra bajo de ella;
En vano, con sus olas encrespadas,
Sus costados airados abofetea;
La nave altiva:
Lanza un grito del cielo que retiembla,
Llega a la costa y, agarrando al río
Por la erizada crin, en él se sienta.
VI
A Caracé el cacique
Han rodeado las tribus más guerreras,
Y entre el espeso matorral del río,
Como banda escondida de luciérnagas,
Los ojos de los indios fosforecen,
Al ver sobre la arena
Cómo descienden de la extraña nave
Los hombres blancos de la raza nueva
Y cómo, dando al viento
Y clavando en el suelo su bandera,
Se agrupan en su torno, y con sus voces
La sorprendida soledad atruenan.
¡Extraños seres! Brillan
A los rayos del sol. Nada recelan.
Y las lomas los miran y el barranco;
Y el Uruguay se empina y los observa,
Y los indios ocultos
Mutuamente se muestran,
Con los brazos desnudos extendidos,
El grupo extraño que al jaral se acerca.
VII
Entre inmenso alarido,
Una lluvia rabiosa de saetas
Parte del matorral, y de salvajes
Un enjambre fantástico tras ellas.
La bola arrojadiza
Silba y choca del blanco en la cabeza,
Cae al sepulcro el español herido
Amortajado en su armadura negra,
... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
Y los guerreros blancos
Huyen despavoridos por las breñas,
Dejando sangre en la salvaje playa
Y una mujer en la sangrienta arena.
Parece flor de sangre,
Sonrisa de un dolor; es la primera
Gota de llanto que, entre sangre tanta,
Derramó España en nuestra tierra.
Pálida como un lirio,
Sola con vida entre los muertos queda.
Caracé, que a su lado se detiene,
Con avidez salvaje la contempla,
Mientras los rudos golpes
De las hachas de piedra
Del postrado español en la armadura
Y en los cráneos inmóviles resuenan.
VIII
"De los guerreros muertos
Vuestra será la hermosa cabellera:
Su blanca piel ajuste vuestros arcos,
Y sus dientes adornen vuestras tiendas;
Y sus extrañas armas,
Ove brillan como el astro, serán vuestras;
Y los tipoys que sus espaldas cubren
Como las rojas flores a la ceiba.
Caracé sólo quiere
En tu toldo a la blanca prisionera,
Que de su techo encenderá los fuegos,
Los fuegos de] amor y de la guerra".
Tal hablaba el cacique
En sus brazos llevando a Magdalena
Al bosque solitario de los talas
En que el indio formó su madriguera.
IX
Hermanos del dolor, bardos amigos,
Trovadores galanos de mi tierra,
Que me seguís en la jornada obscura
A través del misterio de la selva:
Ensayad en el alma
El acorde otoñal: la noche llega.
El acorde que suena cuando el ave
Vuelve en silencio al nido que la espera;
Y hasta el lirio más pálido del campo
Para dormir en paz su bronce cierra,
Y su perfume virgen
Con el amor de otros perfumes sueña.
Vosotros, los que al paso de la tarde
Inclináis tristemente la cabeza,
Y amáis el cielo cuando en él agita
Su ala tremante la primera estrella;
Calzaos las sandalias
Con que hasta el alma del dolor se llega.
Sí el alma vuestra, oh, bardos!,
Bañada en el Jordán de la tristeza,
Es pura como la última palabra
Que acaso os dijo vuestra madre muerta,
Llegaos en silencio
Al tálamo sangriento de la selva...
Es ya de noche; los rumores lloran...
¡No despertéis a la española enferma
CANTO SEGUNDO
I
Cayó la flor al río!
Los temblorosos círculos concéntricos
Balancearon los verdes camalotes,
Y en el silencio del juncal murieron.
Las aguas se han cerrado;
Las algas despertaron de su sueño,
Y a la flor abrazaron, que moría,
Falta de luz, en el profundo légamo...
Las grietas del sepulcro
Han engendrado un lirio amarillento;
Tiene el perfume de la flor caída.
Su misma palidez... La flor ha muerto!
Así el himno sonaba
De los lejanos ecos;
Así cantaba el urutí en las ceibas.
Y se quejaba en el sauzal el viento.
Siempre llorar la vieron los charrúas;
Siempre mirar al cielo,
Y más allá... Miraba lo invisible
Con sus ojos azules y serenos.
El cacique a su lado está tendido.
Lo domina el misterio;
Hay luz en la mirada de la esclava.
Luz que alumbra sus lágrimas de fuego,
Y ahuyenta al indio, al derramar en ellas
Ese dulce reflejo
De que se forma el nimbo de los mártires,
La diáfana sonrisa de los cielos.
Siempre llorar la vieron los charrúas,
Y así pasaba el tiempo.
Vedla sola en la playa. En esa lágrima
Rueda por sus mejillas un recuerdo.
Sus labios las sonrisas olvidaron.
Sólo brotan de entre ellos
Las plegarias, vestidas de elegías,
Como coros de vírgenes de un templo.
III
Un niño, llora. Sus vagidos se oyen
Del bosque en el secreto,
Unidos a las voces de los pájaros
Que cantan en las ramas de los ceibos.
Le llaman Tabaré. Nació una noche
Bajo el obscuro techo
En que el indio guardaba a la cautiva
A quien el niño exprime el dulce seno.
Le llaman Tabaré. Nació en el bosque
De Caracé el guerrero;
Ha brotado en las grietas del sepulcro
Un lirio amarillento.
Sonrisa del dolor, hijo del alma,
¡Alma de mis recuerdos!
Lo llamaba gimiendo la cautiva
Al estrecharlo en el materno pecho.
Y al entonar los cánticos cristianos
Para arrullar su sueño:
Los cantos de Belén que al fin escucha
La soledad callada del desierto.
Los escuchan las dulces alboradas,
Los balbucen los ecos
Y, en las tardes que salen de los bosques,
Anda con ellos sollozando el viento.
Son los cantos cristianos, impregnados
De inocencia y misterio,
Que acaso aquella tierra escuchó un día,
Como se siente el beso de un ensueño.
IV
El indio niño en las pupilas tiene
El azulado cerco
Que entre, sus hojas pálidas ostenta
La flor del cardo en pos de un aguacero,
Los charrúas, que acuden a mirarlo,
Clavan sus ojos negros
En los ojos azules de aquel niño
Que se reclina en el materno seno.
Y lo oyen y lo miran asombrados
Como a un pájaro nuevo
Que, unido a las calandrias y zorzales,
Ensaya entre las ramas sus gorjeos.
Mira el niño a la madre. Está llorando,
Lo mira y mira el cielo,
Y envía en su mirada al infinito
Un amor que en el mundo es extranjero.
Mas ya ama al bosque, porque da su sombra
Al indiecito tierno;
Ya es para ella más azul el aire,
Más diáfano el ambiente y más sereno.
La tarde, al descender sobre su alma,
Desciende como el beso
De la hermana mayor sobre la frente,
Del hermanito huérfano;
Y tiene ya más alas su plegaria,
Su llanto más consuelo,
Y más risa la luz de las estrellas,
Y el rumor de los sauces más misterio.
... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
V
¿Adónde va la madre silenciosa?
Camina a paso lento
Con el niño en los brazos. Llega al río.
¡Es la hermosa mujer del Evangelio
¡E invoca a Dios en su misterio augusto!
Se conmueve el desierto.
Y el indio niño siente en su cabeza
De su bautismo el fecundante riego.
La madre le ha entregado sollozando
El gran legado eterno.
El Uruguay, al ofrecer sus aguas
Entona en el juncal un himno nuevo.
Se eleva, en transparentes espirales
El primitivo incienso;
Una invisible aparición derrama
De su nimbo la luz entre los ceibos.
Se adivinan cantares
A medio pronunciar que flotan trémulos.
Y de que seres absortos los escuchan
Se cree sentir el contenido aliento;
Hay sonrisas posadas
Entre los puros labios entreabiertos
De un invisible coro que, en el aire,
Bate a compás sus alas en silencio.
Hay contacto del cielo con la tierra...
¡Es que hay allí misterio!
Vacila el hombre ante su influjo y mudo
Cierra los ojos, para ver más lejos.
VI
Madre: ¡no llores más! Siempre en tus ojos
Gotas de llanto veo
Que humedecen tu voz y tus miradas,
Tus cantos y tus besos;
Con ese llanto siempre
Al despertar te encuentro
Quién lleva, pobre madre, tantas lágrimas
Hasta el mismo silencio de tus sueños?
¡No llores más! Porque no llores nunca
Yo rezo, siempre rezo
La oración qué despierta en mis auroras
Y se duerme conmigo cuando duermo.
¿Por qué lloras? Las tribus no te ofenden.
¿Oyes? Están muy lejos.
Beben sangre de Palmas y algarrobos,
Y después dormirán no tengas miedo.
En la cruz que reciben las plegarias,
En esa que has clavado entre los ceibos,
A hacer su nido bajarán los ángeles
Y a recoger mis ruegos.
No llores, que la virgen invisible
Que me enseñas a amar, vendrá por ellos.
Y a ti también te besará en la frente,
Y a nuestro lado velará tu sueño.
La madre sollozaba;
Estrechaba a su hijo sobre el seno,
Y sus miradas húmedas
Escalaban los mundos ascendiendo.
Huían de la tierra, hasta posarse
En el regazo eterno
Pero el cielo ansiosas descendían
El indio niño a acariciar de nuevo.
VII
Cayó la flor al río,
Y en el obscura légamo
Derramó su perfume entre las algas.
Se ha marchitado, ha muerto.
Las algas la estrecharon
En sus brazos de hielo...
Ha brotado en las grietas del sepulcro
Un lirio amarillento.
VIII
Duerme, Hijo mío. mira: entre las ramas
Está dormido el viento;
Así tu llanto
No será acerbo.
Yo empaparé de dulces melodías
Los sauces y los ceibos,
Y enseñaré a los pájaros dormidos
A repetir mis cánticos maternos.
El niño duerme, Duerme sonriendo.
La madre lo estrechó dejó en su frente
Una lágrima inmensa, en ella un beso,
Y se acostó a morir. Lloró la selva
Y, al entreabrirse, sonreía el cielo.
XI
¿Sentís la risa? Caracé el cacique
Ha vuelto ebrio, muy ebrio.
Su esclava estaba pálida, muy pálida...
Hijo y madre ya duermen los dos sueños.
 
LIBRO SEGUNDO
CANTO PRIMERO
I
¿Quién ata las pasadas sensaciones
En haces de quimeras
Que, al roce de un recuerdo no buscado
Juntas en el cerebro se despiertan,
Y nadando en un medio indefinible
Con nuestras almas piensan?
Las notas ignoradas que en la noche
Hasta nosotros llegan
¿Por quién son recogidas, ajustadas
A un ritmo misterioso, a una cadencia,
Para formar ese himno prolongado
Con que las sombras ruega:
Esa flotante ebullición sonora
Que en el aire semeja
De mil voces distintas y lejanas
Los ayes, las palabras o las quejas
Que a extinguirse temblando a nuestro lado
Como heridas se acercan?
¿Quién llora con la luna en los sepulcros,
Y ríe en las estrellas.
Y respira en las auras otoñales,
Y anima la hoja seca,
Y es Perfume en la flor. iota en la lluvia
Y en la Pupila idea?
Acaso en los espacios infinitos
Que el hombre no penetra,
La vida y la armonía se difunden
En cuyas formas entran,
Corno elemento indispensable y justo,
Los ignorados llantos de la tierra.
Los ayes de las razas extinguidas,
Su soledad eterna,
Los destinos obscuros, lo, suspiros,
Las lágrimas secretas.
Los latidos que el mundo no comprende
Y en la eterna armonía se condensan.
vosotros, los que améis losimposibles,
Los que vivís la vida de la idea,
Los que sabéis de ignotas muchedumbres
Que los espacios infinitos pueblan;
Los que escucháis quejidos y palabras
Donde el silencio reina
Y algo más que la idea del invierno
Os sugiere el rodar de la hoja seca.
Escuchad el acorde arrebatado
Al rumor misterioso de la selva,
La voz de aquella noche sin aurora
Que difunde, su sombra en mi leyenda.
II
La corriente del tiempo,
En brazos del pasado,
Como el cadáver de otros tantos hijos,
Ha dejado los años tras los años.
Al tramontar las lomas Del Uruguay, el astro
Deja envuelto en la sombra de las islas
A un villorrio español, que fue fundado
En la desierta margen donde el río
San Salvador, hermoso tributario
Del Uruguay, derrama en éste
Su caudal, entre sauces y guayabos.
El pueblo aquel, sentado en el desierto
Como un aventurero temerario,
¿Es algo más que una visión de gloria?
¿Brotó del suelo o descendió de lo alto?
Sus cimientos han sido varias veces
Con sangre de dos razas amasados;
Sus techos convertidos en hogueras,
Varias veces al campo iluminaron;
Y ya, más de una vez en la colina
Quedaron sus escombros solitarios,
Como los negros miembros de un gigante
Por la zarpa del tigre hecho pedazos.
Desde el fondo del bosque, los charrúas
Observan los bastiones castellanos,
Las rudas estancadas
De troncos de algarrobos y quebrachos
Antemura sin fosos ni poternas,
Remedo de baluarte que, hacia el campo
Defiende el caserío
Cuyos techos se asoman al barranco.
Techos pajizos de bambú, con hebras
de la raíz del ñapindá amarrados;
Muros de tierra negros
Entre despojos de bateles náufragos,
Que rodean la casa construida
Por Juan de Ortiz, el viejo adelantado,
Con sillares de piedra
Que el tiempo y los incendios respetaron;
Tal es la población conquistadora
En que aun tremola el pabellón hispano,
Sereno corno siempre
El desierto sin nombre desafiando,
En una tierra, madriguera hermosa
Del indio más bizarro
De los que aullaron y aguzaron flechas
En el salvaje mundo americano:
Como el cachorro oculto bajo el cuerpo
Del tigre provocado,
Así se esconde la uruguaya tierra
De su indómito rey bajo los arcos.
El indio ruge, al escuchar la planta
Del extranjero blanco,
Con rugidos de rabia y de deseo,
Siempre en acecho, cauteloso, huraño.
Brilla el ojo del indio en la espesura;
Suena por todos lados
Su alarido feroz; brotan rabiosos
De entre las flores sus agudos dardos.
¿Dónde se esconden? Donde esconde el viento
Sus gritos ignorados.
Donde esconde la muerte las lumbreras
Que enciende sobre el haz de los pantanos.
Allí donde tan sólo se ve un grupo
De chircas o de cardos,
Hay rostros, escondidos en la sombra,
Siempre despiertos, sangre olfateando.
Allá en el matorral algo se mueve...
¿Quién trepa en el barranco?
¿Sentís un grito en la lejana orilla?
Es la muerte... si vais, veréis su rastro.
¿Qué hay más allá? Lo ignoto, lo imprevisto,
Quizá lo sobrehumano;
Algo más que la muerte, más oscuro...
¿Quién se llega hasta él? ¿Quién va a retarlo?
España va, la cruz de su bandera,
Su incomparable hidalgo;
La noble raza madre en cuyo pecho
Si un mundo se estrelló, se hizo pedazos,
El pueblo altivo que, en la edad sin nombre,
Era el cerebro acaso
Del continente muerto,
Ya sumergido en el abismo Atlántico.
Que, no teniendo en sí, para el cadáver
De aquel coloso espacio.
Dejó asomar, sobre la vasta tumba
Miembro insepulto, el mundo americano,
Sólo España ¿quién más? sólo ella pudo,
Con pasmo temerario.
Luchar con lo fatal desconocido;
Despertar el abismo y provocarlo;
Llegarse a herir el lomo del desierto
Dormido en el regazo
De la infinita soledad su madre,
Y en él cavar el pabellón cristiano,
Y resistir la convulsión suprema
Del monstruo aquél al revolverse airado,
Sin que el pavor le acongojara el alma,
Ni el resistir le desarmara el brazo.
III
En las torcidas calles del villorio
La guarnición se ve diseminada:
Quién aguza en la piedra
El hierro de su lanza,
Quién enluce un mohoso
Capacete, o remalla
Alguna vieja cota, o busca en vano
Sobre la gola encaje a la celada;
Quién las piezas ajusta
De sus gastadas armas,
Espaldares o antiguas escarcelas
De coseletes varios arrancadas;
Mientras allá, a la sombra
Tendido en una acacia,
Algún soldado arrulla sus recuerdos
Con un cantar querido de la patria.
El brazo desfallece,
Sin que por ello desfallezca el alma
De los rudos guerreros españoles
Que para dar la postrimer lanzada,
Persiguen y no encuentran
El corazón de la invencible raza
Que prolonga el honor de su agonía
Más allá de su vista legendaria
En el cobrizo Pecho de algún indio
Postrado en la batalla,
Las escamas grabadas y arabescos
Se hallaron de las cotas Y corazas.
De los blancos guerreros que el charrúa,
Con fuerza extraordinaria,
Estrujaba en el nudo de sus brazos
Que la Muerte tan sólo desataba;
Y en los dientes de muchos,
O en sus manos crispadas
Trozos sangrientos de enemiga carne
Con vestigios de vida palpitaban
Pero jamás un ruego,
Nunca una Sola lágrima
Plegó los labios ni anublo los ojos
Del sueño de las selvas uruguayas.
IV
Sapicán, el cacique mas anciano,
Ya cayó en la batalla
Después que Por Garay en la llanura
Vio deshechas sus tribus más bizarras.
Sopló la Muerte y apagó en sus ojos,
Sedientos de venganza
El último fulgor. Pero aun la muerta
Bel indio en las pupilas amenaza,
Cuando las tribus, con clamor inmenso,
Del combate separan
Su cadáver, envuelto en los vapores
De la caliente sangre que derrama.
Murió; pero en la noche, cuando el astro
No alumbra las barrancas
Y se duermen las víboras, y agita
Sólo el ñacurutú sus lentas alas;
Cuando las sombras salen de los árboles
Y con los vientos andan.
Y la nutria nadando cruza el río,
Y canta el grillo oculto entre las matas,
El cacique aparece.
Ya lo han visto las tribus espantadas
Buscar en vano su arco entre los juncos
0 su maza de pórfido en las aguas.
Cuando como jauría
De lebreles con alas,
Vientos de tempestad cruzan rabiosos
Aullando de la selva entre las ramas;
Cuando las nubes negras
Se ven amontonadas
Un momento no más sobre el relámpago
Que por el fondo de los cielos pasa,
Y las gotas de lluvia
En las hojas restallan,
Y golpean el lomo de los tigres
Que encandilados y encogidos braman.
La sombra silenciosa
Cruza en los aires pálida,
En medio la tormenta que acaudilla
Con su antigua actitud siempre gallarda.
Esa es su frente estrecha,
Su cabellera lacia,
Y su saliente pómulo, y sus ojos
Pequeños, de pupila prolongada.
Al acecho dispuesta
Y a devorar distancias;
A encenderse, a apagarse entre la sombra,
Y a comprimir relámpagos de rabia.
El viento que en su torno
Los centenarios ñandubáis descuaja,
No mueve ni un cabello del cacique
Que a través de los árboles resbala,
y si acaso dispersa
Los miembros de la sombra alguna ráfaga
De los vientos del Sur vuelven al punto
A reunirse y cobrar la forma humana,
El rayo no lo ofende
Aunque a liarse a su cabeza vaya,
O silbando en su cuerpo se retuerza
Y lo ilumine con su lumbre cárdena.
El indio sigue mudo,
Buscando siempre su guerrera maza,
Y a su paso los tigres se espeluznan
Y las tribus se esconden espantadas.
Las plumas erizando,
Dando graznidos, el fulgor apagan
De sus redondos ojos las lechuzas
Que huyen a guarecerse en las barrancas.
Hasta que, al oír el indio
La primera canción que anuncia el alba,
En el aire sutil pierde sus formas,
Se diluye en la luz, se va o se apaga.
V
También Abayubá cayó en la lucha!
Abayubá a quien llaman
En vano con sus grandes alaridos
Las tribus que el cacique acaudillaba.
Era el joven amado
Del viejo Sapicán; con sus palabras
Encendía el valor de los charrúas
Y con su paso y su actitud gallarda.
Aun contaba sus fríos
Por sus manos que, hiriendo con la maza,
Eran rudas y fuertes como el viento
Que sopla al Uruguay desde las pampas.
¡Cómo cayó! Al sentirse
Pasado por el hierro de una lanza,
Trepó por ésta hasta morir, cortando
Con el diente afilado por la rabia.
La rienda del caballo en cuya grupa
El español acaba
Con el puñal, la destructora brega
Que la ocupada lanza comenzara.
VI
¿Y Añagualpo, el gigante? ¿Y Yandicona?
También sus sombras vagan
En la noche sin lunas, y se envuelven
En el triste vapor de las montañas.
¿Qué fue de Tabobá? También ha muerto
Buscaba en el combate la venganza
De Abayubá, cuando del sueño frío
Sintió en los huesos la corriente helada.
El fiero Magaluna.
Ligero como el tigre, se abalanza
Al cuello del corcel del enemigo
Al que sus dientes y sus uñas clava:
Se agita, grita, ruge.
Mientras el jinete el pecho le traspasa:
Sólo la muerte lo desprende, y yerto
El cuerpo sólo se desploma y calla.
No volverá a tenderse
El arco de algarrobo que ajustaba
La mano de Yaci, del joven indio
Que daba muerte al yacaré en las aguas:
No encenderá sus fuegos
En el bosque del Hum ni en sus barrancas
El valiente Terú; las sombras negras
Gimen cuando se posan en sus armas.
Maracopá y Abaroré no existen¡
¡Gualconda ya es esclava!
Ya no reirá la dulce Liropeya,
La virgen más hermosa de la playa.
Hija del tiempo de los soles largos,
Que brillan en las ramas
Cuando el botón del ceibo se revienta
Como urna de sangre. Por llevaría
A sus toldos de pieles, muchos indios
Se hendieron con sus hachas;,
Venció Yandubayú,
Pero la virgen En vano llora y al cacique aguarda.
Murió Yandubayú, ¡también ha muerto?
Jamás en su piragua
Vendrá a buscar a Liropeya, nunca
Se oirá su voz en medio la batalla.
Los hijos valerosos
De muchas indias, cuando no contaban
Haber visto diez veces hojas nuevas.
Abrir en el penacho de las palmas,
Han caído en la lucha
Dando débiles gritos de venganza;
Sus brazos no eran fuertes y sus flechas
Eran temidas sólo de las gamas.
Los viejos que habían visto
Nacer la primer luna, y en los talas
En que hoy las uñas el leopardo afila
Habían visto correr la primer savia,
También hicieron arcos,
Y aguzaron las puntas de las lanzas,
Y fueron al combate lentamente
Apoyados en ellas o arrastrándolas.
Y todos han caído
Unos tras otros en la diestra pampa;
Y nadie abrió sus párpados; la noche
Bajo de ellos quedó, la noche larga,
Triste, sin lunas, la del viento negro,
En la que nunca aclara.
Ya no se mueven los caciques indios,
No encienden fuegos; para siempre callan.
VII
Héroes sin redención y sin historia,
Sin tumbas y sin lágrimas!
¡Estirpe lentamente sumergida
En la infinita soledad arcana!
¡Lumbre espirante que apagó la aurora,
Sombra desnuda muerta entre las zarzas
Ni las manchas siquiera
De vuestra sangre nuestra tierra guarda,
Y aun viven los jaguares amarillos!
¡Y aun sus cachorros maman!
¡Y aun brotan las espinas que mordieron
La piel cobriza de la extinta raza!
Héroes sin redención y sin historia,
Sin tumbas y sin lágrimas;
Indómitos luchasteis... ¿Qué habéis sido?
¿Héroes o tigres? ¿Pensamiento o rabia?
Como el pájaro canta en una ruina,
El trovador levanta
La trémula elegía indescifrable
Que a través de los árboles resbala,
Cuando os siente pasar en las tinieblas
Y tocar con las alas
Su cabeza, que entrega a los embates
Del viento secular de las montañas.
Sombras desnudas que pasáis de noche
En pálidas bandadas
Goteando sangre que, al tocar el suelo,
Como salvaje imprecación estalla:
Yo os saludo al pasar. ¿Fuisteis acaso
Mártires de una patria,
Monstruoso engendro a quien feroz la gloria
Para besarlo, el corazón arranca?
Sois del abismo en que la mente se hunde
Confusa resonancia;
Un grito articulado en el vacío
Que muere sin nacer, que a nadie llama;
Pero algo sois. El trovador cristiano
Arroja, húmedo en lágrimas
Un ramo de laurel a vuestro abismo...
Por si mártires fuisteis de una patria!
CANTO SEGUNDO
I
¿Que queda entonces de la tribu errante
Del Uruguay? ¿Qué de su altiva raza?
Aun resta su agonía asida al suelo,
La fiera agita su convulsa zarpa.
Quedan indios aún para la muerte
Que cautelosos por los bosques andan,
Cual rebaños de tigres que en el pueblo
Siempre encendidas sus pupilas clavan.
De noche, por las lomas o entre el bosque,
Como gritos de luz, se ven las llamas
De señales charrúas que se cruzan,
Se avivan, se repiten o se apagan;
Y alguna vez, el temeroso aullido
Que algún consejo al terminar levanta,
Al pueblo llega, en ráfaga del aire,
Como rumor de tempestad lejana.
Un temor imprevisto y repentino
Entonces suele atravesar las mallas;
Los soldados se miran, y suspenden
La ardiente relación de sus hazañas;
Parece que en sus labios animados
Tropezase un momento la palabra
mas pronto, cuando advierten con despecho,
Que, sin quererlo, ha vacilado el alma,
Sus risas y burlescas maldiciones
En el silencio momentáneo estallan
Y, al amor de la lumbre, se reanuda
Con nuevo ardor la interrumpida plática,
II
Don Gonzalo de Orgaz, joven bizarro,
Manda en jefe la plaza;
La cimera encarnada de su yelmo
Marcó siempre el peligro en la batalla.
Olvidó muchas veces en la lucha.
El toque a retirada;
Era noble y valiente, noble y bueno,
Bueno y celoso de su estirpe hidalga.
III
¿Por qué el valiente aventurero trajo
Consigo a Doña Luz la castellana,
y a su mujer expone a los peligros
Que ambicionó para lustrar sus armas?
Que hace a su lado. qué hace de sus días
En esta vasta soledad: qué aguarda
Esa otra niña, la de tez morena,
Blanca, la hermosa, la inocente Blanca?
¿Para qué brillan esos ojos negros,
Profundos hasta el alma.
Y en que la luz del sol de Andalucía
Brillo, de estrellas presta a las miradas?
Exprimió el mismo seno que Gonzalo;
Lloró la misma madre. y solitaria.
Riendo con el cielo
En que su madre se perdió llamándola.
Quedó en el mundo sin más sombra amiga
Que la armadura de su hermano hidalga;
Allí recuerda su niñez reciente.
Y espera el porvenir allí sentada.
¿Qué impulso los condujo
A la salvaje tierra americana?
¡Quién sabe! Acaso el mismo misterioso
Que une las notas que en el aire vagan.
En prolongado acorde
De transparentes arpas.
Que suenan en el viento, en los recuerdos,
En los vagos crepúsculos del alma.
Que en las noches serenas,
Y en los rayos de luna columpiadas,
Se acercan, y se alejan y en los aires
Las lentas trovas del dolor ensayan:
Ese impulso secreto
Que, aun de entre las lágrimas,
Hace brotar a: veces las sonrisas
Como luces que rielan en las aguas.
Que el polen encendido
Lleva de palma a palma.
Y hace nacer los lirios en las tumbas.
Y en el dolor abriga la esperanza.
Quizá la niña, en cuyos dulces ojos
Se mueven las miradas
Como insectos de luz aprisionados
En urnas de cristal negras y diáfanas,
Allí, en la tierra en que una raza expira,
Es la nota con alas
Que mezclada a un acorde moribundo,
De gritos de dolor hará plegarias.
El Uruguay, al verla en sus orillas,
Palpitaba en sus aguas,
Y templaba en los juncos, y en la arena
Dejaba notas, quejas y palabras.
El astro que pasea las colinas,
Con su dulce mirada
Seguía a la española que en la tarde
Paseaba tristemente por la playa;
Y buscaba sus ojos cuando, sola,
Sentada en la barranca,
Quedaba confundida en las tinieblas
Que sus esbeltas líneas esfumaban.
Parece que este mundo americano
A aquella niña aguarda
Porque en sus ojos brillen sus estrellas,
Porque su viento pueda acariciarla,
Porque sus flores tengan quien recoja
La esencia de sus almas
Y las corrientes de sus grandes ríos
Que oiga y ame sus canciones vagas.
IV
Era una hermosa tarde.
Huía la sonrisa de los cielos
En los labios del sol que la llevaba
A imprimirla en la faz de otro hemisferio.
De su excursión al bosque
Tornan Gonzalo y diez arcabuceros,
Fue eficaz la batida: un grupo de indios
Viene sombrío caminando entre ellos.
Otros muchos quedaron
Tendidos en el campo; el viento fresco
La sangre orea en las hispanas armas,
Y en la piel de los indios prisioneros.
... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... .... ... ... ... ... ... ...
No son tigres, aunque algo
Del ademán siniestro
Del dueño de las selvas se refleja
En su fiera actitud. Caminan; vedlos.
Son el hombre charrúa,
La sangre del desierto,
La desgracia estirpe que agoniza
Sin hogar en la tierra ni en el cielo,
Se estrechan se revuelven,
Las frentes sobre el pecho,
En los ojos obscuros el abismo,
Y en el abismo luz, luz y misterio.
Parece que en el fondo
De esos ojos a intervalos,
Un monstruo luminoso se moviera
Sus anillos flexibles revolviendo;
Con rápidos espasmos
Se sacuden sus miembros;
Sus músculos elásticos y duros
Al salto y la carrera están dispuestos;
La sangre apresurada
Circula bajo de ellos
Como corre callado entre las breñas
Un rebaño de fieras que va huyendo;
No hay en su rostro inmóvil
Ni siquiera un reflejo
Del espíritu extraño y concentrado
Que, al parecer, lo anima desde lejos;
Se advierte en su mirada
Un constante recelo,
Y una impasible languidez que tiene
Algo de triste, mucho de siniestro.
Son esbeltas sus formas,
Duros sus movimientos;
La tez cobriza, el pómulo saliente,
Negros los ojos, como el odio negros.
Sobre los fuertes hombros
Se derrama el cabello
En crenchas lacias. rígidas y obscuras,
Que enlutan más aquel huraño aspecto.
Pupila prolongada
Que prolongó el acecho:
Dilatada nariz y estrecha frente
A que se ajusta enhiesto.
Un erizado matorral de plumas
De colores diversos
Que parecen brotar de la cabeza
Como brotan de un tronco los renuevos.
Jamás mira de frente,
Jamás alza la voz: muere en silencio,
Jamás un signo de dolor se posa
Entre sus labios pálidos y gruesos.
No borra ni el suplicio
Su ademán de desprecio
Sólo el combate en su fragor arranca
Estridente alarido de su pecho.
Entonces, semejantes
A los colmillos del jaguar sediento,
Brillan entre los labios del salvaje
Los dientes blancos con horrible gesto.
Son el hombre-charrúa
La sangre del desierto,
La desgraciada estirpe que agoniza
Sin hogar en la tierra ni en el cielo.
V
El grupo de Indios, como viva masa
De apeñuscados cuerpos,
Adelanta, rodeado de arcabuces,
Entre las casas del pajizo pueblo.
Salen de sus viviendas las mujeres
Y los hombres a verlos;
Ni una impresión se nota en sus semblantes,
Todos caminan impasibles, fieros.
Ah!... todos no: miradlo. ¿Quién es ese
Que se detiene trémulo?
¿No es su pupila azul? Azul, no hay duda.
¿Que hay en ella? ¿Terror? ¿Asombro? ¿Miedo?
¡Extraño ser! ¿Qué raza da sus líneas
A ese organismo esbelto?
Hay en su cráneo hogar para la idea,
Hay en su frente espacio para el genio.
Esa línea es charrúa; esa otra. .. humana.
Ese mirar es tierno. ..
¿No hay en el fondo de esos ojos claros
Un ser oculto con los ojos negros?
La blanda piel de un tigre
Ha ceñido su cuerpo;
No se ha pintado el rostro, ni su labio
Ha atravesado el signo del guerrero.
Es pálido, muy triste; en su semblante
Y en su azorado aspecto,
Hay algo misterioso
Que inspira amor, o desazón, o duelo.
¿Por qué se ha desprendido de su grupo?
¿Se ha apoderado un vértigo
De ese salvaje enfermo que venía
Entre los otros indios prisionero?
La onda de un suspiro
Se ha notado quizá sobre su pecho,
Y se hubiera creído al observarlo,
Que ha roto entre los dientes un lamento
No es ira, no es encono; ¿qué es entonces
Ese temblor extraño de sus miembros?
¡Así sacude su prisión el alma
Cuando estallan en ella los recuerdos!
VI
Es que Blanca, al pasar lo está mirando
Con inocente empeño,
Y él clava en ella los azules ojos
Cual poseído de un pavor intenso.
La mira absorto, fijo, con el labio
Inmóvil y entreabierto:
Parece interrogar alzo invisible,
A al mismo, a su sombra, a su recuerdo.
Diríase que alumbra sus pupilas
El cercano reflejo
De algo como una aparición radiosa
Sensible sólo para el indio enfermo.
Y por la lumbre intensa de una idea
Que viene desde adentro;
Que arde en el alma y llega hasta los ojos
Y con la otra visión se funde en ellos.
Esperando a Gonzalo estaba Blanca
En el umbral de su morada: al verlo
Corrió hacia él, y distinguió al salvaje
Que allí venía entre los otros presos.
Ved como tiembla el indio
De ojos extraños de color de cielo.
Blanca esa noche se encontró llorando
Al acordarse del salvaje enfermo,
VII
Cavó una flor al río.
Los temblorosos círculos concéntricos
Balancearon los verdes camalotes
Y entre los brazos del juncal murieron.
Las grietas del sepulcro
Han engendrado un lirio amarillento.
Guarda el perfume de la flor caída,
La flor no existe: ha muerto.
Así el himno cantaban
Los desmayados ecos:
Así lloraba el urutí en 1as ceibas.
Y se quejaba en el sauzal el viento,
VIII
¿Quién es ese charrúa que suspira?
¿Quién es el prisionero
Que es capaz de alumbrar con luz del alma
Esos sus ojos de color de cielo?
Tabaré lo apellidan los charrúas,
O el hijo de los ceibos. . .
¡Hijo de mi dolor! una española
Le decía llorando ha mucho tiempo.
... .... .... .... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ..
Las grietas del sepulcro
Han engendrado un lirio amarillento;
Tiene el hábito de la muerte,
Su extrema palidez y su misterio.
IX
El pánico del indio indescriptible
Duró sólo un momento;
Marchando confundido entre los otros
Se aleja Tabaré; pero a lo lejos
Entre el grupo cobrizo se destacan
Las líneas de su cuerpo
De una amarilla palidez. La niña
Lo sigue con los ojos largo tiempo,
... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
X
-¿Quién es Gonzalo, ese Indio que trajiste,
El de la frente Pálida.
Qué me miró de un modo tan extraño
Cuándo venía entre tus hombres de armas?
¿Está enfermo? Qué tiene? Me despierta
Una profunda lástima.
¿Qué tiene en esos ojos? ¿Lo recuerdas?
¿Qué harás con él? ¿Quién es? ¿Cómo se llama?
-¿Lo sé yo acaso? Ese hombre es un misterio,
Es un misterio, Blanca.
Al cruzar aquel bosque lo encontramos
En actitud de duelo o de plegaria.
Y es el mismo, lo es, estoy seguro,
Que he visto en las batallas
Reír con el peligro y con la muerte,
Bravo como el aliento de su raza.
¡Y qué! ¿Tiene algún crimen?
¿No lucha por su hogar y por su patria?
¿No defiende la, tierra en que ha nacido,
La libertad que el español le arranca?
Cuando a él nos llegamos,
No sintió nuestros pasos a su espalda,
Ni demostró sorpresa, al verse solo,
Rodeado de arcabuces y de adargas.
Por cárcel este pueblo s¿ le ha dado.
El ha de respetarla.
Yo probaré en ese hombre si se encuentra
Capaz de re

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