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LA CALENTURA.30 Oct 13 - 10:44 La Calentura Drama fantástico en un acto José Zorrilla Personajes Florinda Don Rodrigo Theudia El Moje Romano Al Señor Don Leopoldo Augusto de Cueto, encargado de negocios por S. M. C. en Dinamarca. Querido Leopoldo: Te dedico esta obrilla, cuyo manuscrito te envío, para que lleves á Dinamarca un recuerdo de nuestra última entrevista. Al hojearle en Copenhague, acuérdate de tu mejor amigo. José Zorrilla Madrid, 3 de octubre de 1847. Acto único Cabaña del monje ROMANO Escena primera ROMANO, solo. ROMANO Señor, Tú, que al más mezquino gusano infundes aliento para que pueda contento cumplir su vital destino; Tú, cuyo soplo divino á cuanto crece y respira fe en tu omnipotencia inspira, no dejes que sólo el hombre tu poder tenga y tu nombre por una inútil mentira. Fué rey, y se ve sin trono; noble, y se ve sin honor; soldado, y perdió el valor. ¿Qué le resta en su abandono? Doquier cree tu eterno encono ver; nadie en su mal le abona; todo el mundo le abandona; vuelve ¡oh Dios! al que olvidado se ve rey, noble y soldado, sin valor, honra y corona. Jesús, hijo de María, Redentor del universo, por el justo y el perverso expiraste el mismo día. Duélete de su agonía, por la que en la cruz sufriste, y que no imagine el triste que si por todos bajaste, al desdichado olvidaste y al pecador redimiste. Mas ya es de noche; el nublado espesa; brilla la llama del relámpago; el mar brama á lo lejos irritado. ¡Infeliz! Él, descarriado, ni aun verá los elementos turbarse, y á pasos lentos cruzando el monte sin tino, lo arrastrará el torbellino de sus tristes pensamientos. En fin, Dios cuidará de él. Nada se puede esperar de tan intenso pesar ni de infortunio tan cruel. Henchido tiene de hiel su corazón, y enemigo siempre invencible, consigo le lleva siempre. (Escuchando) Ya creo que sube.. Pero, ¡qué veo! (Entra THEUDIA embozado) ¿Quién es? THEUDIA (Mostrándose) Un antiguo amigo. Escena II ROMANO y THEUDIA ROMANO ¡Theudia! THEUDIA Yo soy, buen anciano. ROMANO ¡Qué os vuelvo á ver! THEUDIA ¡Ay de mí! Por imposible lo dí, mas Dios me dió su mano. ROMANO Decís bien, Dios está en todo; y pues os trae á mi amparo segunda vez, está claro que es el mejor acomodo. Ea, sentaos; tomad posesión de mi chozuela; (Siéntase THEUDIA á la lumbre) calentaos; ¿no os consuela esa llama? THEUDIA Sí, en verdad. ROMANO Acercaos más; así. ¿Traeréis hambre? THEUDIA De dos días. ROMANO Viandas hay, aunque frías. THEUDIA Dadme; aun hay calor en mí que suplirá al de la lumbre, y comer frío no daña á quien trae de la campaña la privación por costumbre. ROMANO Entrad, pues, á ese pastel, como si fuera á una plaza enemiga. THEUDIA ¡Buena traza tiene! ROMANO Pues, firme con él. Aquí tenéis un vasijo con vino añejo de Oporto.. THEUDIA Padre, me dejáis absorto. ¿Aquí vino? ROMANO Bebed, hijo; (THEUDIA come y bebe) gozad el bien que os, da Dios, y aprended que en Él tan sólo no cabe falta ni dolo; y pues os crió, de vos cuida su paterna mano, porque sin su voluntad no bulle en la inmensidad ni el átomo más liviano. THEUDIA Anciano, tenéis razón, y nadie en su gran poder mayor fe puede tener que Theudia en su corazón. Sí, padre; yo he visto al hombre en su agonía mil veces, y siempre le oí con preces invocar su santo nombre. No hay mercader tan infame ni tan blasfemo soldado, que, por la muerte llamado, á Dios muriendo no llame. Y tal vez al pensamiento que puse una noche en Dios, debo el hallarme con vos aquí, y en este momento. ROMANO Os creo, Theudia; sin duda os creo; porque los males son recuerdos celestiales con que nuestra fe, se ayuda. (THEUDIA aparta la vianda) ¿No más? THEUDIA Soy sobrio, aunque godo; mas el hambre y el cansancio, por la pasta y por el rancio me han hecho olvidar de todo. Dios me perdone. Ahora, hermano, decidme... ROMANO No os fatiguéis en preguntas. THEUDIA ¡Oh! ¿Sabéis de él? ROMANO Sí sé. THEUDIA ¡Dios soberano, gracias! Ya desconfiaba de volverle en vida hallar. ¿Quién es de él? ¿Quién hace? ROMANO Vegetar como una planta que traba raíces en un peñón, por un turbión producida, y espera, al peñasco asida, que la arranque otro turbión, THEUDIA ¡Infeliz! ¿Cuánto ha que vino? ROMANO Tres meses ya. Todavía era de noche, y dormía yo aún, cuando un repentino golpe en la puerta asentado, estremeció la cabaña. Tal visita era harto extraña, y acudí sobresaltado. Abrí, entró; sombrío, mudo, avanzó con lento paso; colgó, sin hacerme caso, espada, casco y escudo en el pilar; se metió en la pieza que ocupaba la otra vez, y como estaba, sobre una piel se tendió. Durmióse al Punto. ¡Ay de mí! ¡Cómo venía el cuitado! Herido, roto, embarrado: lloré cuando tal le vi. Llaméle, mas no dormía: fuerza febril le sostuvo hasta llegar; mas cuando hubo el fin que se proponía tocado, le abandonó su vigor calenturiento, y en un aletargamiento anonadado cayó. La hambre, el pesar, la fatiga, que al par en él presa hicieron, vi que á la par le rindieron. Con solicitud amiga desnudóle, y le abrigué de unas pieles al calor; espirituoso licor vertí en su boca, y dejó que con el sueño cobrara las fuerzas que abandonado le habían; me eché á su lado, y esperé á que despertara. THEUDIA ¡Oh, buen amigo, dejad que os bese la noble mano! ROMANO Él infeliz, yo cristiano, cumplí con la caridad. THEUDIA ¡Bendígaos Dios!... Mas, seguid, seguid. ROMANO El sol se ocultaba ya, cuando él se despertaba poco á poco. THEUDIA Y ¿qué hizo? ROMANO Oid. Tendió una vaga mirada en torno de sí; me vió, y el infeliz sonrió sin poder decirme nada; porque al hallar un amigo que lloraba junto á él, su suerte vió menos cruel, y echóse á llorar conmigo. THEUDIA ¡Oh! Se comprende muy bien. ROMANO Vistióse; tomó alimento, y oramos por un momento. Hízolo él como quien pone en Dios una fe santa, y en alas de su oración, entero su corazón al trono de Dios levanta. Tranquilo después le vi, y tendiéndome la mano, dijo: «Ya lo veis, hermano, vuelvo á vos, mirad por mí.» De entonces acá, ni aun tiene voluntad: orad, le digo, y se arrodilla conmigo; id ó venid, y va ó viene. THEUDIA ¿Y nunca os dijo...? ROMANO Jamás; como en el tiempo pasado, en silencio se ha encerrado, y yo nunca quise atrás la vista hacerle volver, por no renovar la herida que el recuerdo de su vida le debió en el alma hacer. Mudo así, pero tranquilo, vive, y tengo á buen consejo dejarle, como le dejo, vivir quieto en este asilo. Mi hospitalidad recibe con gratitud, no desdeña bajar al monte por leña, sacar agua del aljibe, encender fuego, arreglar los trastos, de la cabaña; nada le ofende ni extraña; conmigo vive á la par, todo á ambos es común. Para él pedí á mi convento más nutritivo alimento; se lo sirvo; pero aún no ha dado señal ninguna de ver sí hay más que agua y pan come de lo que le dan, sin notar mudanza alguna. Mas á veces, como á impulso de algún vértigo arrastrado, sale desatalentado de la cabaña, y le llamo en vano; de risco en risco huye montaraz, arisco, como un acosado gamo que huyendo va del ojeo, y metido en la espesura se está, hasta que cierra obscura la noche. ¡Ay! Entonces veo en su cara macilenta y el cansancio que le abate, las huellas de la tormenta interior que le combate. Le hago orar, y se consuela; mas bajo el sayo eremita la sangre Real se le irrita y el corazón se revela. Hoy tarda ya. El desdichado, hoy, como nunca sombrío, me dijo: «Orad, padre mío, por este desventurado. Orad más que ningún día hoy, porque yo os aseguro que es el día más obscuro que hay en la existencia mía.» THEUDIA ¿Hoy? ¿Quién sabe el día fijo á su recuerdo más cruel? ¡Son tantos! Padre, por él oremos. ROMANO Oremos, hijo. (Al irse á arrodillar ambos, THEUDIA, que escucha, detiene al Ermitaño) THEUDIA Mas aguardad un momento, pues, ó me engañó el oído, ó á lo lejos he creído oír un grito. ROMANO Fué el viento de la tempestad acaso. (Abre la puerta del fondo; se ve relampaguear) Ved cómo el nublando avanza. THEUDIA Mi oído es fino, y alcanza de alguno que sube el paso. ROMANO Tenéis razón; es su huella, la reconozco. (Óyese muy á lo lejos un grito lúgubre) THEUDIA ¡Dios santo! ¿Qué grito es ese? ROMANO Es de espanto, de agonía. THEUDIA ¡Ah, si se estrella algún barco! ROMANO Vamos, pues, al mar; tal vez tiempo haya de atraer hacia la playa al náufrago, si lo es. (ROMANO y THEUDIA van á entrar, ROMANO delante. DON RODRIGO sale al mismo tiempo, y encarándose sólo con ROMANO, sin reparar en THEUDIA, le dirige la palabra. THEUDIA permanece en el fondo.) Escena III Dichos y D. RODRIGO RODRIGO Padre, no os mováis de aquí; no, no es náufrago el que grita. ROMANO ¿Quién es? RODRIGO La sombra maldita que viene detrás de mí. Cerrad, cerrad. ROMANO Son antojos que os forja algún desvarío. RODRIGO No; oí Su voz, padre mío, y la he visto por mis ojos. Como un pájaro marino, como un vapor, avanzaba por sobre el mar, que la daba sobre sus ondas camino. Á la torva claridad de un relámpago la vi. ¡Maldita sombra! ¡Ay de mí! Me la trae la tempestad. (DON RODRIGO se sienta junto á la lumbre, tapándose la cara con las manos) ROMANO (Á THEUDIA) Aun no ha reparado en vos; no os mováis de ahí. (Á D. RODRIGO) Hijo mío, con ese vértigo impío luchad; acudid á Dios. RODRIGO ¡Ay, padre! Dios no me escucha, y á Satanás á la tierra ha enviado á moverme guerra, y es desigual esta lucha. Yo á todo mi ánimo apelo, pero por grande que sea, ¿quién, quién á un tiempo pelea contra sí mismo y el cielo? Ya os he dicho esta mañana que hoy era mi día aciago, y témome algún estrago contra el que mi fuerza es vana. ROMANO Indigna superstición, hija de la fantasía. RODRIGO Del acíbar que se cría en mi triste corazón. Hija de la sangre amarga que por celestial sentencia envenena mi existencia, cuanto más triste, más larga. ¿Qué me resta ya que hacer? Llamó al cielo y no me oyó; me mostré á la tierra, y no me quiso reconocer. Sí, sí; ésta es la misma hora del crimen; éste el fatal día de tan criminal aniversario, y ahora la sombra debe venir á mis puertas á llamar, sin que la pueda ahuyentar...; dejadme, pues, sucumbir. Del África viene, sí; yo la he visto balancearse sobre el agua, y acercarse á la playa contra mí. ¿No habéis oído en la calma nocturna un horrendo grito? Fué el espíritu maldito que viene á pedir mi alma. ROMANO Serenaos, don Rodrigo. RODRIGO Jamás me llaméis así; bajo este nombre perdí todo cuanto tuve amigo. Solo en la tierra me hallo; pereció cuanto leal era á ese nombre fatal, ¡hasta mi último caballo! (DON RODRIGO se levanta, transportado por los recuerdos á los tiempos pasados. Varía de carácter, hasta volver á caer en su desvarío al fin de esta escena. -Depende del actor) Un generoso corcel con paramentos de malla; todo un corcel de batalla. ¡Qué bizarro iba yo en él! Sobre él, de venganza rayo, encerrado en mi armadura, llegué en una noche obscura al campo de don Pelayo. Con él, al pie de una encina, pasé aquella noche horrenda, y abrigo, falto de tienda, le di con mi capellina. Apenas el alba nueva por el Oriente asomaba, ya sobre él caracoleaba por las márgenes del Deva; y al escuchar los clarines del feroz morisco bando, su noble raza mostrando, bufó y erizó las crines. Al combate me lancé sobre él; con él me metí entre los moros, y á mi sabor los alanceé. Tras de su tropel impío, cuando ya huían deshechos, tenaz se arrojó de pechos conmigo en mitad del río. La corriente nos llevó; llegué yo, hiriendo y matando, hasta Causegadia, cuando el monte se desplomó. Cuantos árabes delante llevaba, huyendo de mí, se sepultaron allí, bajo el peñasco gigante. Mas de entra el golfo de espuma que alzó el peñón desplomado, sacóme á la orilla á nado, flotando como una pluma. Allí di en tierra con él, rendidos al fin los dos; yo tendí la diestra á Dios, y la siniestra al corcel. Leal junto á mí yacía, y al ir perdiendo el sentido, me apercibí, conmovido, que la mano me lamía. Era el amigo postrero que tenía, y yo pensaba que á par de él aun expiraba, si no rey, buen caballero. ¡Mas Dios no lo quiso así! Al volver de mi desmayo, de las gentes de Pelayo cercado en torno me vi. Halláronme al explorar el campo al siguiente día. ¡Más hiel allí todavía restábame que apurar! Pelayo me dijo: «Amigo, ¿quién eres? Por ti vencí» Yo ufano, ¡necio de mí! contesté: «Soy don Rodrigo» Todo el mundo se echó atrás con horror, y replicó don Pelayo: «Ya se hundió, para no alzarse jamás, don Rodrigo, y de su nombre no habrá ya rey en España; mas tú has hecho en la campaña cuanto puede hacer un hombre, y en premio de tu valor, á faz del pueblo te abono yo; libre eres, te perdono por lo bravo lo impostor» De sangre con una venda cegó-mis ojos la ira al oír que de mentira era mi palabra prenda. Quedé inmóvil de coraje, y teníendome por loco, dejáronme poco a poco á solas con tal ultraje. ¡Solo aquella vil canalla, por quien lidié, me dejó! Mas no estaba solo, no; mi fiel corcel de batalla pacía en una ladera; sobre la silla me eché, el acicate le hinqué, y se lanzó á la carrera. Pensé en vos y en Lusitania, y hacia vos me dirigí; mas era sino ¡ay de mí! perder en mi ciega insania todo cuanto me era fiel. ¡En mi vértigo infernal, me olvidé que era mortal mi desdichado corcel! Desbocado le traía día y noche, sin cesar. A mí la hiel del pesar de alimento me servía, del universo enemigo para huir; mas á él, que no, ¡noble animal! expiró, y con él mi último amigo. (DON RODRIGO, al volverse, da con THEUDIA, que se ha puesto de rodillas á su lado á sus últimas palabras, y que le dice:) THEUDIA Señor, aun os quedo yo. RODRIGO ¡Theudia! THEUDIA No, echéis un caballo de menos; mientras yo viva, aun la fortuna no os priva de un amigo y de un vasallo. RODRIGO Alza, y que yo te reciba en mis brazos. ¡Ay! Creí que tú también, como todos ingrato, harías allí causa común con los godos, volviéndote contra mí. THEUDIA ¡Yo contra vos hacer bando! No: si ante vos estallando la tierra se nos derrumba, para entonces yo os demando la mitad de vuestra tumba. RODRIGO Sí, te reconozco bien; tú solo fueras capaz de mirarme sin desdén. THEUDIA Y de vengaros también del mundo entero á la faz. RODRIGO Mas ¿cómo hiciste jornada hacia aquí? THEUDIA Allá en Covadonga, viendo que era hombre de espada, me pusieron de avanzada por la noche. Que me exponga yo más que éstos, justo es, me dije; soy un soldado, y no hay completo un arnés en campo tan mal armado; de facción quedéme, pues. Creí juntarme con vos a la aurora; mas la lucha se trabó antes; yo os f uí en pos, pero la gente era mucha, y quiso apartarnos Dios. Caí herido; de un paisano lleváronme á la cabaña, y cuando ya me vi sano, volviendo al campo de España, nuevas de vos pedí en vano. Mas comprendí que vivíais por un soldado que habló de uno que por rey se dió; Y juzgando que os vendríais aquí, tras vos eché yo. Orillas del Duero dí con los huesos de un corcel; cerca los pedazos vi de un arnés; fijéme en él, y el vuestro reconocí. RODRIGO ¿No viniste, pues, por mar? THEUDIA No, y que lo penséis me asombra. RODRIGO ¿Conque al llegar yo...? THEUDIA De entrar acababa. RODRIGO ¡Horrendo azar! THEUDIA ¿Qué hay? RODRIGO ¡No eras tú aquella sombra! ROMANO Señor... RODRIGO Dejadnos, anciano, á solas por un momento. ROMANO (Á THEUDIA.) ldle, por Dios, á la mano. THEUDIA (Á ROMANO) Yo procuraré con tiento calmar su espíritu insano. Escena IV DON RODRIGO y THEUDIA RODRIGO ¡Theudia! THEUDIA Señor... RODRIGO Escúchame. Tenía sed de volverte á ver, de hablar contigo, porque tú ves la desventura mía tan inmensa cual es; porque testigo de mi poder y de mi gloria un día, tú solo puedes consolarme amigo; porque rey, necesito un caballero, no un monje en mi pesar por compañero. THEUDIA Es un siervo de Dios. RODRIGO Mas nunca ha sido ni soldado ni rey; ni nació godo; ni vió jamás su nombre escarnecido y su honor arrastrado por el lodo; ni se vió de su pueblo maldecido, y rechazado, en fin, del mundo todo. ¿Qué decir puede semejante amigo al inmenso dolor de don Rodrigo? Nada. Siento exaltarse mi cabeza en esta soledad, y se enloquece débil ya mi razón. Sí; la pereza de esta vida inactiva me enflaquece. Theudia, bullir en mi cerebro siento mil siniestras imágenes, que aumenta como una inundación cada momento. THEUDIA Quimeras son con que Satán os tienta. RODRIGO ¡Pero odiosas, proféticas acaso! ¡Tentaciones horribles que no puedo vencer! ¡Qué vida tan horrenda paso, Theudia! ¡Ah, no me abandones! Tengo miedo. THEUDIA ¡Miedo, señor! ¿De qué? RODRIGO Theudia, de todo; de todo cuanto siento y cuanto miro; de todo cuanto lleva un nombre godo: de Dios, de mí, del aire que respiro. THEUDIA ¿De Dios? ¿No es infinita su clemencia? RODRIGO Y también su justicia. ¿Crees que alcanza un día de forzada penitencia, el rayo á detener de su venganza? No; un reino entero pereció á mis manos por mi crimen fatal, y un pueblo entero, esclavo de los fieros africanos, venganza pide contra mí..., y yo infiero que Dios se la ha de dar. La tierra hispana, tinta en la sangre de mi pueblo humea, sangre doquiera que la huella mana, sangre por mí vertida! Hay una idea arraigada en mi mente, una profunda convicción en mi seno guarecida, en que mi sino proverbial se funda, y que es, Theudia, el tormento de mi vida, THEUDIA ¡Superstición! RODRIGO Tal vez; pero se aferra más cada día al corazón; se extiende más cada día por mi mente, y cierra más mi horizonte á cada punto: atiende. Es la ley celestial; sobre la tierra abre Dios un infierno al rey que vende, cual yo, á sus pueblos; á este rey malvado le señala un espíritu, que impío le acosa, al pueblo hasta dejar vengado; y yo siento ese espíritu á mi lado que venga de su rey al reino mío. THEUDIA ¡Superstición! RODRIGO No, no; yo sé, yo creo que, de Dios mensajero, tras mí vaga Inístico ser que por doquier me amaga, y por doquiera junto á mí lo veo. THEUDIA Mas ¿quién es ese ser? RODRIGO No sé; un fantasma que marcha tras de mí cuando camino; su huella siento, y dé terror me pasma; va á mi lado, es mi sombra, mi destino. Escucha: á veces, á la luz postrera del día, bajo hacia la mar; me place verla estr |
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