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LEYENDAS E HISTÓRIAS.

30 Oct 13 - 10:46

LEYENDAS Y TRADICIONES
 
José Zorrilla
 
UNA AVENTURA DE 1360
 
 
En las frondosas campiñas
que con sus ondas serenas
fecunda el Guadalquivir
antes que en el mar se pierda,
sentada está una ciudad
que majestuosa ostenta
lo atrevido de sus torres,
lo antiguo de sus almenas.
El río su bella imagen
en su corriente refleja
pasando enorgullecido
por pasar tan junto a ella.
Y ella se mira en sus aguas
contemplando allí altanera
su antigüedad y poder
y su proverbial belleza.
Espesos muros la ciñen,
y frondosísimas huertas,
y apiñados olivares,
y fertilísimas vegas.
Radiante sol la ilumina,
y la bordan sus laderas
altos y copados árboles
y olorosas flores bellas.
Alegre gente la vive,
que las calurosas siestas
y las perfumadas noches
pasa al son de la vihuela,
ya en sus entoldados patios,
entre fuentes y macetas,
ya en sus floridos jardines
gozando sus auras frescas.
Ciudad de hermoso recuerdo,
ciudad bella entre las bellas,
de los moros es envidia,
de los cristianos soberbia.
Sevilla, en fin, y esto basta,
que todo el nombre lo encierra;
y hablando de la hermosura
todo es una cosa mesma.
En Sevilla, pues, y en una
noche azulada de aquéllas
en que la luna derrama
tranquila claridad trémula,
y en lo cóncavo del aire
resplandecen las estrellas,
y más allá con más brillo
los luceros reverberan;
en una de aquellas noches
en que todo se presenta
blanco, pacífico, hermoso,
y que la mente embelesa,
y los sentidos embriaga
y el corazón enajena;
noche de aventuras propia
en mil trescientos sesenta
(edad en que esto pasaba,
si mi memoria no yerra),
por la calle de la Sierpe,
media noche siendo apenas,
dos hombres en la ancha plaza
con prisa y silencio se entran.
Largas capas les envuelven,
no porque precisas sean,
sino porque bien les cubran
de las personas las señas.
Por el lado de la sombra,
punta a punta la atraviesan
de la calle de la Sierpe
hasta la calle de Génova,
y el bulto de sus espadas,
que bajo la capa llevan,
las plumas de sus birretes
y el rumor de sus espuelas,
por hidalgos les acusan,
por más que entrambos se empeñan
en pasar como personas
de común raza plebeya.
Al fin cuando ya contaban
tomar una callejuela
que al alcázar los llevase
sin pasar frente a la iglesia,
paróse el más alto de ellos,
diciendo : "¿Qué sombra es ésa
que tras el pilar se oculta,
Benavides? Yo dijera
que es un hombre". Y Benavides,
al que pregunta contesta
"Llegad, señor, sin cuidado,
que ya imagino quién sea,
y hará paso al conocerme,
que es hombre que me respeta,
porque me debe favores
e hicimos juntos la guerra".
Siguió andando Benavides;
siguió el otro, por respuesta
dándole sólo el silencio
que satisfacerle muestra,
y frente al hombre llegando
que junto al pilar espera,
mostrándose Benavides,
dejó franca la carrera.
“Dios te guarde, Andrés", le dijo
el que va, pasando cerca.
"Buenas noches" dijo el hombre,
saludando con llaneza:
y pasaron los hidalgos,
y siguió el otro en su espera.
Y, entre los dos que se van
por la oscura callejuela,
conversación en voz baja
se entabló de esta manera:
"¿Quién es ese hombre?
-Un soldado
que entró poco hace en la regla
de San Francisco, cansado
del servicio y de la guerra.
-¿Y por qué precisamente
en tal ocasión lo deja,
pudiendo darle fortunas
estos tiempos -de revueltas?
-Dice que al rey don Alonso
sirvió de grado, y por fuerza
no quiere servir a nadie.
-Ya entiendo.
-Señor...
-Le lleva
la opinión del vulgo necio,
que mal de don Pedro piensa.
-Ya veis, señor, pues al claustro
se acoge, con su conciencia
se lo habrá mirado bien.
-Y a tales horas, ¿qué espera,
solo en mitad de la plaza,
sin el traje de su regia?
-Señor, es historia larga.
-Tal cual es quiero saberla.
-Son cosas qué-importan poco.
-A mí todo me interesa;
decid, pues.
-Pues escuchad.
Ya sabéis que representan
al Rey los monjes franciscos,
que habiendo en su casa mesma
un manantial necesario
para el buen servicio de ella,
el derecho a los vecinos
se les quite de que puedan
servirse de él en su daño,
porque sin agua les dejan.
Los vecinos, como tienen
aquella fuente más cerca,
para tomarla a su gusto
su viejo derecho alegan.
-Y tienen razón, y el Rey
se la da.
-Por esa muestra
de su Real benignidad,
de los vecinos se aumenta
la osadía, y de los monjes
el trabajo y la impaciencia.
De aquí nacen las hablillas,
las voces y las quimeras;
los vecinos a los monjes
tal vez obligar intentan
a que de noche y de día
les tengan franca la puerta.
Los monjes quieren cerrarla
como lo manda su regla,
y esto ocasiona denuestos
y escandalosas pendencias.
Los vecinos traen soldados,
gente de su parentela;
los frailes sacan domésticos
y deudos que los defiendan;
y como ven que su Rey
lo que le piden les niega,
los del pueblo cobran bríos,
y los frailes se exasperan.
Esto duró hasta que Andrés,
hombre a quien nada amedrenta,
hombre que usa de las armas
con asombrosa destreza,
con sus escrúpulos dando
de una sola vez en tierra,
asió su espada saliendo
de los suyos en defensa.
Burlábanse al principio,
mas él se ha dado tal priesa
en asentar cintarazos
con tal fortuna y destreza,
que del manantial los monjes
son dueños a la hora de ésta.
-¿Tan bizarro es ese Andrés?
-Tan bizarro y tan a prueba,
que él solo guarda la plaza
y ninguno se le acerca.
-El miedo de los villanos
es quien su valor pondera.
-De quien queráis informaos;
veréis que nadie lo niega.
Es hombre que, si le dicen
que una calle por apuesta,
guarde una noche, es seguro
que nadie pasa por ella.
-¿Y no hay justicia en Sevilla,
un hombre que le contenga?
-Ya veis, se acoge a sagrado,
y los bravos le respetan."
Murmuró el que preguntaba
unas palabras inciertas,
que expiraron en murmullo
cual pronunciadas apenas.
Y como a un postigo oculto
que da al alcázar se llegan,
callaron ambos a dos,
llamando a espacio a la puerta.
Abrióles un pajecillo,
y entrando los dos por ella,
quedó el silencio en el aire
y en soledad la plazuela.
Está la siguiente noche
tocando en la misma flora,
y desde el cenit vertiendo
la luna luz melancólica.
Ni una ráfaga de viento
la soledad silenciosa
interrumpe, ni una nube
del cielo el azul entolda.
Toda Sevilla es silencio,
reposa Sevilla toda,
que duerme al son que la arrullan
del Guadalquivir las ondas.
Apenas de tarde en tarde
atraviesa una persona
las calles a largos pasos,
o en una reja se aposta.
Y los grandes edificios
que la extensa plaza forman,
sobre el suelo de la plaza
tienden su gigante sombra.
En un pilar apoyado
de una callejuela angosta,
por do un largo pasadizo
en la plaza desemboca,
hay un hombre que está en vela,
y a quien la noche medrosa
presta contornos fantásticos
y faz amenazadora.
Inmoble en la oscuridad,
no parecen que le importan
ni el relente de las noches
ni el ver que pasan las horas.
Si espera a alguien, nadie acude
a la cita misteriosa;
si aguarda algún hora fija,
su venida fue bien pronta.
Frente por frente al convento
de San Francisco se aposta,
cuya puerta se ve franca
como abandonada y sola.
¿Es que aquel hombre la guarda,
o es que en acecho la ronda?
Porque él la guarda o la acecha
con una intención incógnita.
En esto la plaza adentro,
por la calle de la Sierpe
un hombre desembocando,
a largos pasos se mete.
Un solo punto los ojos
en su derredor revuelve,
y viendo al hombre que aguarda,
vase a él rápidamente,
el sombrero hasta las cejas
y el embozo hasta los dientes.
Llegó al que esperaba, y plática
entablaron de esta suerte: .
-¡Andrés!
-¿Quién me llama?¬
-Un hombre.
-¿Me conoce?
-Sí
-¿Qué quiere?
-Que tenga por tu aljibe
un privilegio mi gente.
Me han dicho que tú tan sólo
a tu convento defiendes,
y que cejan los villanos
y la canalla te teme.
-Y te han dicho la verdad.
-Por eso precisamente
he venido aquí esta noche,
por si al cabo empacho tienes
en dejarme hacer de día
lo que de noche no entiende
ninguno en el barrio.
-Hidalgo,
si eso trae, errado viene;
todos han de tomar agua,
o nadie absolutamente.
-¿Conque contra el Rey te opones,
que lo contrario te advierte?
-Yo contra el Rey no me opongo,
mas cuido mis intereses;
y pues por ellos no cuidan,
siendo inútiles, sus leyes,
hombre a hombre, y fuerza a fuerza,
aquí has de encontrarme siempre.
Será injusticia y escándalo,
será cuanto se quisiere;
mas, a quien osados cargan, necio es, si no se defiende. -Hazlo, pues.
-Enhorabuena,
hidalgo, y tened presente
que habéis venido a buscarme.
-Menos hablar y defiéndete.
Y esto diciendo uno y otro
a cuchilladas se meten
con tanto brío que chispas
de las espadas encienden.
El caballero le carga
tan fiera y bizarramente,
que el hacerle cara el otro,
hasta milagro parece.
Dan, vuelven, paran, reciben;
ni uno ceja ni otro cede;
Andrés con calma y acierto,
el otro como una sierpe:
mas es inútil, el monje
es tan diestro y es tan fuerte,
que aunque es el hidalgo un hombre
que como un tigre revuelve,
y cuyo brazo muy pocos
a resistirle se atreven,
de poco o nada le sirven
lo que sabe y lo que puede.
Al fin, el monje, mirando
que el intento con que viene
es tal, que mucho peligra
si no se concluye en breve,
lanzóle tal multitud
de tajos y de reveses,
que el otro cejó seis pasos,
diciendo: -¡Demonio, tente!¬
Túvose Andrés, y el incógnito,
la mano franca tendiéndole,
dijo: "Lo que quieras pídeme,
que todo te lo mereces.
-Yo nada de vos espero.
¿Qué podéis vos ofrecerme?
-A todo por tu valor,
el rey don Pedro se ofrece.
-Señor -exclamó el buen monje
ante sus plantas rindiéndose-,
perdonad si estuve osado...
-Andrés, obraste valiente;
concédote lo que quieras,
para que de mí te acuerdes.
-Señor, de nuestra agua os pido
la propiedad solamente.
-Desde esta noche a los monjes
anuncia que la poseen."
Y tomando el rey don Pedro
por el callejón de enfrente,
volvióse al convento el fraile,
agradecido y alegre.
 
 
JUSTICIAS DEL REY DON PEDRO
 
I
 
Cuando su luz y su sombra
mezclan la noche y la tarde,
y los objetos se sumen
en la sombra impenetrable,
en un postigo excusado,
que a una callejuela sale
de una casa, cuya puerta
principal da a la otra calle,
dos hombres que se despiden
se ven, aunque no se sabe¬
n¡ cuál de los dos se queda
ni cuál de los dos se parte.
Ambos mirándose atentos,
ambos un pie hacia adelante,
parados en el dintel
están, y entrambos iguales.
Por fin el más viejo de ellos,
hundiendo el mustio semblante
entre el sombrero y la capa,
en ademán de marcharse,
torció la cabeza a un lado,
pronunciando un no tan grave,
que bien se vio que era el fin
de las pláticas de enantes.
Sin duda el otro entendido,
no encontró qué replicarle,
pues bajando la cabeza,
callóse por un instante.
-Buenas noches -dijo el viejo-.
Tartamudeó un "Dios le guarde"
el otro; mas, decidiéndose,
hizo hacia el viejo un avance.¬
-"Mírelo bien, y cuidado
no se arrepienta, compadre.
-Nunca eché más de una cuenta.
-Piénselo bien, y no pase
sin contar lo que va de él
a don Juan de Colmenares.
-Señor -replicó el anciano-,
en tiempos tan deplorables,
yo sé que lo pueden todo
los ricos y los audaces.
-Pues mire lo que le importa;
que rica y audaz señales
son con que marca la fama
a los que en mi casa nacen.
Callaron por un momento,
y continuando mirándose
dijo el viejo tristemente,
aunque en tono irrevocable:
-Nunca lo esperé de vos;
mas tampoco vos ni nadie
puede esperar más de mí.
-Pues, entonces, adelante
idos, buen viejo, con Dios,
qué estoy de prisa y es tarde."
Cerró la puerta de golpe,
a escuchar sin esperarse
una respuesta que el viejo
tuvo tentación de darle;
y acaso por su fortuna
quedó a tal punto en la calle
para dársela a la puerta,
donde la deshizo el aire.
Volvió el anciano la espalda,
y en dos golpes desiguales,
sus pasos descompasados
pueden de lejos contarse;
porque sus pies impedidos,
deben a su edad y achaques
una muleta que marcha
un pie que los suyos antes.
La esquina a espacio traspuso,
y a poco otro hombre más ágil,
saliendo por el postigo,
siguió en silencio su alcance.
Túvose al 'volver la esquina;
tendió sus ojos sagaces,
y enderezó los oídos
atento por todas partes;
mas, no oyendo ni escuchando
de qué poder recelarse,
tomando el rastro del viejo,
echó por la misma calle.
II
 
 
En un aposento ambiguo,
medio portal, medio tienda,
que hace asimismo las veces
de cocina y de despensa,
pues da su entrada a la calle
y en confuso ajuar ostenta
camas, hormas y un caldero
colgado en .la chimenea,
hay seis personas distintas,
que hacen al pie de la letra
(salvo el padre, que está ausente)
una raza verdadera.
Un mozo de veinte abriles;
una muchacha risueña
de diez y seis; tres muchachos,
y una anciana de sesenta.
Y aunque a las veces nos turban
engañosas apariencias,
zapateros son de oficio,
si a espacio se considera,
que está la estancia aromada
con vapores de pez negra,
que ribetea la moza,
y que el mozo maja suela.
-Mucho tarda -dijo el último¬
padre esta noche, Teresa.
-Ya ha tiempo que ha anochecido.
-Muchacho, atiza esa vela
y deja quieto ese bote.
Y esto diciendo en voz recia
el mozo, siguió en silencio
cada cual en su tarea,
el chico sitiando al bote,
ribeteando la doncella,
majando el mozo a compás,
y dormitando la vieja.
Con monótonos murmullos
arrullaban esta escena
el son de la escasa lluvia
de un aguacero que empieza,
el no interrumpido son
con que hierve la caldera,
y el tumultuoso chasquido
con que la luz chisporrea.
-¿Las nueve son? - dijo el mozo.
-Eso las ánimas suenan
con sus campanas - repuso
santiguándose Teresa.
-¡Las ánimas, y aún no viene!¬
Y echando atrás la silleta,
se puso el mancebo en pie,
y encaminóse a la puerta.
Al ruido que hizo en el cuarto,
despertándose la vieja,
dijo: -¿Rezáis a las ánimas?
-Sí, señora: estése queda.
Asió el mancebo la aldaba,
mas la había alzado apenas,
cuando un espantoso golpe
venció la puerta por fuera.
-¡Muerto soy! - dijo una voz;
Cayó un embozado en tierra,
y viose un hombre que huía
al fin de la callejuela.
En derredor del caído
se agolparon, que aún conserva
algún resto de la vida
que le arrancan a la fuerza;
mas no bien le desenvuelven,
por ver piadosos si alienta,
un grito descompasado
lanzó... la familia entera.
Blasfemó el mozo con ira,
desmayóse la doncella,
y la anciana y los muchachos
en llanto a la par revientan.
-Padre, ¿quién fue? - preguntaba
sosteniendo la cabeza
del anciano moribundo
el hijo, que llora y tiembla.
Echóle triste mirada
su padre, como quien lega
su razón y su justicia
en quien se fija con ella.
-Juan ...
-¿Qué Juan?
-De Colmenares -
balbuceó con torpe lengua,
y sobre el brazo del hijo
dobló la faz macilenta.
Reinó un silencio solemne
por un instante en la escena,
y a reunirse empezaron
vecinos de ambas aceras.
Llegó la justicia al punto,
y mientras justicia ella,
partió por la turba el mozo
en haz de intención siniestra.
-¿Dónde va? - dijo un corchete.
-Siendo yo su sangre mesma,
¿adónde sino al culpable?
-Soy con vos.
-Enhorabuena.
-Por si acaso, va seguro... -
dijo para sí el de presa,
mientras el mozo resuelto,
ganó a una esquina la vuelta.
 
 
III
 
 
Son treinta días después,
y en mismo lugar y hora,
la misma vieja y los chicos
con mesa, mancebo y moza.
Cada cual en su tarea
sigue en paz, aunque se nota
que todos tienen los ojos
del mancebo en la faz torva.
Él, sin embargo, en silencio
prosigue atento su obra,
sin levantar la cabeza,
que sobre el pecho se apoya.
Tan doblada la mantiene,
que apenas la llama roja
que da la luz, alumbrarle
las cejas fruncidas logra;
y alguna vez que el reflejo
las negras pupilas toca,
tan viva luz reverberan,
que chispas parecen brotan.
La verdad es, que una lágrima
que a sus -párpados asoma,
viene anunciando un torrente
en que el corazón se ahoga.
Y el mozo, por no aumentar
de los suyos la congoja,
a duras penas le tiene
dentro el pecho y le sofoca.
Largo rato así estuvieron
en atención afanosa,
todos mirando al mancebo,
y éste mirando a sus hormas;
hasta que al cabo Teresa,
más sentida o más curiosa,
le dijo: -¿Estás malo, Blas?
Y a su vez limpia y sonora
siguió otro largo intervalo
de larga atención dudosa.
Nada el hermano responde,
mas ella su afán redobla,
que no hay temor que la tenga,
la valla de una vez rota.
-¿Cómo estás tan cabizbajo?...
Y aquí Blas interrumpióla.
-¿Y qué tengo que decir
a quien sin padre y sin honra
debe vivir para siempre?
Y aquí la familia toda
rompió en ahogados sollozos
a tan infausta memoria.
Sosegóse, y siguió Blas
en voz lamentable y honda
-Él rico, y nosotros pobres ;
débil la justicia, y poca,
y el Rey en caza y en guerra,
¿qué puede alcanzar quien llora?
-Qué, ¿por libre se atrevieron? ...
-Poco menos, pues sus doblas
pudieron más con los jueces
que las leyes.
-¡Las ignoran!
dijo indignada Teresa.
-¡No, hermana ; las acogotan !
contestó Blas, sacudiendo
su mazo con ciega cólera.
Siguió en silencio otro espacio,
y otra vez Teresa torna:
-Mas la sentencia, ¿cuál fue? -
dijo, y calló vergonzosa.
-¿La sentencia? -gritó Blas
revolviendo por las órbitas
los negros y ardientes ojos-.
¿La sentencia pides?, óyela.
Todos se echaron de golpe
sobre la mesilla coja,
que vaciló al recibirles,
a oír lo que tanto importa.
-Sabéis que el de Colmenares
hoy pingüe prebenda goza
en la iglesia, y que a Dios gracias
y a mi diligencia propia,
se le probó que dio muerte
a padre (que en paz reposa).
Pues bien: no sé por qué diablos
de maldita jerigonza
de conspiración que dicen
que con su muerte malogra,
dieron por bien muerto a padre,
y al clérigo...
-¿Le perdonan?
-No, ¡ vive Dios! le condenan.
¡ Mas ved qué dogal le ahoga!
Condénanle a que en un año
no asista a coro, mas cobra
su renta; es decir, le mandan
que no trabaje, y que coma.
Tornó a su silencio Blas,
y a sus sollozos la moza,
ella cosiendo sus cintas,
y él machacando sus hormas.
 
 
IV
 
 
Está la mañana limpia,
azul, transparente, clara,
y el sol de entre nubes rojas
espléndida luz derrama.
Toda es tumulto Sevilla,
músicas, vivas y danzas;
todo movimiento el suelo,
toda murmullos el aura.
Cruzan literas y payes,
monjes, caballeros, guardias,
vendedores, alguaciles,
penachos, pendones, mangas.
Flota el damasco y las plumas
en balcones y ventanas,
y atraviesan besamanos
donde no caben palabras.
Descórrense celosías,
tapices visten las tapias,
los abanicos ondulan
y los velos se levantan.
Cuantas hermosas encierra
Sevilla a su gloria saca,
cuantos buenos caballeros
en sus fortalezas guarda,
ellos porque son galanes,
y ellas porque son bizarras;
las unas porque la adornen,
los otros para admirarlas.
Óyense al lejos clarines,
y chirimías y cajas,
y a lengua suelta repican
esquilones y campanas.
Mas no vienen los hidalgos
armados hasta las barbas,
ni el pálido rostro asoman
las bellas amedrentadas;
que no doblan los tambores
en son agudo de alarma,
ni las campanas repican
a rebato arrebatadas;
que es la procesión del Corpus.
que ya traspone las gradas
del atrio, y el Rey don Pedro
acompañándola baja.
Padillas y Coroneles
y Albuquerques se adelantan,
con Osorios y Guzmanes,
pompa ostentando sobrada.
Y bajo un palio don Pedro,
de ocho punzones de plata,
descubierta la cabeza
y armado hasta el cuello, marcha.
En torno suyo el cabildo
diez individuos encarga
que de escuderos le sirvan
en comisión poco santa ;
mas tiempos son tan ambiguos
los que estos monjes alcanzan,
que tanto arrastran ropones
como broqueles embrazan.
Entre ellos se ve a don Juan
de Colmenares y Vargas,
que deja por vez primera
la reclusión de su casa,
no porque el año ha cumplido,
sino porque el año paga,
y doblas redimen culpas
si se confiesan doradas.
Rosas deshojan sobre ellos
las hermosísimas damas,
y toda es flores la calle
por donde la corte pasa.
Envidia de las más bellas,
salió a un balcón del alcázar
la hermosísima Padilla,
origen de culpas tantas.
Hízola venia don Pedro,
y al responderle la dama,
soltó sin querer un guante,
y ojalá no le soltara.
Lanzóse a tomar la prenda
muchedumbre cortesana
muchos llegaron a un tiempo,
mas nadie tomar osaba,
que fuera acción peligrosa,
aparte de lo profana.
Partiendo la diferencia,
salió de la fila santa
el bizarro Colmenares
con intención de tomarla.
Mas no bien dejó su mano
del palio al punzón de plata,
y puso desde él al rey
cuatro pasos de distancia,
cuando un mancebo iracundo,
con irresistible audacia,
se echó sobre él, y en el pecho
le asentó dos puñaladas.
Cayó don Juan; quedó el mozo
sereno en pie entre los guardias,
que le asieron, y don Pedro
se halló con él cara a cara.
La procesión se deshizo;
volvió gigante la fama
el caso de boca en boca,
y ya prodigios contaban.
Juntáronse los soldados
recelando una asonada;
cercaron al Rey algunos
y llenó al punto la plaza
la multitud, codiciosa
de ver la lucha empezada
entre el sacrílego mozo
y el sanguinario monarca.
Duró un instante el silencio,
mientras el Rey devoraba
con sus ojos de serpiente
los ojos del que le ultraja.
-¿Quién eres? - dijo, por fin,
dando en tierra una patada.
-Blas Pérez - contestó el mozo
con voz decidida y clara.
Pálido el rey de coraje,
asióle por la garganta,
y así en voz ronca le dijo,
que la cólera le ahogaba
"¿Y yendo tu rey aquí,
¡voto a Dios!, por qué no hablaste,
si con la ocasión te hallaste
para obrar con él así?"
Soltóse Blas de la mano
con que el rey le sujetaba,
y, señalando al difunto,
repuso tras breve pausa:
-Mató a mi padre, señor;
y el tribunal, por su oro,
privóle un año del coro,
que en vez de pena es favor.
-Y si vende el tribunal
la justicia encomendada,
¿no es mi- justicia abonada
para quien justicia mal?
Cuando el miedo o la malicia
(dijo Blas) tuercen la ley,
nadie se fía en el rey,
medido por su justicia.
Calló Blas, y calló el rey
a respuesta tan osada
y los ojos de don Pedro
bajo las cejas chispeaban.
Tendiólos por todas partes,
y al fuego de sus miradas,
de aquéllos en quien las puso
palidecieron las caras.
Temblaron los más audaces,
y el pueblo ansioso esperaba
una explosión de don Pedro
más recia que sus palabras.
Rompió el silencio. por fin,
y en voz amistosa y blanda,
el interrumpido diálogo
así con el mozo entabla:
-¿Qué es tu oficio?
-Zapatero.
-No han de decir ¡vive Dios!
que a ninguno de los dos
en mi sentencia prefiero.
Y encarándose don Pedro
con los jueces que allí estaban,
dando un bolsillo a Blas Pérez,
dijo en voz resuelta y alta:
"Pesando ambos desacatos,
si con no rezar cumple él
en un año, cumples fiel
no haciendo en otro zapatos."
Tornóse don Pedro al punto,
y brotó la turba osada
murmullos de la nobleza
y aplausos de la canalla.
Mas viendo el rey que la fiesta
mucho en ordenarse tarda,
echando mano al estoque,
dijo así, ronco de rabia:
"¡ La procesión adelante,
o meto cuarenta lanzas
y acaban ¡voto a los cielos!
los salmos a cuchilladas P'.
Y como consta a la Iglesia
que es hombre el rey de palabra,
siguieron calle adelante
palio, pendones y mangas.
 
 
 
 
A BUEN JUEZ, MEJOR TESTIGO
Tradición de Toledo
 
 
I
 
 
Entre pardos nubarrones
pasando la blanca luna
con resplandor fugitivo,
la baja tierra no alumbra.
La brisa con frescas alas
juguetona no murmura,
y las veletas no giran
entre la cruz y la cúpula.
Tal vez un pálido rayo
la opaca atmósfera cruza,
y unas en otras las sombras
confundidas se dibujan.
Las almenas de las torres
un momento se columbran
como lanzas de soldados
apostados en la altura.
Reverberan los cristales
la trémula llama turbia,
y un instante entre las rocas
ríela la fuente oculta.
Los álamos de la vega
parecen en la espesura
de fantasmas apiñados
medrosa y gigante turba;
y alguna vez desprendida
gotea pesada lluvia,
que no despierta a quien duerme,
ni a quien medita importuna.
Yace Toledo en el sueño
entre las sombras confusas,
y el Tajo a sus pies pasando
con pardas ondas la arrulla.
El monótono murmullo
sonar perdido se escucha,
cual si por las hondas calles
hirviera del mar la espuma.
¡Qué dulce es dormir en calma
cuando a lo lejos susurran
los álamos que se mecen,
las aguas que se derrumban!
Se sueñan bellos fantasmas
que el sueño del triste endulzan,
y en tanto que sueña el triste,
no le aqueja su amargura.
Tan en calma y tan sombría
como la noche que enluta
la esquina en que desemboca
una callejuela oculta,
se ve de un hombre que aguarda
la vigilante figura,
y tan a la sombra vela
que entre las sombras se ofusca.
Frente por frente a sus ojos
un balcón a poca altura
deja escapar por los vidrios
la luz que dentro le alumbra;
mas ni en el claro aposento,
ni en la callejuela oscura
el silencio de la noche
rumor sospechoso turba.
Pasó así tan largo tiempo
que pudiera haberse duda
de si es hombre, o solamente
mentida ilusión nocturna;
pero es hombre, y bien se ve,
porque con planta segura
ganando el centro a la calle
resuelto y audaz pregunta:
",Quién va?", y a corta distancia
el igual compás se escucha
de un caballo que sacude
las sonoras herraduras.
-" ,Quién va?" - repite, y cercana
otra voz menos robusta
responde : "Un hidalgo, ¡calle!"
Y el paso el bruto apresura.
-Téngase el hidalgo - el hombre
replica, y la espada empuña.
-Ved más bien si me haréis calle
-repusieron con mesura¬
que hasta hoy a nadie se tuvo
Ibán de Vargas y Acuña.
-Pase el Acuña y perdone¬
dijo el mozo en faz de fuga,
pues teniéndose el embozo
sopla un silbato, y se oculta.
Paró el jinete a una puerta,
y con precaución difusa salió
 una niña al balcón
que llama interior alumbra.
"¡Mi padre!", clamó en voz baja
y el viejo en la cerradura metió
la llave pidiendo
a sus gentes que le acudan.
Un negro por ambas bridas
tomó la cabalgadura,
cerróse detrás la puerta
y quedó la calle muda.
En esto desde el balcón,
como quien tal acostumbra,
un mancebo por las rejas
de la calle se asegura.
Asió el brazo al que apostado
 hizo cara a Ibán de Acuña,
y huyeron con el embozo
 velando la catadura.
 
 
II
 
 
Clara, apacible y serena
pasa la siguiente tarde,
y el sol tocando a su ocaso
apaga su luz gigante:
se ve la imperial Toledo
dorada por los remates
como una ciudad de grana
coronada de cristales.
El Tajo por entre rocas
sus anchos cimientos lame,
dibujando en las arenas
las ondas con que las bate.
Y la ciudad se retrata
en las ondas desiguales,
como en prenda de que el río
tan afanoso la bañe.
A lo lejos en la vega
tiende galán por sus márgenes
de sus álamos y huertos
el pintoresco ropaje,
y porque su altiva gala
más que a los ojos halague,
la salpica con escombros
de castillos y de alcázares.
Un recuerdo es cada piedra
que toda una historia vale,
cada colina un secreto
de príncipes o galanes.
Aquí se bañó la hermosa
por quien dejó un rey culpable
amor, fama, reino y vida
en manos de musulmanes.
Allí recibió Galiana
a su receloso amante
en esa cuesta que entonces
era un plantel Me azahares.
Allá por aquella torre
que hicieron puerta los árabes
subió el Cid sobre Babieca
con su gente y su estandarte.
Más lejos se ve al castillo
de San Servando o Cervantes,
donde nada se hizo nunca
y nada al presente se hace.
A este lado está la almena
por do sacó vigilante
el conde don Peranzules
al rey, que supo una tarde
fingir tan tenaz modorra
que político y constante,
tuvo siempre el brazo quedo
las palmas al horadarle.
Allí está el circo romano,
gran cifra de un pueblo grande,
y aquí la antigua basílica
de bizantinos pilares,
que oyó en el primer concilio
las palabras de los padres
que velaron por la Iglesia
perseguida o vacilante.
La sombra en este momento
tiende sus turbios cendales
por todas esas memorias
de las pasadas edades,
y del Cambrón y Visagra
los caminos desiguales,
camino a los toledanos
hacia las murallas abren.
Los labradores se acercan
al fuego de sus hogares,
cargados con sus aperos,
cansados de sus afanes.
Los ricos y sedentarios
se tornan con paso grave
calado el ancho sombrero,
abrochados los gabanes,
y los clérigos y monjes
y los prelados y abades
sacudiendo el leve polvo
de capelos y sayales.
Quédase solo un mancebo
de impetuosos ademanes
que se pasea ocultando
entre la capa el semblante.
Los que pasan le contemplan
con decisión de evitarle,
y él contempla a los que pasan
como si a alguien aguardase.
Los tímidos aceleran
los pasos al divisarle,
cual temiendo de seguro
que les proponga un combate ;
y los valientes le miran
cual si sintieran dejarle
sin que libres sus estoques,
en riña sonora dancen.
Una mujer también sola
se viene el llano adelante
la luz del rostro escondida
en tocas y tafetanes.
Mas en lo leve del paso
y en lo flexible del talle
puede a través de los velos
una hermosa adivinarse.
Vase derecha al que aguarda
y él al encuentro la sale
diciendo... cuanto se dicen
en las citas los amantes.
Mas ella galanterías
dejando severa aparte,
así al mancebo interrumpe
en voz decisiva y grave:
-Abreviemos de razones,
Diego Martínez ; mi padre,
que un hombre ha entrado en su ausencia
dentro mi aposento sabe;
y así quien mancha mi honra
con la suya me la lave ;
o dadme mano de esposo,
o libre de vos dejadme
Miróla Diego Martínez
atentamente un instante,
y echando a un lado el embozo,
repuso palabras tales:
-Dentro de un mes, Inés mía,
parto a la guerra de Flandes;
al año estaré de vuelta
y contigo en los altares.
Honra que yo te deduzca
con honra mía se lave,
que por honra vuelven honra
hidalgos que en honra nacen.
-Júralo - exclamó la niña.
-Más que mi palabra. vale
no te valdrá un juramento.
-Diego, la palabra es aire.
-¡Vive Dios que estás tenaz!
Dalo por jurado y baste.
-No me basta, que olvidar
puedes la palabra en Flandes.
-¡Voto a Dios!, ¿qué más pretendes?
-Que a los pies de aquella imagen
lo jures como cristiano
del santo Cristo delante.
Vaciló un poco Martínez,
mas porfiando que jurase
llevólo Inés hacia el templo
que en medio de la vega yace.
Enclavado en un madero,
en duro y postrero trance,
ceñida la sien de espinas,
descolorido el semblante,
víase allí un crucifijo
teñido de negra sangre,
a quien Toledo devota
acude hoy en sus azares.
Ante sus plantas divinas
llegaron ambos amantes,
y haciendo Inés que Martínez
los sagrados pies tocase,
preguntóle
-Diego, ¿juras
a tu vuelta desposarme?
Contestó el mozo
-¡ Sí, juro!
Y ambos del templo se salen.
 
 
III
 
 
Pasó un día y otro día,
un mes y otro mes pasó
y un año pasado había;
mas de Flandes no volvía
Diego, que a Flandes partió.
Lloraba la bella Inés
su vuelta aguardando en vano;
oraba un mes y otro mes
del crucifijo a los pies
do puso el galán su mano.
Todas las tardes venía
después de traspuesto el sol,
y a Dios llorando pedía
la vuelta del español,
y el español no volvía.
Y siempre al anochecer,
sin dueña y sin escudero,
en un manto una mujer
el campo salía a ver
al alto del Miradero.
¡Ay del triste que consume
su existencia en esperar!
¡Ay del triste que presume
que el duelo con que él se abrume
al ausente ha de pesar!
La esperanza es de los cielos
precioso y funesto don,
pues los amantes desvelos
cambian la esperanza en celos,
que abrasan el corazón.
Si es cierto lo que se espera,
es un consuelo en verdad,
pero siendo una quimera,
en tan frágil realidad
quien espera desespera.
Así Inés desesperaba
sin acabar de esperar,
y su tez se marchitaba,
y su llanto se secaba
para volver a brotar.
En vano a su confesor
pidió remedio o consejo
para aliviar su dolor;
que mal se cura el amor
con las palabras de un viejo.
En vano a Ibán acudía,
llorosa y desconsolada,
el padre no respondía,
que la lengua le tenía
su propia deshonra atada.
Y ambos maldicen su estrella,
callando el padre severo
y suspirando la bella,
porque nació mujer ella,
y el viejo nació altanero.
Dos años al fin pasaron
en esperar y gemir,
y las guerras acabaron,
y los de Flandes tornaron
a sus tierras a vivir.
Pasó un día y otro día,
un mes y otro mes pasó,
y el tercer año corría;
Diego a Flandes se partió,
mas de Flandes no volvía.
Era una tarde serena;
doraba el sol de Occidente
del Tajo la vega amena,
y apoyada en una almena
miraba Inés la corriente.
Iban las tranquilas olas
las riberas azotando
bajo las murallas solas,
musgo, espigas y amapolas
ligeramente doblando.
Algún olmo que escondido
creció entre la yerba blanda,
sobre las aguas tendido
se reflejaba perdido
en su cristalina banda.
Y algún ruiseñor colgado
entre su fresca espesura
daba al aire embalsamado
su cántico regalado
desde la enramada oscura.
Y algún pez con cien colores,
tornasolada la escama,
saltaba a besar las flores
que exhalan gratos olores
a las puntas de una rama.
Y allá en el trémulo fondo
el torreón se dibuja
como el contorno redondo
del hueco sombrío y hondo
que habita nocturna bruja.
Así la niña lloraba
el rigor de su fortuna,
y así la tarde pasaba
y al horizonte trepaba
la consoladora luna.
A lo lejos por el llano
en confuso remolino,
vio de hombres tropel lejano
que en pardo polvo liviano
dejan envuelto el camino.
Bajó Inés del torreón,
y llegando recelosa
a las puertas del Cambrón,
sintió latir zozobrosa,
más inquieto el corazón.
Tan galán como altanero
dejó ver la escasa luz
por bajo el arco primero
un hidalgo caballero
en un caballo andaluz.
Jubón negro acuchillado,
banda azul, lazo en la hombrera,
y sin pluma al diestro lado
el sombrero derribado
tocando con la gorguera.
bombacho gris guarnecido,
bota de ante, espuela de oro,
hierro al cinto suspendido,
y a una cadena prendido,
agudo cuchillo moro.
Vienen tras este jinete,
sobre potros jerezanos,
de lanceros hasta siete,
y en la adarga y coselete
diez peones castellanos.
Asióse a su estribo Inés,
gritando: "¿Diego, eres tú?"
Y él, viéndola de través,
dijo: "¡Voto a Belcebú,
que no me acuerdo quién es!"
Dio la triste un alarido
tal respuesta al escuchar,
y a poco perdió el sentido
sin que más voz ni gemido
volviera en tierra a exhalar..
Frunciendo ambas a dos cejas,
encomendóla a su gente
diciendo: "¡Malditas viejas
que a las mozas malamente
enloquecen con consejas!"
Y aplicando el capitán
a su potro las espuelas,
el rostro a Toledo dan,
y a trote cruzando van
las oscuras callejuelas.
 
 
IV
 
 
Así por sus altos fines
dispone y permite el cielo
que puedan mudar al hombre
fortuna, poder y tiempo.
A Flandes partió Martínez
de soldado aventurero,
y por su suerte y hazañas
allí capitán le hicieron.
Según alzaba en honores
alzábase en pensamientos,
y tanto ayudó en la guerra
con su valor y altos hechos,
que el mismo rey a su vuelta
le armó en Madrid caballero,
tomándole a su servicio
por capitán de lanceros.
Y otro no fue que Martínez,
quien ha poco entró en Toledo,
tan orgulloso y ufano
cual salió humilde y pequeño.
Ni es otro a quien se dirige,
cobrado el conocimiento,
la amorosa Inés de Vargas,
que vive por él muriendo.
Mas él, que olvidando todo
olvidó su nombre mesmo,
puesto que Diego Martínez
es el capitán don Diego,
ni se ablanda a sus caricias,
ni cura de sus lamentos,
diciendo que son locuras
de gente de poco seso;
que ni él prometió casarse
ni pensó jamás en ello.
¡Tanto mudan a los hombres
fortuna, poder y tiempo!
En vano porfiaba Inés
con amenazas y ruegos;
cuanto más ella importuna,
está Martínez severo.
Abrazada a sus rodillas,
enmarañado el cabello,
la hermosa niña lloraba
prosternada por el suelo.
Mas todo empeño es inútil,
porque el capitán don Diego
no ha de ser Diego Martínez,
como lo era en otro tiempo.
Y así llamando a su gente,
de amor y piedad ajeno
mandóles que a Inés llevaran
de grado o de valimento.
Mas ella antes que la asieran
cesando un punto en su duelo,
así habló, el rostro lloroso
hacia Martínez volviendo:
"Contigo se fue mi honra,
conmigo tu juramento;
pues buenas prendas son ambas
en buen fiel las pesaremos."
Y la faz descolorida
en la mantilla envolviendo
a pasos desatentados
salióse del aposento.
 
 
V
 
 
Era entonces en Toledo
por el rey gobernador
el justiciero y valiente
don Pedro Ruiz de Alarcón.
Muchos años por su patria
el buen viejo peleó;
cercenado tiene un brazo,
mas entero el corazón.
La mesa tiene delante,
los jueces en derredor,
los corchetes a la puerta
y en la derecha el bastón.
Está, como presidente
del tribunal superior,
entre un dosel y una alfombra
reclinado en un sillón,
escuchando -con paciencia
la casi asmática voz
con que un tétrico escribano
solfea una apelación.
Los asistentes bostezan
al murmullo arrullador;
los jueces medio dormidos
hacen pliegues al ropón;
los escribanos repasan
sus pergaminos al sol.
Los corchetes a una moza
guiñan en un corredor,
y abajo, en Zocodover,
gritan en discorde son
los que en el mercado venden
lo vendido y el valor.
Una mujer en tal punto,
en faz de gran aflicción,
rojos de llorar los ojos,
ronca de gemir la voz,
suelto el cabello y el manto,
tomó plaza en el salón
diciendo a gritos: "¡Justicia,
jueces; justicia, señor!"
Y a los pies se arroja humilde,
de don Pedro de Alarcón,
en tanto que los curiosos
se agitan alrededor.
Alzóla cortés don Pedro
calmando la confusión
y el tumultuoso murmullo
que esta escena ocasionó,
diciendo
-Mujer, ¿qué quieres?
-Quiero justicia, señor.
-¿De qué?
-De una prenda hurtada.
-¿Qué prenda?
-Mi corazón.
-¿Tú le diste?
-Le presté.
-¿Y no te le han vuelto?
-No.
-¿Tienes testigos?
-Ninguno.
-¿ Y promesa?
-¡Sí, por Dios!
Que al partirse de Toledo
un juramento empeñó.
-¿Quién es él?
-Diego Martínez.
-¿ Noble?
-Y capitán, señor.
-Presentadme al capitán,
que cumplirá si juró.
Quedó en silencio la sala,
y a poco en el corredor
se oyó de botas y espuelas
el acompasado son.
Un portero, levantando
el tapiz, en alta voz
dijo: "El capitán don Diego.¬
Y entró luego en el salón
Diego Martínez, los ojos
llenos de orgullo y furor.
¿Sois el capitán don Diego
-díjole don Pedro- vos?
Contestó altivo y sereno
Diego Martínez:
-Yo soy.
-¿Conocéis a esta muchacha?
-Ha tres años, salvo error.
-¿Hicísteisla juramento
de ser su marido?
-No.
-¿Juráis no haberlo jurado?
-Sí juro.
-Pues id con Dios.
-¡Mientes! - clamó Inés llorando(
de despecho y de rubor.
-Mujer, ¡piensa lo que dices!
-Digo que miente: juró.
¿Tienes testigos?
-Ninguno.
-Capitán, idos con Dios,
y dispensad. que acusado,
dudara de vuestro honor.
Tornó Martínez la espalda
con brusca satisfacción,
e Inés, que le vio partirse,
resuelta y firme gritó:
-Llamadle, tengo un testigo.
Llamadle otra vez, señor.
Volvió el capitán don Diego,
sentóse Ruiz de Alarcón,
la multitud aquietóse
y la de Vargas siguió:
-Tengo un testigo a quien nunca
faltó verdad ni razón.
-¿Quién?
-Un hombre que de lejos
nuestras palabras oyó
mirándonos desde arriba.
-¿Estaba en algún balcón?
-No, que estaba en un suplicio
donde ha tiempo que expiró.
-¿Luego es muerto?
-No, que vive.
-Estáis loca, ¡vive Dios!
¿Quién fue?
-El Cristo de la Vega
a cuya faz perjuró.
Pusiéronse en pie los jueces
al nombre del Redentor,
escuchando con asombro
tan excelsa apelación.
Reinó un profundo silencio
de sorpresa y de pavor,
y Diego bajó los ojos
de vergüenza y confusión.
Un instante con los jueces
don Pedro en secreto habló,
y levantóse diciendo
con respetuosa voz:
"La ley es ley para todos;
tu testigo es el mejor,
mas para tales testigos
no hay más tribunal que Dios.
Haremos ... lo que sepamos;
escribano: al caer el sol,
al Cristo que está en la vega
tomaréis declaración."
 
 
VI
 
 
Es una tarde serena,
cuya luz tornasolada
del purpurino horizonte
blandamente se derrama.
Plácido aroma las flores
sus hojas plegando exhalan,
y el céfiro entre perfumes
mece las trémulas alas.
Brillan abajo en el valle
con suave rumor las aguas,
y las aves en la orilla
despidiendo al día cantan.
Allá por el Miradero,
por el Cambrón y Visagra,
confuso tropel de gente
del Tajo a la vega baja.
Vienen delante don Pedro
de Alarcón, Ibán de Vargas,
su hija Inés, los escribanos,
los corchetes y los guardias;
y detrás monjes, hidalgos,
mozas, chicos y canalla.
Otra turba de curiosos
en la vega les aguarda,
cada cual comentariando
el caso según le cuadra.
Entre ellos está Martínez
en apostura bizarra,
calzadas espuelas de oro,
valona de encaje blanca,
bigote a la borgoñesa,
melena desmelenada,
el sombrero guarnecido
con cuatro lazos de plata,
un pie delante del otro,
y el puño en el de la espada.
Los plebeyos de reojo
le miran de entre las capas:
los chicos, al uniforme,
y las mozas a la cara.
Llegado el gobernador
y gente que le acompaña
entraron todos al claustro
que iglesia y patio separa.
Encendieron ante el Cristo
cuatro cirios y una lámpara,
y de hinojos un momento
le rezaron en vox baja.
Está el Cristo de la Vega
la cruz en tierra posada,
los pies alzados del suelo
poco menos que una vara;
hacia la severa imagen
un notario se adelanta,
de modo que con el rostro
al pecho santo llegaba.
A un lado tiene a Martínez,
a otro lado a Inés de Vargas,
detrás al gobernador
con sus jueces y sus guardias.
Después de leer dos veces
la acusación entablada,
el notario a Jesucristo
así demandó en voz alta
"Jesús, Hijo de María,
ante nos esta mañana
citado como testigo
por boca de Inés de Vargas,
¿juráis ser cierto que un día
a vuestras divinas plantas
juró a Inés Diego Martínez
por su mujer desposarla?"
Asida a un brazo desnudo
una mano atarazada
vino a posar en los autos
la seca y hendida palma,
y allá en los aires ¡Sí, juro!,
clamó una voz más que humana.
Alzó la turba medrosa
la vista a la imagen santa...
Los labios tenía abiertos
y una mano desclavada.
 
 
CONCLUSIÓN
 
 
Las vanidades del mundo
renunció allí mismo Inés,
y espantado de sí propio
Diego Martínez también.
Los escribanos temblando
dieron de esta escena fe,
firmando como testigos
cuantos hubieron poder.
Fundóse un aniversario
y una capilla con él,
y don Pedro de Alarcón
el altar ordenó hacer
donde hasta el tiempo que corre
y en cada año una vez,
con la mano desclavada
el crucifijo se ve.
 
 
 
 
 
EL CAPITÁN MONTOYA
Fragmentos
 
I
LA CRUZ DEL OLIVAR
 
 
Muerta la lumbre solar
iba la noche cerrando,
y dos jinetes cruzando
a caballo un olivar.
Crujen sus largas espadas
al trotar de los bridones
y vense por los arzones
las pistolas asomar.
Calados anchos sombreros,
en sendas capas ocultos,
alguien tomara los bultos
lo menos por bandoleros.
Llevan, porque se presuma
cuál de los dos vale más,
castor con cinta el de atrás,
y el de adelante con pluma.
Llegaron donde el camino
en dos le divide un cerro,
y presta, una cruz de hierro
algo al uno de divino.
Y es así, que si los ojos
por el izquierdo se tienden,
sotos se ven que se extienden
enmarañados de abrojos.
Mas vese por la derecha
un convento solitario,
en campo de frutos vario
y de abundante cosecha.
Echóse a tierra el primero,
y al dar la brida al de atrás,
-Aquí -dijo- esperarás.
Y el otro digo: -Aquí espero.
Y hacia el convento avanzando,
del caballero, en la oscura
sombra, se fue la figura,
hasta perderse menguando.
Quedó el otro en soledad,
y al pie de la cruz sentado
siguió inmoble y embozado
en la densa oscuridad.
Mugía en las cañas huecas
en son temeroso el viento,
rasgándose turbulento
por entre las ramas secas.
Y en los desiguales hoyos,
con las lluvias socavados,
hervían encenagados
sin cauce ya los arroyos.
No había una turbia estrella
que el monte alumbrara acaso,
ni alcanzaba a más de un paso,
ciega la vista sin ella,
ni señal se apercibía
de vida en el olivar,
ni más voz que el rebramar
del vendaval que crecía.
Y al hierro santo amarrados
ambos caballos estaban,
y allí en silencio aguardaban,
a esperar acostumbrados.
Ni de la áspera maleza,
pisada al agrio rumor,
les volvió su guardador
sólo una vez la cabeza.
Un pie sobre el otro pie,
embozado hasta las cejas
metido hasta las orejas
el sombrero, se le ve
como un entallado busto
de alguno que allí murió,
y allí ponerse mandó
por escarmiento o por susto.
Ni incrédulo faltaría
que, si cerca dél pasara,
medroso se santiguara
dudando lo que sería.
Que a quien suele con la luz
y en compañía
bueno es hacerle pasar
de noche junto a una cruz.
Mas esto se quede aquí;
y volviendo yo a mi cuento,
digo que dudoso y lento,
gran rato se pasó así.
Y ya se estaba una hora
de espera a expirar cercana,
cuando sonó una campana
de lengua aguda y sonora.
Y aún duraba por el viento
su vibración, cuando el guía
alguien notó que venía
por el lado del convento.
Sacó la faz del embozo,
y oyendo el son más distinto,
echóse la mano al cinto
y, ¿Quién va?, el amo y el mozo
preguntaron a la par;
mas conocidos los sones,
asieron de los bridones
y volvieron a montar.
Y es fama que, menos fiero
el señor con el criado,
dejóle andar a su lado
como digno compañero.
 
......................................
 
 
II
AVENTURA INEXPLICABLE
 
 
Tras grave asunto, a juzgar
por lo que van espoleando,
corren dos hombres cruzando
a caballo un olivar.
No está la noche muy clara;
mas bien se ve al pie de un cerro
una cruz grande de hierro
que dos caminos separa;
y de advertir fácil es,
aun a los ojos peores,
que son dos los corredores,
y los caballos son tres.
Echó pie a tierra el primero,
y, al dar la brida al de atrás,
le dijo: "Aquí esperarás."
Y el otro dijo: "Aquí espero."
Y hacia el convento avanzando
del caballero en la oscura
sombra se fue la figura,
hasta perderse, menguando.
Y aquí, ¡oh mi lector amigo!,
fuerza será que convengas
en que es preciso que vengas
hacia el convento conmigo.
Sigue mi camino pues,
y de una verja detrás,
un atrio acaso hallarás
a pocos pasos que dés.
Sube tres gradas, si puedes;
da un paso más, y con él
tocarás en el cancel,
donde es fuerza que te quedes.
¿Ves un hombre que, embozado,
encorvando la figura,
por la estrecha cerradura
en mirar está ocupado?
Acércate sin temor,
que lo que alcanza por dentro
no hace temible el encuentro
del capitán reñidor.
Tú, lector, preguntarás:
"¿Conque el capitán es ése?"
El mismo, mal que te pese;
pero hazte un poquito atrás.
Porque, levantando el brazo,
empuja a espacio la puerta,
entró, y dejándola incierta,
sopló el aire y dio un portazo.
Mas veo, lector, que dices,
sin que pueda replicarte,
que esto es, llamándote, darte
con la puerta en las narices,
mas tu impaciencia sosiega;
todo lo presenciarás;
que del poeta a eso y más
el poder mágico llega.
Está el capitán en pie
en medio de la ancha nave,
y a la verdad que no sabe
ni qué pasa ni qué ve.
El templo mira enlutado
con lúgubre terciopelo,
mucha gente haciendo duelo
y un féretro en medio alzado.
Vense en el paño del túmulo
entrelazados blasones
y a la luz de los blandones,
un cadáver en su cúmulo.
Mondes le rezan en coro
tristísimos funerales,
y le alumbran con ciriales
pajes de libreas de oro.
La muchedumbre que asiste,
y que la tumba rodea,<

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