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POÉTICA DE LA VIRGEN .

30 Oct 13 - 10:50

María corona poética de la Virgen
 
José Zorrilla
 
 
 
 
 
Al Excmo. Sr. D. Manuel Joaquín de Tarancón, obispo de Córdoba y senador del reino.
 
     Excmo. e Ilmo. Señor.
 
     La amistad íntima y antigua que habéis dispensado a mi familia, el cariño que me habéis mostrado en mi niñez, los buenos consejos de que os es deudora mi juventud, y el aprecio que habéis hecho de mis obras literarias, me han impulsado a tomarme la libertad de dedicaros mi CORONA POÉTICA DE LA VIRGEN: esperando que recibiréis mi dedicatoria como leal testimonio de lo honrado que me considero con vuestra generosa amistad, de la buena memoria que guardo de vuestro cariño, del respeto con que he recibido vuestros consejos, y de la alta estimación en que tengo los juicios de vuestra ciencia. Permitid, pues, que aproveche en favor de mi presente obra el prestigio que la dará vuestro ilustre nombre. Sabéis mi historia y conocéis mis extravíos: sé que sois justo al juzgar aquella, y benigno para con estos; leed mis religiosas inspiraciones, como habéis leído mis profanos versos, y comprenderéis el fondo del corazón de vuestro más atento, reconocido y respetuoso amigo.
 
José Zorrilla.
 
 
Prólogo
 
     Este venturoso siglo de las luces y de la civilización, en que fue voluntad de Dios hacerme nacer, juzgará que al escribir el presente libro no he tenido más objeto que el de una lucrativa especulación. El nombre de MARÍA, impreso en su primera hoja, y el sagrado asunto de su divina historia esparcido por las siguientes, juzgará que es sólo el cebo de que he discurrido servirme para explotar la devoción del pueblo católico de nuestra España; pero el siglo de las luces y de la civilización, a pesar de estos títulos que él mismo se aplica, y de los cuales quiera Dios que no sea ignominiosamente despojado por las edades venideras, se equivoca completamente.
     Yo he escrito este libro bajo la inspiración espontánea de una devoción sincera, concebida desde la niñez a la Madre de Dios, y a la luz de la fe pura y sencilla del Evangelio. He aquí una confesión que el siglo sabio afectará oírme con desdeñosa sonrisa, y que yo me complazco en hacerle sin desconcertarme ni correrme. Por el contrario: cáusame compasión contemplar a mi siglo en medio de la fortaleza de su ciencia y de su civilización, sin atreverse a confesar en voz alta sus creencias religiosas, porque teme a su vez servir de mofa a la despreocupación, ídolo contrahecho y repugnante que él mismo se ha creado, en cuya esclavitud se ha constituido él solo, y al que se ha visto obligado a adorar, para encubrir la vergonzosa verdad de que ha dado la vida a un monstruo, que ha esclavizado a su padre desde el punto en que nació. Yo tengo lástima y no miedo a un siglo que proclama la libertad y no osa decir lo que cree su conciencia, por un temor pueril del ridículo, quimera que sólo existe en su imaginación asustadiza, cuando en su conciencia y en su experiencia está plenamente convencido de que sin fe, sin creencias, sin religión, no hay prosperidad pública, ni felicidad doméstica, ni ciencia, ni civilización, ni libertad. El siglo de las luces no puede ignorar esto, una vez que es sabio y debe conocer la historia de los siglos que le han precedido: la de todos los pueblos, la de todas las revoluciones le debe de haber convencido de esa verdad inconcusa.
     ¿Por qué, pues, avergonzarse de practicar los preceptos o las devociones de la religión en que se ha nacido? ¿Por qué esconder en el fondo de la familia y relegar a la soledad de la alcoba las demostraciones de una fe, a la que no podemos menos de volver los ojos en las tribulaciones de esta vida de tránsito que arrastramos sobre la tierra? Ningún pueblo del universo, ninguna secta religiosa tolerada, tiene empacho en la práctica manifiesta de las devociones de su creencia; sólo los Católicos en estos últimos años parece que nos proponemos dar a entender que tenemos por pobreza de espíritu las demostraciones exteriores de la fe que profesamos: como si las ciencias, la civilización y el progreso social estuviesen en contradicción con Jesucristo, apóstol y mártir de la igualdad, cuya religión hace libres a los hombres en medio de la servidumbre, del cautiverio o de la esclavitud. El sabio incrédulo, que sustituye el nombre de Dios con el de la naturaleza ante los espectáculos tranquilos de la creación, como la presencia de las primeras flores, la salida del sol por encima de las montañas coronadas de nieve, y la alegre vista de las campiñas alfombradas con el movible tapiz de las mieses ya sazonadas y los viñedos que comienzan a verdear, busca en su corazón el nombre de Dios y no el de la naturaleza ante los espectáculos más terribles con que esta le demuestra la omnipotencia de su Hacedor supremo; y en el fondo del camarote de la nave perdida y desarbolada por el huracán, no se acuerda de la naturaleza, en la que causas físicas producen la tempestad que amenaza sumirle en los senos inmensurables del mar irritado, sino de Dios que puede salvarle de la muerte próxima, y enviar a su alma un rayo consolador de esperanza en las tinieblas de la borrasca. El sabio razonador y el incrédulo filósofo, invocan el nombre de MARÍA con todo el fervor de que son capaces, cuando ven a los marineros del buque en que navegan, abandonar su casco maltratado a la merced de los vientos, y arrodillarse delante de sus escapularios invocando a gritos a la Madre del Redentor, entre los rugidos del trueno y a la luz de los relámpagos, únicas antorchas funerales que alumbrarán su sepultura, que ven abrírseles a cada momento entre las olas espumosas, que se desgarran bajo sus pies como una frágil tela de seda rasgada por el mercader.
     Si la ciencia, pues, y la despreocupación tienen al fin que acudir con espanto a la luz de sus olvidadas creencias, cuando ven cercana la lobreguez de la tumba ¿por qué yo, más cuerdo y más osado, no he de consignar en un libro las que, en las amarguras de mi existencia, han vertido sobre mi pobre corazón el bálsamo tranquilizador de la esperanza, sosteniéndome para luchar con la incertidumbre del porvenir nebuloso, y las mundanas tribulaciones?
     Cuando niño, solo y descorazonado, lloraba yo sobre mis pobres versos, pensando en que jamás llegaría un día en que recibiesen el honor de ser impresos, ni menos celebrados, volvía mis ojos arrasados de lágrimas a la imagen de MARÍA, invocando su auxilio para que me ayudase a conseguir una gloria profana, que era la ambición de mi juventud, y por la que hubiera dado entonces la mitad de los días que me restaban que vivir. -«Si yo lograse (decía yo a la Virgen en mi infantil desvarío), si yo lograse un gran renombre que me diera crédito para con mi Nación, yo cantaría tus alabanzas en versos apasionados y cadenciosos, y mi voz los derramaría sobre la atención de mi pueblo con una majestad y una armonía semejantes a la de un río fecundador que conduce sus ondas por las llanuras de una vega cubierta de flores.»
     ¿Y quién dice que Dios no ha otorgado al hombre el cumplimiento de la pueril ambición del niño, para que el hombre cumpla a su vez la oferta que hizo el niño a su divina Madre?
     Por eso he escrito este libro; y creo que cumplo con un deber de mi conciencia dando esta explicación a los que tienen fe religiosa.
 
     He tenido además otra razón, menos santa aunque no menos poderosa, para dedicarme a la composición de la presente obra. La revolución y las tendencias del siglo, franqueando más ancho y seguro campo al ingenio y al saber, y libertando a la prensa de las trabas que anteriormente la coartaban, debía naturalmente de producir hombres grandes, cuyos pensamientos innovadores y avanzadas teorías, cambiaran la faz de nuestra España, abriendo los cimientos de el suntuoso alcázar de una civilizadora ilustración, que debió seguir inmediatamente los pasos de la libertad. Esta era la hora de los grandes acontecimientos y reformas literarias, de las luminosas publicaciones, y de las útiles y necesarias fundaciones de escuelas e institutos, donde el plantel de nuestra juventud fecundado al sol de las sanas doctrinas y regado con los veneros de una sabia y prudente dirección, germinara y se robusteciera en la fe y en la ciencia, para elevar mañana a la Nación al grado de prosperidad y al lugar digno que ocupó en otro tiempo entre las demás naciones de Europa. Pero he aquí el siglo. La guerra civil, sin duda, y causas que a hombres más sabios pertenece el escudriñar, vinieron a dar en tierra con tan halagüeñas esperanzas. El desorden consiguiente a la división del país lo confundió todo en su torbellino, y dos demonios se levantaron en medio de este tumulto para desventura nuestra: el demonio de la especulación y el demonio de la poesía. Del primero ingenios más profundos hablarán en su día; del segundo voy a decir yo algunas palabras: yo, que debo de conocer su historia, puesto que, adorador ciego del ídolo devastador, he venido al fin a parar en torpe sacerdote de su deforme templo.
     El demonio de la poesía se apoderó de la juventud y con ella de todas las clases de la sociedad. Una voz incendiaria, se alzó en el tumulto anunciando que era preciso derribar el edificio viejo de la literatura para reconstruirle: y cayeron las buenas tradiciones literarias bajo el peso de las desenterradas cántigas de los Trobadores, de los romances de Gaiferos y de la multitud de trobas lamentosas, desesperadas endechas y espeluznadoras leyendas que entonces a porfía se publicaron. Innumerables papeluchos aparecieron bajo el nombre de periódicos de literatura y artes, embadurnados con grotescos grabados y detestables litografías, los cuales, después de vivir algunos meses con descrédito de las artes y de la literatura, murieron sin dejar siquiera un recuerdo y sin merecer una lágrima. Uno solo, cuya edición esmerada y bellos dibujos eran acaso dignos de más atención y mejor fortuna, quiso entablar una razonada polémica a favor de las nuevas doctrinas, aunque cediendo también a la exageración y virulencia de la época; pero juzgado con precipitación, o desapercibido entre los demás, concluyó su existencia, en su vigor juvenil, sin lograr el fin que se había propuesto. Los periódicos políticos, a imitación de los de Francia, abrieron su folletín a las letras, y un nublado de poesías insulsas y de noveluchas disparatadas se introdujo en las familias, para acabar de perder el juicio de los hijos desaplicados y de las hijas marisabidillas y romancescas. Este era tal vez el momento de la regeneración literaria: este era el crepúsculo que debía de haber sido precursor de un día sereno, esplendente y fecundador para la literatura nacional; pero aquí como siempre la esterilidad del siglo de las luces sofocó las semillas próximas a dar fruto, y la revolución literaria, como la política, por intentar remontarse a más altura de a la que podían subir sus tiernas alas, se fatigó por mucho tiempo en inútiles y mal dirigidos esfuerzos. La revolución literaria, con peor suerte que la política, paró al fin en una vergonzosa bacanal, en la que el demonio de la poesía embriagó a la juventud, descarriando o embotando su talento, y un enjambre de melenudos poetas nos desparramamos por la Península para inundarla, hastiarla, y embriagarla a nuestra vez con los desdichados y repugnantes engendros de nuestras imaginaciones calenturientas. ¡Y he aquí el siglo! Ni un solo genio poderoso, ni una voz pujante y avasalladora se levantó en aquel Pandemonium, capaz de acaudillar aquella juventud, falta solamente de una bandera, privada sólo de un capitán prudente y audaz que utilizase las fuerzas que realmente poseía. ¡He aquí el siglo! No hubo un piloto que dominase aquella tripulación desordenada, y que asiendo con brío el timón de aquella hermosa nave, próxima a salir del astillero para ser votada a la mar, la condujese majestuosamente sobre las ondas. El tumulto se apaciguó por sí solo, cansado y aniquilado por su mismo desorden: la juventud se desbandó sin jefe, y la hermosa nave de la regenerada literatura se pudrió en la playa, como una vieja e inútil barca abandonada por los pescadores. Los viejos y los maestros de la antigua escuela clásica, sorprendidos por la nueva y turbulenta generación de poetas, se encastillaron en el silencio, o se adormecieron en la inacción indignados o sobrecogidos. Los jóvenes se lanzaron en alas de su delirante fiebre, y guiados por sus ya viciados instintos, a cantar imaginarios pesares, en composiciones notables sólo por sus bárbaras y monstruosas formas; y como para usurpar el título de poetas no se necesitaban años de estudios, certificaciones universitarias, ni testimonios académicos, el demonio de la poesía se arrellanó sobre un mismo trono con la guerra civil, y la magistratura, el foro, el ejército y todas las clases de la sociedad se vieron invadidas por aquel turbión de poetastros. Pronto tuvieron los más que reducirse a ser imitadores de algunos pocos, que procurando salvarse del naufragio universal, llegaron a la ribera asidos a las rotas tablas de las antiguas tradiciones. La reacción comenzaba a efectuarse, pero necesitaba tiempo; el gusto del público se había estragado completamente, escaldado su paladar por los acres y venenosos manjares de los sangrientos espectáculos importados de Francia, y mas todavía por la multitud de abortos que los parodiadores de aquella horrenda escuela le regalaron. El demonio de la poesía extendió su maligna y emponzoñadora influencia hasta la cátedra de la verdad, y tal vez se habló desde el púlpito de la purísima y celestial belleza de las vírgenes y de las mártires complaciéndose torpemente en las descripciones de sus torneados brazos, de su cuello y hombros velados sólo por sus rizados cabellos y de su encantadora sonrisa, como pudieran describir los poetastros la hermosura impúdica de la dama de un castellano de los tiempos feudales, o de la favorita de un príncipe Musulmán.
     Tendamos un velo sobre tan insensatas profanaciones: ni a mí me toca ser el denunciador de semejantes abusos, ni estamos ya a Dios gracias en aquellos lamentables días.
     Basta empero lo expuesto para explicar otra de las razones que han influido en mí para emprender la composición de mi libro de MARÍA. Yo soy uno de aquellos jóvenes calenturientos, que se empeñaron con obstinada tenacidad en penetrar a la fuerza en el templo de la poesía, y amparado por la fortuna y aplaudido por la multitud fascinada, publiqué infatigable volumen tras de volumen, escribiendo desenfrenadamente versos sobre versos, como si fuera cuestión de velocidad o de ganar el premio de una carrera. Como cae mas fácilmente a las manos un volumen de una obra mala que consta de veinte, que el único de que consta una obra buena, mi fecundidad monstruosa me puso en moda, fui más leído que otros autores que en conciencia valían más que yo, y los ciento cuarenta mil versos que llevo publicados me han formado, bien contra mi voluntad, un proselitismo, una escuela a cuya cátedra no he tenido intento de subir jamás: una cohorte de sectarios que sigue mis pasos, que copia mis pensamientos, que imita los metros en que escribo, que se abandona a mis errores y extravagancias, y que pone mis versos a cuestión de tormento para prohijarles, concluyendo por creerlos parto original de su ingenio, cuando ha conseguido descoyuntarlos alterando su sentido, quitando la armonía a alguna feliz combinación de palabras, o destruyendo la solidez de construcción, que logro dar alguna vez a pocos de los muchos que he producido: pero sin que en estas correcciones suyas gane nunca nada mi primitivo pensamiento, ni en claridad, ni en armonía, ni en robustez, ni en precisión. Lo mismo sucede a los demás escritores que han alcanzado por su mérito real y constante laboriosidad la reputación que yo alcancé por el favor de la suerte y la oportunidad de mi aparición en la escena literaria: pero mis prosélitos son intolerables y lo que es peor, infinitos. Considerando, pues, que no debo contribuir a la perdición de sus almas, como he contribuido (aunque involuntariamente) a la perdición de sus ingenios, he determinado variar de rumbo y dedicarme a la poesía sagrada: con lo cual, dado caso que no se aparten de mis huellas, sus rapsodias no ofenderán a la moral, no despedazarán la historia y las tradiciones, no indignarán el buen juicio de las gentes sensatas, que me tomarán al fin por su caudillo voluntario, y al menos sus versos, si los escriben con fe sincera, serán atendidos en el cielo aunque no sean apreciados sobre la tierra. Acaso sus almas me deberán la dicha de ser bien recibidas en el Paraíso después de su muerte, y la sociedad me será deudora de un gran bien; puesto que, dando a mi escuela dirección tan santa, mis discípulos la darán buenos y piadosos ejemplos, ya que no bellas y castizas producciones.
     Y esta es otra razón de las que he tenido para escribir este libro, y creo que cumplo con un deber de mi conciencia dando esta explicación a los que tienen fe literaria.
     En cuanto al mérito e importancia que pueda yo atribuir a esta obra mía, poco tengo que decir; los que me conocen saben el poco aprecio en que tengo yo mis escritos. MARÍA es la obra del cristiano, no la del poeta. El poeta la tiene en tan poco como a sus demás obras: el cristiano la tiene en tanto como a su salvación.
     Mi corona poética de la Virgen, ni en su argumento ni en su desempeño, tiene la pretensión de la originalidad. ¿Qué dirá el poeta de MARÍA que no hayan dicho los Santos Padres de la Iglesia?
     Fácil me hubiera sido atestar de notas mi obra; pero no aspiro, a pasar por erudito a los ojos del vulgo: los libros de donde pudieran tomarse notas para semejante obra son conocidos de todo el mundo, y la vida de la Virgen últimamente publicada por el abate Orsini, contiene todo cuanto en explicaciones y notas puede desear el curioso devoto.
     Escaso de ciencia, e insuficiente de todo punto para llevar a cabo el divino pensamiento del libro de MARÍA, declaro que le someto sin restricción al juicio de la censura eclesiástica; y si mi ignorancia me arrastra a estampar en el contesto de mi obra alguna proposición, alguna idea o alguna palabra que no esté en armonía con los dogmas y doctrinas de la Iglesia Católica, Apostólica, Romana, desde ahora para entonces protesto que son involuntarias, que me retracto de ellas y que quiero que se las considere como no proferidas.
 
José Zorrilla.
 
Madrid 1.º de Enero de 1849.
 
 
Introducción
 
 
 
Voy a contaros la divina historia
de una mujer a quien el alma mía
adora, y de quien son nombre y memoria
objetos para mí de idolatría.
Bella cual la esperanza de la gloria,
no se aparta de mi noche y día
su casta imagen: mi pasión, mi dueño,
con ella vivo, con su imagen sueño.
 
Templo es mi corazón en donde mora:
la conocí y la amé desde tan niño,
que de mi infancia dividí la aurora
entre mi madre y ella mi cariño.
Su imagen tuve en mi primera hora
en frente de mi cuna: el desaliño
del lecho maternal me la dejaba
ver, y yo por mi madre la tomaba.
 
Su nombre fue el primero que mi labio
aprendió a balbucear: nombre tan suave,
que se le hiciera al compararle agravio
al son del agua y al trinar de el ave.
La ciencia ruin de el Universo sabio
otro más dulce componer no sabe:
porque es su nombre bálsamo que calma
el mal del cuerpo y el pesar del alma.
 
La tierra al despertarse le murmura
percibiendo la luz del nuevo día:
vaga en las nieblas de la noche oscura:
reposa en un rincón del alma mía.
Yo le invoco en mis horas de amargura,
le bendigo en mis horas de alegría;
tres veces cada sol mi fe Cristiana
le oye del sacro templo en la campana.
 
Al oír ese nombre soberano
Satán huyendo amedrentado ruge
y el alma suelta que apresó su mano:
el mar se aduerme, que soberbio muge:
tórnase el huracán aire liviano:
espira el trueno, que rodando cruje;
se disipa en la atmósfera la peste,
y Dios aplaca su furor celeste.
 
Yo idolatro este nombre. El mundo entero
sabe ya que le adoro: yo le he escrito
mil veces en mis versos y le quiero
escribir otras mil. Nombre bendito,
luz de mi fe, de mi placer venero,
quiero que halle en mi voz eco infinito,
quiero que dure más que mi memoria,
quiero que alumbre mi terrena gloria.
 
Quiero que de la tumba que se cave
para que el polvo de mi ser reciba
sobre la piedra funeral se grabe:
quiero que el dedo del amor le escriba
sobre mi corazón, para que lave
con su pureza mi maldad nativa:
porque la tierra, a su vital contacto,
deje por él mi corazón intacto.
 
Y quiero, al dulce son del arpa mía,
celebrar a la faz de el Universo
de este nombre la santa poesía,
con voz solemne y cadencioso verso.
Quiero el viento llenar de la armonía
de este glorioso nombre, y que disperso
por sus espacios mi cantar resuene,
y que su nombre el Universo llene.
 
Azucenas de abril, dad a mi aliento,
al pronunciar su nombre, vuestro aroma:
auras de la arboleda, el suave acento
dadme del ruiseñor y la paloma,
en palabra al tornar mi pensamiento:
plantas donde su miel la abeja toma,
dadme de vuestros jugos la dulzura
al hablar de su gloria y su hermosura.
 
Espirad a su nombre terrenales
cantares y profanas relaciones:
desvaneceos vientos mundanales
que embravecéis el mar de las pasiones:
venid a oírme y preparad, mortales,
a la luz y al placer los corazones,
porque en verdad os digo que es su historia
más grata que los himnos de la gloria.
 
Venid a mí, los que creéis que existe
otro mundo mejor que nuestro mundo:
venid, los que buscáis la sombra triste
del solitario altar, en lo profundo
del templo abandonado, que resiste
al vendaval del siglo furibundo:
venid y os bañaréis en la ambrosía
del dulcísimo nombre de MARÍA.
 
MARÍA, emanación del puro aliento
del infinito creador: MARÍA,
augusta emperatriz del firmamento,
gozo del triste, del perdido guía,
madre buena de el huérfano, alimento
del alma casta, luz que en la agonía
más allá del sepulcro, en lontananza
alumbra la región de la esperanza.
 
MARÍA, arca sellada, guardadora
del tesoro inmortal de la clemencia
de Dios; ser de su ser, fe del que ora,
santuario del pudor, de la inocencia
pabellón perfumado, sombreadora
palma triunfal del Gólgota, excelencia
de los mundos creados, poesía
del paraíso, y germen de la mía.
 
Tal es el nombre y la mujer que canto,
tal es el nombre y la mujer que adoro:
yo me prosterno ante su nombre santo,
y a la señora de los cielos oro.
Débil mortal, cuando me atrevo a tanto,
que nada soy para quien es no ignoro:
mas me infundió mi madre su cariño
y no puedo olvidar mi amor de niño.
 
¡Oh Reina del zenit resplandeciente!
voy a ser el cantor de tu existencia:
mas tus ojos alumbran el oriente,
los astros de placer a tu presencia
tiemblan, corona el sol tu regia frente,
calza tus pies la luna, tu excelencia
no alcanza a comprender la criatura...
¿qué ha de decir de ti mi lengua impura?
 
Tú, empero, inspiración vendrás a darme
para hablar de tu gloria soberana:
tú me darás vigor, para elevarme
sobre el turbión de la impiedad mundana;
tú vendrás con tu manto a cobijarme
cuando al morir me den tumba cristiana,
y yo a tus pies invocaré tu nombre
libre al partir de la mansión del hombre.
 
Dios me inspiró al nacer la fe en que vivo,
y Dios, mi fe para cantar, me ha dado
gigante voz corazón altivo:
el siglo, pues, me escuchará asombrado
cantar la fe de mi país nativo,
tal vez por su tormenta arrebatado,
mas de la fe de mis creencias lleno
con firme voz y corazón sereno.
 
 
Primera parte
 
 
 
En el nombre de Dios, a cuyo acento
brotó obediente cuanto alumbra el día,
y cuanto más allá del firmamento
existe, ser tomando en la ambrosía
de su divino creador aliento,
empiezo aquí la historia de MARÍA.
¡Ojalá que la fe de mi palabra
vuestra alma alumbre y el Edén os abra!
 
Dulce Señora, celestial MARÍA,
tu nombre purifica cuanto toca:
tu nombre al pronunciar la lengua mía
haz que sean, amor mi poesía,
fuego mi corazón, oro mi boca.
Libro primero
Nazaret
 
 
Señor de Roma Augusto, y de Judea
Herodes, extranjero cuya cuna
sombrëaron los cedros de Idumea,
gemía lamentando su fortuna
en vil esclavitud la raza Hebrea.
 
Escrito estaba. Sus postreros días
de libertad y gloria señalaron
las antiguas y santas profecías,
y sus días a término llegaron
comenzando a brillar los del Mesías.
 
El universo ante el poder Romano
se humillaba vencido, y de su mano
recibía en silencio nombre, leyes,
ritos, tributos, términos y reyes,
sujeto a su capricho soberano.
 
Jerusalén, la reina que ostentaba
coronada la frente en algún día
y señora de reyes se llamaba,
sobre su frente impreso como esclava
el sello real de su señor tenía.
 
Decoraban las águilas Romanas
sus puertas, defendidas por soldados
extranjeros; corría en sus mercados
la moneda del César, y ¡cuán vanas!
lágrimas de sus ojos desdichados.
 
El oro de sus ricos mercaderes
iba a Roma con nombre de tributo
para pagar del César los placeres;
y daban, de su amor al dar un fruto,
un soldado Romano las mujeres.
 
Mas esperaba en el silencio un día
de regeneración la raza Hebrea:
esperaba aquel sol que la traería
un rey que su poder la volvería,
un rey libertador de la Judea.
 
¡Mísero pueblo de Judá! esperaba
un rey que al son de la broncínea trompa
a Roma hiciera de Salem esclava,
y al prometido rey imaginaba
del triunfo ver en la sangrienta pompa.
 
¡Mísero pueblo de Judá!-delante
de ti tuvistes a tu rey: le vistes
ir entre palmas a Salem triunfante,
y ¡oh multitud imbécil! tú ignorante
al rey libertador no conocistes.
 
¡Mísero pueblo de Judá! en tus ojos
tu avaricia febril puso una venda,
y Dios te ha condenado en sus enojos
a vender de tu herencia los despojos
de lugar en lugar, de tienda en tienda.
 
Por entonces de un valle en la angostura
entre el monte Tabor y el del Carmelo,
yacía Nazaret, aldea oscura
por un arroyo hendida, que frescura,
sombra y fertilidad daba a su suelo.
 
Sus remansos ceñidos de espadañas,
umbrosos sauces y sonoras cañas,
eran abrevaderos de palomas;
y huertos mil ornaban sus montañas
de uvas cargados y fragantes pomas.
 
Canastillo aromático de flores
asemejaba la escondida aldea,
guardada entre dos cerros protectores;
y olvidada tal vez de sus señores
era la más feliz de la Judea.
 
Y he aquí que en el retiro de esta villa
habitaba un varón justo y prudente,
partiendo su existencia sin mancilla
con una esposa que, como él sencilla,
era para con él fiel y obediente.
 
Entrambos eran de virtud modelo:
la dulce paz de su modesta casa
imagen era de la paz del cielo:
su fe era pura, sin ficción su celo
por la virtud, su caridad sin tasa.
 
De envidia exentos, de ambición y encono,
la oración de sus almas ascendía
libre de Dios hasta el excelso trono:
y Dios al aceptarla bendecía
su secreto dolor y su abandono.
 
Su secreto dolor: porque en la tierra
¿qué corazón no amarga algún secreto?
¿qué espíritu un pesar en sí no encierra?
Ninguno: al pecho del mortal se aferra
el dolor al nacer, y a él va sujeto.
 
Aquel varón justísimo, intachable,
aquella esposa púdica, sencilla,
su morada pacífica, envidiable,
cual raza vil, cual antro abominable
mirados eran en su propia villa.
 
Nadie a Joaquín con su amistad brindaba,
nadie a su esposa Ana por ejemplo
proponía a sus hijas, ni trataba
con las mujeres ella, ni pasaba
del pórtico exterior cuando iba al templo.
 
Su ardiente fe, su caridad sincera,
su honda piedad por el Señor bendita,
una existencia de virtud entera,
infamante padrón en ellos era,
cual si les diera ser casta precita.
 
Y eran, no obstante, los que en tal bajeza
y abandono tal se contemplaban,
oriundos de tal raza y de nobleza
tal, que los primogénitos llevaban
de su casa corona en la cabeza.
 
Vástagos eran cuya raza pura
del regio trono de David manaba
aquellos, que vertían en la oscura
soledad por sus ojos la amargura
de la hiel que en sus almas fermentaba.
 
Ana era estéril: de su sangre fría,
de su inútil amor no nacería
el rey libertador de la Judea;
esa es la hiel mortal que su alma cría:
ese el baldón que su virtud afea.
 
Por eso lloran de vergüenza llenos
la pena infame, de la culpa ajenos,
en su mansión oscura y solitaria
Ana y Joaquín; mas nunca de los buenos
desoye Dios el llanto y la plegaria.
 
Dios es justo. Dios ama a los que lloran
resignados el mal que les envía;
Dios escucha benigno a los que oran
con fe leal, y a los que a Dios adoran
no les olvida Dios un solo día.
 
 
Libro segundo
La Purísima Concepción de María
 
(8 de Diciembre)
 
El Ángel del Sueño
 
Es alta noche. En el valle
donde oculta se guarece
y en que eterna prevalece
juventud primaveral,
Nazaret, entre los huertos
donde su ambiente se aroma,
duerme como una paloma
que se anida en un rosal.
 
Lámpara de eterna vida,
la luna brilla en el cielo
derramando sobre el suelo
argentino resplandor;
y de su Dios en los brazos,
a su luz tibia, reposa
la tierra como una esposa
en los brazos de su amor.
 
¡Paz nocturna, puro cielo,
pabellón de astros bordado!
Dios os tiende como un velo
de la tierra en derredor:
y detrás del cortinaje
de esa tienda de reposo,
como padre cuidadoso
vela al mundo el Criador.
 
¡Noche azul! ¿quién a mirarte
levantar puede sus ojos
sin caer ciego de hinojos
a los pies de Jehová?
Tus estrellas son las lámparas
con que alumbra su santuario,
y el espacio solitario
de su esencia lleno está.
 
Todo yace en el silencio
de la noche sumergido:
calla el aire adormecido
bajo el césped; el rumor
de las inmóviles hojas
yace mudo, y solamente
se oye del agua corriente
el son adormecedor.
 
En esta calma solemne,
de vida y de movimiento
exhausta, que ni el lamento
interrumpe más fugaz,
con dulce sueño que aduerme
los pesares en su pecho,
Ana y Joaquín en su lecho
reposan también en paz.
 
Castos, fieles, cariñosos,
veinte años ha que le parten
como ejemplares esposos
en salud y enfermedad.
Veinte años ha que dividen
el lecho nupcial, y veinte
que vela constantemente
sobre él la esterilidad.
 
Veinte años ha que al dormirse
demandan orando al cielo
alivio en el desconsuelo
de su soledad sin fin,
y veinte años ha que solos,
al reposo al entregarse
y a la luz al despejarse,
se encuentran Ana y Joaquín.
 
Y veinte años atestiguan
con bien claro testimonio,
que su infausto matrimonio
bendecir no plugo a Dios:
y se duermen bajo el peso
del baldón que les alcanza,
entrambos sin esperanza,
mas resignados los dos.
 
¡Míseros juicios del hombre
que en el error siempre vive,
y los juicios que concibe
siempre falsos ve salir!
¡Ay! en su ciega ignorancia
de sí mismo nada sabe!
solo Dios tiene la llave
de su oscuro porvenir.
 
He aquí que mientras en sueño
sumergido yace el mundo,
en el silencio profundo
de aquella nocturna paz,
con vuelo apacible y lento
que movió apenas el viento,
cruzó la atmósfera límpida
un espíritu fugaz.
 
Su vuelo en el aire diáfano
dejó de una luz de rosa
una huella luminosa
que al ambiente esclareció:
y que cual brillo fosfórico
de exhalación de verano,
sumida en el aire vano
al punto se disipó.
 
Era el ángel misterioso
del sueño: al rumor sonoro
de sus alas, los de oro,
los de hierro hace brotar.
Dios a la tierra le envía
con los tristes o halagüeños,
cuando Dios quiere en los sueños
sus misterios revelar.
 
Es el más vaporoso,
más vago, más indeciso
que nació en el paraíso:
su ser, su forma y color
son tan indeterminados
que Dios solo les percibe,
y es el ser que de Él recibe
ser de sombra, de vapor.
 
De los ámbitos celestes
en un apartado espacio,
mora este ángel un palacio
que no visitan jamás
ni los justos, ni los ángeles,
porque su atmósfera espesa
sobre las potencias pesa
y las embarga quizás.
 
En este alcázar fantástico,
donde solo este ángel vive,
nunca ruido se percibe:
ni una voz, ni un eco en él.
Unos bosques ondulantes
le circuyen en contorno,
y a su parque presta adorno
un quimérico vergel.
 
Los espíritus más bellos,
las imágenes más puras
de los gozos y venturas
de la gloria y del placer,
atraviesan silenciosas
estos bosques y jardines,
y una vez por sus confines
se las logra sólo ver.
 
Las que pasan nunca tornan:
de una vez se desvanecen,
y ningunas se parecen
aunque hermanas todas son;
y si más tenaz alguna
otra vez cruza o asoma,
un contorno nuevo toma
y otra faz, y otra expresión.
 
Mas tal vez en lugar de estos
espíritus deleitosos,
mil espectros temerosos,
tristes sombras mil y mil
pueblan estos densos bosques,
y al impulso de un encanto
misterioso, dan espanto
al valor más varonil.
 
Pero todos estos seres
que devoran en silencio
el dolor o los placeres
de esta incógnita región,
y el alcázar y las selvas
en que mora eternamente
este ángel, de la mente
son ficciones, sueños son.
 
De las plumas de sus alas
estos sueños guarecidos
con él van, y repartidos
a su antojo son por él;
y al pasar sobre la tierra
donde ejerce su destino,
va dejando en su camino
a este el dulce, el triste a aquel.
 
Sin ser nunca percibido
se introduce donde quiera,
y en silencio se apodera
de la vida universal;
cuanto en agua, tierra, fuego
y aire existe le obedece:
todo al soplo se adormece
de su hálito letal.
 
Y la fiera como el ave,
el reptil como el gusano,
a su influjo soberano
caen rendidos sin vigor:
de él se exhalan contagiosos
los miasmas del beleño,
y a su voz ceden al sueño
desde el hombre hasta la flor.
 
Silencioso, lentamente
este espíritu invisible
cernió su vuelo apacible
sobre el ameno confín
de Nazaret un momento,
y batiéndole sin ruido
se perdió desvanecido
sobre el techo de Joaquín.
 
A no pesar sobre el mundo
la letárgica influencia
de su mágica presencia
y de su poder letal,
comprendiera, de pavura
y de respeto temblando,
que se estaba allí efectuando
un misterio celestial.
 
Un globo de luz, que fúlgida
todo el valle iluminaba,
el contorno circundaba
de la casa de Joaquín,
y un aroma desprendido
de sus muros se extendía,
como darle no podía
Babilónico jardín.
 
Un murmullo soñoliento,
tan armónico y tan suave
como sólo en voces cabe
de concierto celestial,
resonaba en todo el valle,
y su místico sonido
no cabía en el oído
de ningún débil mortal.
 
Aquel globo refulgente
cuya esencia creadora,
cuya roja luz viviente
su morada circundó,
del contacto corrompido
de la torpe raza humana
a Joaquín un punto y a Ana
misterioso separó.
 
¿Quién rasgar pudiera el velo
de su ardiente cortinaje
y el angélico mensaje
comprender de Jehová?
Nadie: nunca; su palabra
manantial de fe y de vida
por el ser sólo es oída
a quien dicha por él va.
 
Del celeste mensajero
los contornos vaporosos
vieron sólo los esposos
en un sueño celestial,
y ellos sólo percibieron
su presencia vagarosa
a la luz de oro y de rosa
de su auréola inmortal.
 
Dirigida al ser de entrambos;
en su oído solamente
resonó la voz viviente
de la mística visión,
y sus ánimas tan sólo
de su místico mensaje
comprendieron el lenguaje
y el valor de tal misión.
 
«¡Alegraos! dijo el ángel
»a los cándidos esposos.
»¡Alegraos, que dichosos
»vuestros días lucirán!
»¡Ana, alégrate! Una hija
»tu infecundo seno encierra,
»que a reinar va en cielo y tierra
»bajo el nombre de Miriam.
 
»Ana estéril, de mi aliento
»tu fecundo ser recibe:
»¡Regocíjate y concibe
»a la voz de Jehová!
»de la hija que te nazca
»en el tálamo fecundo,
»nacerá, Señor del mundo,
»el monarca de Judá.»
 
Dijo el ángel y a su soplo
fecundado de Ana el seno
concibió, del germen lleno
de la esencia de Miriam.
Tornó el vuelo a alzar el ángel
y con santo regocijo
sonriendo le bendijo
en su tumba el viejo Adán.
 
 
La natividad
(8 de Setiembre)
 
Y con el nuevo sol se levantaron
los que la voz de Dios soñando oyeron,
y ante la faz de Dios se prosternaron
los que en su gran poder su fe pusieron;
y Ana y Joaquín ante su Dios oraron
cuando tan altos ante Dios se vieron,
y la mujer, hablando en su alegría
con Dios y con el mundo, así decía:
 
«Oídme: cantaré las alabanzas
del Dios de mis mayores:
del que apartó de mí las asechanzas
de mis perseguidores.
 
Él descendió desde su inmensa altura
hasta su humilde esclava,
e hizo de mí apartarse con pavura
la muchedumbre prava.
 
Para que confundiera su malicia,
me dio su omnipotencia
fruto de bendición y de justicia,
fecundo en su presencia.
 
¿Quién a los hijos de Rubén ahora
dirá que madre es Ana?
¿Cúya será la voz propaladora
del triunfo de la anciana?
 
¡Oíd, vírgenes, madres y varones
del pueblo preferido!
¡Oíd extrañas gentes y naciones:
la anciana ha concebido!
 
Venid a ver la milagrosa infanta,
la flor de las doncellas.
Venid a ver la Reina cuya planta
camina sobre estrellas.
 
¿Quién como yo, Señor, tus santos dones
numerará, prolijos?
Adorados serán por las naciones
los nombres de mis hijos.»
 
Así decía la feliz esposa
fecunda por la gracia soberana:
y así avanzaba la preñez dichosa
de la escogida entre las madres Ana.
 
Y a su término así, día por día
conducida por Dios, llegó la hora
en que a la luz mortal nació MARÍA,
a ser del mundo universal Señora.
 
¡Oh misterio entre todos inefable!
¡Oh favor sobre todos excelente!
¡Oh beneficio inmenso, inestimable
de la bondad de Dios Omnipotente!
Regocíjate ¡oh siervo miserable
del pecado y la muerte! ya el oriente
alumbra de tus días una aurora
de libertad y gracia precursora.
 
Aquella de los mundos maravilla,
ángel bajo de humanas vestiduras,
flor de pureza, virgen sin mancilla,
divina entre terrestres criaturas,
belleza que ante Dios ufana brilla
sobre cuantas celestes hermosuras
creó y de cuya espléndida persona
son la luna escabel y el sol corona,
 
Nació de Ana la estéril; mas nacía
de este mundo al dolor y a la pobreza
sin la pompa, el aplauso y la alegría
con que ensalza su mísera grandeza
el orgullo mortal, porque venía
a quebrantar la bárbara cabeza
de la orgullosa sierpe con la planta
de su casta humildad, de su fe santa.
 
Nació, como el divino mensajero
de Jehová se lo anunció a la esposa,
la divina Miriam, y el mundo entero
la saludó al nacer Reina gloriosa;
y en el instante de su ser primero
ante su aparición maravillosa
la eternidad y el tiempo se pararon
y en muda admiración la contemplaron.
 
Una escala de luz que desde el cielo
bajó hasta Nazaret, abrió camino
desde la gloria hasta el oscuro suelo
a la corte inmortal del Rey divino.
De adorar a su Reina con anhelo
todo celeste ser por ella vino,
y ante Miriam se prosternó un momento
la excelsa población del firmamento.
 
La tierra ante su Reina de alegría
saltó como un cordero: la pureza
de su aliento, que aromas esparcía,
la rejuveneció, y su gentileza
recobrando total con su alegría
nuestra madre común naturaleza,
de sus bosques, sus ecos y sus mares
la arrulló con murmullos y cantares.
 
Suspiró con suavísima dulzura
el aura matinal: de frescas flores
se cubrió de los montes la espesura
y el desierto erial: los ruiseñores,
las palomas y tórtolas, la pura
atmósfera encantaron, y, en primores
compitiendo, ostentose por do quiera
del otoño a la par la primavera.
 
Ebrio de gozo el universo entero
bebió el aliento de Miriam hermosa,
en el instante de su ser primero
su presencia al sentir maravillosa.
El solo ser por quien nacía empero,
sólo el hombre ignoró su misteriosa
aparición, y reales ovaciones
no hicieron a su Reina las naciones.
 
¡Ay! los hijos de Adán, que la veían
nacer de labradores sin fortuna,
la madre de su Rey no comprendían
naciendo en la humildad sin pompa alguna,
porque colchas de Egipto no cubrían
el puro lecho de su humilde cuna,
ni estaba de oro y nácar incrustada
ni con ricos aromas perfumada.
 
No artífices famosos la labraron
con maderas preciosas que pulieron;
con mimbres, que en su huerto se cortaron,
las manos de sus padres se la hicieron:
con flores, que en su huerto se criaron,
pabellón campesino la tejieron,
y en la triste región de los dolores
coronada no más entró de flores.
 
Mística flor de celestial frescura
sembrada en el desierto de la vida,
se abrió de su arenal al aura impura
como silvestre flor desconocida.
Toscos pañales de grosera hechura
ciñeron a la real recién nacida,
de cuyo seno virginal fecundo
nacer debía el Redentor del mundo.
 
Flor pura y bella más que cuantas flores
pueden criar jardines terrenales,
sus hojas desplegar, dar sus olores
debía entre los duelos mundanales;
por eso, de sencillos labradores
naciendo, de sus labios virginales
las primeras palabras que salieron
para los pobres e ignorantes fueron.
 
Los de su pueblo rústicos no vían
sino una esclava más que Dios enviaba
entre ellos, y sus hembras se afligían
por el destino de la nueva esclava.
Ana y Joaquín empero, que sabían
el inmenso tesoro que fiaba
a su cuidado paternal el cielo,
su flor cuidaban con paterno celo.
 
Ellos solos la mística fragancia
gozaban de su célica presencia:
ellos solos sabían que su infancia
alcanzaba perfecta inteligencia.
Dios derramó sobre ella la abundancia
de sus gracias sin fin, y su existencia
ni pasó por la infancia, ni doctrina
necesitó: nació sabia, divina.
 
Como de culpa original exenta,
su alma de la ignorancia del pecado
fue libre, y fue sin enseñanza lenta
su entendimiento puro iluminado.
Celeste emperatriz, Dios tuvo en cuenta
el trono a que la había destinado,
y atendiendo a su excelsa jerarquía
Dios la llamó Miriam, Judá MARÍA.
 
Iris de paz, de dicha mensajera,
sello entre Dios y el hombre de alianza,
fanal que alumbra su vital carrera,
lucero anunciador de la bonanza,
fuente de amor y caridad sincera
y de fe incontrastable y esperanza
inextinguible, y manantial de vida...
Tal fue MIRIAM en Nazaret nacida.
 
 
El dulce nombre de María
(13 de Setiembre)
 
¡Estrella de la mar, virgen MARÍA,
de la infinita creación Señora!
tu nombre es un raudal de poesía,
de fe, vida y placer engendradora:
y al corazón del hombre da alegría,
miel a sus labios, música sonora
a su oído, a su ánima consuelos
en el afán de sus mortales duelos.
 
Tu nombre es una música más grata
que cuantas escuchó la baja tierra.
Cuantos ecos la atmósfera arrebata
en bosque o llano, población o sierra:
cuantos el viento en su extensión dilata
robándoles al mar que les encierra,
no imitaron jamás la melodía
del dulcísimo nombre de MARÍA.
 
Yo quisiera encontrar en mi garganta
sonidos y palabras celestiales
para explicar la melodía santa
que atesora su nombre a los mortales.
¿Mas su nombre inmortal cómo se canta
con lengua y con palabras terrenales?
¿Cómo ofrecer al paladar del hombre
la miel que mana de su dulce nombre?
 
No existe ser cuya palabra impura
no manche su esplendor cuando le alabe,
ni encarecer su mística dulzura
torpe la humana inteligencia sabe,
ni en comprensión de humana criatura
la concepción de su excelencia cabe;
ni osar puede a tan gran merecimiento
más que la fe que asalta el firmamento.
 
Perdona, pues, emperatriz divina,
si para celebrar tu nombre santo
conceptos de él indignos imagina
mi comprensión al elevar mi canto.
Perdona si mi voz se determina
a ponderar tu nombre excelso tanto
con miserables símiles profanos
y en el lenguaje vil de los humanos.
 
Misteriosos incógnitos rumores
que componéis la mágica armonía
del globo universal: susurradores
murmullos de la noche, melodía
de los ecos del valle, zumbadores
gemidos de las auras, poesía
del son con que la hoja, el agua, el ave,
en lengua hablan a Dios que Él solo sabe:
 
Prestad a mi garganta
el acordado ruido
de vuestra lengua santa
de Él solo comprendido:
la voz que sólo para Dios levanta
cuanto con voz por Él creado ha sido.
Prestádmela un instante
porque la lengua mía
como vosotros cante,
y mi bárbara y tosca poesía
embelese la tierra,
procurando imitar la melodía
que en sus letras suavísimas encierra
el dulcísimo nombre de MARÍA.
 
Nombre de bendición y de esperanza,
como expresivo santo,
mayor que todo extremo de alabanza,
de admiración y canto,
abarca y simboliza
en la expresión que encierra
cuanto la débil existencia hechiza,
cuanto del sumo cielo a ver alcanza
el mísero mortal desde la tierra.
Nombre más grato al alma y más sonoro
que la conmovedora salmodia
que, en la nave del santo monasterio
alza de monjes reverente coro,
la fiesta honrando de solemne día
con los sones del órgano y salterio;
más grato que el arábigo perfume
que allí aventado en incensarios de oro
ante el altar brillante se consume,
cuyo humo azul en espiral se eleva
por el aire incoloro,
que a las sagradas bóvedas le lleva.
Consuelo del que llora,
del extraviado guía,
para el alma apenada que le implora
es ámbar y ambrosía;
y más que nombre bálsamo divino,
el erial de la vida fertiliza
y en la carrera del mortal destino
alivia las fatigas del camino
y las llagas del alma cicatriza.
Más deliciosa que la mansa calma
tras huracán bravío y estridente;
más que en el haz del arenal ardiente
la sombra de la palma
¿Quién explicar ni comprender sabría,
ni con qué a comparar se atrevería
en el lenguaje mundanal mezquino,
el misterio secreto, peregrino
del dulcísimo nombre de MARÍA?
 
¿Oísteis por ventura
en la nocturna soledad serena
cantar en la espesura
de la floresta amena
a la alegre y canora filomena?
¿La oísteis en el viento
mezclar el suave acento
de su amoroso pío.
con el trémulo son de la onda pura,
con que el sonoro río
fecunda de los olmos la verdura?
Pues más dulce es aún que la armonía
del son del agua y del cantar del ave
la melodía mística y suave
del dulcísimo nombre de MARÍA.
 
¿Habéis guiado acaso
del mar por las orillas
el descarriado paso,
las blancas arenillas
con distracción pisando,
la música escuchando
y el manso movimiento
absortos contemplando
del oleaje lento
con que la mar en calma
distrae el pensamiento
e infunde, sus recuerdos inquietando,
memorias melancólicas al alma?
¿Habéis prestado oído
al hervoroso ruido
de la flotante espuma
que deja en el arena,
y que, antes que se suma
entre sus granos, suena
con bullidor murmullo,
a cuyo vago misterioso arrullo
embebecida el alma se adormece?
Pues música más dulce es todavía
que la del mar que arrullador se mece
para aquel que le invoca con fe pía
el dulcísimo nombre de MARÍA.
 
¿Imagináis por suerte
del náufrago espirante
que lucha con la muerte,
cual es la penetrante
y rápida alegría,
si ve poco distante
la nave protectora cuyo amparo
cable oportuno y salvador le envía?
¿Imagináis el ansia con que avaro
de salvación aprieta el cabo suelto?
¿Concebís el placer con que respira
al percibir que el cable le retira
de la salobre mar, y cuando vuelto
en sí, seguro en el bajel se mira?
Pues es más dulce al corazón humano
náufrago errante por la mar sombría,
de la miseria y del dolor mundano,
invocar el auxilio soberano
del dulcísimo nombre de MARÍA.
 
¡Dichoso quien le adora!
¡feliz quien en él fía!
Dulce será su postrimera hora
y dulce su agonía;
y al cerrarse sobre él la sepultura
para emprender temblando de pavura
de la tremenda eternidad la vía,
MARÍA de su alma protectora
alumbrará su eternidad sombría.
 
 
Plegaria
 
 
MARÍA, cuyo nombre
como conjuro santo
ahuyenta con espanto
la saña de Luzbel,
escríbeme en el pecho
tu nombre omnipotente,
porque jamás intente
aposentarse en él.
 
MARÍA, Soberana
de cuanto el orbe encierra,
rocío de la tierra,
estrella de la mar,
tu nombre misterioso
será el fanal tranquilo
que alumbrará el asilo
de mi terreno hogar.
 
MARÍA, cuyo nombre
es fuente de pureza
que lava la torpeza
del frágil corazón,
tu nombre será el agua
que el mío purifique
de cuanta en él radique
maligna inclinación.
 
MARÍA, luz del cielo
cuya brillante esencia
es luz de toda ciencia,
y del saber raudal,
tu nombre sea antorcha
cuyo fulgor ahuyente
de mi acotada mente
la lobreguez letal.
 
MARÍA, a cuyo nombre
es música más suave
que el cántico del ave
y que del agua el son,
tu nombre sea fuente
do beban su armonía
mi tosca poesía,
mi pobre inspiración.
 
MARÍA, a cuyo nombre
la divinal justicia
al pecador propicia
se inclina a perdonar,
tu nombre sea, cuando
la eternidad se me abra,
la última palabra
que exhale al espirar.
 
 
La presentación
(21 de noviembre)
 
- I -
 
Arrastraba el Cison sus orgullosas
corrientes, que a los turbios vendavales
del equinoccio hervían espumosas,
sus fértiles riberas deleitosas
inundando de rojos arenales.
 
Brillaba una corona diamantina
de nieves en la cima gigantea
del Carmelo, y la escarcha matutina
cubría con su alfombra cristalina
la llanura feraz de Galilea,
 
Cuando los dos esposos emprendieron
de Salem el camino trabajoso:
y huyen del invierno riguroso
atravesar los valles resolvieron
sendero largo más, no tan penoso.
 
Dejaron, pues, las áridas llanuras
y los desnudos montes de Samaria,
cuya tierra fecunda en quebraduras,
torrentes espumosos y en oscuras
cuevas, jamás fue al bueno hospitalaria.
 
Y bajando de lo alto del Carmelo
por la dulce pendiente embalsamada
entraron de Sarón en la llanura,
que es el más fértil y salubre suelo
que hay en aquella tierra fortunada.
 
Ornan sus feracísimas riberas
aromáticos cedros y palmeras
cimbradoras, y espesos abedules,
tilos de flores cárdenas y azules,
ricos viñedos y húmedas moreras.
 
Allí ostenta su espléndida espesura
el plátano, delicia de los valles,
y el viejo olivo de inmortal verdura
sombra a las cepas da jugo y frescura,
formando entre ellas dilatadas calles.
 
Al abrigo de nópalos y encinas
terebintos, abetos y granados,
brotan allí jaspeadas clavellinas,
renúnculos y rosas purpurinas,
cárdenos lirios y alhelís violados.
 
Tal era l

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