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EXTRACCIÓN SOCIALDE LOS CAUDILLOS.

30 Oct 13 - 12:47

EXTRACCIÓN SOCIAL DE LOS CAUDILLOS
 
RUBÉN H. ZORRILLA
RECONOCIMIENTO
Este trabajo se realizó en el Instituto de Sociología de la
Facultad de Humanidades de la Universidad de Belgrano.
Colaboraron en la búsqueda de material bibliográfico y
en la preparación de fichas eruditas Antonio Avegno, Jorge
Badaracco, Eduardo Baleani, Liliana Benedetti, Eduardo
Caridi, Silvio Cenci, Juan Etcheverry, María Elena Fernández,
Susana Fernández, Delia Fontana, Vibiana Frías, Armando
García Rey, Juan Infantino, María Le Fort, Betty
Slachter de Leiser, Virginia Mac Grath, Estela Millet, Elena
Papa, Adriana Posthingel, Nora Ratti, Alicia Rovella, Leonardo
Sacco, Ana María Sáez, Graciela Sánchez, Inés Spagnuolo,
Carmen Valls, Celia Viñao, Marta Zaporowsky y
Emilio Zarnitzer.
A todos ellos, al Rector de la Universidad, Dr. Avelino
José Porto, y al Decano de la Facultad de Humanidades,
Prof. Aldo Jorge Pérez, agradezco la colaboración que en
todo momento prestaron a la realización de este estudio,
aunque, desde luego, no son responsables de lo que en él se
sostiene.
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4
INTRODUCCION
Desde la primera década revolucionaria, cuando comenzaron
a manifestarse como una realidad política insoslayable,
los caudillos suscitaron la admiración o la diatriba y, ocasionalmente,
algunos intentos de comprensión que no culminaron,
hasta ahora, en un satisfactorio esclarecimiento1. Acaso
el ejemplo más espectacular, por su capacidad para generar
elogios y denostaciones, sea Facundo. Allí se reúnen todos
esos elementos -el odio y el deslumbramiento, con una genuina
dosis de comprensión, no obstante su insuficiencia- y
se ofrece la primera exploración sistemática, auténticamente
sociológica, del fenómeno2. En la introducción de ese polémico
libro, concebido ex profeso, como toda la obra de
Sarmiento, según las pautas de una ardorosa vocación política,
el autor declara, a diez años de la muerte de su protagonista:
“Facundo no ha muerto; está vivo en las tradiciones
populares, en la política y revoluciones argentinas...” Es de-
1 Sin duda, la perspectiva más rigurosa -exenta, por lo demás, de toda
fácil intención moralizante o idealizadora- es la que ofrece Tulio Halperín
Donghi en su admirable artículo “El surgimiento de los caudillos
en el cuadro de la sociedad rioplatense posrevolucionaria”, en Estudios
de Historia Social No 1, octubre 1965, Bs. As. Centro de Estudios de
Historia Social de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA.
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5
cir, Facundo es algo más que él mismo, es un paradigma
cuyas coordenadas hay que rastrear, no en los, caprichos de
una individualidad excepcional, sino en el contexto abarcador
de la realidad social: “... en Facundo Quiroga no veo un
caudillo simplemente, sino una manifestación de la vida argentina
tal como la han hecho la colonización y las peculiaridades
del terreno, a lo cual creo necesario consagrar una
seria atención porque sin esto la vida y los hechos de Facundo
Quiroga son vulgaridades que no merecerían entrar sino
episódicamente en el dominio de la historia. Facundo, en fin,
siendo lo que fue, no por un accidente de su carácter, sino
por antecedentes inevitables y ajenos a su voluntad, es el
personaje histórico más singular, más notable que puede
presentarse a la contemplación de los hombres que comprenden
que un caudillo que encabeza un gran movimiento
social no es más que el espejo en que se reflejan, en dimensiones
colosales, las creencias, las necesidades, preocupaciones
y hábitos de una nación en una época dada de su
historia.´´ (Facundo, Bs. As., Ed. Sur, 1962, p. 24, Introducción.)
Han pasado bastante más de diez veces diez años y el fenómeno
social que se cifra en el ejemplo estremecedor de
Facundo Quiroga perdura como arma ideológica en algunos
grupos políticos y se prolonga morosamente en el repertorio,
casi siempre pseudofolklórico, aunque brillante, de nuestros
cantantes populares.
¿Cuál es la imagen que se desprende de esa perspectiva
ideológica? La de caudillos “gauchos”, que luchan por los
2 Esto no quiere decir que Sarmiento “tiene razón”.
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6
derechos populares en el ejercicio de una democracia “bárbara”
y que defienden los intereses regionales en contra de
un centralismo absorbente y pernicioso representado por
Buenos Aires. Los caudillos son rigurosos y ecuánimes, desprendidos
y heroicos y, sobre todo, nacionalistas, aunque el
contenido de este término requeriría una cuidadosa explicación.
Esta imagen se inserta, además, en el cuerpo más amplio
de un proceso histórico que culminó en Pavón con la derrota
de la Confederación, apoyada hasta ese momento en la
solvencia bélica de Urquiza, y con el sometimiento de las
provincias y, por lo tanto, con el triunfo del centralismo y la
sumisión -no necesariamente implicada en esa derrota- a los
intereses extranjeros.
Finalmente, y como prolongación inevitable de esta
perspectiva, la imagen del caudillo se ofrece como un ejemplo
para las luchas políticas actuales. Constituyen ( son presentados
como) los modelos de un liderazgo político vigente,
o por lo menos, actualizable. En ellos reposa también la urdimbre
de valores nacionales que es preciso rescatar para
potenciar la capacidad creadora de las masas populares.
En suma, el elogio del caudillismo aparece como un fenómeno
ideológico de “fusión3”, en el que elementos propios
de estructuras
3 (Efecto de fusión). ``Este fenómeno consiste precisamente en el hecho
de que, ideologías y actitudes que constituyen la expresión de un proceso
muy avanzado de desarrollo, al llegar a zonas y a grupos todavía caracterizados
por rasgos tradicionales, sino que pueden llegar a reforzar esos
mismos rasgos tradicionales, que ahora parecen adquirir una nueva vigencia,
no en nombre de la estructura pretérica, sino como productos
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7
sociales modernas, como la clase obrera, o las masas populares
de una
sociedad industrial, se asimilan conceptualmente a fenómenos
socioeconómicos totalmente diferentes, donde predominan
rasgos fuertemente cargados de tradicionalismo4.
En esta interpretación, la historia adquiere connotaciones
míticas: hay seres buenos y malos, de una sola pieza, guiados.
los unos por su deslumbrante luz interior y los otros por sus
mezquinos intereses. Las raíces sociológicas -que no son las
meramente políticás- de sus comportamientos, en cambio,
permanecen ocultas. Así, por ejemplo, las intensas luchas
intercaudillos (Artigas contra Ramírez y López, Ramírez
contra López y Bustos, Aráoz contra Güemes e Ibara, entre
“muy avanzados.” En otros casos, aun cuando sobre el plano verbal una
ideología en nada parezca diferir de sus expresiones en la zonas y grupos
originarios, su significado psicológico, en grupos “rezagados”, resulta
fuertemente influidos por los contenidos tradicionales. Germani, Gino,
Política y Sociedad en una época de tradición, Bs. As., Paidós, 1962, pág. 104.
4 Entendemos por “tradicionalismo” el rechazo de la sociedad industrial
en función de valores correspondientes a etapas anteriores a la emergencia
de esa sociedad. En este sentido, el rechazo de ciertas formas y valores
de la sociedad industrial no supone una concepción tradicionalista, si
ella implica superar -y, por lo tanto, responder creadoramente- a las
exigencias y problemas de la sociedad industrial. El tradicionalismo encuentra
la solución ya preparada a esos problemas en el pasado; es una
“vuelta atrás”, una utopía retroactiva y por eso mismo entraña siempre
una glorificación de lo ido. El rescate de la “Edad de Oro” es algo característico
de esta posición. En cambio, la respuesta creadora se manifiesta
más bien a través de una utopía situada en el futuro. No es una
restauración, sino una invención o una conquista. Desde luego, con esta
discriminación provisional no pretendemos haber agotado la problemática
que subyace en las relaciones entre tradicionalismo y cambio, ni admitimos
que el concepto mismo de “tradicionalismo” sierre las
posibilidades a otros instrumentos teóricos más sutiles, allí donde el
análisis lo requiera.
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8
otras), aparecen como episodios sometidos al capricho de los
protagonistas. Sin embargo, es evidente que hay allí algo más
que indi-vidualidades contrapuestas: hay la gravitación de
factores estructurales capaces de dar un sentido coherente a
una serie de conflictos en apariencia poco entendibles a través
de una psicología rudimentaria, como la que ofrece la
historiografía habitual. Esos conflictos no son reducibles,
por lo tanto, a propósitos. morales, ni a simplificaciones más
plausibles, como la oposición “provincias-centralismo porteño”,
aunque ella sea un dato importante.
La opción simétrica y opuesta (nuestros caudillos serían
“señores feudales omnipotentes”, personeros siniestros de la
“edad media argentina”)5 es también insatisfactoria, aunque
apunte a veces, mediante la detección de una estructura
“feudal”, a conceptos e hipótesis más genuinamente explicativas.
Sin embargo, este intento de subsumir el proceso histórico
argentino dentro del marco de secuencia de etapas por
las que pasó Europa, prescinde de peculiaridades que no
pueden ser eludidas. Otras veces, este enfoque crítico del
caudillo también asume un énfasis literario y moralizador, en
el que la denuncia de violencia o crueldades aparece en primer
plano, sin aclarar el lugar que ellas ocupaban en la épo-
5 “Otro factor negativo de mucha importancia, que hemos señalado
como determinante del atraso industrial argentino durante la primera
mitad del siglo pasado, fue la barbarie de los caudillos que se adueñaron
de las provincias, para ellos sus feudos indiscutibles. Es la Edad Media
argentina...” (Dorfman, Adolfo, Historia de la industria argentina, Bs. As.,
Solar/Hachette, 1970, pág. 63). Esto no implica negar que los hechos
citados por Dorfman sean ciertos. Es la imputación causal y la conceptuación
la que es dudosa.
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9
ca, y cuál era el contenido y las orientaciones disímiles que
subyacían en su utilización.
En realidad, desde hace mucho tiempo, y no obstante su
pertinaz sobrevivencia, ambas perspectivas historiográficas -
que son una tradición en nuestro país- han entrado por la
puerta sin salida de la esterilidad. Persisten, sin embargo, en
el afán biográfico volcado sobre nuestros caudillos, salvo
contadas excepciones. Sólo así se explica que aspectos fundamentales
de sus vidas hayan pasado inadvertidos para el
biógrafo de turno, en beneficio de la mitología literaria, casi
siempre inflexiblemente laudatoria. Así, por ejemplo, en una
biografía tan documentada como la de Quiroga, Pedro De
Paoli no se preocupa por indagar en las relaciones comerciales
y sociales de la familia del protagonista y ni siquiera en
las de la propia provincia. Lo mismo se podría decir del Rosas
de Manuel Gálvez, del Ramírez de Jorge Newton o el de
Aníbal Vázquez, del López de Leoncio Gianello. Con el
resto, al menos en el material analizado para este estudio,
ocurre lo mismo. Sólo en el caso de Urquiza, y a través sobre
todo de los aportes excelentes de Manuel E. Macchi, hay un
flanco visual diferente y en gran medida inédito6, aunque su
preocupación, como en otros biógrafos, se localiza principalmente
sobre la trayectoria política.7
6 Ver, de Manuel E. Macchi, Urquiza, última etapa, Santa Fe, Librería y
Editorial Castellví, 1955, Segunda Edición. La primera edición no tiene
los interesantes antecedentes comerciales de Urquiza, sin duda lo mejor
del libro. El mismo autor tiene Urquiza, saladerista.
7 También se vuelca sobre el perfil moral de Urquiza, al punto de que la
inclusión de lo que calificamos como “aportes excelentes” se halla en la
segunda edición del libro (ver nota 6) y con el propósito de probar que
ya en 1826, en los comienzos de su carrera política, ese caudillo era un
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10
El esclarecimiento de esas relaciones - las de los caudillos
y sus familias con las estructuras sociales situadas más allá
del centro político- es fundamental, si bien no la única vía, ni
la más importante, para despojar de su envoltura mítica al
fenómeno del caudillismo. La idea de que existe alguna relación
significativa entre la extracción social de los caudillos y
el contenido o la orientación específicamente política de su
liderazgo, ha sido utilizada por varios autores. Pero es en
Juan José Real8, Tulio Halperín Donghi9 y Leonardo Paso10,
donde se dibuja quizás más claramente como apoyo explicativo,
aunque el contexto teórico general y la metodología de
cada uno de esos autores -así como el valor explicativo-,
sean notablemente diversos.
No obstante su reconocida modestia, el trabajo que presentamos
se ubica en esa línea11. Nos interesa fundamental-
hombre rico, y que su fortuna, por lo tanto, no fue obtenida en el ejercicio
de su liderazgo. Con esta crítica no pretendemos eliminar la posibilidad,
indudablemente legítima, de una estimación moral. Sólo subrayamos
que las fuerzas sociales de un proceso histórico sobrepasan las intenciones
éticas de los individuos aislados y deben ser explicadas según las
relaciones de los grandes grupos, de la madeja institucional en la que se
hallan inscriptos, y del transfondo histórico y cultural que les dieron
origen. Todo esto, por supuesto, no constituye una novedad, aunque es
frecuentemente olvidado.
8 Ver especialmente su Manual de historia argentina, Bs. As., Ed. Fundamentos.
1952
9 Especialmente, op. cit. Para el caso de Rosas, Expansión ganadera en la
campaña de Buenos Aires (1810-1852), “Revista Desarrollo Económico”,
abril-setiembre 1963, NQ 1-2, Vol. 3, Bs. As., pág. 57.
10 Especialmente, Los caudillos y la Organización Nacional, Bs. As., Editorial
Futuro, 1965.
11 Esto no supone de ninguna manera optar por un “punto medio”,
según el cual las dos posiciones bosquejadas tendrían “algo de razón y
algo de equivocación”. Supone, en cambio, dar una perspectiva diferente,
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11
mente detectar en qué niveles de la estratificación social se
ubicaron las familias de los caudillos y, subsidiariamente, en
qué medida la posición alcanzada por el caudillo es el resultado
de la movilidad ínter o intrageneracional. Al mismo
tiempo, se trata de ver si el ejercicio de ciertos tipos de roles
ocupacionales, en el plano individual de cada caudillo, y en el
colectivo (el de todos los caudillos incluidos en la muestra)
ofrece alguna recurrencia, es decir, alguna frecuencia modal.
La hipótesis es que las regularidades que pudieran descubrirse
en las diferentes pistas (niveles de estratificación, y, por lo
tanto, relaciones de congruencia o incongruencia de status,
formas de movilidad y roles ocupacionales) denunciarían
fenómenos estructurales sociológicamente significativos. Es
decir, no podría ser por azar que casi todos los caudillos
pertenecieran a un determinado estrato social, hubieran pasado
por determinadas vías de movilidad y tuvieran roles
ocupacionales seme-jantes. Una hipótesis adicional, tampoco
sujeta a comprobación en este trabajo, aunque sí utilizada, es
que la significación específicamente política del caudillismo
sólo puede explicarse por esas inserciones estructurales.
Sobre la base, no demasiado amplia, de esos elementos;
se tratará posteriormente de deducir algunas consecuencias
situada más allá de la oposición indicada. Por otra parte, Juan José Real y
Leonardo Paso podrían adscribirse cómodamente al extremo calificado
habitualmente como liberal de esa oposición, aunque sus herramientas de
análisis sean -o presuman ser- de origen marxista. Este hecho, sin embargo,
no es tan contradictorio, o, al menos, tan poco coherente como
parece a primera vista. En efecto, el marxismo, en sus aspectos éticos y
políticos -aunque no en los económicos- encierra vinculaciones importantes
con el liberalismo. Lo mismo ocurre, desde luego, con el anar-
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12
sociológicamente relevantes. El material fáctico estará constituido
por los datos de fuentes secundarias accesibles, especialmente
biografías.
Si bien el intento no reclama originalidad historiográfica,
ni tampoco teórica, hace posible, sin embargo, sistematizar
un nutrido y heterogéneo material existente, según variables
a hipótesis explícitas, aunque con el riesgo inocultable de
aumentar la molesta confusión que domina esa debatida área
de nuestras pesquisas históricas.
quismo, el socialismo no marxista, y las diversas corrientes del utopismo
que pueden adscribirse al socialismo.
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13
CAPÍTULO 1
METODOLOGIA
1. Hipótesis básicas
Nuestra hipótesis inicial es, pues, que existe una relación
entre la pertenencia a un determinado estrato social y la
identificación con los intereses de ese estrato en el ejercicio
del liderazgo. Más aún: que esa relación vincula una estructura
de poder específica, e históricamente determinada, con
una de las estructuras sociales básicas: el sistema de clases de
una sociedad global también específica, de modo que existiría
una decisiva unidad de intereses entre los personeros del
liderazgo y la clase social a la que pertenecen.
Puede preguntarse, en principio, si esta es una hipótesis
plausible. Sería fácil demostrar, por ejemplo, que algunos de
los ,dirigentes o “manipuladores políticos” de la Revolución
Francesa pertenecían a la nobleza o al clero y no a la clase
burguesa, que era la hegemónica. Los revolucionarios de
ideas socialistas -para decirlo de una manera genérica, a fin
de que abarque una gran variedad de orientaciones- presen-
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14
tan un cuadro, por su parte, tal vez más sorprendente, aunque
todavía no indagado: casi todos sus altos dirigentes - y
los más grandes, sin excepción- pertenecen a la burguesía o a
la pequeña burguesía.
Todos, además, son intelectuales -si bien de muy distinta
for-mación y capacidad- o, por lo menos, “intelectuales políticos”,
es decir, individuos altamente potenciados para intentar
un planteo teórico, y no meramente práctico, de los
problemas sociales que les interesaban.
Estos rasgos tan sintéticamente expresados no constituyen,
sin embargo, una ruptura en la línea de la tradición revolucionaria;
también los socialistas utópicos, los creadores
del anarquismo, y aun los fundadores de las distintas variedades
de socialismos existentes en el siglo XIX -entre ellos
Marx y Engels- eran miembros de la burguesía, de la pequeña
burguesía y aun de la nobleza. Aunque se puede discutir si
fueron “representantes” de la “clase obrera” o del “movimiento
proletario”, o del “campesinado” -para utilizar la
terminología predominante- lo cierto es que las preocupaciones
que guiaba sus intentos teóricos y prácticos no conducían
ala defensa de los intereses de los estratos sociales a
los que pertenecían. Al contrario: llevaban más bien -no
obstante lo discutible que puedan parecer sus planteos- a
cuestionar y corroer los privilegios de los estratos sociales
cuyos beneficios habían, o todavía, estaban, usufructuando.
Obsérvese que las manifestaciones de la denominada guerrilla
urbana, son planeadas y ejecutadas, sin excepción, por
individuos de clase media, la mayoría de ellos universitarios
o profesionales. Esta comprobación, a pesar de su simplici-
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15
dad y de ser archiconocida, no deja de ser asombrosa, precisamente
porque disuelve la relación establecida por nuestra
hipótesis inicial. De acuerdo con estos hechos no habría
posibilidad de generalizar la existencia de un vínculo entré la
orientación básica del liderazgo de un movimiento y la pertenencia
de los que lo ejercitan, a un estrato social determinado.
Curiosamente, algunos de los que han aportado datos decisivos
para invalidar la hipótesis, son los que, sin explicitarla,
parecen decididos a sostenerla contra el aval terminante
de sus propios aportes. Para esto recurren, subrepticiamente,
al principio de que “la excepción confirma la regla”. Arguyen
que algunos individuos, debido a su comprensión de los
fenómenos sociales, se separan de su clase, se automarginan,
y se entregan a la defensa de los intereses de clases antagónicas
a la propia12. Comunista, México, Editorial México,
1949,.
12 En el “Manifiesto del Partido Comunista”, por ejemplo, se lee: “Finalmente,
en aquellos períodos en que la lucha de clases está a punto de
decidirse, es tan evidente y tan claro el proceso de desintegración de la
clase gobernante latente en el seno de la sociedad antigua, que una pequeña
parte de esa clase se desprende de ella y abraza la causa revolucionaria,
pasándose a la clase que tiene en sus manos el porvenir. Y así
como antes una parte de la nobleza se pasaba a la burguesía, ahora una
parte de la burguesía se pasa al campo del proletariado; en este tránsito
rompen la marcha los intelectuales burgueses, que, analizando teóricamente
el curso de la historia, han logrado ver claro en sus derroteros”.
(Marx, Engels, en Biografía del Manifiesto Comunista pág. 83). Pero veamos
lo que dice Lenin en su introducción a las Obras filosóficas escogidas, de A.
Herzen, Ediciones en Lenguas extranjeras, Moscú, 1956, página 3: “Herzen
pertenecía a la generación de revolucionarios de la nobleza terrateniente
de la primera mitad del siglo pasado. La nobleza ha dado a Rusia
los Biron y los Avakchéiev, un sin número de oficiales borrachos, de
camorristas, de jugadores de naipes, de héroes de feria, de perreros, de
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16
Pero esto constituye una mera descripción del fenómeno
que hay que explicar. Además, a lo sumo serviría para individualizar
al caso de excepción. Y estamos, en cambio, frente a
un hecho generalizado, y por lo tanto estructural, que requie-
espadachines, de verdugos, de dueños de serrallo y de almibarados Manilov.
Y entre ellos -escribía Herzen- se formaron los hombres del 14 de
diciembre, una falange de héroes, criados como Rómulo y Remo, con
leche de fiera. Fueron como héroes de leyenda, forjados de puro acero
de pies a cabeza, paladines de una noble causa que se lanzaron al combate
sabiendo que les aguardaba una muerte segura, para despertar a una
nueva vida a la joven generación y purificar a los niños nacidos en el
ambiente en que imperaba el verdugo y el servilismo.” “Uno de esos
niños era Hertzen.”
Bertrand Russell ha señalado que en el pasado “...la clase ociosa ha
contribuido con cerca del total de lo que llamamos civilización. Cultivó
las artes y descubrió las ciencias; escribió los libros, inventó la filosofía y
refinó las relaciones sociales. Incluso la liberación del oprimido fue iniciada por
lo común desde arriba. (En In Praise of Idleness and other Essays, Ed.
Lambe, Allen and Unwin, 1948, pág. 26). El subrayado es mío. F. Engels
señala en su Anti-Dühring, Bs. As., Ed. Claridad, s/f.: “Sin esclavitud no
hay Estado griego; no hay arte ni ciencia griegos; sin esclavitud no hay
Imperio Romano y sin la base del helenismo y de Imperio Romano no
hay Europa Moderna. Jamás deberíamos olvidar que todo nuestro desarrollo
económico, político e intelectual supone un estado en que la esclavitud
era tan necesaria como generalmente reconocida. En tal sentido,
tenemos derecho a decir que sin esclavitud antigua no hay socialismo.”
(Pág. 205) Y agrega más adelante: “. . .mientras el trabajo del hombre aun
era tan poco productivo que apenas dejaba algún excedente, el incremento
de las fuerzas productivas, la extensión del comercio, el desarrollo
del Estado y del derecho, el nacimiento del arte y de la ciencia no eran
posibles sino por una mejor división del trabajo. El trabajo debía basarse
en la gran división entre masas ocupadas en el simple trabajo manual y
un reducido número de privilegiados que dirigían el trabajo, se ocupaban
del comercio, los asuntos públicos y más tarde del arte y de la ciencia. La
forma primitiva y más sencilla de esta división del trabajo fue precisamente
la esclavitud”. (Loc. cit.)
En relación con la problemática del intelectual, véanse los materiales
del Simposio sobre Sociología de los Intelectuales, realizado entre el 3
y el 5 de julio de 1967 en el Instituto Torcuato Di Tella.
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17
re la incorporación de nuevos conceptos e hipótesis. Por
otra parte, y como prueba adicional de que se admitía implícitamente
nuestra hipótesis, gran parte de los teóricos del
movimiento obrero del siglo XIX esperaban que los líderes
“verdaderos” de esa clase surgirían de ella misma mediante
una concientización creciente de su papel histórico*. Es decir,
pensaban –aunque rara vez lo explicitaran- que el equipo
de líderes habría deformarse fundamentalmente en la clase
obrera misma, como resultado necesario de su experiencia
histórica, y que, por lo tanto, se establecería una estrecha
relación entre el liderazgo y una de sus bases estructurales, el
sistema de clases total.
* Una prueba que se puede aportar para sostener esto es que Lenin debió
luchar tenazmente para imponer su idea de que esa “concientización” de
la clase obrera debía ser importada a través de miembros intelectualizados
de otras clases. Véase su Qué hacer. Recuérdese además el interés que
se prestaba en sus comienzos a la composición de clase del partido bolchevique
y especialmente a sus cuadros dirigentes. Luis Fabbri, un socialista-
anarquista que recoge la consigna de Marx (“la emancipación de los
trabajadores será obra de los trabajadores mismos”), ve en los sindicatos
a la única fuerza capaz de enfrentar y destruir organizadamente al capitalismo.
Y esto porque “escapa a la influencia de los doctrinarios que,
tránsfugas de la burguesía, pero no emancipados aún de muchos prejuicios,
suelen llevar a los partidos obreros] los preconceptos de construcciones
ideales no directamente basadas en la realidad...” (Luis Fabbri,
Sindicalismo y anarquismo, Valencia, F. Sampere y Compañía Editores, s/f.,
pág. 48). El mismo autor señala en las págs. 168-169: “...es necesario
evitar escrupulosamente que se confíen los cargos sociales de los sindicatos
a gentes que no pertenezcan a la clase obrera, es decir, a los profesionales
(abogados, doctores, profesores, estudiantes, etc.), y no porque
entre ellos no pueda haber buenos socialistas y excelentes anarquistas,
amigos sinceros de los obreros, sino porque demasiado nos ha enseñado
la experiencia que, por regla general, los profesionales han contribuido a
hacer degenerar el movimiento obrero, encaminándolo hacia el reformismo”.
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18
Salvo en los sindicatos, donde la dirección está, necesariamente,
en manos de obreros, o, mejor, de ex obreros, la
esperanza no se ha cumplido. Dejando a un lado el hecho
evidente de que, además, esos dirigentes no son revolucionarios,
sino consecuentemente reformistas
-en contra de lo que también esperaban al menos, algunos
de aquellos fundadores- en el plano de la actividad política
ocupan un plano secundario. Y esto, paradójicamente, es
más notable en los países denominados socialistas que en
muchos países de base capitalista.
El líder político, sobre todo si es de inspiración “obrerista”
-para decirlo con un término ampliamente genéricoprocede
casi siempre de la clase media intelectualizada.
Nuestros universitarios radicalizados -entre los cuales se
cuentan las más diversas corrientes políticas- aparecen como
un admirable ejemplo de este fenómeno. La constancia, regularidad
y aun profundidad que adquiere la participación de
intelectuales “desclasados” -término insatisfactorio, pero, a
falta de otro mejor, insustituible por ahora- en los movimientos
de protesta o revolución debe tener una crucial importancia
teórica y práctica. No es lo mismo que los
“representantes de la clase obrera” sean obreros, que sean
miembros de otras clases. Desde luego, no es que esté “mal”
o “bien”, “correcto” o “incorrecto”. Pero es evidente que,
desde un punto de vista genuinamente sociológico, el hecho
-dada, insistimos, su recurrencia- debe llamar poderosamente
la atención. No hay duda que ese desfasaje debe tener consecuencias
capitales para una mejor estimación del comporta-
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19
miento de los grupos implicados y, por lo tanto, para la interpretación
teórica que la hace posible.
Entonces, ¿debemos abandonar nuestra hipótesis, tan
duramente vapuleada? Creemos que no, a pesar de los hechos
-antes que los argumentos expuestos. Si bien admitimos
que no existe una explicación adecuada para la ruptura
de la aparente relación precisada en la hipótesis, es claro que
los datos suministrados para hacer visible esa ruptura incluyen
como importante variable en la biografía de los líderes el
grado de intelectualización. Así, no es probable que los
miembros de las clases media o alta simpaticen o actúen con
las clases populares; pero sí lo es que eso ocurra entre sus
miembros más intelectualizados. Tampoco es probable que
todos los intelectuales estén dispuestos a “representar” los
intereses populares, pero sí lo es que eso ocurra entre aquellos
menos profesionalizados y, por lo mismo, más propiamente
“intelectuales”. Y esto es fácilmente explicable: tienen
menos compromisos con las estructuras existentes y, además,
están sumamente insatisfechos con el lugar que ocupan
en la sociedad, dada su marginalidad relativa. Obsérvese que
la resistencia enconada de grupos intelectuales al sistema
vigente capitalista, socialista u otros, aparece allí donde la
coacción es inclusive muy intensa y donde, al mismo tiempo,
constituyen una capa social privilegiada, como ocurre en la
Unión Soviética. Es cierto que allí la mayoría de ellos -quizás
la inmensa mayoría- mantiene un comportamiento curiosamente
apolítico13, pero es llamativo que, entre todos los gru-
13 Claro, se podría decir que donde hay socialismo no hay política, o
porque no hay clases, o porque, si existen, no son antagónicas. Pero este
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20
pos capaces de generar una protesta visible, sean los intelectuales
los encargados de canalizarla.
De acuerdo con esta aproximación, postularíamos la hipótesis
ad-hoc de que la indicada ruptura (desfasaje entre
representatividad de clase y pertenencia de clase) sólo puede
ser posible cuando la intelectualización constituye un rasgo
saliente en la personalidad de los líderes. En términos de
Merton, diríamos que los intelectuales pueden tener, más
que otros grupos, un grupo de referencia político distinto del
que correspondería a su grupo de pertenencia de clase14.
El rasgo de la intelectualidad no aparece en el caso de los
caudillos15. Casi todos ellos son. empresarios y, en algunos
casos, militares profesionales. Y si bien estuvieron sujetos a
la influencia de los “doctores” -como acostumbra a entrecomillar
despectivamente, y generalizando, José María Rosa16
-estos tuvieron actuación política subalterna. En una sociedad
institucionalmente poco compleja -no para el análisis
científico, sino para la acción práctica de los protagonistasdonde
el proceso revolucionario disolvió las pautas de acción
de los :grandes agrupamientos sociales coloniales, dejando
a éstos librados a una lucha directa por el control
social, las élites que en otras sociedades ofician de mediati-
argumento se estrella frente al hecho incontestable de una intensa lucha
por el poder tanto en la Unión Soviética y en China como en el resto del
área socialista. Y allí donde hay lucha por el poder es un poco difícil
negar la existencia de la política
14 Ver Merton, Roben, Teoría y estructura sociales, México, Fondo de Cultura
Económica, capítulos VIII y IX de la Parte II.
15 Sí aparece, en cambio, entre los que hacen o preparan la revolución:
Moreno, Belgrano, Vieytes, Castelli, Paso.
16 Ver su Historia Argentina, Buenos Aires, Editor Juan C. Granda.
E X T R A C C I Ó N S O C I A L D E L O S CAUDILLOS
21
zadoras o de intermediarios políticos no alcanzaron a formarse.
Sólo en Buenos Aires, desde la revolución hasta la
caída de Rivadavia, aparece una elite de extracción y formación
burguesas que convive con los personeros de intereses
directos de grupos. Pero termina con Rosas y no se reconstituirá
hasta después de Caseros.
Por lo tanto, la relación establecida en la hipótesis inicial
-que hay una congruencia sociológicamente significativa
entre pertenencia y representatividad de clase, para la época
considerada- es válida para los caudillos que actuaron entre
1810 y 1870.
2. La recolección de datos
El método de trabajo para detectar la pertenencia de los
caudillos a determinados sistemas de estratos consistió en
fichar sus biografías y en extraer de allí los datos relativos al
origen social de sus antepasados -especialmente abuelos y
padres- y las actividades del mismo caudillo en diferentes
áreas institucionales (el poder, la economía, la milicia).
Se supuso, además, que estos datos permitirían ubicar al
caudillo y sus abuelos y padres, en cuatro clasificaciones estratificacionales,
según los criterios clásicos de poder, prestigio
y riqueza, a los que agregamos también la educación.
A partir de estos criterios se infirió la pertenencia a una
determinada clase social, de modo que las escalas de estratificación
operaron de indicadores del término teórico “clase
social.” A1 mismo tiempo, se trató de individualizar cuál
había sido el rol principal de cada uno de los personajes
R U B É N H . Z O R R I L L A
22
masculinos del sistema de parentesco en el área civil (ocupación)
y militar (identificando su grado de formalización y
rango).
Con estos elementos se elaboraron los cuadros desde los
cuales es posible deducir si hubo o no movilidad inter e intrageneracional17,
y si aparecen regularidades (en la pertenencia
a clases, en las formas de movilidad, en la asunción de
roles) que no es plausible atribuir al azar. Por ejemplo, para
cada caudillo analizado se elaboró una secuencia de roles
asumidos. Incorporados a un cuadro general, los roles ejercidos
por los caudillos revelan una similitud de pautas que
sólo es posible atribuir a la persistencia de uno o varios elementos
estructurales comunes. De esta manera, la utilización
del “carisma” -concepto teórico nefasto, no obstante el aval
ilustre de Max y Weber- se torna en absoluto improcedente
para explicar el fenómeno del caudillo. Es por demás llamativo
que el supuesto carisma aparezca de pronto y simultáneamente
en regiones distantes y muy diferentes18. Por otra
parte, la discriminación de diferentes tipos de movilidad y la
17 A lo largo de su historia personal, el individuo puede pasar de uno a
otro nivel, ascendiendo o descendiendo, en las escalas de estratificación o
en la estructura de clase, de acuerdo a la que se considere. Esa es la movilidad
intrageneracional. Si observamos el mismo fenómeno entre diferentes
generaciones, padres e hijos, por ejemplo, entonces estamos
indagando la movilidad intergeneracional.
18 Esto no quiere decir que no halla individuos más “atractivos” que
otros. El carisma, por lo tanto, seria una propiedad psicológica que se
distribuye desigualmente entre los miembros de una sociedad. pero el
hecho de que esos individuos privilegiados aparezcan de golpe en el
liderazgo político es algo que solo pueda explicarse mediante variables
psicológicas. Además, quizás haya diferentes tipos de carismas. En este
caso, habría de explicar por que se da, en un momento determinado, ese
y no otro carisma.
E X T R A C C I Ó N S O C I A L D E L O S CAUDILLOS
23
verificación de si existieron o no, hace posible comprobar si
los caudillos -y su tipo de liderazgo- se corresponden con la
emergencia de nuevas clases o con fracturas dentro de las
preexistentes.
3. Crítica
Este planteo metodológico es susceptible de varias críticas,
algunas de los cuales hemos analizado, y, en lo posible,
contestado, en el punto 1 de este capítulo.
En primer lugar, el proceso mismo de espigar los datos a
través de biografías ofrece debilidades indudables. No sólo
porque supone confiar en datos de fuentes secundarias19,
sino también porque la historiografía biográfica tradicional -
revisionista o no- ha convertido el análisis histórico en un
títere de las “grandes ideas morales”, o de la “genialidad política”
de algún jefe predestinado. En principio, este procedimiento
generatriz del “gran hombre” ha sido utilizado
tanto para denigrar como para exaltar al caudillo, sin esclarecer
las raíces sociales que impulsaron e hicieron posible la
acción del protagonista.
A partir de esta comprobación, es fácil dudar de gran
parte de los datos recogidos. Pero esta crítica sería decisiva si
esos datos fundamentales -aquellos que nosotros buscamosincluyeran
inferencias o juicios de valor. En nuestro caso,
sólo se tomaron en cuenta hechos sobre los cuales no puede
19 Fuentes secundarias son aquellas que sólo nos permiten acceder a los
datos indirectamente. El trabajo en archivos nacionales, provinciales,
eclesiásticos o privados, supondría la consulta a fuentes primarias.
R U B É N H . Z O R R I L L A
24
haber interés en su deformación. La dilucidación, por ejemplo,
de si Estanislao López fue o no estanciero, o si lo fue
antes o después de ser gobernador, es algo en lo que todos
pueden estar de acuerdo, si se ofrecen los documentos de
prueba. En estos, casos la duda radica a veces, no en la subjetividad
o ideologización, sino en que esa prueba es poco
concluyente porque se basa en el testimonio oral (como ocurre
en el caso del Chacho Peñaloza), o en documentos que
ofrecen indicios indirectos.
En conjunto, sin embargo, dada la naturaleza altamente
objetiva de los datos sistematizados, es posible admitir que
las fuentes bibliográficas consultadas, no obstante su estrechez
interpretativa e inclusive documental (ambas características
no están totalmente desligadas) aportan elementos
confiables.
En segundo lugar, puede cuestionarse el método de inferir
la pertenencia a una clase social mediante las dimensiones estratificacionales
mencionadas (poder, prestigio, riqueza, educación).
Cuando se utiliza esta clasificación, se considera que
son dimensiones independientes, de las cuales sólo la riqueza
autoriza a deducir la pertenencia a una clase social. En nuestro
trabajo, sin embargo, decidimos utilizar las cuatro como
apoyos alternativos o simultáneos para inferir la misma pertenencia
debido a la escasez de datos más concretos en la
dimensión ``riqueza´´, salvo en los casos en que las informaciones
acerca de esta última fueron amplios, como ocurre,
por ejemplo, en Quiroga.
En sostenimiento de esta posición se puede aducir que
poder-riqueza-prestigio se dan relativamente mancomunadas
E X T R A C C I Ó N S O C I A L D E L O S CAUDILLOS
25
en la época que consideramos (1810) . En el virreinato, la
pertenencia ala alta burocracia (el padre de Güemes, por
ejemplo) garantiza la rápida acumulación de riqueza, tanto
por casamiento (como ocurrió en ese caso), como por la
posibilidad de incrementar las obvias ventajas del cargo.
Como se sabe, la burocracia colonial fue la matriz del sistema
de clases en la conquista, y esta capacidad, aunque disminuida,
sólo se quebró definitivamente con la revolución.
Además, el alto prestigio es un síntoma de pertenecer o haber
pertenecido hasta muy recientemente a los estratos más
elevados del sistema social.
En resumen, las dimensiones adoptadas permiten llenar
claros de información en el proceso de inferencia y, allí donde
hay datos relativamente completos, permite comprobar su
coherencia indicativa. Esto, que es válido para el sistema de
parentesco del caudillo (al menos para sus padres y abuelos),
no lo es para él mismo. En parte, porque todos los caudillos.
tuvieron, casi por definición, alto prestigio20 y poder, y en
parte porque, desde el punto de vista metodológico, es menos
admisible, después de 1810, la coherencia que hemos
postulado. Hay indicios de que, precisamente, a partir de esa
fecha, es posible hallar diferencias apreciables en el comportamiento
de esas dimensiones, de modo que un mismo
individuo puede asumir diferentes valores -más probablemente
que antes de 1810 - en las clasificaciones. Desde luego,
no existen datos suficientemente precisos como para
20 Es el respeto público (semi institucionalizado) hacia una persona o
grupo. La determinación de si es alto, medio o bajo corresponde a criterios.
impresionísticos del autor utilizado como fuente.
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26
afirmar la magnitud del fenómeno, pero es previsible que los
reajustes políticos y económicos provocados por la revolución
hayan creado fracturas entre las dimensiones, o hayan
agrandado las preexistentes, sobre todo mediante la movilidad
descendente.
Por último, la detección de movilidad intra o intergeneracional
puede ser usada en nuestro estudio para ver si el liderazgo
político del caudillo se apoya en una clase social
diferente a la que era hegemónica hasta el momento de su
ascenso. Si descubriéramos, por ejemplo, que los caudillos se
ubican en los valores medios y bajos de los sistemas de estratificación
elegidos (riqueza y educación), habría muchas
razones para inferir que hay allí un traslado del ejercicio del
poder (donde, junto con el prestigio más alto, tienen el más
elevado rango), íntimamente relacionado con transformaciones
en la estructura de clases. Si, por el contrario, la diferencia
se da, antes que en estratos distintos, en roles
ocupacionales sistemáticamente desviados respecto de una
pauta anterior -aunque perteneciendo a una misma clase- hay
que presumir la influencia causal de modificaciones institucionales
y/o de un reacondicionamiento de sectores dentro
de esa clase.
La importancia indicativa que se asigna aquí al rol ocupacional
se basa en una hipótesis insustituible que merece un
comentario: la ocupación asigna un lugar definido en la estructura
económica y, a partir de allí, una clara asignación de
pertenencia a estratos sociales íntimamente vinculados con la
estructura de clases. Establece, en otras palabras, una ubicación
precisa en un sistema institucional (la estructura eco-
E X T R A C C I Ó N S O C I A L D E L O S CAUDILLOS
27
nómica) a través de su inserción en un sistema de poder (la
unidad económica básica), fijando, al mismo tiempo, relaciones
igualmente precisas respecto de la propiedad. A veces,
un rol ocupacional, como el de sacerdote o militar, se inserta
en sistemas institucionales diferentes. En el caso del militar,
por ejemplo, tanto forma parte de la estructura económica,
en cuando presta un servicio, como en la estructura del poder
político en sentido lato. Desde luego estas diferencias
son importantes para explicar el curso del proceso social. De
ahí que la utilización exclusiva de la dinámica de clases no
sea suficiente, entre otras razones, como herramienta explicativa,
no obstante su valor troncal. Por otra parte, no hay
duda que, el rol ocupacional apunta tanto a esa dinámica
como a la institucional en su más amplio sentido.21
Finalmente, la ocupación absorbe profundamente la vida
personal y se convierte en un tremendo agente socializador
en el proceso de formación del individuo. Las vicisitudes de
la camera ocupacional crean profundas raíces emocionales, y,
en el otro extremo, dibujan metas y expectativas de variable
aunque indeleble repercusión en la personalidad. Como el
sistema ocupacional -más allá de las diferencias idiosincrásicas-
crea miles o millones de situaciones similares, crea al
mismo tiempo las condiciones para que, potencialmente -y
21 El rol ocupacional está relacionado con un ingreso, y, por lo tanto, con
posibilidades definidas de vida. Por otra parte, el rol ocupacional se halla
vinculado a una trama específica de relaciones sociales. Esa trama acota
posibilidades y límites para acceder a otros roles ocupacionales y para
alcanzar posiciones determinadas en los sistemas de poder, riqueza y
prestigio. Muchas veces se olvida que esa trama define también posibilidades
de vida, y que, por eso mismo, constituye un valiosísimo bien
intangible.
R U B É N H . Z O R R I L L A
28
realmente, según sea el aspecto que consideremos- miles o
millones de individuos sientan, quieran y actúen en forma
parecida. Este principio, conocido desde el siglo XIX y clarificado
con el aporte de la psicología, es una de las bases teóricas
de la sociología y de la psicología social.
4. Aclaración final
Quedaría por aclarar qué entendemos por “caudillo” y
por qué hemos elegido el período 1810-1870.
Con respecto al primer punto, es evidente que la adopción
de algunas personalidades como objeto de nuestro estudio
- y su contrapartida, la exclusión de otros- supone el
uso de ciertos criterios que sólo pueden surgir de una adecuada
definición. En las condiciones actuales, sin embargo,
una definición teóricamente irreprochable es imposible. Lo
que podemos decir aproximativamente es que los caudillos
fueron jefes militares -o civiles que asumieron el rol military
que en el período 1810-1870 ejercieron un poder no institucionalizado,
simultánea o alternativamente, en una cierta
área del país, contando para ello con el apoyo de las fuerzas
armadas existentes y con algún consenso popular- variable
según los períodos y las regiones que se consideren.
A pesar de su inevitable arbitrariedad, pues no permite
una discriminación tajante entre aquellos que en la terminología
común son considerados caudillos y los que no lo serían,
es la definición provisional que finalmente adoptaremos
para justificar nuestra elección.
E X T R A C C I Ó N S O C I A L D E L O S CAUDILLOS
29
Inicialmente, nuestra lista comprendía 34 caudillos. La
pretensión no era recoger el registro de todos, sino de aquellos
más destacados. Debido a las dificultades para hallar los
datos pertinentes, la lista original quedó reducida a 18 nombres:
Francisco Ramírez (Entre Ríos), Estanislao López
(Santa Fe), Gervasio José de Amigas (Banda Oriental), Juan
Bautista Bustos (Córdoba), Juan Manuel de Rosas (Buenos
Aires), Facundo Quiroga (La Rioja), Bernabé Aráoz (Tucumán),
Juan Felipe Ibarra (Santiago del Estero), Pedro Ferré
(Corrientes), Martín Güemes (Salta), Angel Vicente Peñaloza
(La Rioja),. Justo José de Urquiza (Entre Ríos), Alejandro
Heredia (Tucumán), Antonino Taboada (Santiago del Estero),
Nazario Benavídez (San Juan), Juan Felipe Varela (Catamarca
- La Rioja), Fructuoso Rivera (Banda Oriental) y
Félix Aldao (Mendoza). Esta nómina es ampliamente representativa,
tanto de las regiones como de las diferentes épocas,
aunque se note la ausencia de Ricardo López Jordán.
El punto que quedaría por dilucidar sería el que se refiere
al período elegido, 1810-1870. El ateo indicado en primer
término puede ser considerado como el punto de partida de
una disgregación progresiva del poder central, heredado de la
colonia por el gobierno revolucionario. Ese proceso de disolución
-que culmina en 1820- constituye, precisamente, la
génesis de lo que en la historia argentina se llama el “caudillo”.
El año 1870 marca la expiración del proceso. Poco antes
había desaparecido de la escena política nacional Felipe
Varela, quien muere precisamente ese año. Con la formación
del Estado Nacional moderno se liquidan las bases políticas
del caudillismo, tal como lo entendemos en este trabajo.
R U B É N H . Z O R R I L L A
30
Finalmente, una precisión expositiva: hasta el cuadro 10
inclusive, examinamos rápidamente los cuadros, discutiendo
y aportando pruebas sólo en los casos de duda. Estos casos,
que ofrecen incertidumbre, no se incluyen en aquellos cuadros.
Pero para sostener la posibilidad de asignarles valores
definidos aunque sea tentativamente, se los examina más
detenidamente. En el comentario al cuadro 9, en cambio,
que oficia de resumen, ofrecemos las pruebas que justifican
los valores presentados en ése y en los cuadros anteriores.
En toda oportunidad, y aunque se torne algo pesada la redacción,
hemos optado por las repeticiones -donde se justificaran-
y por las citas textuales, a fin de dar mayor fuerza o
autoridad al testimonio de la fuente utilizada. Pero antes de
ofrecer el resumen de los datos que hemos recogido según
los criterios hasta aquí explicitados, haremos en el próximo
capítulo una breve síntesis descriptiva de las situaciones en
que cada provincia asume su autonomía.
E X T R A C C I Ó N S O C I A L D E L O S CAUDILLOS
31
CAPÍTULO II
EL MARCO EN EL QUE APARECEN LOS
CAUDILLOS
1. Una periodización
Un aceptable punto de partida para ubicar el proceso
global de aparición de los caudillos consistiría en elaborar un
cuadro de etapas en el cual las fracturas sociológicamente
significativas en cada provincia coincidieran en lo posible
con procesos igualmente significativos en el orden nacional.
Es lo que se intenta hacer en la periodización que sigue:
Período 1810-1820. Se inicia con la destrucción del poder
virreinal y termina con la disolución del centralismo bonaerense,
heredado, precisamente, de la colonia. Es el período
de emergencia de los grandes caudillos, cuya rebeldía hace
fracasar el centralismo forzado, aunque hayan aparecido, e
inclusive adquirido poder, al amparo de ese centralismo.
Período 1820-1852. Cubre desde el año de la anarquía
hasta la batalla de Caseros. Es el período de las autonomías
provinciales. No obstante, la posibilidad de ejercer plena-
R U B É N H . Z O R R I L L A
32
mente esa autonomía se ve sensiblemente disminuida a partir
de la segunda gobernación de Rosas, quien articula el dominio
de la oligarquía bonaerense sobre la base de dos principios
sólo en apariencia contrapuestos: sumisión a Buenos
Aires, pero libertad interna de las oligarquías locales para
decidir el manejo de la política doméstica, salvo en lo que
pueda afectar la fidelidad a Rosas. Es decir: éste deja actuar a
los factores geopolíticos naturales que sustentan la preeminencia
de su provincia, insti-tucionalizándolos en la representación
de los asuntos exteriores en el orden nacional; al
mismo tiempo, prescinde de la injerencia en el proceso económico
de cada provincia, y a veces en el político, con tal de
que no ponga en peligro su hegemonía. Lo primero permite
reservar el comercio exterior y la aduana a la provincia de
Buenos Aires e identificar los intereses económicos y políticos
de sus factores de poder con los de la Nación. Lo segundo
hace posible eludir las responsabilidades nacionales
de un gobierno central compartido, conservando el control
sobre los enemigos políticos que operan en regiones de difícil
inspección.
Si a partir de la muerte de Quiroga en febrero de 1835 y
del ascenso de Rosas a la segunda gobernación ese mismo
año se puede afirmar la nueva vigencia del centralismo
bonaerense, ello se desprende de lo que podríamos llamar
“dominación geopolítica”. El peso de su riqueza ganadera, la
condición de puerto de una gran ciudad (para la época y el
medio), la proximidad del eje del comercio mundial (apoyado
en el Atlántico), y la existencia de un comercio exterior
sin rivales a la vista, hacen inevitable la supremacía de Bue-
E X T R A C C I Ó N S O C I A L D E L O S CAUDILLOS
33
nos Aires. Estos factores sólo podrían haber sido equilibrados
por una organización política monolítica por parte de las
provincias, orientada a imponer una solución negociada al
puerto único. Pero las provincias se hallaban en constantes
luchas entre sí, o, cuando se unían, era sólo para romper el
acuerdo a la amenaza o la concesión de Buenos Aires. De
ahí que este período se inicie con una intensa lucha entre
caudillos en el litoral y en el noroeste. Esta lucha se prolongará
en la permanente hostilidad entre Quiroga y López,
deseosos de imponer su dominio sobre el interior y señaladamente
sobre Córdoba, y hallará su fin en el arbitraje de
Rosas, a la muerte de Facundo.
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34
CUADRO 1
CAUDILLOS INCLUIDOS EN LA
INVESTIGACION
Caudillo Nacimiento Período de gobierno
Muerte Provincia a la que
o dominio político perteneció
Artigas 1764 1813-1819 1850 B.
Oriental
Güemes 1785 1815-1821 1821 Salta-
Jujuy
Aráoz 1782 1815-17 y 1819-21 1824
Tucumán
López, E. 17

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