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EXTRACCIÓN SOCIALDE LOS CAUDILLOS.30 Oct 13 - 12:47 EXTRACCIÓN SOCIAL DE LOS CAUDILLOS RUBÉN H. ZORRILLA RECONOCIMIENTO Este trabajo se realizó en el Instituto de Sociología de la Facultad de Humanidades de la Universidad de Belgrano. Colaboraron en la búsqueda de material bibliográfico y en la preparación de fichas eruditas Antonio Avegno, Jorge Badaracco, Eduardo Baleani, Liliana Benedetti, Eduardo Caridi, Silvio Cenci, Juan Etcheverry, María Elena Fernández, Susana Fernández, Delia Fontana, Vibiana Frías, Armando García Rey, Juan Infantino, María Le Fort, Betty Slachter de Leiser, Virginia Mac Grath, Estela Millet, Elena Papa, Adriana Posthingel, Nora Ratti, Alicia Rovella, Leonardo Sacco, Ana María Sáez, Graciela Sánchez, Inés Spagnuolo, Carmen Valls, Celia Viñao, Marta Zaporowsky y Emilio Zarnitzer. A todos ellos, al Rector de la Universidad, Dr. Avelino José Porto, y al Decano de la Facultad de Humanidades, Prof. Aldo Jorge Pérez, agradezco la colaboración que en todo momento prestaron a la realización de este estudio, aunque, desde luego, no son responsables de lo que en él se sostiene. R U B É N H . Z O R R I L L A 4 INTRODUCCION Desde la primera década revolucionaria, cuando comenzaron a manifestarse como una realidad política insoslayable, los caudillos suscitaron la admiración o la diatriba y, ocasionalmente, algunos intentos de comprensión que no culminaron, hasta ahora, en un satisfactorio esclarecimiento1. Acaso el ejemplo más espectacular, por su capacidad para generar elogios y denostaciones, sea Facundo. Allí se reúnen todos esos elementos -el odio y el deslumbramiento, con una genuina dosis de comprensión, no obstante su insuficiencia- y se ofrece la primera exploración sistemática, auténticamente sociológica, del fenómeno2. En la introducción de ese polémico libro, concebido ex profeso, como toda la obra de Sarmiento, según las pautas de una ardorosa vocación política, el autor declara, a diez años de la muerte de su protagonista: “Facundo no ha muerto; está vivo en las tradiciones populares, en la política y revoluciones argentinas...” Es de- 1 Sin duda, la perspectiva más rigurosa -exenta, por lo demás, de toda fácil intención moralizante o idealizadora- es la que ofrece Tulio Halperín Donghi en su admirable artículo “El surgimiento de los caudillos en el cuadro de la sociedad rioplatense posrevolucionaria”, en Estudios de Historia Social No 1, octubre 1965, Bs. As. Centro de Estudios de Historia Social de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. E X T R A C C I Ó N S O C I A L D E L O S CAUDILLOS 5 cir, Facundo es algo más que él mismo, es un paradigma cuyas coordenadas hay que rastrear, no en los, caprichos de una individualidad excepcional, sino en el contexto abarcador de la realidad social: “... en Facundo Quiroga no veo un caudillo simplemente, sino una manifestación de la vida argentina tal como la han hecho la colonización y las peculiaridades del terreno, a lo cual creo necesario consagrar una seria atención porque sin esto la vida y los hechos de Facundo Quiroga son vulgaridades que no merecerían entrar sino episódicamente en el dominio de la historia. Facundo, en fin, siendo lo que fue, no por un accidente de su carácter, sino por antecedentes inevitables y ajenos a su voluntad, es el personaje histórico más singular, más notable que puede presentarse a la contemplación de los hombres que comprenden que un caudillo que encabeza un gran movimiento social no es más que el espejo en que se reflejan, en dimensiones colosales, las creencias, las necesidades, preocupaciones y hábitos de una nación en una época dada de su historia.´´ (Facundo, Bs. As., Ed. Sur, 1962, p. 24, Introducción.) Han pasado bastante más de diez veces diez años y el fenómeno social que se cifra en el ejemplo estremecedor de Facundo Quiroga perdura como arma ideológica en algunos grupos políticos y se prolonga morosamente en el repertorio, casi siempre pseudofolklórico, aunque brillante, de nuestros cantantes populares. ¿Cuál es la imagen que se desprende de esa perspectiva ideológica? La de caudillos “gauchos”, que luchan por los 2 Esto no quiere decir que Sarmiento “tiene razón”. R U B É N H . Z O R R I L L A 6 derechos populares en el ejercicio de una democracia “bárbara” y que defienden los intereses regionales en contra de un centralismo absorbente y pernicioso representado por Buenos Aires. Los caudillos son rigurosos y ecuánimes, desprendidos y heroicos y, sobre todo, nacionalistas, aunque el contenido de este término requeriría una cuidadosa explicación. Esta imagen se inserta, además, en el cuerpo más amplio de un proceso histórico que culminó en Pavón con la derrota de la Confederación, apoyada hasta ese momento en la solvencia bélica de Urquiza, y con el sometimiento de las provincias y, por lo tanto, con el triunfo del centralismo y la sumisión -no necesariamente implicada en esa derrota- a los intereses extranjeros. Finalmente, y como prolongación inevitable de esta perspectiva, la imagen del caudillo se ofrece como un ejemplo para las luchas políticas actuales. Constituyen ( son presentados como) los modelos de un liderazgo político vigente, o por lo menos, actualizable. En ellos reposa también la urdimbre de valores nacionales que es preciso rescatar para potenciar la capacidad creadora de las masas populares. En suma, el elogio del caudillismo aparece como un fenómeno ideológico de “fusión3”, en el que elementos propios de estructuras 3 (Efecto de fusión). ``Este fenómeno consiste precisamente en el hecho de que, ideologías y actitudes que constituyen la expresión de un proceso muy avanzado de desarrollo, al llegar a zonas y a grupos todavía caracterizados por rasgos tradicionales, sino que pueden llegar a reforzar esos mismos rasgos tradicionales, que ahora parecen adquirir una nueva vigencia, no en nombre de la estructura pretérica, sino como productos E X T R A C C I Ó N S O C I A L D E L O S CAUDILLOS 7 sociales modernas, como la clase obrera, o las masas populares de una sociedad industrial, se asimilan conceptualmente a fenómenos socioeconómicos totalmente diferentes, donde predominan rasgos fuertemente cargados de tradicionalismo4. En esta interpretación, la historia adquiere connotaciones míticas: hay seres buenos y malos, de una sola pieza, guiados. los unos por su deslumbrante luz interior y los otros por sus mezquinos intereses. Las raíces sociológicas -que no son las meramente políticás- de sus comportamientos, en cambio, permanecen ocultas. Así, por ejemplo, las intensas luchas intercaudillos (Artigas contra Ramírez y López, Ramírez contra López y Bustos, Aráoz contra Güemes e Ibara, entre “muy avanzados.” En otros casos, aun cuando sobre el plano verbal una ideología en nada parezca diferir de sus expresiones en la zonas y grupos originarios, su significado psicológico, en grupos “rezagados”, resulta fuertemente influidos por los contenidos tradicionales. Germani, Gino, Política y Sociedad en una época de tradición, Bs. As., Paidós, 1962, pág. 104. 4 Entendemos por “tradicionalismo” el rechazo de la sociedad industrial en función de valores correspondientes a etapas anteriores a la emergencia de esa sociedad. En este sentido, el rechazo de ciertas formas y valores de la sociedad industrial no supone una concepción tradicionalista, si ella implica superar -y, por lo tanto, responder creadoramente- a las exigencias y problemas de la sociedad industrial. El tradicionalismo encuentra la solución ya preparada a esos problemas en el pasado; es una “vuelta atrás”, una utopía retroactiva y por eso mismo entraña siempre una glorificación de lo ido. El rescate de la “Edad de Oro” es algo característico de esta posición. En cambio, la respuesta creadora se manifiesta más bien a través de una utopía situada en el futuro. No es una restauración, sino una invención o una conquista. Desde luego, con esta discriminación provisional no pretendemos haber agotado la problemática que subyace en las relaciones entre tradicionalismo y cambio, ni admitimos que el concepto mismo de “tradicionalismo” sierre las posibilidades a otros instrumentos teóricos más sutiles, allí donde el análisis lo requiera. R U B É N H . Z O R R I L L A 8 otras), aparecen como episodios sometidos al capricho de los protagonistas. Sin embargo, es evidente que hay allí algo más que indi-vidualidades contrapuestas: hay la gravitación de factores estructurales capaces de dar un sentido coherente a una serie de conflictos en apariencia poco entendibles a través de una psicología rudimentaria, como la que ofrece la historiografía habitual. Esos conflictos no son reducibles, por lo tanto, a propósitos. morales, ni a simplificaciones más plausibles, como la oposición “provincias-centralismo porteño”, aunque ella sea un dato importante. La opción simétrica y opuesta (nuestros caudillos serían “señores feudales omnipotentes”, personeros siniestros de la “edad media argentina”)5 es también insatisfactoria, aunque apunte a veces, mediante la detección de una estructura “feudal”, a conceptos e hipótesis más genuinamente explicativas. Sin embargo, este intento de subsumir el proceso histórico argentino dentro del marco de secuencia de etapas por las que pasó Europa, prescinde de peculiaridades que no pueden ser eludidas. Otras veces, este enfoque crítico del caudillo también asume un énfasis literario y moralizador, en el que la denuncia de violencia o crueldades aparece en primer plano, sin aclarar el lugar que ellas ocupaban en la épo- 5 “Otro factor negativo de mucha importancia, que hemos señalado como determinante del atraso industrial argentino durante la primera mitad del siglo pasado, fue la barbarie de los caudillos que se adueñaron de las provincias, para ellos sus feudos indiscutibles. Es la Edad Media argentina...” (Dorfman, Adolfo, Historia de la industria argentina, Bs. As., Solar/Hachette, 1970, pág. 63). Esto no implica negar que los hechos citados por Dorfman sean ciertos. Es la imputación causal y la conceptuación la que es dudosa. E X T R A C C I Ó N S O C I A L D E L O S CAUDILLOS 9 ca, y cuál era el contenido y las orientaciones disímiles que subyacían en su utilización. En realidad, desde hace mucho tiempo, y no obstante su pertinaz sobrevivencia, ambas perspectivas historiográficas - que son una tradición en nuestro país- han entrado por la puerta sin salida de la esterilidad. Persisten, sin embargo, en el afán biográfico volcado sobre nuestros caudillos, salvo contadas excepciones. Sólo así se explica que aspectos fundamentales de sus vidas hayan pasado inadvertidos para el biógrafo de turno, en beneficio de la mitología literaria, casi siempre inflexiblemente laudatoria. Así, por ejemplo, en una biografía tan documentada como la de Quiroga, Pedro De Paoli no se preocupa por indagar en las relaciones comerciales y sociales de la familia del protagonista y ni siquiera en las de la propia provincia. Lo mismo se podría decir del Rosas de Manuel Gálvez, del Ramírez de Jorge Newton o el de Aníbal Vázquez, del López de Leoncio Gianello. Con el resto, al menos en el material analizado para este estudio, ocurre lo mismo. Sólo en el caso de Urquiza, y a través sobre todo de los aportes excelentes de Manuel E. Macchi, hay un flanco visual diferente y en gran medida inédito6, aunque su preocupación, como en otros biógrafos, se localiza principalmente sobre la trayectoria política.7 6 Ver, de Manuel E. Macchi, Urquiza, última etapa, Santa Fe, Librería y Editorial Castellví, 1955, Segunda Edición. La primera edición no tiene los interesantes antecedentes comerciales de Urquiza, sin duda lo mejor del libro. El mismo autor tiene Urquiza, saladerista. 7 También se vuelca sobre el perfil moral de Urquiza, al punto de que la inclusión de lo que calificamos como “aportes excelentes” se halla en la segunda edición del libro (ver nota 6) y con el propósito de probar que ya en 1826, en los comienzos de su carrera política, ese caudillo era un R U B É N H . Z O R R I L L A 10 El esclarecimiento de esas relaciones - las de los caudillos y sus familias con las estructuras sociales situadas más allá del centro político- es fundamental, si bien no la única vía, ni la más importante, para despojar de su envoltura mítica al fenómeno del caudillismo. La idea de que existe alguna relación significativa entre la extracción social de los caudillos y el contenido o la orientación específicamente política de su liderazgo, ha sido utilizada por varios autores. Pero es en Juan José Real8, Tulio Halperín Donghi9 y Leonardo Paso10, donde se dibuja quizás más claramente como apoyo explicativo, aunque el contexto teórico general y la metodología de cada uno de esos autores -así como el valor explicativo-, sean notablemente diversos. No obstante su reconocida modestia, el trabajo que presentamos se ubica en esa línea11. Nos interesa fundamental- hombre rico, y que su fortuna, por lo tanto, no fue obtenida en el ejercicio de su liderazgo. Con esta crítica no pretendemos eliminar la posibilidad, indudablemente legítima, de una estimación moral. Sólo subrayamos que las fuerzas sociales de un proceso histórico sobrepasan las intenciones éticas de los individuos aislados y deben ser explicadas según las relaciones de los grandes grupos, de la madeja institucional en la que se hallan inscriptos, y del transfondo histórico y cultural que les dieron origen. Todo esto, por supuesto, no constituye una novedad, aunque es frecuentemente olvidado. 8 Ver especialmente su Manual de historia argentina, Bs. As., Ed. Fundamentos. 1952 9 Especialmente, op. cit. Para el caso de Rosas, Expansión ganadera en la campaña de Buenos Aires (1810-1852), “Revista Desarrollo Económico”, abril-setiembre 1963, NQ 1-2, Vol. 3, Bs. As., pág. 57. 10 Especialmente, Los caudillos y la Organización Nacional, Bs. As., Editorial Futuro, 1965. 11 Esto no supone de ninguna manera optar por un “punto medio”, según el cual las dos posiciones bosquejadas tendrían “algo de razón y algo de equivocación”. Supone, en cambio, dar una perspectiva diferente, E X T R A C C I Ó N S O C I A L D E L O S CAUDILLOS 11 mente detectar en qué niveles de la estratificación social se ubicaron las familias de los caudillos y, subsidiariamente, en qué medida la posición alcanzada por el caudillo es el resultado de la movilidad ínter o intrageneracional. Al mismo tiempo, se trata de ver si el ejercicio de ciertos tipos de roles ocupacionales, en el plano individual de cada caudillo, y en el colectivo (el de todos los caudillos incluidos en la muestra) ofrece alguna recurrencia, es decir, alguna frecuencia modal. La hipótesis es que las regularidades que pudieran descubrirse en las diferentes pistas (niveles de estratificación, y, por lo tanto, relaciones de congruencia o incongruencia de status, formas de movilidad y roles ocupacionales) denunciarían fenómenos estructurales sociológicamente significativos. Es decir, no podría ser por azar que casi todos los caudillos pertenecieran a un determinado estrato social, hubieran pasado por determinadas vías de movilidad y tuvieran roles ocupacionales seme-jantes. Una hipótesis adicional, tampoco sujeta a comprobación en este trabajo, aunque sí utilizada, es que la significación específicamente política del caudillismo sólo puede explicarse por esas inserciones estructurales. Sobre la base, no demasiado amplia, de esos elementos; se tratará posteriormente de deducir algunas consecuencias situada más allá de la oposición indicada. Por otra parte, Juan José Real y Leonardo Paso podrían adscribirse cómodamente al extremo calificado habitualmente como liberal de esa oposición, aunque sus herramientas de análisis sean -o presuman ser- de origen marxista. Este hecho, sin embargo, no es tan contradictorio, o, al menos, tan poco coherente como parece a primera vista. En efecto, el marxismo, en sus aspectos éticos y políticos -aunque no en los económicos- encierra vinculaciones importantes con el liberalismo. Lo mismo ocurre, desde luego, con el anar- R U B É N H . Z O R R I L L A 12 sociológicamente relevantes. El material fáctico estará constituido por los datos de fuentes secundarias accesibles, especialmente biografías. Si bien el intento no reclama originalidad historiográfica, ni tampoco teórica, hace posible, sin embargo, sistematizar un nutrido y heterogéneo material existente, según variables a hipótesis explícitas, aunque con el riesgo inocultable de aumentar la molesta confusión que domina esa debatida área de nuestras pesquisas históricas. quismo, el socialismo no marxista, y las diversas corrientes del utopismo que pueden adscribirse al socialismo. E X T R A C C I Ó N S O C I A L D E L O S CAUDILLOS 13 CAPÍTULO 1 METODOLOGIA 1. Hipótesis básicas Nuestra hipótesis inicial es, pues, que existe una relación entre la pertenencia a un determinado estrato social y la identificación con los intereses de ese estrato en el ejercicio del liderazgo. Más aún: que esa relación vincula una estructura de poder específica, e históricamente determinada, con una de las estructuras sociales básicas: el sistema de clases de una sociedad global también específica, de modo que existiría una decisiva unidad de intereses entre los personeros del liderazgo y la clase social a la que pertenecen. Puede preguntarse, en principio, si esta es una hipótesis plausible. Sería fácil demostrar, por ejemplo, que algunos de los ,dirigentes o “manipuladores políticos” de la Revolución Francesa pertenecían a la nobleza o al clero y no a la clase burguesa, que era la hegemónica. Los revolucionarios de ideas socialistas -para decirlo de una manera genérica, a fin de que abarque una gran variedad de orientaciones- presen- R U B É N H . Z O R R I L L A 14 tan un cuadro, por su parte, tal vez más sorprendente, aunque todavía no indagado: casi todos sus altos dirigentes - y los más grandes, sin excepción- pertenecen a la burguesía o a la pequeña burguesía. Todos, además, son intelectuales -si bien de muy distinta for-mación y capacidad- o, por lo menos, “intelectuales políticos”, es decir, individuos altamente potenciados para intentar un planteo teórico, y no meramente práctico, de los problemas sociales que les interesaban. Estos rasgos tan sintéticamente expresados no constituyen, sin embargo, una ruptura en la línea de la tradición revolucionaria; también los socialistas utópicos, los creadores del anarquismo, y aun los fundadores de las distintas variedades de socialismos existentes en el siglo XIX -entre ellos Marx y Engels- eran miembros de la burguesía, de la pequeña burguesía y aun de la nobleza. Aunque se puede discutir si fueron “representantes” de la “clase obrera” o del “movimiento proletario”, o del “campesinado” -para utilizar la terminología predominante- lo cierto es que las preocupaciones que guiaba sus intentos teóricos y prácticos no conducían ala defensa de los intereses de los estratos sociales a los que pertenecían. Al contrario: llevaban más bien -no obstante lo discutible que puedan parecer sus planteos- a cuestionar y corroer los privilegios de los estratos sociales cuyos beneficios habían, o todavía, estaban, usufructuando. Obsérvese que las manifestaciones de la denominada guerrilla urbana, son planeadas y ejecutadas, sin excepción, por individuos de clase media, la mayoría de ellos universitarios o profesionales. Esta comprobación, a pesar de su simplici- E X T R A C C I Ó N S O C I A L D E L O S CAUDILLOS 15 dad y de ser archiconocida, no deja de ser asombrosa, precisamente porque disuelve la relación establecida por nuestra hipótesis inicial. De acuerdo con estos hechos no habría posibilidad de generalizar la existencia de un vínculo entré la orientación básica del liderazgo de un movimiento y la pertenencia de los que lo ejercitan, a un estrato social determinado. Curiosamente, algunos de los que han aportado datos decisivos para invalidar la hipótesis, son los que, sin explicitarla, parecen decididos a sostenerla contra el aval terminante de sus propios aportes. Para esto recurren, subrepticiamente, al principio de que “la excepción confirma la regla”. Arguyen que algunos individuos, debido a su comprensión de los fenómenos sociales, se separan de su clase, se automarginan, y se entregan a la defensa de los intereses de clases antagónicas a la propia12. Comunista, México, Editorial México, 1949,. 12 En el “Manifiesto del Partido Comunista”, por ejemplo, se lee: “Finalmente, en aquellos períodos en que la lucha de clases está a punto de decidirse, es tan evidente y tan claro el proceso de desintegración de la clase gobernante latente en el seno de la sociedad antigua, que una pequeña parte de esa clase se desprende de ella y abraza la causa revolucionaria, pasándose a la clase que tiene en sus manos el porvenir. Y así como antes una parte de la nobleza se pasaba a la burguesía, ahora una parte de la burguesía se pasa al campo del proletariado; en este tránsito rompen la marcha los intelectuales burgueses, que, analizando teóricamente el curso de la historia, han logrado ver claro en sus derroteros”. (Marx, Engels, en Biografía del Manifiesto Comunista pág. 83). Pero veamos lo que dice Lenin en su introducción a las Obras filosóficas escogidas, de A. Herzen, Ediciones en Lenguas extranjeras, Moscú, 1956, página 3: “Herzen pertenecía a la generación de revolucionarios de la nobleza terrateniente de la primera mitad del siglo pasado. La nobleza ha dado a Rusia los Biron y los Avakchéiev, un sin número de oficiales borrachos, de camorristas, de jugadores de naipes, de héroes de feria, de perreros, de R U B É N H . Z O R R I L L A 16 Pero esto constituye una mera descripción del fenómeno que hay que explicar. Además, a lo sumo serviría para individualizar al caso de excepción. Y estamos, en cambio, frente a un hecho generalizado, y por lo tanto estructural, que requie- espadachines, de verdugos, de dueños de serrallo y de almibarados Manilov. Y entre ellos -escribía Herzen- se formaron los hombres del 14 de diciembre, una falange de héroes, criados como Rómulo y Remo, con leche de fiera. Fueron como héroes de leyenda, forjados de puro acero de pies a cabeza, paladines de una noble causa que se lanzaron al combate sabiendo que les aguardaba una muerte segura, para despertar a una nueva vida a la joven generación y purificar a los niños nacidos en el ambiente en que imperaba el verdugo y el servilismo.” “Uno de esos niños era Hertzen.” Bertrand Russell ha señalado que en el pasado “...la clase ociosa ha contribuido con cerca del total de lo que llamamos civilización. Cultivó las artes y descubrió las ciencias; escribió los libros, inventó la filosofía y refinó las relaciones sociales. Incluso la liberación del oprimido fue iniciada por lo común desde arriba. (En In Praise of Idleness and other Essays, Ed. Lambe, Allen and Unwin, 1948, pág. 26). El subrayado es mío. F. Engels señala en su Anti-Dühring, Bs. As., Ed. Claridad, s/f.: “Sin esclavitud no hay Estado griego; no hay arte ni ciencia griegos; sin esclavitud no hay Imperio Romano y sin la base del helenismo y de Imperio Romano no hay Europa Moderna. Jamás deberíamos olvidar que todo nuestro desarrollo económico, político e intelectual supone un estado en que la esclavitud era tan necesaria como generalmente reconocida. En tal sentido, tenemos derecho a decir que sin esclavitud antigua no hay socialismo.” (Pág. 205) Y agrega más adelante: “. . .mientras el trabajo del hombre aun era tan poco productivo que apenas dejaba algún excedente, el incremento de las fuerzas productivas, la extensión del comercio, el desarrollo del Estado y del derecho, el nacimiento del arte y de la ciencia no eran posibles sino por una mejor división del trabajo. El trabajo debía basarse en la gran división entre masas ocupadas en el simple trabajo manual y un reducido número de privilegiados que dirigían el trabajo, se ocupaban del comercio, los asuntos públicos y más tarde del arte y de la ciencia. La forma primitiva y más sencilla de esta división del trabajo fue precisamente la esclavitud”. (Loc. cit.) En relación con la problemática del intelectual, véanse los materiales del Simposio sobre Sociología de los Intelectuales, realizado entre el 3 y el 5 de julio de 1967 en el Instituto Torcuato Di Tella. E X T R A C C I Ó N S O C I A L D E L O S CAUDILLOS 17 re la incorporación de nuevos conceptos e hipótesis. Por otra parte, y como prueba adicional de que se admitía implícitamente nuestra hipótesis, gran parte de los teóricos del movimiento obrero del siglo XIX esperaban que los líderes “verdaderos” de esa clase surgirían de ella misma mediante una concientización creciente de su papel histórico*. Es decir, pensaban –aunque rara vez lo explicitaran- que el equipo de líderes habría deformarse fundamentalmente en la clase obrera misma, como resultado necesario de su experiencia histórica, y que, por lo tanto, se establecería una estrecha relación entre el liderazgo y una de sus bases estructurales, el sistema de clases total. * Una prueba que se puede aportar para sostener esto es que Lenin debió luchar tenazmente para imponer su idea de que esa “concientización” de la clase obrera debía ser importada a través de miembros intelectualizados de otras clases. Véase su Qué hacer. Recuérdese además el interés que se prestaba en sus comienzos a la composición de clase del partido bolchevique y especialmente a sus cuadros dirigentes. Luis Fabbri, un socialista- anarquista que recoge la consigna de Marx (“la emancipación de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos”), ve en los sindicatos a la única fuerza capaz de enfrentar y destruir organizadamente al capitalismo. Y esto porque “escapa a la influencia de los doctrinarios que, tránsfugas de la burguesía, pero no emancipados aún de muchos prejuicios, suelen llevar a los partidos obreros] los preconceptos de construcciones ideales no directamente basadas en la realidad...” (Luis Fabbri, Sindicalismo y anarquismo, Valencia, F. Sampere y Compañía Editores, s/f., pág. 48). El mismo autor señala en las págs. 168-169: “...es necesario evitar escrupulosamente que se confíen los cargos sociales de los sindicatos a gentes que no pertenezcan a la clase obrera, es decir, a los profesionales (abogados, doctores, profesores, estudiantes, etc.), y no porque entre ellos no pueda haber buenos socialistas y excelentes anarquistas, amigos sinceros de los obreros, sino porque demasiado nos ha enseñado la experiencia que, por regla general, los profesionales han contribuido a hacer degenerar el movimiento obrero, encaminándolo hacia el reformismo”. R U B É N H . Z O R R I L L A 18 Salvo en los sindicatos, donde la dirección está, necesariamente, en manos de obreros, o, mejor, de ex obreros, la esperanza no se ha cumplido. Dejando a un lado el hecho evidente de que, además, esos dirigentes no son revolucionarios, sino consecuentemente reformistas -en contra de lo que también esperaban al menos, algunos de aquellos fundadores- en el plano de la actividad política ocupan un plano secundario. Y esto, paradójicamente, es más notable en los países denominados socialistas que en muchos países de base capitalista. El líder político, sobre todo si es de inspiración “obrerista” -para decirlo con un término ampliamente genéricoprocede casi siempre de la clase media intelectualizada. Nuestros universitarios radicalizados -entre los cuales se cuentan las más diversas corrientes políticas- aparecen como un admirable ejemplo de este fenómeno. La constancia, regularidad y aun profundidad que adquiere la participación de intelectuales “desclasados” -término insatisfactorio, pero, a falta de otro mejor, insustituible por ahora- en los movimientos de protesta o revolución debe tener una crucial importancia teórica y práctica. No es lo mismo que los “representantes de la clase obrera” sean obreros, que sean miembros de otras clases. Desde luego, no es que esté “mal” o “bien”, “correcto” o “incorrecto”. Pero es evidente que, desde un punto de vista genuinamente sociológico, el hecho -dada, insistimos, su recurrencia- debe llamar poderosamente la atención. No hay duda que ese desfasaje debe tener consecuencias capitales para una mejor estimación del comporta- E X T R A C C I Ó N S O C I A L D E L O S CAUDILLOS 19 miento de los grupos implicados y, por lo tanto, para la interpretación teórica que la hace posible. Entonces, ¿debemos abandonar nuestra hipótesis, tan duramente vapuleada? Creemos que no, a pesar de los hechos -antes que los argumentos expuestos. Si bien admitimos que no existe una explicación adecuada para la ruptura de la aparente relación precisada en la hipótesis, es claro que los datos suministrados para hacer visible esa ruptura incluyen como importante variable en la biografía de los líderes el grado de intelectualización. Así, no es probable que los miembros de las clases media o alta simpaticen o actúen con las clases populares; pero sí lo es que eso ocurra entre sus miembros más intelectualizados. Tampoco es probable que todos los intelectuales estén dispuestos a “representar” los intereses populares, pero sí lo es que eso ocurra entre aquellos menos profesionalizados y, por lo mismo, más propiamente “intelectuales”. Y esto es fácilmente explicable: tienen menos compromisos con las estructuras existentes y, además, están sumamente insatisfechos con el lugar que ocupan en la sociedad, dada su marginalidad relativa. Obsérvese que la resistencia enconada de grupos intelectuales al sistema vigente capitalista, socialista u otros, aparece allí donde la coacción es inclusive muy intensa y donde, al mismo tiempo, constituyen una capa social privilegiada, como ocurre en la Unión Soviética. Es cierto que allí la mayoría de ellos -quizás la inmensa mayoría- mantiene un comportamiento curiosamente apolítico13, pero es llamativo que, entre todos los gru- 13 Claro, se podría decir que donde hay socialismo no hay política, o porque no hay clases, o porque, si existen, no son antagónicas. Pero este R U B É N H . Z O R R I L L A 20 pos capaces de generar una protesta visible, sean los intelectuales los encargados de canalizarla. De acuerdo con esta aproximación, postularíamos la hipótesis ad-hoc de que la indicada ruptura (desfasaje entre representatividad de clase y pertenencia de clase) sólo puede ser posible cuando la intelectualización constituye un rasgo saliente en la personalidad de los líderes. En términos de Merton, diríamos que los intelectuales pueden tener, más que otros grupos, un grupo de referencia político distinto del que correspondería a su grupo de pertenencia de clase14. El rasgo de la intelectualidad no aparece en el caso de los caudillos15. Casi todos ellos son. empresarios y, en algunos casos, militares profesionales. Y si bien estuvieron sujetos a la influencia de los “doctores” -como acostumbra a entrecomillar despectivamente, y generalizando, José María Rosa16 -estos tuvieron actuación política subalterna. En una sociedad institucionalmente poco compleja -no para el análisis científico, sino para la acción práctica de los protagonistasdonde el proceso revolucionario disolvió las pautas de acción de los :grandes agrupamientos sociales coloniales, dejando a éstos librados a una lucha directa por el control social, las élites que en otras sociedades ofician de mediati- argumento se estrella frente al hecho incontestable de una intensa lucha por el poder tanto en la Unión Soviética y en China como en el resto del área socialista. Y allí donde hay lucha por el poder es un poco difícil negar la existencia de la política 14 Ver Merton, Roben, Teoría y estructura sociales, México, Fondo de Cultura Económica, capítulos VIII y IX de la Parte II. 15 Sí aparece, en cambio, entre los que hacen o preparan la revolución: Moreno, Belgrano, Vieytes, Castelli, Paso. 16 Ver su Historia Argentina, Buenos Aires, Editor Juan C. Granda. E X T R A C C I Ó N S O C I A L D E L O S CAUDILLOS 21 zadoras o de intermediarios políticos no alcanzaron a formarse. Sólo en Buenos Aires, desde la revolución hasta la caída de Rivadavia, aparece una elite de extracción y formación burguesas que convive con los personeros de intereses directos de grupos. Pero termina con Rosas y no se reconstituirá hasta después de Caseros. Por lo tanto, la relación establecida en la hipótesis inicial -que hay una congruencia sociológicamente significativa entre pertenencia y representatividad de clase, para la época considerada- es válida para los caudillos que actuaron entre 1810 y 1870. 2. La recolección de datos El método de trabajo para detectar la pertenencia de los caudillos a determinados sistemas de estratos consistió en fichar sus biografías y en extraer de allí los datos relativos al origen social de sus antepasados -especialmente abuelos y padres- y las actividades del mismo caudillo en diferentes áreas institucionales (el poder, la economía, la milicia). Se supuso, además, que estos datos permitirían ubicar al caudillo y sus abuelos y padres, en cuatro clasificaciones estratificacionales, según los criterios clásicos de poder, prestigio y riqueza, a los que agregamos también la educación. A partir de estos criterios se infirió la pertenencia a una determinada clase social, de modo que las escalas de estratificación operaron de indicadores del término teórico “clase social.” A1 mismo tiempo, se trató de individualizar cuál había sido el rol principal de cada uno de los personajes R U B É N H . Z O R R I L L A 22 masculinos del sistema de parentesco en el área civil (ocupación) y militar (identificando su grado de formalización y rango). Con estos elementos se elaboraron los cuadros desde los cuales es posible deducir si hubo o no movilidad inter e intrageneracional17, y si aparecen regularidades (en la pertenencia a clases, en las formas de movilidad, en la asunción de roles) que no es plausible atribuir al azar. Por ejemplo, para cada caudillo analizado se elaboró una secuencia de roles asumidos. Incorporados a un cuadro general, los roles ejercidos por los caudillos revelan una similitud de pautas que sólo es posible atribuir a la persistencia de uno o varios elementos estructurales comunes. De esta manera, la utilización del “carisma” -concepto teórico nefasto, no obstante el aval ilustre de Max y Weber- se torna en absoluto improcedente para explicar el fenómeno del caudillo. Es por demás llamativo que el supuesto carisma aparezca de pronto y simultáneamente en regiones distantes y muy diferentes18. Por otra parte, la discriminación de diferentes tipos de movilidad y la 17 A lo largo de su historia personal, el individuo puede pasar de uno a otro nivel, ascendiendo o descendiendo, en las escalas de estratificación o en la estructura de clase, de acuerdo a la que se considere. Esa es la movilidad intrageneracional. Si observamos el mismo fenómeno entre diferentes generaciones, padres e hijos, por ejemplo, entonces estamos indagando la movilidad intergeneracional. 18 Esto no quiere decir que no halla individuos más “atractivos” que otros. El carisma, por lo tanto, seria una propiedad psicológica que se distribuye desigualmente entre los miembros de una sociedad. pero el hecho de que esos individuos privilegiados aparezcan de golpe en el liderazgo político es algo que solo pueda explicarse mediante variables psicológicas. Además, quizás haya diferentes tipos de carismas. En este caso, habría de explicar por que se da, en un momento determinado, ese y no otro carisma. E X T R A C C I Ó N S O C I A L D E L O S CAUDILLOS 23 verificación de si existieron o no, hace posible comprobar si los caudillos -y su tipo de liderazgo- se corresponden con la emergencia de nuevas clases o con fracturas dentro de las preexistentes. 3. Crítica Este planteo metodológico es susceptible de varias críticas, algunas de los cuales hemos analizado, y, en lo posible, contestado, en el punto 1 de este capítulo. En primer lugar, el proceso mismo de espigar los datos a través de biografías ofrece debilidades indudables. No sólo porque supone confiar en datos de fuentes secundarias19, sino también porque la historiografía biográfica tradicional - revisionista o no- ha convertido el análisis histórico en un títere de las “grandes ideas morales”, o de la “genialidad política” de algún jefe predestinado. En principio, este procedimiento generatriz del “gran hombre” ha sido utilizado tanto para denigrar como para exaltar al caudillo, sin esclarecer las raíces sociales que impulsaron e hicieron posible la acción del protagonista. A partir de esta comprobación, es fácil dudar de gran parte de los datos recogidos. Pero esta crítica sería decisiva si esos datos fundamentales -aquellos que nosotros buscamosincluyeran inferencias o juicios de valor. En nuestro caso, sólo se tomaron en cuenta hechos sobre los cuales no puede 19 Fuentes secundarias son aquellas que sólo nos permiten acceder a los datos indirectamente. El trabajo en archivos nacionales, provinciales, eclesiásticos o privados, supondría la consulta a fuentes primarias. R U B É N H . Z O R R I L L A 24 haber interés en su deformación. La dilucidación, por ejemplo, de si Estanislao López fue o no estanciero, o si lo fue antes o después de ser gobernador, es algo en lo que todos pueden estar de acuerdo, si se ofrecen los documentos de prueba. En estos, casos la duda radica a veces, no en la subjetividad o ideologización, sino en que esa prueba es poco concluyente porque se basa en el testimonio oral (como ocurre en el caso del Chacho Peñaloza), o en documentos que ofrecen indicios indirectos. En conjunto, sin embargo, dada la naturaleza altamente objetiva de los datos sistematizados, es posible admitir que las fuentes bibliográficas consultadas, no obstante su estrechez interpretativa e inclusive documental (ambas características no están totalmente desligadas) aportan elementos confiables. En segundo lugar, puede cuestionarse el método de inferir la pertenencia a una clase social mediante las dimensiones estratificacionales mencionadas (poder, prestigio, riqueza, educación). Cuando se utiliza esta clasificación, se considera que son dimensiones independientes, de las cuales sólo la riqueza autoriza a deducir la pertenencia a una clase social. En nuestro trabajo, sin embargo, decidimos utilizar las cuatro como apoyos alternativos o simultáneos para inferir la misma pertenencia debido a la escasez de datos más concretos en la dimensión ``riqueza´´, salvo en los casos en que las informaciones acerca de esta última fueron amplios, como ocurre, por ejemplo, en Quiroga. En sostenimiento de esta posición se puede aducir que poder-riqueza-prestigio se dan relativamente mancomunadas E X T R A C C I Ó N S O C I A L D E L O S CAUDILLOS 25 en la época que consideramos (1810) . En el virreinato, la pertenencia ala alta burocracia (el padre de Güemes, por ejemplo) garantiza la rápida acumulación de riqueza, tanto por casamiento (como ocurrió en ese caso), como por la posibilidad de incrementar las obvias ventajas del cargo. Como se sabe, la burocracia colonial fue la matriz del sistema de clases en la conquista, y esta capacidad, aunque disminuida, sólo se quebró definitivamente con la revolución. Además, el alto prestigio es un síntoma de pertenecer o haber pertenecido hasta muy recientemente a los estratos más elevados del sistema social. En resumen, las dimensiones adoptadas permiten llenar claros de información en el proceso de inferencia y, allí donde hay datos relativamente completos, permite comprobar su coherencia indicativa. Esto, que es válido para el sistema de parentesco del caudillo (al menos para sus padres y abuelos), no lo es para él mismo. En parte, porque todos los caudillos. tuvieron, casi por definición, alto prestigio20 y poder, y en parte porque, desde el punto de vista metodológico, es menos admisible, después de 1810, la coherencia que hemos postulado. Hay indicios de que, precisamente, a partir de esa fecha, es posible hallar diferencias apreciables en el comportamiento de esas dimensiones, de modo que un mismo individuo puede asumir diferentes valores -más probablemente que antes de 1810 - en las clasificaciones. Desde luego, no existen datos suficientemente precisos como para 20 Es el respeto público (semi institucionalizado) hacia una persona o grupo. La determinación de si es alto, medio o bajo corresponde a criterios. impresionísticos del autor utilizado como fuente. R U B É N H . Z O R R I L L A 26 afirmar la magnitud del fenómeno, pero es previsible que los reajustes políticos y económicos provocados por la revolución hayan creado fracturas entre las dimensiones, o hayan agrandado las preexistentes, sobre todo mediante la movilidad descendente. Por último, la detección de movilidad intra o intergeneracional puede ser usada en nuestro estudio para ver si el liderazgo político del caudillo se apoya en una clase social diferente a la que era hegemónica hasta el momento de su ascenso. Si descubriéramos, por ejemplo, que los caudillos se ubican en los valores medios y bajos de los sistemas de estratificación elegidos (riqueza y educación), habría muchas razones para inferir que hay allí un traslado del ejercicio del poder (donde, junto con el prestigio más alto, tienen el más elevado rango), íntimamente relacionado con transformaciones en la estructura de clases. Si, por el contrario, la diferencia se da, antes que en estratos distintos, en roles ocupacionales sistemáticamente desviados respecto de una pauta anterior -aunque perteneciendo a una misma clase- hay que presumir la influencia causal de modificaciones institucionales y/o de un reacondicionamiento de sectores dentro de esa clase. La importancia indicativa que se asigna aquí al rol ocupacional se basa en una hipótesis insustituible que merece un comentario: la ocupación asigna un lugar definido en la estructura económica y, a partir de allí, una clara asignación de pertenencia a estratos sociales íntimamente vinculados con la estructura de clases. Establece, en otras palabras, una ubicación precisa en un sistema institucional (la estructura eco- E X T R A C C I Ó N S O C I A L D E L O S CAUDILLOS 27 nómica) a través de su inserción en un sistema de poder (la unidad económica básica), fijando, al mismo tiempo, relaciones igualmente precisas respecto de la propiedad. A veces, un rol ocupacional, como el de sacerdote o militar, se inserta en sistemas institucionales diferentes. En el caso del militar, por ejemplo, tanto forma parte de la estructura económica, en cuando presta un servicio, como en la estructura del poder político en sentido lato. Desde luego estas diferencias son importantes para explicar el curso del proceso social. De ahí que la utilización exclusiva de la dinámica de clases no sea suficiente, entre otras razones, como herramienta explicativa, no obstante su valor troncal. Por otra parte, no hay duda que, el rol ocupacional apunta tanto a esa dinámica como a la institucional en su más amplio sentido.21 Finalmente, la ocupación absorbe profundamente la vida personal y se convierte en un tremendo agente socializador en el proceso de formación del individuo. Las vicisitudes de la camera ocupacional crean profundas raíces emocionales, y, en el otro extremo, dibujan metas y expectativas de variable aunque indeleble repercusión en la personalidad. Como el sistema ocupacional -más allá de las diferencias idiosincrásicas- crea miles o millones de situaciones similares, crea al mismo tiempo las condiciones para que, potencialmente -y 21 El rol ocupacional está relacionado con un ingreso, y, por lo tanto, con posibilidades definidas de vida. Por otra parte, el rol ocupacional se halla vinculado a una trama específica de relaciones sociales. Esa trama acota posibilidades y límites para acceder a otros roles ocupacionales y para alcanzar posiciones determinadas en los sistemas de poder, riqueza y prestigio. Muchas veces se olvida que esa trama define también posibilidades de vida, y que, por eso mismo, constituye un valiosísimo bien intangible. R U B É N H . Z O R R I L L A 28 realmente, según sea el aspecto que consideremos- miles o millones de individuos sientan, quieran y actúen en forma parecida. Este principio, conocido desde el siglo XIX y clarificado con el aporte de la psicología, es una de las bases teóricas de la sociología y de la psicología social. 4. Aclaración final Quedaría por aclarar qué entendemos por “caudillo” y por qué hemos elegido el período 1810-1870. Con respecto al primer punto, es evidente que la adopción de algunas personalidades como objeto de nuestro estudio - y su contrapartida, la exclusión de otros- supone el uso de ciertos criterios que sólo pueden surgir de una adecuada definición. En las condiciones actuales, sin embargo, una definición teóricamente irreprochable es imposible. Lo que podemos decir aproximativamente es que los caudillos fueron jefes militares -o civiles que asumieron el rol military que en el período 1810-1870 ejercieron un poder no institucionalizado, simultánea o alternativamente, en una cierta área del país, contando para ello con el apoyo de las fuerzas armadas existentes y con algún consenso popular- variable según los períodos y las regiones que se consideren. A pesar de su inevitable arbitrariedad, pues no permite una discriminación tajante entre aquellos que en la terminología común son considerados caudillos y los que no lo serían, es la definición provisional que finalmente adoptaremos para justificar nuestra elección. E X T R A C C I Ó N S O C I A L D E L O S CAUDILLOS 29 Inicialmente, nuestra lista comprendía 34 caudillos. La pretensión no era recoger el registro de todos, sino de aquellos más destacados. Debido a las dificultades para hallar los datos pertinentes, la lista original quedó reducida a 18 nombres: Francisco Ramírez (Entre Ríos), Estanislao López (Santa Fe), Gervasio José de Amigas (Banda Oriental), Juan Bautista Bustos (Córdoba), Juan Manuel de Rosas (Buenos Aires), Facundo Quiroga (La Rioja), Bernabé Aráoz (Tucumán), Juan Felipe Ibarra (Santiago del Estero), Pedro Ferré (Corrientes), Martín Güemes (Salta), Angel Vicente Peñaloza (La Rioja),. Justo José de Urquiza (Entre Ríos), Alejandro Heredia (Tucumán), Antonino Taboada (Santiago del Estero), Nazario Benavídez (San Juan), Juan Felipe Varela (Catamarca - La Rioja), Fructuoso Rivera (Banda Oriental) y Félix Aldao (Mendoza). Esta nómina es ampliamente representativa, tanto de las regiones como de las diferentes épocas, aunque se note la ausencia de Ricardo López Jordán. El punto que quedaría por dilucidar sería el que se refiere al período elegido, 1810-1870. El ateo indicado en primer término puede ser considerado como el punto de partida de una disgregación progresiva del poder central, heredado de la colonia por el gobierno revolucionario. Ese proceso de disolución -que culmina en 1820- constituye, precisamente, la génesis de lo que en la historia argentina se llama el “caudillo”. El año 1870 marca la expiración del proceso. Poco antes había desaparecido de la escena política nacional Felipe Varela, quien muere precisamente ese año. Con la formación del Estado Nacional moderno se liquidan las bases políticas del caudillismo, tal como lo entendemos en este trabajo. R U B É N H . Z O R R I L L A 30 Finalmente, una precisión expositiva: hasta el cuadro 10 inclusive, examinamos rápidamente los cuadros, discutiendo y aportando pruebas sólo en los casos de duda. Estos casos, que ofrecen incertidumbre, no se incluyen en aquellos cuadros. Pero para sostener la posibilidad de asignarles valores definidos aunque sea tentativamente, se los examina más detenidamente. En el comentario al cuadro 9, en cambio, que oficia de resumen, ofrecemos las pruebas que justifican los valores presentados en ése y en los cuadros anteriores. En toda oportunidad, y aunque se torne algo pesada la redacción, hemos optado por las repeticiones -donde se justificaran- y por las citas textuales, a fin de dar mayor fuerza o autoridad al testimonio de la fuente utilizada. Pero antes de ofrecer el resumen de los datos que hemos recogido según los criterios hasta aquí explicitados, haremos en el próximo capítulo una breve síntesis descriptiva de las situaciones en que cada provincia asume su autonomía. E X T R A C C I Ó N S O C I A L D E L O S CAUDILLOS 31 CAPÍTULO II EL MARCO EN EL QUE APARECEN LOS CAUDILLOS 1. Una periodización Un aceptable punto de partida para ubicar el proceso global de aparición de los caudillos consistiría en elaborar un cuadro de etapas en el cual las fracturas sociológicamente significativas en cada provincia coincidieran en lo posible con procesos igualmente significativos en el orden nacional. Es lo que se intenta hacer en la periodización que sigue: Período 1810-1820. Se inicia con la destrucción del poder virreinal y termina con la disolución del centralismo bonaerense, heredado, precisamente, de la colonia. Es el período de emergencia de los grandes caudillos, cuya rebeldía hace fracasar el centralismo forzado, aunque hayan aparecido, e inclusive adquirido poder, al amparo de ese centralismo. Período 1820-1852. Cubre desde el año de la anarquía hasta la batalla de Caseros. Es el período de las autonomías provinciales. No obstante, la posibilidad de ejercer plena- R U B É N H . Z O R R I L L A 32 mente esa autonomía se ve sensiblemente disminuida a partir de la segunda gobernación de Rosas, quien articula el dominio de la oligarquía bonaerense sobre la base de dos principios sólo en apariencia contrapuestos: sumisión a Buenos Aires, pero libertad interna de las oligarquías locales para decidir el manejo de la política doméstica, salvo en lo que pueda afectar la fidelidad a Rosas. Es decir: éste deja actuar a los factores geopolíticos naturales que sustentan la preeminencia de su provincia, insti-tucionalizándolos en la representación de los asuntos exteriores en el orden nacional; al mismo tiempo, prescinde de la injerencia en el proceso económico de cada provincia, y a veces en el político, con tal de que no ponga en peligro su hegemonía. Lo primero permite reservar el comercio exterior y la aduana a la provincia de Buenos Aires e identificar los intereses económicos y políticos de sus factores de poder con los de la Nación. Lo segundo hace posible eludir las responsabilidades nacionales de un gobierno central compartido, conservando el control sobre los enemigos políticos que operan en regiones de difícil inspección. Si a partir de la muerte de Quiroga en febrero de 1835 y del ascenso de Rosas a la segunda gobernación ese mismo año se puede afirmar la nueva vigencia del centralismo bonaerense, ello se desprende de lo que podríamos llamar “dominación geopolítica”. El peso de su riqueza ganadera, la condición de puerto de una gran ciudad (para la época y el medio), la proximidad del eje del comercio mundial (apoyado en el Atlántico), y la existencia de un comercio exterior sin rivales a la vista, hacen inevitable la supremacía de Bue- E X T R A C C I Ó N S O C I A L D E L O S CAUDILLOS 33 nos Aires. Estos factores sólo podrían haber sido equilibrados por una organización política monolítica por parte de las provincias, orientada a imponer una solución negociada al puerto único. Pero las provincias se hallaban en constantes luchas entre sí, o, cuando se unían, era sólo para romper el acuerdo a la amenaza o la concesión de Buenos Aires. De ahí que este período se inicie con una intensa lucha entre caudillos en el litoral y en el noroeste. Esta lucha se prolongará en la permanente hostilidad entre Quiroga y López, deseosos de imponer su dominio sobre el interior y señaladamente sobre Córdoba, y hallará su fin en el arbitraje de Rosas, a la muerte de Facundo. R U B É N H . Z O R R I L L A 34 CUADRO 1 CAUDILLOS INCLUIDOS EN LA INVESTIGACION Caudillo Nacimiento Período de gobierno Muerte Provincia a la que o dominio político perteneció Artigas 1764 1813-1819 1850 B. Oriental Güemes 1785 1815-1821 1821 Salta- Jujuy Aráoz 1782 1815-17 y 1819-21 1824 Tucumán López, E. 17 |
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