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EN LA ANTIGUA CAPITAL BAHIA

30 Oct 13 - 13:10

EN LA ANTIGUA CAPITAL BAHIA
MAXIMILIAN ZU WIED
 
E N L A A N T I G U A C A P I T A L B A H Í A
 
Durante dos siglos La Cidade de S. Salvador da
Bahía de Todos os Santos fue la antigua capital de
Brasil, residencia de los gobernadores generales.
Erigida en la ladera de un empinado cerro, a orillas
de una bahía, su parte más importante se encuentra
en la cumbre del cerro y la otra, que comprende en
su mayoría las viviendas de los comerciantes, está
situada a orillas del mar. La ciudad tiene de norte a
sud una extensión de una legua, pero está construida
con bastante irregularidad, si bien cuenta con un
importante número de edificios imponentes.
La vista desde la bahía es hermosa. La ciudad va
trepando por el cerro hasta la cumbre y los edificios
alternan con manchones verdes de arbustos, en su
mayoría naranjales. La parte alta de la ciudad es la
más curiosa. Sus calles no están pavimentadas y encierra
grandes campos y huertos que en parte separan
los edificios. Sólo la lozanía y la belleza de la
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vegetación y una magnífica vista suplen esos defectos.
Multitud de jardines y plantaciones pueblan los
diversos vallecitos en los cuales mis acompañantes
pudieron cazar interesantes animales durante sus
excursiones, por ejemplo el pequeño sahui con sus
blancos penachos de pelo en las orejas, que no encontré
en ninguna parte más al sud. En Bahía obtuvieron
también una bella lechuza, muy parecida a la
europea. No hace mucho, el gobernador, conde
Dos Arcos, hizo construir un ancho camino transitable,
desde la ciudad baja hasta su palacio. Como
allí no hay coches, para subir y, bajar con comodidad
esas sendas y calles empinadas en medio de un
clima tan caluroso, se emplean en toda la ciudad una
especie de sillas de mano o cadeiras, cómodas sillas
con baldaquín, rodeadas de cortinas, que son llevadas
por dos negros. Sin ellas difícilmente se podría
ir a parte alguna ya sea bajo el ardiente calor del sol
o bajo la lluvia, tiempo que deja imposibles las calles
sin empedrado. En la ciudad alta hay una cantidad
de conventos e iglesias, algunas magníficas. Además,
se destacan la ciudadela y el palacio de los gobernadores,
muy notable, con su plaza de armas. En
esta parte superior se celebran las reuniones de los
diversos tribunales y colegios reales. Existe allí tam-
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bién un gimnasio donde se enseña el latín y el griego,
filosofía, retórica, matemática, etc., y una biblioteca
pública con sus 7.000 volúmenes, con la
cual el gobernador conquistó grandes méritos. En
ella se encuentran ya obras recientes de todas las
ramas de la ciencia. Esta biblioteca funciona en el
viejo colegio de los jesuitas. Sin embargo, fue una
pérdida significativa que los escritos de esa orden
no fueran valorados debidamente y se desperdiciaran.
Los méritos del gobernador, tan estimado en
general, son demasiado conocidos como para pasarlos
por alto. Este ministro empleó el tiempo de
su mandato en obras para beneficio de la provincia.
Familiarizado con las lenguas e instituciones de países
extranjeros y por sus viajes a las diversas provincias
de su propio país, el Brasil, este ilustre ministro,
infatigable en su labor en pro de todo lo bueno, encontró
múltiples ocasiones para poner orden y ejecutar
mejoras. Venerador y protector de las ciencias
y de las artes, las patrocinó y les dio estímulo con
tenaz preocupación. Trató a los viajeros extranjeros
con distinción y éstos pudieron contar confiados
con su apoyo. Hizo fundar una imprenta para libros
y una fábrica de vidrio, embelleció la ciudad mediante
paseos públicos y otros recursos y para bene-
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ficio de la biblioteca pública instauró una lotería
cuyo producido está destinado a acrecentar las colecciones
de libros. En el Passeio Publico hizo
plantar el auténtico quino del Perú. Diversas especies
vegetales europeas y de otros lugares llaman allí
la atención del botánico, entre otros el sauce llorón,
que crece hermoso y corpulento. En cambio, el
quino de Santa Fe de Bogotá parece no prosperar
muy bien en esa tierra, porque tal vez no sea la más
adecuada a la naturaleza de este árbol. Allí mismo
puede apreciarse un obelisco erigido para conmemorar
la visita del actual rey.
Desde lo alto de la parte superior de la ciudad la
vista es de una insuperable belleza. La orgullosa bahía
se muestra como un liso y tranquilo espejo. Cerca
de la costa están fondeados algunos barcos y
otros con su velamen desplegado avanzan hacia tierra
o enfilan hacia el océano y a manera de saludo
disparan sus cañones; a lo lejos se divisa la isla Itaparica,
y en derredor un anfiteatro de pintorescas
montañas presta marco a la fascinante escena.
Además de los paseos públicos se proveyó también
a la diversión de los habitantes de la ciudad alta mediante
la fundación de una casa de comedias. Lamentablemente,
el edificio es de un estilo anticuado,
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más pequeño que el de Río de Janeiro y, por otra
parte, lo desfiguran los pequeños y puntiagudos
obeliscos del techo.
Bahía cuenta con treinta y seis iglesias y muchos
conventos, lo cual permite colegir la cantidad de
religiosos y frailes que viven allí. Las monjas de algunos
conventos se especializan en la confección de
hermosas flores con las plumas de vivísimos colores
de las diferentes especies de aves del país, que suelen
vender a los extranjeros.
En la parte baja de la ciudad, que comprende
sólo unas pocas calles largas paralelas a la angosta
ribera, se encuentran las tiendas, los depósitos y
despensas de los comerciantes, una nueva bolsa,
obra que se debe al celo del conde Dos Arcos, el
arsenal y los astilleros donde actualmente se está
terminando una fragata. Los barcos construidos en
Bahía gozan de excelente prestigio porque los bosques
del Brasil proveen las más variadas especies de
excelentes maderas de construcción. Un comercio
activo da vida a esta ciudad. Los productos del sertao
son enviados desde su puerto a todas las partes
del mundo, razón por la cual se encuentran en él
barcos de todas las naciones. Los paquebotes mantienen
un contacto ininterrumpido con Portugal y
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Río de Janeiro, pues estos rápidos navíos realizan la
travesía en el tiempo más corto posible. Los vecinos
habitantes de la costa del Brasil traen sus productos
a la Capital y los truecan por otras cosas que les son
necesarias o productos de países extranjeros. A través
de estas actividades, Bahía se elevó muy pronto
a la categoría de ciudad importante, que por sus
proporciones superaría a Río de Janeiro. Se puede
deducir el rápido desarrollo de esta ciudad si se tiene
en cuenta que en 1581 no tenía sino 8.000 habitantes,
en tanto en todo el Reconcavo no se
contaban más que unos 2.000 habitantes, cifra que
no incluye negros ni indios. En la actualidad, Bahía
tendría más de 100.000 almas.
El aspecto interior de esta gran ciudad es en general
poco grato, pues no reina allí asco, orden ni
buen gusto. El estilo arquitectónico es muy macizo.
Para sus monasterios e iglesias, los jesuitas importaron
de Europa los sillares labrados. En la
construcción de las casas se observan los más variados
estilos: algunas son altas, construidas a la manera
europea y presentan balcones; otras, en cambio,
son viviendas insignificantes, chatas, pero en casi
todas se encuentran ventanas de vidrio. En la estación
seca, particularmente en la ciudad baja, reina
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un calor sofocante que se hace más pesado por la
variedad de hedores que se esparcen por el aire.
Una inquieta masa de población, en constante movimiento,
en su mayor parte integrada por gente de
color, aumenta la incomodidad. En número de diez,
doce o más, los esclavos negros transportan grandes
cargas, entre gritos o cantos para llevar el ritmo del
paso. Esta es la única forma de transporte para llevar
toda mercadería del puerto a la ciudad. Tampoco
faltan los mercaderes ambulantes que cargan con
sus baratijas y las ofrecen a viva voz, y a los costados
de las calles se divisan las fogatas de las negras
que cocinan, asan y venden a sus paisanos platos
nada atractivos.
En general, los usos y costumbres de los habitantes
debieran ser los de los portugueses en Europa
y en las clases superiores imperaría un lujo
exorbitante. En todo momento se encuentran allí
extranjeros provenientes de las naciones de ultramar,
en especial muchos ingleses y franceses; en
cambio los alemanes y holandeses son muy raros.
Durante el día no se ven mujeres por las calles;
no es sino al atardecer cuando el bello mundo
abandona las viviendas para gozar del fresco y entonces
se oyen cantos y el son de la viola. Entre los
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entretenimientos habituales del pueblo en las calles
de Bahía se cuentan los desfiles y procesiones religiosos,
muy frecuentes dada la increíble cantidad de
los días de fiesta. En esas ocasiones, las calles previamente
aseadas se espolvorean con arena blanca y
flores, se iluminan las ventanas y con un gran número
de cirios los cortejos endomingados marchan
hacia la iglesia acompañados por el tañido de las
campanas y el chisporroteo crepitante de los fuegos
de artificio. Los cortejos fúnebres también se realizan
de noche con gran número de luces y aquí todavía
no se ha desechado la abominable costumbre
de enterrar los muertos en la iglesia. Una vez bendecido
y rociado con agua bendita, el difunto es bajado
a la fosa, los sacerdotes se retiran y la
conclusión del entierro se confía a los esclavos negros.
Después de dos años volví a escuchar allí música
de órganos en las iglesias y tañido de campanas.
Lindley y Andrew Grant describieron Río de
Janeiro y Bahía con bastante precisión en general.
En base a sus estampas se podrá tener una idea de
las ceremonias religiosas usuales en estas capitales,
pero como éstas van progresando año a año en su
cultura y elevándose cada vez más, en la actualidad
ya se echan de menos muchos usos impropios e
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instituciones y costumbres anticuadas observadas
por esos viajeros, que ya no armonizan con el espíritu
de la época. Así, por ejemplo, el ciudadano de
las urbes ya no se distingue por su vestimenta de los
de las ciudades portuguesas de Europa e imperan
allí el lujo y la elegancia en grado sumo.
La defensa de Bahía está en manos de un ejército
bastante numeroso. Se encuentran allí tres a
cuatro regimientos regulares, así como muchos de la
guardia civil, entre los que se destacan un regimiento
de negros y otro compuesto enteramente de
mulatos. Varias veces el gobernador se vio precisado
a utilizar estas tropas para sofocar la sublevación
de los esclavos negros, que integran la gran mayoría
de la población de esta gran ciudad. En ocasión de
los disturbios de Pernambuco, ocurridos cuando
aún me encontraba en Bahía, se enviaron allá todas
las tropas disponibles. Los buques de guerra cargados
de tropas y pertrechos procedentes de Río de
Janeiro se unieron a los de la rada de Bahía y entre
todas bloquearon el puerto de Olinde o Pernambuco.
En esa ocasión también cupo elogiar las medidas
rápidas y adecuadas del gobernador conde Dos
Arcos. Gracias a su acción efectiva el rey conservó
esa hermosa provincia y se sofocó el espíritu de la
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sedición; los cabecillas de la insurrección, Martims,
Ribeira y Mendoza, fueron fusilados públicamente
en Bahía y aún se vio morir de esta forma a sacerdotes.
Por otra parte, en dicha ocasión el espíritu de
la población probó ser fiel a su rey y dependiente de
él, pues el repudio contra esa sedición fue general y
en caso de mayor peligro se habría confirmado esa
adhesión a la corona por vía de los hechos.
Varios fuertes defienden a la ciudad de Bahía de
todo ataque; en la costa norte, el fuerte de S. Antonio
da Barra protege la entrada a la Bahía de Todos
los Santos; en lo alto del cerro, donde está emplazada
la ciudad superior, se encuentra la ciudadela y
precisamente frente a la ciudad se ha construido en
el puerto un nuevo fuerte dotado de varias baterías
de cañones pesados que son disparados en ocasiones
especiales, de preferencia en las grandes festividades
y para saludar a los navíos que entran a
puerto.
Mi estada en la vieja capital de Brasil fue sólo de
corta duración y me faltó el tiempo necesario para
visitar los diversos centros del saber de esta ciudad,
por cierto muy pocos a la sazón. Además de la biblioteca
pública que con el tiempo se convertirá en
una institución respetable y muy útil para la difusión
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de la cultura en esta región, existen otras de esta
clase que atesoran valiosas obras antiguas y modernas.
Así, por ejemplo, los monasterios, entre ellos el
de los franciscanos, poseen apreciables manuscritos
y obras antiguas sobre el Brasil. Asimismo, residen
en el país varios estudiosos: el señor Antonio Gomes,
corresponsal del conde ven Hoffmarinsegg de
Berlín, los señores Paiva, Bivar y otros, que han
rendido grandes servicios a las ciencias, en particular
al estudio de la naturaleza.
A la generosidad del primero, dueño de una
hermosa biblioteca, debo algunos de los interesantes
escritos sobre Brasil y a la información de los últimos,
algunas observaciones sobre el clima de la ciudad
y la región de S. Salvador.
Varios ciudadanos cultos de Bahía me prodigaron
una acogida muy obsequiosa. Con gusto hubiese
querido utilizar por más tiempo estas facilidades,
pero mi nostalgia por la patria y una oportunidad
muy favorable para emprender el regreso, apresuraron
mi partida.
UN  APORTE PARA  LA CULTURA NOVIDENTE  DE  FUNDACIÓN  PROCODIS.

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